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INDICADORES DE EVALUACION EN PROYECTOS PATRIMONIALES Sra. Araceli Morales. Coordinadora de la Red de Ciudades Patrimonio de

la Humanidad

Cartagena de Indias, conocida también como la ciudad Heroica o, más cariñosamente, como el Corralito de Piedra, fue fundada en el año de 1533 – hace más de 470 años- por el madrileño Don Pedro de Heredia y desde entonces no ha dejado de ser una ciudad viva, acogedora y en continuo desarrollo. Es también, tristemente, una ciudad castigada, como tantos otros tesoros históricos en el mundo, por los flagelos de la pobreza y la inequidad.

La estructura urbana de la ciudad colonial parte de un sistema de plazas que, en conjunto con las calles, configura un espacio público de altas calidades urbanas y arquitectónicas, enmarcado por la arquitectura monumental y doméstica. Sus casonas poseen impresionantes portales y unos destacados balcones que recuerdan imágenes de las Islas canarias y son singulares en la arquitectura del Nuevo Reino de Granada.

Este apreciable conjunto urbano es complementado por las sobrecogedoras fortificaciones de los siglos XVII y XVIII, con sólidas murallas y castillos levantados para defenderlo de piratas, corsarios y ejércitos enemigos que llegaban atraídos por la tentación de las incontables riquezas que se acumulaban en su suelo, debido a su condición de centro comercial de mercancías y esclavos. El cordón de murallas se ha mantenido casi en su totalidad a través del tiempo y es, sin duda, uno de sus principales atractivos.

La visión predominante en la rehabilitación en el Centro Histórico de Cartagena ha sido, hasta ahora, la intervención de edificaciones monumentales y residenciales, Sin embargo hay que reconocer que, sin desmeritar la importancia de esta área restauradora, se trata de un modelo de recuperación del Centro que carece de un proyecto urbano integral. En cierto modo, la supremacía de enfoque normativo con los cuales se ha pretendido orientar el manejo del patrimonio construido, así como el escaso análisis de las dinámicas urbanas, económicas y sociales, ha demostrado su bajo impacto en el desarrollo de la ciudad en su conjunto. A pesar de ser Cartagena un destacado polo de turismo nacional e internacional; a pesar de su privilegiada posición que la debería tener volcada hacia el mundo, con competitividad y desarrollo social, presenta la más grave situación de inequidad dentro de las principales ciudades de Colombia, con tres cuartas partes de la población ubicadas dentro de la franja de la pobreza.

Esta paradójica situación nos lleva a plantearnos qué papel debe asignarse al centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad: ¿Se trata tan solo de rescatar las huellas de un pasado glorioso y de convertir el área céntrica

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en un bello centro atractivo al turismo nacional e internacional o está en juego algo todavía más revelante, conocería el dar a la antigua ciudad de Cartagena un rol protagónico en la construcción del futuro de la ciudad? Por supuesto, ante la disyuntiva, yo me inclino por una ciudad viva, pujante y con desarrollo humano sostenible, antes que por la preservación y sostenimiento de una ciudad-museo, pulcra, intocable pero distante de las necesidades de los habitantes. La nueva pregunta, entonces, es: ¿Cómo hacer del centro histórico un motor dinamizador del empleo, el desarrollo y la justicia social en toda la ciudad?

Para realizarlo se requiere articular diversos actores sociales, instrumentar mecanismos financieros y de gestión, y promover contextos legales e institucionales renovados que posibiliten una mejor gobernabilidad, así como la sostenibilidad económica y social.

Estamos convencidos de que, si bien el turismo es fundamental para la ciudad sobre todo en lo referente a la generación de empleo, los líderes de la Heroica, deben proponerse la diversificación de líneas estratégicas de acción. No queremos en Cartagena, un centro histórico preservado como un museo dispuesto para la vista de los turistas y el registro impecable en las películas fotográficas.

Queremos un centro histórico que, respetando la esencia de su pasado, preservando la belleza de sus monumentos y edificaciones, sea, mas que nada, un lugar vivo y lleno de energía, un sitio de encuentro de los habitantes, un foco de cotidianidad, una zona donde la gente habite, comercie, juegue, estudie, converse, trabaje, ame, aprenda, goce, sienta. En pocas palabras, donde la gente VIVA.

Queremos un centro histórico que los cartageneros sientan como propia y los turistas aprecien precisamente por eso: porque en él la vida reina en todo en su esplendor y las costumbres que también son patrimonio, se perpetúan y se traspasan de generación a generación.

Algo más aún: queremos un centro histórico donde la gente tenga sus viviendas adecuadas lógico al entorno histórico y ambiental, para que reviva en el ámbito de la cotidianidad y se genere en él ese sentido de hogar que luego se trasmuta en sentido de pertenencia y orgullo para sus habitantes. Un centro histórico que palpite con el corazón de la gente que lo habite y lo viva. Un centro histórico donde se fundan el pasado y el presente, que sea fuente de empleo, bienestar y mejor calidad de vida, dentro de la meta común de generar desarrollo sostenible para nuestra ciudad.

La Jornada sobre la Gestión del Patrimonio Sostenible, que hoy nos convoca, es una ocasión propicia para compartir la inmensa tarea que tenemos los gestores culturales de velar por la conservación y protección de esos bienes en los que la humanidad misma ha manifestado su interés, por formar parte de su acervo histórico más preciado. Por ellos, es indispensable que se consolide un permanente diálogo intercultural de las ciudades entre sí, y de éstas con otras regiones del mundo.

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Aquí quiero llamar la atención sobre un concepto, que constituye el tema de esta disertación. Preservar y proteger el patrimonio no es una labor que se reduzca a la restauración de fachadas, estatuas y monumentos. Un monumento es pieza fundamental en la memoria de una nación; crear una pieza artística, una obra arquitectónica y un elemento urbano, requiere de elementos e insumos físicos para su construcción, este es quizá el acercamiento primario entre el mercado y el Artista. Estos insumos presentan un costo para el proceso proporcional a las magnitudes del mismo, entrando inevitablemente en las fronteras del mercantilismo y el mercadeo, situación históricamente rechazada por sectores ortodoxos de la gestión Cultural.

El valor de construir un monumento es cuantificable desde la suma de los gastos necesarios para su ejecución, entonces el valor es netamente Nominal frente al valor real. La necesidad de Insertar elementos constructores de Identidad en una ciudad, se debe a la importancia sostenibilidad de la memoria de Nación en sus ciudadanos. Afortunadamente o infortunadamente, asumir estas memorias tiene un costo para la productividad del asentamiento urbano. En conclusión , la dinámica es consistente con las necesidades de los ciudadanos y con la productividad de las ciudades, por lo tanto, asumir que un espacio físico, que podría ser directamente más productivo, se convierta en pieza de conservación, podría ser considerado como un fuerte costo de sacrificio para la ciudad; en la medida que una ciudad tenga posibilidades de expansión , asumir una conservación arquitectónica es menos costoso que si existieran políticas de densificación , ya que el sacrificio a futuro será mayor.

La presencia de monumentos en las ciudades, es un motor de desarrollo, los casos de la Torre Eiffel o de la “Monalisa”, son un ejemplo excepcional del uso y descuido de la explotación, de los bienes tangible colectivo. camisetas, calcomanías, estatuillas, forman parte de los inventarios generados en torno de estas obras que fueron producidos por empresarios que comprendieron que la explotación masiva de estos productos, es un negocio importante.

En este sentido, el empresario consumió productos básicos de diversos sectores, que generaron ingresos para otros empresarios, y tanto como los productores de bienes básicos e intermedios como los demás productores generaron empleo o por lo menos lo sostuvieron. La presencia de un monumento en una ciudad aporta una gran cantidad de capital económico en los sectores productivos interdependientes, genera las bases para la formación y sostenimiento del capital humano, y fomenta la formación de capital social para su defensa y engrandecimiento. Solo requiere que el estado lo reconozca como parte fundamental de la ciudad y lo inserte en sus políticas de promoción turística, entregándole la confianza normativa necesaria para su acción autónoma e independiente.

La valoración de un bien inmueble cambia de Nación en Nación, de sociedad en sociedad, y esto de debe a que el precios de los bienes inmuebles esta sujeto a la condiciones del mercado. Cada edificación tiene

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un valor comercial, que es aquel por el cual sería comprado si estuviese en venta. Esta valor fluctúa según diversas variables como su ubicación dentro de la ciudad, tenencia de servicios domiciliarios, condiciones de las vías de acceso, entre otros.

Esta volatilidad de Valor comercial, es un gran problema para las autoridades gubernamentales y sus sistemas fiscales ya que no logran establecer fácilmente un valor para el predio que deben tributar, por lo tanto muchas naciones han optado por sistemas de valoración estatal de los bienes inmuebles.

Tenemos entonces una misma construcción que tiene dos valores, Valor comercial y valor estatal, pero ambas valorizaciones están sujetas de los variables principales: Área de Terreno y Área Construida. La Composición del tamaño de una construcción se podría resumir en el terreno que ocupa sobre la tierra y la cantidad de terreno construido.

Si bien es cierto que en las edificaciones antiguas, la calidad de metros cuadrados construidos es menor, su valoración de metro cuadrado construido también lo será, y por esto en muchas urbes, son demolidas viejas construcciones para ser reemplazadas por otras nuevas.

La valoración de metro cuadrado construido es constante en el tiempo (y en algunos casos aumenta), valoración de metro cuadrado construido tiende a reducirse por el las condiciones de uso del inmueble, mientras que el valor estatal se mantiene constante en términos reales.

En conclusión, el crecimiento poblacional dentro de una urbe, genera un crecimiento por demanda de metros cuadrados construidos en buenas condiciones par usos comerciales, industriales y residenciales, que dinamizan la constante construcción de edificaciones y la sustitución de las antiguas, más aun si hay limitantes de expansionen el caso urbano. Es decir que el aumento de habitantes de una ciudad es la causa principal de la tendencia de la industria de la construcción.

El parque de Bolívar en Cartagena, recientemente restaurado, con sus frondosos árboles que regalan su sombra a los inquilinos de sus numerosas bancas, con sus fuentes alegres y luminosas en cada esquina, alinderado por la Catedral en un extremo y por el palacio de la Inquisición en el otro, es un ejemplo vivo de restauración con respeto por lo social y lo histórico. Lamentablemente, este ejemplo es sólo un caso aislado dentro del conjunto total de nuestro Centro Histórico. En otras zonas del mismo, hay que reconocerlo – el deterioro es evidente. En las calles pululan las ventas ambulantes que hacen inexistentes los andenes y desconocen las más elementales normas de salubridad; fachadas que recuerdan mejores tiempos se caen literalmente frente a nuestros ojos, ocultando las ruinas de viejas casonas abandonadas; indigentes recostados en las paredes claman por una ayuda lastimera, y algunos aprovechados o desesperados generan inseguridad en los alrededores.

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Es la realidad ineludible de nuestro “corralito de piedra” de la capital turística de Colombia, de una ciudad que debería estar volcada al mundo, con competitividad y desarrollo social, pero que presenta, para nuestra vergüenza, la más grave situación de inequidad dentro de las principales ciudades del país.

En el panorama internacional, los proyectos de conservación patrimonial que se limitaban a restauración y protección de edificios y monumentos están, por fortuna, siendo revaluados y reemplazados por nuevos conceptos que asumen que no es posible pensar en patrimonio sino como entorno de una población que vive con él, vive en él y vive de él, muchas veces marginada, cuyo bienestar y mejoramiento de sus condiciones de vida debe ser la primera prioridad.

Como bien dice Ciro Caraballo, investigador de la facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – FLACSO-, “quizás hemos pecado de optimistas al pensar que conservar el contenedor era sinónimo de conservar el contenido”. El centro histórico de Cartagena es un precioso “contenedor” que merece toda la atención de las entidades nacionales y municipales encargadas de preservar el patrimonio cultural, pero el solo hecho de preservar sus monumentos no implica, necesariamente, un avance social para sus pobladores, dentro del concepto del desarrollo humano sostenible. De hecho, Cartagena, como tantas otras ciudades con importantes centros históricos, se ha visto afectada por el fenómeno del desplazamiento de los habitantes de los núcleos históricos hacia la periferia o hacia otras zonas de la ciudad, debido a la aplicación de procesos de renovación que no han sido concertados o que no los han tenido en cuenta. Un reto actual es el de encontrar mecanismos que permitan recuperar los inmuebles y el entorno urbano, sin excluir del proceso a la población existente.

Para rescatar su uso habitacional, es indispensable elaborar y poner en marcha planes de vivienda en nuestro centro histórico, basados en experiencias exitosas de otras ciudades. Nuestra municipalidad y los empresarios privados de la construcción tienen mucho que proponer en esta materia.

Recuperar el centro Histórico de Cartagena de Indias será recuperar el corazón mismo de nuestra ciudad y rescatar del olvido y la miseria a miles y miles de cartageneros que volverán a encontrar oportunidades de trabajo y de ingresos en el turismo cultural, en la construcción, en los servicios y en tantas otra áreas de la economía que resurgirían a partir de un proceso integral de rehabilitación y revitalización.

Mi sueño es que Cartagena – la de los indígenas que poblaban Calamarí, la que Pedro de Heredia juzgó buen y seguro asiento, la que codiciaron Drake y Vernon, la que defendió Blas de Lezo, la pionera de la independencia, la que resistió los asedios – sea nuevamente adelantada a su tiempo y ponga en práctica, de una vez por todas, el nuevo e imperativo concepto del patrimonio como capital social.

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