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Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú le llamaras destino.
Carl Gustav Jung.
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1ª Parte:
Dr. Greig McCallum
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stoy en mi baño. Me miro en el espejo y siento una mezcla de dolor y arrepentimiento. Hace ya un buen rato que llegamos a casa. El día se me ha hecho interminable.
Hubo momentos en los que sentí el ánimo a ras del suelo, sobre todo a la salida de la consulta del Doctor McCallum, cuando Angus y yo volvíamos a casa cada uno enredado en sus pensamientos. Él no se atrevía a hablarme ni yo a mirarle a la cara.
Cruzamos a la acera de la pizzería y Angus me preguntó si me apetecía comer algo. No creo que él tuviera hambre, más bien aprovechó la ocasión para romper el silencio. Le dije que estaba cansada y que me apetecía llegar a casa pronto. Pero él insistió y yo acabé cediendo.
Le vi coger los cubiertos y sus manos me parecieron las de un extraño. Incluso llegué a preguntarme quién era ese hombre que me observaba a hurtadillas con el gesto compungido y aparentemente apenado, cuando sus sentimientos hacia mí hacía ya tiempo que habían muerto.
Mi plato seguía lleno de trozos de hojas verdes que yo esparcía con el tenedor de un lado a otro, abstraída, como si se tratara de un juego. Dejé el tomate a rodajas en el centro y la cebolla sobre los bordes del plato para que no se mezclaran: uno de mis ritos. Angus seguía mirándome a escondidas, como si
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acabara de conocerme o estuviera poniendo en entredicho las palabras del doctor McCallum.
Un camarero se acercó para preguntar si necesitábamos algo. Negué con la cabeza al tiempo que bebí un poco de agua.
Noté que los labios se me pegaban al vaso. Fue cuando Angus alargó su mano y me tocó el brazo. Fue instintivo; volví la cara y eché los ojos hacía otro lado.
Ensimismada en mis pensamientos no me he dado cuenta de que ha oscurecido. Se ha hecho de noche. Las noches en invierno llegan con prisas.
Salgo del baño y al bordear mi cama escucho el sonido distorsionado de la tele. Angus ha debido quedarse dormido en el sofá, como de costumbre. No me extraña, debe estar agotado.
Sabe Dios que me duele hacerle pasar por todo esto, pero sentirme culpable no soluciona nuestros problemas, peor aún, me provoca más remordimientos. Aun así, no puedo dejar de señalarme como la causa directa de todas nuestras desavenencias.
Me siento al borde de la cama y cruzo las manos sobre las piernas. No me doy cuenta de que estoy mirando las fotos hasta que reparo conscientemente en ellas. Fotografías de Angus y mías sobre la balda de una repisa con libros, unas velas de olor, y un par de muñecas antiguas de porcelana. Fotos en las que se nos ve enamorados, contentos. Y es entonces cuando me visualizo paseando de la mano de Angus por las calles de Edimburgo, en un día gris y desapacible de otoño.
Hace frío, pero aún no llueve. Después de un breve café echamos a andar por un laberinto de callejuelas empedradas. Él se detiene de pronto y me mira. Sus ojos reflejan un brillo intenso. —Cásate conmigo—, me pide. Me quedo pegada a sus ojos como una tonta, sin soltar palabra, hasta que finalmente un grito de alegría se dispara de mi boca como una bala.
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—¡Claro que sí! —contesto emocionada—. ¡Te quiero!
¡Te quiero! ¡Te quiero! —Me agarro a su cuello y lo aprieto fuerte—. ¡No hay otra cosa que desee más!
Cuando le digo a Angus que estoy embarazada se queda perplejo. Sus ojos se hacen cada vez más grandes. Más redondos.
—¡Es verdad! —insisto ante el atisbo de duda que salta a su cara—No te miento cariño. ¡Vamos a ser padres!
Angus me lleva a su pecho y me abraza. Al retirarme, advierto su mirada entumecida de alegría. El brillo aguado que inunda sus ojos. Traga saliva y me pregunta:
—¿Estás segura?
—¡Pues claro que estoy segura! Te quiero tanto…
Me pego de nuevo a su cuerpo. Angus vuelve a aplastarme con sus brazos.
—¡Oh! ¡Margaret!
Acerca su boca a la mía y me besa. Siento el contacto de sus labios, de su lengua, el sabor salobre de su saliva mezclada con la mía.
—Y… ¿cómo vamos a llamarle? —me pregunta con la ingenuidad de un chiquillo.
—¡No seas bobo! Solo estoy de tres meses. Ya habrá tiempo de pensar en eso más adelante.
Angus retiene mi cara entre sus manos, como repasando mis rasgos con su mirada. Noto calor. Entrega.
Vuelve a besarme.
La humedad bajo mis ojos me avisa de que estoy llorando. Alargo la mano y me hago con un clínex de la caja que hay sobre la mesita escritorio, a pie de lámpara. Me limpio las mejillas y luego me sueno. No puedo dejar de pensar en lo felices que hemos sido y… Y es justo ahora cuando comprendo más que nunca todo cuanto le debo a Angus, mi marido, el hombre del que sigo enamorada y al que todavía quiero. Sé que la decisión que he tomado es la correcta. Ruego a Dios que no se
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olvide de mi durante el tiempo que tengamos que permanecer separados.
Antes de bajar al salón aguardo unos minutos aprovechando que Angus duerme y me repaso las ojeras con un poco de maquillaje. No quiero que me vea los ojos rojos. Mi mirada vuela instintiva a la repisa y atrapa otra foto donde estoy sentada sobre las piernas de Angus. Él me tiene cogida por los hombros. Me acercó y paso los dedos por encima del cristal despacio, con un deseo incipiente de atravesar la cartulina y volver atrás en el tiempo.
Esta vez las emociones me llegan destempladas. Los recuerdos impregnados de sensaciones desagradable.
—Tranquila. Tranquila. No pasa nada. Todo está bien
—me dice Angus inyectándome calma tras abrir de golpe la puerta del baño y verme aterrorizada, tirada en el suelo.
—Estoy contigo, amor mío. Ya ha pasado. Nadie va a hacerte daño —Intenta alzarme entre sus brazos.
A la mañana siguiente despierto cansada. Probablemente aún bajo los efectos de los tranquilizantes. Miro a un lado y me doy cuenta de que Angus no está en la cama. Escucho ruido de platos que me llega de la cocina mezclado con delicioso olor a café recién hecho.
Salto de la cama, me calzo las zapatillas y me anudo la bata. Un repentino mareo me detiene. Apoyo una mano en la mesita de noche y aguardo.
Una vez recupero fuerzas bajo a la cocina. Angus, nada más verme, se acerca y me besa.
—Buenos días, cariño —me dice con su habitual sonrisa.
Echo una ojeada por encima de su hombro y veo sobre la mesa tostadas, mantequilla, huevos revueltos y mermelada—. ¿Has dormido bien?
Quiero decirle que sí, pero sería una estupidez, cuando camino arrastrando de mi cuerpo.
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—Estoy un poco mareada.
—Quizás se deba a las pastillas. Una buena taza de café caliente te vendrá bien. Retiro la silla con lentitud y me siento.
—¿Qué día es hoy? —pregunto aturdida.
—Martes—responde él sentándose a mi lado. Me sirve café y me acerca el plato con las tostadas—. Lo sé, lo sé — exclama antes de que yo diga nada—. He llamado a la oficina para decirles que llegaré un poco más tarde. Después de lo de anoche no me he atrevido a dejarte sola.
—Anoche… —susurro intentando hacer memoria.
—Cariño, te encerraste de nuevo en el baño —dice. Y suena como si fuera algo que yo hiciera con frecuencia—.
Gritabas aterrorizada —continúa, mientras unta pedazos de mantequilla dura sobre una tostada con los bordes quemados—
. Esta vez me costó más trabajo sacarte. Tu cuerpo trababa la puerta por dentro.
No puedo recordar nada. Algo pesado me tira de los párpados e impide incluso que mueva con soltura los ojos.
—Pero ahora no le des vueltas —añade ante mi desconcierto—. Intenta comer algo. Por cierto, hace un día estupendo. Nada de frío. Creo que te vendría bien salir a dar un paseo.
Me llevo la taza de café a la boca y bebo unos sorbos.
—Lo siento, Angus.
—No seas tonta. —alarga su mano y se hace con la mía—. Solo fue otra de esas pesadillas. Yo también tengo sueños en los que acabo gritando.
Suena sincero, pero lo hace para tranquilizarme.
—Prometo que pondré de mi parte.
Angus se inclina hacia mi levemente.
—Lo sé. Ya lo estás haciendo.
Alcanzo la taza de café y bebo un poco. Unto un trozo de mantequilla sobre la tostada y la cubro de mermelada. No me apetece comer, solo lo hago por complacerlo.
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—Hoy toca terapia…
—Si, estaré esperándote fuera.
Me quedo mirándolo y un pensamiento intruso se cuela repentino en mi cabeza;
Sé que no tardará mucho en abandonarme.