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MONOGRÁFICO: COMUNICACIÓN Y RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS EN EL AULA

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Factores condicionantes de la participación de padres y madres en los programas familiares de prevención del consumo de drogas llevados a cabo en el aula

MONOGRÁFICO: COMUNICACIÓN Y RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS EN EL AULA

AUTORES: Susana Al-Halabí Díaz y José M. Errasti Pérez

Dpto. Psicología. Universidad de Oviedo. Plaza Feijoo s/n. 33003 Oviedo (España). E-mail: [email protected]

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RESUMEN

El fenómeno del consumo de drogas constituye uno de los problemas de carácter tanto social como sanitario que más interés ha despertado en los últimos años. Las investigaciones han mostrado que los períodos claves de riesgo para el abuso de drogas son durante las etapas de transición en la vida de los chicos, y es precisamente en la adolescencia donde encontramos una etapa óptima para intervenir en este problema mediante la aplicación en la escuela de programas preventivos familiares del consumo de drogas. En este artículo se repasan los principales factores de riesgo y protección escolar y familiar implicados en el desarrollo de estos programas y los problemas asociados a este tipo de actividades, como son la falta de asistencia de las familias con alto riesgo de tener hijos consumidores y las altas tasas de abandono de los participantes.

Palabras clave: Adolescencia, drogas, prevención familiar, participación

familiar

ABSTRACT

The phenomenon of drug consumption is one of the problems of a social as well as a sanitary nature that has aroused the most interest in the last few years. Research has revealed that the crucial high-risk periods for drug abuse are during the transition stages of youths' lives. Adolescence is

precisely the optimum age at which to intervene in this problem, by means of the administration at school of family programs for the prevention of drug consumption. In this article, we review the main risk and protection factors both at school and at home that are involved in the development of these programs and with problems associated with this kind activities, such as the lack of support from the families with a high risk of having children who consume drugs and the high drop-out rates of participants.

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INTRODUCCIÓN

El fenómeno del consumo de drogas constituye uno de los problemas de carácter tanto social como sanitario que más interés ha despertado en los últimos años. De acuerdo con la literatura y con la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la actualidad se considera que el uso de drogas lícitas o ilícitas es un problema creciente de la salud pública, tanto en los países desarrollados como los que están en vías de desarrollo (Morán Sánchez y Ferriani, 20041).

Las consecuencias negativas de esta situación se manifiestan con una amplia gama de problemas de salud, sociales y económicos, además de un significativo impacto familiar. Por esto, existe un consenso generalizado acerca de la necesidad de abordar esta situación, y es precisamente en el campo de la prevención donde encontramos el mayor potencial para incidir eficazmente en la disminución de dicho problema; problema que, por otra parte, se encuentra enraizado en multitud de contextos sociales y obedece a todo un conjunto de complejas interacciones entre el individuo y su entorno. En este sentido, el campo de la intervención preventiva familiar contra el consumo de drogas ha avanzado considerablemente con el objetivo de lograr estar presente a gran escala en nuestra sociedad, así como conseguir un impacto notable en el ámbito de la salud pública. Los contextos en donde se lleva a cabo este tipo de prevención son muy variados, pero entre todos ellos destaca en España el contexto escolar, por reunir una serie de características particularmente propias para tal fin, -ser uno de los ambientes más importantes en la vida de los jóvenes, contar con una amplia población juvenil a la que poder acceder, familiaridad e implicación de los padres con la institución educativa, etc.-.

LA IDEA DE FACTOR DE RIESGO Y DE FACTOR DE PROTECCIÓN

Las investigaciones han mostrado que los períodos claves de riesgo para el abuso de drogas son durante las etapas de transición en la vida de los chicos (Becoña, 20022). Una de las más importantes a este respecto tiene lugar cuando los alumnos pasan de la escuela primaria a la secundaria, donde a menudo experimentan nuevas situaciones académicas y sociales, como aprender a llevarse bien con un grupo nuevo de compañeros, estar expuestos a compañeros que consumen drogas u otro tipo de desafíos emocionales. Es en esta etapa –la adolescencia temprana– cuando hay más posibilidades de que los niños se enfrenten por primera vez a las drogas. Los diversos estudios realizados por las Administraciones de varios países indican que algunos niños ya consumen drogas a los 12 o 13 años de edad (Morán Sánchez y Ferriani, 2004, Op Cit.). Este abuso precoz a menudo incluye sustancias tales como el tabaco, el alcohol, inhalantes, marihuana… y suele limitarse a situaciones sociales determinadas. Los estudios también han demostrado que este patrón de consumo está asociado a un mayor riesgo de problemas de drogodependencia. A medida que el adolescente se va implicando en dicho consumo, éste se incrementa tanto en frecuencia como en cantidad

1 Morán Sánchez, F. & Ferriani, M.G.C. Parents and teachers perception of the risky factors for legal and

ilegal drugs consumption among students. Rev. Latino-Am. Enfermagem. [online]. 2004, vol. 12, no. spe [cited 2006-10-23], pp. 352-358.

2 Becoña, E. (2002). Bases científicas de la prevención de las drogodependencias. Madrid: Plan Nacional

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y va progresando hacia múltiples sustancias. Por lo tanto conocer los factores de riesgo y de protección supone un aspecto de gran relevancia para la prevención de las drogodependencias. Así, podremos intervenir en diferentes ámbitos, principalmente la familia y el entorno escolar, ya sea para reforzar los factores de protección existentes o para reducir y modificar, en la medida de lo posible, los factores de riesgo. Obviamente también deben ser considerados en la elaboración de programas preventivos para que éstos gocen de la mayor eficacia posible (Fernández Hermida y Secades Villa, 20023). Los científicos han propuesto varias explicaciones del motivo por el cual algunos chicos se involucran en este tipo de comportamientos disfuncionales, a sabiendas de que consumir drogas no goza de la aprobación de la mayoría de los adultos y muy probablemente difiere enormemente de los valores que inculcan los padres y los profesores.

Además, su estudio se enfrenta a un buen número de problemas; uno de los más importantes es que no son fácilmente separables unas causas de otras, ya que unas dependen de otras, ni son independientes de sus efectos, ya que el propio consumo altera y modifica las propias causas, por lo que resulta difícil calibrar cuál es la importancia relativa de cada una. Es más, ni siquiera las condiciones o situaciones que están relacionadas con el consumo pueden considerarse como causas, en el sentido estricto del término, es decir, como algo determinante para que se produzca el consumo y cuya ausencia dará como resultado un comportamiento abstinente. Por eso preferimos hablar de “factores de riesgo” en vez de “causas”, para hacer hincapié en la idea de que su presencia afecta a la probabilidad de que se dé la conducta de consumo, pero su ausencia no la excluye ni garantiza un comportamiento abstinente o responsable.

Así que, para ser precisos, decimos que el concepto de factor de riesgo para el consumo de drogas en los jóvenes es un concepto de carácter probabilístico, y de la misma naturaleza son los llamados factores de protección que hacen referencia a esas situaciones o condiciones que inhiben, reducen o atenúan la probabilidad de uso de las drogas o los problemas que puedan existir derivados de su consumo. Su presencia no impedirá el consumo de drogas, pero su ausencia tampoco supone que la persona vaya a presentar inequívocamente problemas de abuso de drogas en el futuro (Clayton, 19924). Tanto los factores de riesgo como de protección son los conceptos centrales en el campo de la prevención, y sobre ellos tratamos de influir para reducir la incidencia de los problemas del consumo de drogas en la población juvenil.

CLASIFICACIÓN DE LOS FACTORES DE RIESGO Y DE PROTECCIÓN

La forma más común de clasificar los factores de riesgo y de protección se hace atendiendo al lugar donde se producen. Clásicamente se habla de factores personales, comunitarios, escolares y familiares. Nos centraremos en estos dos últimos por ser los

3 Fernández Hermida, J. R., & Secades Villa, R. (2002). Factores de riesgo para el uso de drogas: un

estudio empírico español. In P. N. S. Drogas (Ed.), Intervención familiar en la prevención de las

drogodependencias. Madrid: Plan Nacional Sobre Drogas.

4 Clayton, R. R. (1992). Transitions in drug use: risk an protective factors. In M. Glantz & R. Pickens

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de mayor relevancia respecto del tema que nos ocupa. A continuación se describen brevemente los factores escolares y posteriormente desarrollaremos en profundidad los factores familiares.

Los factores de riesgo y protección escolar

Algunos de los factores de riesgo relacionados con el consumo de drogas tienen que ver con las relaciones entre los niños y con otros agentes sociales fuera de la familia, especialmente en la escuela y con el resto de alumnos de la clase. Algunos de estos factores de riesgo y protección escolar más citados son el bajo rendimiento académico y el fracaso escolar, el bajo compromiso con la escuela, y la conducta antisocial en la escuela (Becoña, 2002, Op Cit.).

Uno de los factores que con más frecuencia se han mencionado como de riesgo para el consumo de drogas es el fracaso escolar, que sería la consecuencia última del bajo

rendimiento académico, lo que significa básicamente que el chico ha dejado de ver

viable su papel de estudiante y ha perdido todo interés en su futuro académico. Es conocido que este riesgo aumenta en los últimos años de la educación primaria, ya que los niños empiezan a tomar conciencia de sí mismos y del mundo que les rodea. Existen varios factores que pueden explicar el fracaso escolar, y a menudo las causas suelen ser plurales (conflicto familiar, ambiente escolar pobre, dificultades de aprendizaje, falta de apego a la escuela…). Incluso las creencias que los padres tengan sobre la escuela y el papel que ésta desempeña en la educación de sus hijos es un factor muy importante, ya que transmiten al niño una serie de expectativas sobre el colegio que pueden ser negativas o positivas.

El bajo apego al colegio o la ausencia de interés en las cuestiones escolares es otro factor de riesgo para el consumo de drogas. Como parece obvio, los alumnos que piensan en acudir a sus clases tienen menor posibilidad de involucrarse en cualquier tipo de conductas problemáticas. Concretamente, faltar a clase deliberadamente es uno de los factores de riesgo más claramente asociados al consumo de drogas, ya que el hecho de estar transgrediendo el horario escolar hace más probable que los chicos se sientan libres para implicarse en otras conductas no normativas, como beber alcohol o fumar. Además, no sería extraño que este tipo de conducta se relacione con otros factores de riesgo como la existencia de problemas personales o de conflicto familiar. Si el centro escolar no tiene medios para controlar este aspecto es posible que el problema se mantenga o incluso que aumente, llegando a desembocar en un abandono prematuro de la escuela.

La conducta antisocial en la escuela suele tener cierta concomitancia con el consumo temprano de drogas. A pesar de que se trata de una variable de tipo individual, en el caso concreto del colegio la conducta antisocial suele conllevar problemas de disciplina en el aula, valoración negativa por parte de los compañeros y profesores, quejas a los padres… que pueden desembocar en fracaso escolar anteriormente mencionado (Becoña, 2002, Op Cit.).

Factores de riesgo y protección familiar

Los factores de riesgo y protección familiar son aquellos que están relacionados con las características y las condiciones de la estructura familiar y su funcionamiento. La

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familia tiene una gran importancia en la vida del joven y resulta de primordial interés para aumentar la eficacia de los programas de prevención. La razón principal es muy simple. El entorno familiar es esencial en la socialización de los jóvenes, al menos, hasta el inicio de la adolescencia. Mantiene o puede mantener un cierto control sobre el resto de los factores de riesgo y es uno de los agentes socializadores más motivados para mantener una actividad preventiva durante largos períodos de tiempo.

La familia opera sobre el joven o adolescente por medio de los mecanismos de socialización. Lo que somos se ha ido construyendo a lo largo del tiempo por medio de nuestra constante interacción con los demás y con el medio que nos rodea. La familia es nuestro entorno social y emocional primario y conserva, durante mucho tiempo, un importante poder sobre el resto de los entornos, a pesar de que su influencia directa pudiera haber decaído. En el seno de la familia la persona aprende y adquiere creencias y actitudes, valores e intenciones por medio del aprendizaje, la observación y el control que los padres ejercen sobre la conducta de sus hijos, premiando, castigando o siendo indiferentes a lo que hace o piensa. Por otra parte, los padres deciden posteriormente el colegio en el que estudian sus hijos, aprueban o desaprueban sus compañías, favorecen u obstaculizan sus aficiones, se comprometen o se desentienden de sus dificultades y configuran, en suma, una permanente red de influencia sobre el contexto en el que se mueven los hijos.

Así pues, son varias las ventajas de prestar especial atención al contexto familiar. Durante la niñez y la adolescencia aparecen y se consolidan patrones de comportamiento de gran trascendencia para la salud del resto de la vida. Una parte de los problemas de la adolescencia comienza en la infancia, e, igualmente, una proporción de problemas en la vida adulta tiene su inicio en los cambios originados durante al adolescencia. Así, el consumo de drogas suele empezar en la adolescencia y, de hecho, los consumos que se producen en esta etapa son una de las principales preocupaciones con las que se enfrentan los padres en al actualidad. Esta realidad lleva a examinar qué ocurre durante esta etapa para que los adolescentes sean un grupo particularmente vulnerable al consumo de sustancias.

Los factores de riesgo o de protección familiares son, de acuerdo con lo que se ha dicho hasta aquí, condiciones, pautas de comportamiento o características familiares que aumentan o disminuyen la probabilidad de que los hijos se impliquen de forma temprana en el consumo de drogas y/o de que adquieran hábitos nocivos relacionados con éstas.

No existe un único modelo que recoja los factores de riesgo familiares implicados en el consumo de drogas (para un estudio detallado véase Becoña, 2002, Op Cit.). Algunos de los más citados se van a analizar a continuación.

 La presencia en la familia de una historia de alcoholismo, drogodependencia o

adicción al juego y/o de conducta antisocial o de algunos trastornos psicopatológicos, como la depresión o los trastornos de ansiedad.

Si uno o ambos padres, hermanos o familiares del núcleo más cercano que convive en casa tienen hábitos adictivos o rasgos de conducta anti-social, la probabilidad de consumo aumenta. Esto se apoya en los mecanismos de aprendizaje de los comportamientos familiares. Los padres, hermanos y otros familiares pueden funcionar

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como modelos que transmiten formas de enfrentarse a las dificultades, de relacionarse con los demás, de valores y actitudes ante los más diferentes aspectos de la vida. No puede considerarse extraño que un padre alcohólico transmita una visión indulgente del uso del alcohol, acentuando las características positivas de su uso y banalizando las negativas. En cualquier caso, pueden darse todos los ingredientes que facilitan la adquisición y aprendizaje del hábito de consumo en la juventud, a saber, presencia de modelos significativos (padres – hermanos), transmisión de actitudes positivas hacia el consumo y reforzamiento diferencial de dichos comportamientos.

Además de la presencia en la familia de trastornos adictivos o antisociales, otro de los factores de riesgo más comunes tiene que ver con lo que se ha venido a denominar:

 Prácticas pobres de socialización.

Con esta denominación se alude a los fallos para promover un desarrollo moral positivo, la incapacidad o desinterés para enseñar comportamientos o habilidades sociales y académicas, así como para la transmisión de valores prosociales y actitudes desfavorables al uso de drogas en los jóvenes.

Las familias con estas carencias no son capaces de servir como estímulos o modelos eficaces en el campo del aprendizaje de los valores. Esa incapacidad puede venir dada, bien porque el modelo familiar sea realmente un contra-modelo en el sentido apuntado anteriormente en relación con las familias con trastornos adictivos o de conducta, bien porque crean que “todo está permitido” con tal de que se alcance lo que se desea, bien porque no puedan o renuncien a educar y a contribuir en el proceso de socialización de sus hijos, o por una combinación de todo lo anterior.

También contribuye decisivamente a la correcta socialización el esfuerzo y la dedicación que los padres presten a los hijos en todo aquello que tiene que ver con la educación, una tarea que supone tiempo e implicación personal.

Siguiendo con la descripción de los principales factores de riesgo y protección, nos encontramos con uno de los más importantes:

 El estilo educativo de los padres.

El control de la conducta de los hijos y el manejo de las relaciones con ellos son componentes esenciales de la actividad socializadora de los padres. La supervisión ineficaz de las actividades, de las compañías, del cumplimiento de las reglas, así como la existencia de una disciplina ineficaz son importantes factores de riesgo. Una correcta supervisión paterna, firme pero sin agobios, y una respuesta sensata y coherente ante la conducta de los hijos es, por su parte, un importante factor protector.

Según el informe de la Federación de Ayuda contra la Drogadicción (La familia en la sociedad del siglo XXI. Libro de Ponencias, 20035) las generaciones de padres actuales vivieron en su infancia, adolescencia y juventud una relación con sus padres establecida desde la autoridad, la disciplina y el respeto. Actualmente las relaciones con sus hijos han evolucionado de tal forma que dicha autoridad se combina con grandes dosis de

5 La familia en la sociedad del siglo XXI. Libro de Ponencias. (2003). Madrid: Federación de Ayuda

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permisividad y una sensación de mayor libertad y confianza. Este fenómeno es analizado por los padres en dos sentidos: por un lado valoran muy positivamente el grado de confianza que han logrado entablar con sus hijos (algo impensable en la relación que ellos mismos tenían con sus padres), así como el clima de mayor libertad y la mayor capacidad para consensuar decisiones entre todos. La familia actual plantea una relación entre padres e hijos más cercana de la que nunca ha existido, algo que, esencialmente, se ve como enriquecedor y muy positivo.

Sin embargo, por otro lado, existen ciertas contrapartidas que provocan insatisfacción y confusión en los padres. Esto es así porque esa mayor confianza se establece ligada a una pérdida de autoridad que les resta capacidad para establecer normas, algo que le expone a una situación de cierta debilidad ante sus hijos principalmente en dos sentidos: para potenciar valores que consideran que se van perdiendo como consecuencia de su talante más permisivo (respeto, obediencia, responsabilidad…) y para tener mayor capacidad de contrarrestar ciertas preocupaciones referidas a los hijos, como el consumo de drogas u otras conductas problemáticas de la adolescencia que hoy en día se perciben como mayores y más problemáticas, precisamente por su incapacidad para actuar sobre ellas desde la raíz, como prohibir a los hijos que salgan de casa o que frecuenten bares de noche.

Se han descrito tres estilos educativos que surgen de la combinación de los diferentes grados en los que se administre la disciplina, el afecto y la comunicación con los hijos. De acuerdo con esta clasificación, habría un estilo permisivo, un estilo autoritario y un estilo con autoridad, también llamado autoritativo.

El estilo permisivo se caracteriza por tener pocas normas e inconsistentes, una actitud disciplinaria “blanda”, tendencia a la sobreprotección e indulgencia y una comunicación irregular e inconsistente. No es extraño que estas características provoquen una evitación del control de la conducta de los hijos, una actitud que puede definirse como fundamentalmente cómoda.

Si las cosas van bien en casa, este tipo de estrategia es cómoda y los padres atribuyen el éxito a no hacer nada. Pero si las cosas van mal, si hay un chico que empieza a tener problemas de algún tipo que pueden tener una mala evolución, entonces este tipo de estrategia se convierte en un desastre de graves consecuencias.

El estilo permisivo parece gozar de cierto predicamento en nuestros días. Así, cada vez con más frecuencia los padres delegan la función educativa en otros, normalmente en la escuela.

Es bien conocido que los profesores se quejan muy a menudo de esta situación. En una encuesta patrocinada por el Centro de Innovación Educativa – CIE – FUHEM -, cuando se les preguntó a los profesores si creían que los padres se desentendían de la educación de sus hijos, un 44,2% opinaba que sí, un 31,6% no tenía opinión definida, y un 24,2% decía que no (Encuesta sobre las relaciones de convivencia en los centros escolares y en la familia, 20036). Es decir, casi la mayoría de los profesores opina que los padres no se ocupan de la educación de sus hijos.

6

Martín, E., Rodríguez, V., & Merchesi, A. (2003). Encuesta sobre las relaciones de convivencia en los

centros escolares y en la familia. Centro de Innovación Educativa (CIE) e Instituto de Evaluación y

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Lo curioso es que los padres no parecen ser conscientes de este hecho. Así, en esa misma encuesta, se recogen las contestaciones de padres e hijos a la pregunta de si los padres colaboran con los hijos en sus tareas escolares. Mientras que un 32,1% de los alumnos considera que sus padres no colaboran, sólo un 10% de los padres dicen lo mismo. En el lado opuesto, un 45,4% de los alumnos contestan que sus padres les ayudan con sus deberes, mientras que en el caso de los padres el porcentaje se eleva hasta el 79,6%. La asimetría es completa, los padres tienen una imagen de su contribución a la educación de sus hijos mucho más satisfactoria que la que tienen los propios hijos o los profesores.

El estilo permisivo hace que el papel de autoridad de los padres desaparezca prematuramente, antes que se hayan adquirido los hábitos responsables (para con ellos y los demás) en las distintas facetas de la vida, provocando la aparición frecuente de adolescentes con baja tolerancia a la frustración, impulsivos, dependientes y sin capacidad para asumir responsabilidades. Si observamos estas características, todas ellas son factores personales que aumentan el riesgo de tener problemas con las drogas. En el lado opuesto del estilo permisivo, se encuentra el estilo autoritario. Aquí, los padres suelen fijar normas rígidas, sin ningún tipo de explicación o negociación, independientemente de la capacidad de comprensión del joven. El método de control característico es el castigo, incluyendo el físico. La comunicación con el hijo es deficiente, así como lo es la relación afectiva, ya que estos padres no creen necesario ni conveniente comunicar sus sentimientos de cariño a sus hijos, dado que les parece que esa estrategia puede mermar su autoridad.

La falta de comunicación entre padres e hijos es disfuncional fuera del contexto familiar. La técnica del castigo extingue conductas indeseables dentro de un contexto específico pero no aportan nuevas habilidades para afrontar situaciones interpersonales complejas y nuevas. Se dice lo que no se debe hacer, pero no lo que se debe hacer y cómo. Por eso, el método de control principal de esta estrategia educativa es incompleto y parcial y debe completarse con las dosis adecuadas de cariño, comprensión y empatía, características del estilo autoritativo, que luego veremos.

El estilo autoritario tiene como consecuencia el retraso en el traspaso de competencias de padres a hijos, imposibilitando que el adolescente tenga control sobre su conducta y adquiera la necesaria confianza en sí mismo. El adolescente que se educa dentro de un estilo autoritario puro tiene grandes posibilidades de desarrollar o bien un comportamiento dependiente, inseguro, retraído y sumiso, o bien rebelde y agresivo, en el que no tiene en cuenta los derechos de los demás. En todo caso, ambas formas de comportarse pueden considerarse importantes factores de riesgo para el consumo temprano de drogas.

En un ámbito intermedio entre el estilo autoritario y el permisivo se encuentra el estilo autoritativo o con autoridad. Los padres que exhiben este estilo educativo no se muestran ni inflexibles ni volubles, ni distantes ni sobre-implicados, sino firmes y consistentes con unas normas de disciplina que respetan las posibilidades de autonomía de su hijo. Esto supone que, teniendo en cuenta la evolución de su hijo, fomentarán la toma de decisiones y su autonomía, proporcionándole comprensión y apoyo en las dificultades y estableciendo una comunicación con él en la que prime no sólo “decir lo

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que tenemos que decir” sino también escuchar y dejarle participar. Como resultado de este estilo equilibrado, que une firmeza y cariño, los hijos tienen mayor probabilidad de adquirir un comportamiento autónomo y eficaz frente a diversas situaciones sociales. Entre ellas, se encontrarán también aquellas en las que tengan que enfrentarse al consumo o a la oferta de drogas en su grupo de compañeros y amigos.

Según algunos autores (Kumpfer, Olds, Alexander, Zucker y Gary, 19987; Becoña, 2002 Op Cit.), este estilo educativo de los padres es un importante factor de protección frente al consumo de drogas en los hijos. Su mecanismo de acción consiste en crear las condiciones para el desarrollo de los recursos personales necesarios para que se pueda rechazar el consumo de drogas en un contexto de presión, mediante la adecuada combinación de una estrecha supervisión parental junto con el fomento de la autoestima y la confianza en uno mismo, y de una conducta independiente y socialmente responsable.

Un cuarto grupo de factores de riesgo y protección familiar es el que está recogido bajo la etiqueta de:

 Desorganización y Conflicto familiar.

Parece existir un acuerdo bastante unánime de que la existencia de unas relaciones familiares positivas, la intimidad y afecto entre el hijo y los padres va unido a una menor probabilidad de que los jóvenes consuman drogas. La armonía familiar es un factor de protección. Por el contrario, los problemas de comunicación y de aislamiento emocional, los continuos conflictos así como la ausencia de afecto y de intimidad son factores de riesgo para el abuso de drogas. Si el joven no se siente vinculado a su familia, entonces la influencia que ésta puede ejercer sobre él es muy pequeña.

La comunicación es otro aspecto importante. Los estudios revelan que en una familia donde el hijo consume drogas, la comunicación entre éste y sus padres es defectuosa y son más probables las percepciones interpersonales erróneas.

Además, la existencia de tensiones familiares y el conflicto entre los padres o entre los padres y el hijo puede facilitar también el uso y abuso de drogas por parte de éste. Por último, otro grupo de factores de riesgo y protección familiar es el siguiente:

 Consumo de drogas en la familia y las actitudes paternas hacia el consumo. No se habla aquí de alcoholismo, drogodependencia o trastornos de conducta, como en el primer factor que mencionamos, sino más bien de hábitos y, fundamentalmente de actitudes. La gran mayoría de los estudios han encontrado una relación positiva entre el uso de alcohol o drogas ilegales de los padres y el uso de estas sustancias por parte de los hijos.

7 Kumpfer, K. L., Olds, D. L., Alexander, J. F., Zucker, R. A., & Gary, L. E. (1998). Family etiology of

youth problems. In R. S. Ashery & E. B. Robertson & K. L. Kumpfer (Eds.), Drug abuse prevention

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El uso de drogas por los padres y hermanos incrementa el riesgo del uso de sustancias legales e ilegales por parte de los hijos. El consumo de drogas por parte de los padres puede proporcionar modelos de comportamiento que los hijos pueden imitar. En concreto, el uso de alcohol o de otras drogas por parte de los padres como estrategia para afrontar problemas puede servir de modelo para el desarrollo de habilidades de afrontamiento desadaptativas entre los hijos.

De la misma manera, las actitudes permisivas de los padres hacia el uso de drogas, que son percibidas por los hijos, parecen tener bastante importancia en la determinación del uso de sustancias de los jóvenes. Esta relación se ha encontrado, sobre todo, en el caso del alcohol.

La presencia de hermanos mayores consumidores de drogas es también un claro factor de riesgo según varios estudios. Las influencias pueden deberse al modelado directo que ejercen sobre la conducta de los más pequeños; a sus actitudes y orientaciones hacia el consumo; al hecho de que juegan un papel importante en la elección de los compañeros de sus hermanos menores o a que también pueden actuar como una fuente de suministro de drogas.

PROBLEMAS DE ASISTENCIA Y ABANDONO A LOS PROGRAMAS DE PREVENCIÓN DESARROLLADOS EN EL AULA

Uno de los más importantes obstáculos en el fortalecimiento de las familias frente al desarrollo de conductas de consumo de drogas en los hijos adolescentes es el hecho de que la mayoría de los padres que se pueden beneficiar de las intervenciones familiares

preventivas, que la mayoría de las veces son llevadas a cabo en los centros escolares, no participan en ellas.

De hecho, los programas preventivos dirigidos a padres y madres tienen que hacer frente a dos constantes en este tipo de intervención: 1) la falta de interés por parte de los padres y madres, -la investigación indica que los índices de abandono del 45 al 50 por ciento son comunes en los programas (Elmquist, 19958), y, 2) los padres y madres que principalmente asisten y participan a lo largo de todo el programa son aquéllos que están más motivados y cuyos hijos se encuentran en un menor riesgo de consumo de drogas y conducta antisocial. Es más, algunos de los factores que ponen a las familias en riesgo de poder sufrir problemas por el consumo de drogas de los jóvenes son los mismos que se asocian a la "no participación" en los programas de prevención (Al-Halabí Díaz, Secades Villa, Errasti Pérez, Fernández Hermida, García Rodríguez, y Carballo Crespo, 20069).

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Elmquist, D. (1995). Alcohol and other drug use prevention for youths at high risk and their parents.

Education &Treatment of Children, 18(1), 65-88.

9 Al-Halabí Díaz, S., Secades Villa, R., Errasti Pérez, J. M., Fernández Hermida, J. R., García Rodríguez,

O., & Carballo Crespo, J. L. (2006). Family predictors of parent participation in an adolescent drug abuse prevention program. Drug and Alcohol Review, 25 (July), 323-327.

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A este respecto, Spoth y Redmond (200210) han examinado los factores que predicen la "no participación" de los padres en un programa familiar. Entre ellos destacan la

incompatibilidad con la planificación del programa (fechas y horas de las sesiones), la percepción de los padres de que su hijo no está en peligro de implicarse en conductas problemáticas (consumo de drogas y conducta antisocial), y temas relacionados con la valoración de los padres sobre el programa y sus garantías de privacidad.

El interés de estos autores por esta temática les permitió proponer un modelo de los

factores que motivan la participación de los padres en los programas, un modelo que

fue perfeccionado posteriormente en un citadísimo trabajo (Spoth y Redmond, 199511). En él se contemplan los efectos directos e indirectos de dos componentes del modelo -las percepciones de los padres sobre -las drogas y su prevención, y los factores del

contexto familiar- sobre su tercer componente -la conducta de los padres de participar en los programas dirigidos a las familias-.

Dentro del factor de percepciones de los padres sobre las drogas y su prevención se incluyen las variables: "beneficios percibidos de la intervención", "barreras percibidas a la participación", "gravedad percibida de los problemas para los hijos" y "susceptibilidad percibida de los hijos hacia tales problemas":

- Respecto a los "beneficios percibidos de la intervención", Spoth y Redmond encontraron una fuerte relación positiva entre la percepción de los padres de que la intervención tienen ventajas para sus hijos y su inclinación a participar en ella. - La variable de percepción de "barreras a la participación" hace referencia a aspectos como tiempo requerido, esfuerzo dedicado y costo monetario. Así, encontraron que circunstancias como tener que cuidar de hijos pequeños, tener que desplazarse para asistir al programa y el costo monetario de los materiales de intervención correlacionaban negativamente con la predisposición a participar en un programa dirigido a padres y madres.

- Respecto a la "gravedad percibida de los problemas para los hijos", Spoth y Redmond demostraron que la gravedad percibida tiene un efecto positivo sobre los beneficios percibidos de la intervención, lo que indirectamente afecta a la predisposición de los padres a participar en el programa.

- Por último, la "susceptibilidad percibida del hijo hacia los problemas" también se correlaciona positivamente con una mayor predisposición de los padres a participar. Cuanto más probable sientan los padres que puede ser el problema de abuso de drogas por parte de sus hijos, mayor es la probabilidad de la asistencia paterna a las sesiones del programa.

Los factores del contexto familiar relacionados con la participación en los programas hacen referencia al "estatus socioeconómico", el “número de hijos”, el “nivel de

conductas problemáticas en los hijos” y la "participación anterior de los padres en programas preventivos". Con respecto al estatus socioeconómico, existe cierta

evidencia de la relación de esta variable con la disposición a participar en programas de

10 Spoth, R. L., & Redmond, C. (2002). Project Family prevention trials based in community-university

partnerships: toward scaled-up preventive interventions. Prevention Science, 3(3), 203-221. 11

Spoth, R., & Redmond, C. (1995). Parent motivation to enroll in parenting skills programs: A model of family context and health belief predictors. Journal of Family Psychology, 9(3), 294-310.

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entrenamiento en habilidades paternas y con los niveles reales de participación. Spoth y Redmond (1995, Op Cit.) comprobaron también que los efectos de esta variable pueden ser indirectos ya que influye en las percepciones de susceptibilidad de los hijos hacia los problemas y la gravedad de los mismos, dos factores que afectan directamente en la inclinación de los padres a participar en los programas.

Por otro lado, un mayor número de hijos en la familia puede incrementar las demandas de tiempo de los padres y así interferir en su disponibilidad para participar en la intervención familiar. Por otra parte, si atendemos al nivel de conductas problemáticas en los hijos es lícito pensar que los padres con hijos que presentan este tipo de conductas tienen mayores probabilidades de necesitar asistencia y ayuda para manejar tales circunstancias. Finalmente, Spoth y Redmond (1995, Op Cit.) encontraron una fuerte relación predictiva entre la participación anterior de los padres en actividades preventivas, tales como leer publicaciones relacionadas con la prevención o participar en programas de entrenamiento en habilidades paternas y su disposición a participar en futuros programas de prevención.

En otro estudio muy citado, Cohen y Linton (199512) investigaron el nivel de participación de los padres en un programa familiar preventivo ubicado en la escuela y desarrollado en centros educativos de la ciudad de Los Ángeles. Los resultados de este estudio confirman los hallazgos anteriores con respecto a la falta de implicación de los padres en este tipo de iniciativas. Así, encontraron que, mientras que la respuesta de los padres a los cuestionarios de evaluación enviados a través de sus hijos junto con la invitación a participar en el programa fue alta (65%), la asistencia posterior al programa resultó muy baja (10%). Además, este estudio sugiere que los padres que responden a la encuesta y participan en el programa son los que tienen menores déficits en habilidades de gestión familiar y los que mantienen las mejores relaciones con sus hijos, comparados con los padres que responden los cuestionarios pero luego no participan. En esta investigación, los autores analizaron también los factores que contribuyeron a la

baja participación de los padres en el programa y encontraron que entre ellos

destacaban: la negación del problema por parte de los padres, el alto consumo paterno

de alcohol y tabaco informado por los hijos (que puede llevar a que los padres se

sientan intimidados o piensen que van a ser criticados), la falta de familiaridad con la

escuela, la situación marital (los padres solteros participan menos), y el sexo del hijo

(los padres de las chicas participan en mayor medida que los de los chicos).

Por último, estos autores comentan un aspecto de gran interés dentro del reclutamiento de los padres: la intención de los padres de asistir al programa no es un predictor fiable

de su asistencia real al mismo. Muy pocos de los padres que comunican su disposición

a participar en la intervención lo llegan a hacer realmente. Este hallazgo se repitió en un segundo estudio realizado por Cohen y Rice en el mismo año (Cohen y Rice, 199513). Los resultados de estas experiencias indican que los padres manifiestan, en general, una buena disposición a la integración en las labores preventivas pero, de hecho, su participación real en las acciones propuestas es muy escasa, así como también lo es su nivel de utilización de recursos comunitarios como las Asociaciones de Madres y

Padres (AMPAS).

12 Cohen, D. A., & Linton K. L. (1995). Parent participation in an adolescent drug abuse prevention

program. Journal of Drug Education, 25(2), 159-169.

13 Cohen, D. A., & Rice J. (1995). A parent-targeted intervention for adolescent substance use prevention:

(14)

En relación con ello, en España, Ferrer (199814), tras una revisión sobre el tema, apunta que la participación en cursos de prevención dirigidos a padres apenas llega a un 5% de los convocados.

Por otra parte, Pinazo y Pons (200215), en un estudio realizado con el objetivo principal de describir la posición y la opinión de los padres respecto a su implicación e intereses hacia la prevención del consumo de drogas en los alumnos de enseñanzas básicas y medias, encontraron que son pocos los padres no dispuestos a participar en acciones preventivas elaboradas desde la escuela pero, igualmente, son pocos los padres que participan.

LOS PROGRAMAS DE PREVENCIÓN APLICADOS EN EL AULA

Los programas de prevención están diseñados para actuar reduciendo los factores de riesgo asociados al contexto en el que se apliquen y para crear o fortalecer los factores de protección existentes. Dependiendo del tipo de población a la que se dirigen pueden clasificarse en tres grupos:

- Programas Universales: están diseñados para la población en general. Así, un buen ejemplo de este tipo de programa sería aquel que se dirige a todos los estudiantes de una escuela.

- Programas Selectivos: se dirigen a grupos o sectores en riesgo de la población general, tales como los alumnos con bajo rendimiento escolar y problemas personales o aquellos que tienen padres consumidores.

- Programas Indicados: están diseñados para aquellos alumnos que ya experimentan con drogas.

Si nos centramos en los programas de prevención familiar, encontramos que éstos pueden reducir el riesgo de consumo de drogas en los chicos enseñando a los padres estrategias de disciplina firmes y consistentes, cómo comunicarse mejor en la familia, formas de expresar cariño y empatía, cómo supervisar adecuadamente la conducta de los hijos (NIDA, 199716).

En los últimos años los programas de prevención elaborados de acuerdo a parámetros científicos y con evaluaciones de resultados rigurosas han demostrado ser eficaces. El

Nacional Institute on Druga Abuse (NIDA, 1997) recoge entre sus publicaciones una

guía sobre cómo prevenir el uso de drogas, donde enumera los programas que gozan de las bondades antes mencionadas. Si tales programas están adaptados a la población de

14 Ferrer, X. (1998). La prevención del abuso de drogas en el ámbito familiar. Ponencia presentada en el

Congreso Europeo sobre Prevención de Drogodependencias, Madrid.

15

Pinazo, S. & Pons, J. (2002). La implicación de los padres en los programas preventivos del consumo de drogas: un estudio empírico. En: R. Secades Villa y J.R. Fernández Hermida (Ed.), Intervención

familiar en la prevención de las drogodependencias (pp. 325-364). Madrid: Plan Nacional Sobre Drogas.

16

NIDA (National Institute on Drug Abuse) (1997). Preventing drug abuse among children and

adolescents: A research based guide. National Institute of Health. Publication Nº 97 – 4212, Washington,

(15)

los países donde nos interesa planificar y aplicar las actividades de prevención del consumo de drogas, sería una ocasión óptima para conjugar tales intervenciones preventivas familiares llevadas a cabo en las aulas con aquellas que se estén llevando a cabo en la comunidad.

La aproximación multi-componente, es decir, aquella que contempla varios ámbitos de intervención en la prevención del consumo de drogas, tales como la familia, la escuela o la comunidad, siempre supondrá una mayor garantía de éxito, dada la complejidad de las conductas relacionadas con el uso y abuso de las sustancias psicoactivas.

CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES

Teniendo en cuenta todos estos hallazgos cobra gran relevancia el análisis anterior acerca de los factores que contribuyen a la "no participación" en los programas de prevención familiares.

La preocupación de los investigadores por incrementar los niveles de asistencia de los padres y madres a los programas preventivos ha sido una constante dentro del ámbito de la prevención centrada en la familia. Autores de referencia serían St Pierre y Kaltreider, (199717) al haber realizado importantes estudios acerca de las estrategias más eficaces para involucrar a los padres y madres de adolescentes en alto riesgo de consumo de drogas y conducta antisocial en programas preventivos dirigidos a las familias. Este autor considera que la mejor táctica para conseguir la participación de los padres y madres es hacer accesible y atractivo el programa y sus actividades a la población

objetivo. Para ello se deben utilizar incentivos de interés para los padres (poner a su

disposición pequeños premios o recompensas económicas, ofrecer refrescos en las sesiones, dotarles de un diploma al final del programa...) y también se debe recurrir a

distintas formas de recordar a los padres las fechas y horarios de las reuniones (llamar

por teléfono a los participantes el día anterior, hacer visitas al hogar o proveer a los padres de calendarios del programa que recojan las fechas de los eventos).

Cuando la población objetivo del programa es la población general, el procedimiento de reclutamiento de los padres y madres se hace, si cabe, más difícil. Diferentes autores han usado estrategias similares a las mencionadas para incrementar la participación de los padres en programas preventivos de tipo universal, todas ellas sin el éxito

pretendido.

Así por ejemplo, Grady, Gersick y Boatynski (198518) valoraron la posibilidad de

incentivar económicamente a los padres para que participen. Estos autores pagaron a

los padres para compensarlos de los gastos de desplazamiento y cuidado de sus hijos por acudir a su programa de entrenamiento en habilidades de doce horas de duración pero, aun así, sólo consiguieron la participación de una cuarta parte de los padres

17 St. Pierre, T. & Kaltreider, D.L. (1997). Strategies for involving parents of high risk youth in drug

prevention: a three year longitudinal study in boys and girls clubs. Journal of Community Psychology, 25, 473-485.

18 Grady, K., Gersick, K. E., & Boatynski, M. (1985). Preparing parents for teenagers. a step in the

(16)

convocados, lo cual tampoco es nada despreciable. Tasas de participación del 25% podrían ser consideradas un éxito en nuestros centros escolares.

Ante tales circunstancias, algunos investigadores han optado por examinar específicamente cuáles serían las estrategias más recomendables para promover y

mantener la adherencia de los padres en un programa de prevención. Este es el caso

del estudio exploratorio realizado por Hahn, Simpson y Kidd (199619) cuyo objetivo ha sido identificar tales estrategias cuando el programa preventivo es universal y se

desarrolla dentro del contexto escolar. En este trabajo los autores encuentran que son

varios los aspectos relevantes para incrementar los niveles de asistencia:

- La primera estrategia para el reclutamiento de los padres hace referencia a la importancia de los hijos dentro de este proceso. Resulta de gran relevancia conseguir que los hijos estén interesados en la labor del programa e insistan a sus padres para que participen. En este paso se puede recurrir a pequeños premios para los adolescentes que les motiven a instar a sus padres y madres a acudir a las distintas actividades del programa.

- La segunda estrategia es proveer a los padres y madres de transporte, cuidado de los hijos y pequeños incentivos materiales. Entre estos incentivos se encuentran los diplomas del programa, rifas, cupones de descuento en determinadas compras, camisetas, o, también, combinar las actividades con comidas o meriendas donde padres e hijos sean los protagonistas.

- En tercer lugar, los autores consideran que no se debe subestimar la importancia de las actitudes del personal de la escuela hacia los padres cuando el programa se desarrolla en este contexto. En esta situación, la calidad de la relación de los padres y madres con el equipo directivo, los profesores y otras figuras dentro de la escuela va a influir en su decisión de participar o no en el programa ofertado - Los resultados de este estudio sugieren que sería muy favorable combinar

distintas estrategias de comunicación con los padres para promover su implicación en la intervención preventiva. Aquellos programas dirigidos a las familias que utilizan distintas técnicas como enviar materiales preventivos y cartas de presentación del programa a los padres y recurren a entrevistas telefónicas o a visitas al hogar dentro del proceso de reclutamiento han mostrado los mejores niveles de implicación de los padres y madres de la población general.

- La quinta estrategia para implicar a los padres en los programas preventivos sería ofertar dentro de la escuela otras actividades que también requieran de la colaboración o participación de los padres y madres. Al respecto, los autores defienden la idea de que aquellos padres y madres que se sienten activamente involucrados en las actividades escolares de sus hijos tienen una mayor motivación para participar en las propuestas preventivas.

19

Hahn, E., Simpson, M. R., & Kidd, P. (1996). Cues to parent involvement in drug prevention and school activities. Journal of School Health, 66(5), 165-170.

(17)

- La sexta estrategia se refiere a la utilización de una aproximación “no culpabilizadora" hacia los padres en la presentación y difusión del programa preventivo. Los padres de hijos con problemas de consumo pueden sentir que no van a salir bien parados de la comparación con los demás y, en especial, los padres y madres consumidores pueden preocuparse de que los demás juzguen su conducta y probablemente se muestren reacios a participar en las sesiones si en la presentación del programa no se aborda claramente esta cuestión.

- Finalmente, estos autores consideran que la mejor actuación para garantizar la participación de los padres y madres en los programas preventivos centrados en las familias es utilizar una combinación de las distintas estrategias consideradas en su estudio.

Ferrer, España, Pérez y Sánchez (199320) proponen como fórmulas para incrementar la

participación de los padres lo siguiente:

- Cuidar a fondo las estrategias de convocatoria realizadas desde la escuela, - contar con la participación de los profesores en estas convocatorias, así como

con la de la dirección de las AMPAS, - acercarse a diversos subgrupos de padres,

- utilizar complementariamente vías alternativas a la escuela para llegar a los padres (medios de comunicación, escuelas de adultos, asociaciones vecinales, entidades ciudadanas, consultas médicas),

- llegar a los padres a través de los hijos, ya que de esta manera se implica al hijo en la dinámica educadora y se facilita que el padre modifique sus comportamientos y percepciones ante la educación de sus hijos.

20 Ferrer, X., España, R. M., Pérez, C., & Sánchez, M. (1993). Los padres en la prevención del abuso de

drogas: enfoques, experiencias y resultados en varios países. Paper presented at the Congreso

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