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Tiempo

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Academic year: 2020

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TIEMPO Andy Warhol

Pienso siempre en los que construyen edificios que de pronto desaparecen. O en una película con escenas de multitudes donde todo el mundo muere. Es espantoso.

Procuro pensar en qué es el tiempo y lo único que puedo pensar es… «El tiempo es el tiempo que fue.»

La gente dice «el tiempo en mis manos». Pues bien, me miré las manos y vi muchas líneas. Entonces alguien me dijo que algunos no tienen líneas. No la creí. Estábamos sentados en un restaurante y ella me dijo: «¿Cómo puedes decir eso? ¡Mira al camarero!». Le llamó: «Cariño, cariño, ¿podrías traerme un vaso de agua?», y cuando se lo trajo, ella le cogió la mano, me la mostró y ¡no tenía líneas! Sólo las tres principales. Y ella dijo: «¿Ves? Te lo dije. Algunos como este camare-ro no tienen líneas». Y yo pensé: «Demonios, ojalá fuera camarecamare-ro».

Si las líneas de tus manos son arrugas, debe significar que tus manos se preocu-pan mucho.

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que son insignificantes mientras ocurren, resultan hitos en toda una etapa de tu vida. Podría haber estado soñando durante meses con ese viaje en coche y con vestirme para ese viaje y con comprar mi billete para Europa con el fin de poder hacer ese viaje en coche. Entonces, quién sabe, quizás habría recordado la fiesta.

Algunos deciden ser viejos y hacen exactamente lo que se supone que hacen los viejos. Pero cuando tenían veinte años hacían lo que se suponía que hacían los chicos de veinte años. Y también están los que parecen tener veinte años toda la vida. Es apasionante ver a las estrellas de cine —ya que lo viven más de cerca que los demás—, que han elaborado su belleza, que aún tienen toda la energía porque aún están elaborando sus jóvenes egos.

Ya que la gente va a vivir más y a ser más tiempo anciana, basta con que aprenda a ser bebé por más tiempo. Pienso que eso es lo que está sucediendo ahora. Algunos niños que conozco personalmente siguen siendo bebés durante mucho tiempo.

En una ocasión, estaba en una calle de París y noté que una anciana me miraba. Pensé: «Oh, probablemente me mira porque es inglesa», porque los ingleses siempre me conocen por un desastroso programa de televisión que en cierto modo me convirtió allí en estrella. De modo que desvié la mirada y ella me dijo: «¿No eres Andy?». Dije que sí y ella dijo: «Hace veintiocho años y medio viniste a mi casa en Provincetown. Llevabas un sombrero para cubrirte del sol. Ni siquiera te acuerdas de mí, pero yo nunca te olvidaré con aquel sombrero. ¿Sabes?, no podías tomar el sol». Me sentí muy raro porque no podía acordarme de nada y ella lo recordaba todo. Porque recordar algo de «hace veintiocho años y medio» sin ni siquiera detenerse a calcular debe significar que realmente no perdía la cuenta de nada y que a veces diría: «Pues, hace ya diecinueve años que estuvo aquí con aquel sombrero». Fue muy curioso; su marido estaba allí y dis-cutieron acerca de cuánto tiempo hacía. El dijo: «No, no, no. Aún no nos había-mos casado, ¿recuerdas? Debe de haber sido hace veintiséis años y ocho meses».

Algunos dicen que París es más estética que Nueva York. Pues bien, en Nueva York no tienes tiempo para tener una estética, porque tardas medio día en llegar al downtown y otro medio día en volver.

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les ocurra a mis sustancias químicas y pueda madurar. Podría empezar a asumir las arrugas y dejar de usar mis wings.

Siempre dicen que el tiempo cambia las cosas, pero en realidad tienes que cam-biarlas tú mismo.

A veces la gente deja que el mismo problema le abrume durante años cuando bastaría con decir: «¿Y qué?». Es una de mis frases favoritas: «¿Y qué?». «Mi mamá no me quería.» ¿Y qué?

«Mi marido no folla conmigo.» ¿Y qué? «Soy todo un éxito pero sigo solo.» ¿Y qué?

No sé cómo me las arreglé durante tantos años antes de aprender este truco. Tardé mucho en aprenderlo, pero una vez que te das cuenta, jamás lo olvidas.

¿Qué es lo que hace que una persona se pase el tiempo triste cuando podría estar contenta? Estaba una vez en el Lejano Oriente y caminaba por una callejuela y me encontré allí una gran fiesta en pleno apogeo cuando, en realidad, estaban que-mando viva a una persona. Celebraban una fiesta y estaban contentos, cantando y bailando.

Luego, otro día, estaba en el Bowery y una persona que vivía en un hotel de mala muerte saltó por la ventana y se mató. Una multitud se agrupó en torno al cadáver y entonces un mendigo se acercó tambaleándose y dijo: «¿Habéis visto la comedia de enfrente?».

No digo que deba uno alegrarse cuando muere una persona, sino que resulta cu-rioso ver casos que demuestran que no tienes por qué entristecerte por ello, según lo que crees que significa y lo que crees acerca de lo que piensas que significa.

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montón de sustancias químicas en el sentido de la responsabilidad, pero aun así el mismo principio puede aplicarse en un montón de casos.

Al final de mi vida, cuando muera, no quiero dejar ninguna sobra. Y no quiero ser una sobra. Esta semana miraba la tele y vi a una señora que se metía en una máquina de rayos y desaparecía. Fue algo maravilloso porque la materia es energía y ella simplemente se dispersó. Ese podría ser un auténtico invento ame-ricano, el mejor invento americano: ser capaz de desaparecer. Me refiero a que, así, no podrían decir que has muerto, no podrían decir que te han asesinado, no podrían decir que te suicidaste por alguien.

Lo peor que pudiera pasarte al final de tu tiempo sería que te embalsamaran y te metieran en una pirámide. Me da asco pensar en los egipcios que cogían los órganos uno por uno y los embalsamaban por separado en un receptáculo. Yo quiero que mi maquinaria desaparezca.

Aun así, me gusta la idea de que la gente se convierta en arena o algo parecido para que la maquinaria siga en funcionamiento después de tu muerte. Supongo que desaparecer sería eludir el trabajo que a tu maquinaria aún le queda por ha-cer. Como creo en el trabajo, supongo que no pensaría en desaparecer al morir. De todos modos, tendría mucho glamour reencarnarse en un enorme anillo en el dedo de Pauline de Rothschild.

Vivo verdaderamente volcado hacia el futuro, porque cuando me como una caja de caramelos, no puedo esperar a degustar el último. Ni siquiera pruebo otros, sólo quiero terminar y tirar la caja y sacarlo de mi cabeza de una vez.

Debería tenerla ahora o saber que no la tendré nunca para ya no tener que pen-sar en eso.

Esa es la razón por la que ciertos días deseo parecer muy pero que muy viejo para no tener que pensar en llegar a parecer viejo.

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un poco de tiempo para ti mismo es la de conservarte tan poco atractivo que nadie más se interese por ti.

Miro a los profesionales como los comediantes de nightclubs, y siempre me impresiona su ritmo perfecto, pero jamás he podido comprender cómo pueden aguantar el decir exactamente lo mismo cada día. Entonces me doy cuenta de cuál es la diferencia, porque de todos modos siempre repites tus cosas cada día, tanto si alguien te lo pregunta como si no, cualquiera que sea tu trabajo. Normalmente cometes los mismos errores. Y aplicas tus errores habituales a cualquier nueva categoría o a cualquier nuevo campo de acción en que te metas.

Siempre que me intereso por algo, sé que no es el momento indicado, porque siempre me interesa la cosa adecuada en el momento inapropiado. Debería empezar a interesarme después de que haya dejado de interesarme, porque justo después de que me avergüence de seguir pensando en una idea deter-minada, es precisamente cuando esa idea está a punto de hacerle ganar varios millones a alguien. Mis consabidos buenos errores.

Aprendí algo sobre el tiempo cuando tenía que andar por Nueva York y ver a gente que me había citado en sus despachos. Alguien me citaba a las diez y me rompía la cabeza para estar allí a las diez, llegaba allí y no me recibían hasta la una menos cinco. Así que cuando eso ya te ha ocurrido cien veces y te dicen: «¿A las diez?», respondes: «Bueeeeno, qué extraño, creo que me presentaré a la una menos cinco». Por lo tanto, iba a la una menos cinco y funcionaba siempre. Era cuando me recibían. Y así aprendí. Era como ser un conejillo de Indias y te hacían pasar por todos esos tests y te premiaban cuando hacías las cosas bien, y cuando las hacías mal, te echaban a patadas, así aprenderás. Así aprendí a saber cuándo encontraría a la gente.

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con una dosis normal de energía, parezco «joven». Cuando Liz Taylor es puntual parece «temprano». Es como si de repente adquirieras un nuevo talento al ser malo en algo durante mucho tiempo, y de pronto un día dejas de serlo tanto.

Me gusta la idea de que ahora en Nueva York la gente tenga que hacer colas para ir al cine. Pasas por muchas salas en las que hay colas larguísimas. Pero nadie parece descontento. Sólo vivir ya cuesta ahora tanto dinero que, si tienes una cita, puedes pasarte todo el tiempo de la cita en una cola, y así te ahorras dinero porque no tienes que pensar en qué hacer mientras esperas, empiezas a conocer a gente y sufrís juntos un ratito y os entretenéis durante dos horas. Así, habéis intimado y compartido juntos toda una experiencia. Y la idea de esperar algo, lo hace de todos modos más excitante. No entrar nunca es el colmo de la excitación, y después de eso, lo que más excita es esperar.

Si sólo tuviera vacaciones cada diez años me parece que aun así no querría ir a ninguna parte. Probablemente iría a mi habitación, mulliría la almohada, encendería un par de televisores, abriría una caja de galletas Ritz, me sentaría con el último número de cada revista con excepción de la guía de televisión del quiosco de la esquina y llamaría a todos los conocidos para que miraran en sus respectivas guías y me dijeran qué ponen, y qué van a poner. También disfruto releyendo el periódico. Especialmente en París. No me canso de releer el Herald Tribune internacional cuando estoy en París. Me encanta dejar pasar las horas mientras otra gente hace sus cosas, siempre que me llamen para informarme de lo que hacen. En mi habitación, el tiempo avanza lentamente para mí, única-mente afuera todo ocurre muy deprisa.

No me apetece viajar porque lo cierto es que me gusta el tiempo lento y para co-ger un avión tienes que salir con tres o cuatro horas antes, así que allí mismo ya se te va un día. Si realmente quieres que la vida pase ante ti como una película, viaja y podrás olvidar tu vida.

Me encanta la rutina. La gente me llama y dice: «Espero no sacarte de tu rutina llamándote de este modo». Saben cuánto me gusta.

De vez en cuando cometo el error de no obedecer la Regla de Oro de no com-plicarse la vida. Asimismo, aunque trato de tirar cosas para simplificar mi vida, descargo las cosas sobre los demás.

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de quién lo hizo. Supongo que el mejor argumento es en realidad el tiempo: el suspense de ver si recuerdas.

Los relojes digitales me demuestran que hay un nuevo tiempo en mis manos. Y asusta un poco. Alguien ha pensado en una nueva manera de ver el tiempo, así que supongo que ya no tendremos que ir diciendo: «Es la una o’clock», porque debería decirse of the clock o by the clock, (O’clock «en punto»; clock, «reloj»;

Of the clock, «del reloj»; by the clock, «según el reloj») y ya no habrían relojes: será «un tiempo» en vez de «la una» y «tiempo tres y media» y «tiempo cuatro y cuarenta y cinco».

Cuando era niño y pasaba mucho tiempo enfermo, sentía esas temporadas como pequeñas interrupciones. Pausas internas. Jugando con muñecas.

Jamás recortaba de las revistas mis muñecas recortables. Algunos de los que han trabajado conmigo podrían sugerirme que tenía a alguien que lo hacía por mí, pero realmente la razón por la que no las recortaba era la de que no quería estro-pear las bonitas páginas en que se encontraban. Siempre dejaba mis muñecas recortables en mis libros de muñecas recortables.

Sobre el tiempo

De tiempo en tiempo haz tiempo

tómate tu tiempo fines de semana.

Con el tiempo En tiempo alguno Por buen tiempo Entre tiempo Tiempo y de nuevo El tiempo de la vida Tiempo perdido

Pasa tiempo Tiempo récord Compra el tiempo Funciona a tiempo

A tiempo Con el tiempo Tiempo libre Tiempo de ocio Zona del tiempo Tiempo de encierro Mapa del tiempo Lapso de tiempo

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Cuando hoy miro a mi alrededor, el mayor anacronismo que veo es el embarazo. Simplemente no puedo creer que la gente aún se quede embarazada.

El mejor tiempo para mí es aquel en el que no tengo problemas de los que no pueda comprar la solución.

Mi filosofía de A a B y de B a A [1975], traducción de Marcelo Covián, Tusquets, Barcelona, 2002.

Referencias

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