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Viento Helado de Iggy

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Academic year: 2021

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(2) Viento Helado de Iggy. VIENTO HELADO de IGGY. PARTE 1. Nuremberg era una ciudad destruida, casi arrasada. Barrios enteros se veían reducidos a los esqueletos de lo que habían sido edificios, apenas reconocibles como tales. Para Sarah, aquella visión no era una novedad; desde el final de la guerra había visitado varias ciudades alemanas, y Nuremberg no se diferenciaba mucho de Bremen, Colonia o Maguncia, igualmente afectadas por los bombardeos aliados. Sin embargo, allí en Nuremberg sentía que se acercaba de alguna forma al núcleo, a la explicación de toda aquella destrucción. El juicio contra los más altos jerarcas del régimen nazi ya se venía desarrollando desde hacía varios meses, si bien a ella no la habían enviado hasta entonces a cubrirlo. Mientras su coche se desplazaba entre las destruidas manzanas de edificios, se fijó en cómo el ambiente deprimente se agudizaba por los restos de la grisácea nieve que se acumulaba junto a las aceras, fundiéndose con lentitud. El final de aquel terrible invierno se acercaba, pero el sol seguía sin calentar, y las pocas figuras humanas que se veían caminaban abrigadas y encorvadas, como ateridas por el frío o tal vez por la desolación. Al fin se aproximaron al cúbico, masivo y horroroso palacio de justicia de Nuremberg, milagrosamente salvado de las bombas. Sarah se apeó del vehículo, sonriendo a su chofer, que se había bajado para abrirle la puerta. Sacando su identificación, la mostró a los marines norteamericanos. Estos custodiaban la entrada en traje de combate, con sus fusiles automáticos en ristre, como si temieran algo. Pero no era así; en cuanto se acercó a ellos, los dos que estaban más cerca de la entrada le sonrieron, con esa expresión tan típica de los soldados hacia las mujeres, sobre todo las rubias. Sarah nunca se había tenido por 2.

(3) Viento Helado de Iggy. particularmente fascinante: su melena rubia-rojiza era unos de sus principales atractivos, junto a sus ojos verdes. Sin embargo, su escasa talla y su figura más fuerte que estilizada, junto a su cara redonda y algo ancha, contrastaba con el tipo de mujer a la moda, impuesto por la elegancia felina de Lauren Bacall. Aunque allí, en aquella Alemania ocupada y llena de soldados, casi cualquier mujer podía considerarse una belleza, dada la atención constante que despertaba. Sarah no hizo mucho caso, limitándose a mostrar su pase de prensa de la agencia Reuters: Sarah Cosgrave, periodista, nacionalidad británica, etcétera, etcétera. Al ser su primer acceso al lugar, hubo de esperar a que se realizaran inútiles comprobaciones, mientras el más diverso personal pasaba a su lado con tan sólo un saludo hacia los soldados. Al fin se le franqueó el paso al interior del siniestro edificio. Los largos pasillos estaban llenos de soldados también, que al menos servían para indicar dónde se encontraba cada sala. Había llegado algo tarde, y la sala del juicio casi estaba llena. Los murmullos llenaban aquel cavernoso recinto; algo desorientada, Sarah dio con un asiento vacío en la tribuna de prensa, tras lo que echó una ojeada al lugar. En la sala, de alto techo, se habían dispuesto cuatro estrados, formando una especie de plaza central por la que se movían los abogados y fiscales, en torno a sus mesas, cuchicheando y mostrándose papeles y documentos. El estrado a su izquierda, vacío, sería ocupado en breve por los cuatro jueces designados por los cuatro "grandes": las tres potencias vencedoras de aquella guerra, más Francia, que había logrado colarse a última hora en aquella selecta concurrencia gracias a la habilidad del general de Gaulle y al típico oportunismo francés. Frente a ella había un estrado similar al suyo, reservado a los observadores militares. Estaba lleno, ocupado por marciales individuos que hablaban en voz baja los unos con los otros. Además, se notaba por las agrupaciones de sus uniformes, tanto como por la actitud que mostraban, que había una cierta 3.

(4) Viento Helado de Iggy. desconfianza entre los militares de los diversos países. En particular, la nutrida delegación soviética se mantenía aparte, hoscamente reacia a confraternizar con el resto de los aliados. Sarah, en la tribuna de prensa, se hallaba con mucho en la concurrencia más bulliciosa del lugar. Después de casi cuatro meses de juicio, parecía que todo el mundo ya se conocía allí, y los periodistas estaban en pie, formando corrillos y sin duda intercambiando información y hasta chismes. Sarah, nueva en el lugar y de todas formas poco interesada en aquellas cuestiones, se mantuvo sentada y aparte. Con un esfuerzo deliberado, no exento de morbosa fascinación, obligó al fin a su cuello a volverse hacia la derecha. Allí, en el estrado más largo, y custodiados por la policía militar tras ellos, se sentaban los acusados. Sarah no pudo dejar de sorprenderse por su aspecto normal, hasta banal. Algunos de entre ellos incluso se inclinaban para cuchichear entre sí, contándose tal vez anécdotas, como sus sonrisas parecían revelar. No parecían los monstruos que había producido aquellos horrores sobre los que Sarah se había documentado, y que llevaban nombres que ya se habían convertido en la expresión del horror: Auschwitz, Treblinka, Mauthausen... Sarah sacudió la cabeza, desorientada, al tiempo que escuchaba el aviso del oficial de la sala. Se puso en pie, viendo desfilar a los jueces con sus togas, tras lo que se volvió a sentar mientras el rumor en la sala se apagaba. Sarah reanudó su inspección de los acusados mientras las formalidades iniciales de la sesión se iban cumplimentando. Probó los auriculares de la traducción simultánea, pese a que gracias a su dominio del alemán y el ruso apenas los necesitaría,. tan. sólo. para. seguir. las. intervenciones. del. fiscal. francés.. Funcionaban correctamente, de modo que se los quitó, dejándolos a un lado. Poseía una buena información en su dossier acerca de todos los acusados, y la. 4.

(5) Viento Helado de Iggy. había estudiado a fondo, pese a que su misión allí no tenía ninguna relación real con ellos. Aunque dada su auténtica misión, el dossier contenía también informaciones que no se habían tratado en aquella sala, ni se tratarían. En realidad, y a falta de los grandes jerarcas nazis, como Hitler, Göbbels o Himmler, ya muertos, se había intentado formar una buena representación del régimen juntando en un extremo del estrado a los más conocidos jerarcas supervivientes, como Göhring, Hess o Ribbentrop, agrupados como para darles más relieve por pura acumulación. Sin embargo, criminales mucho más siniestros, con responsabilidades mucho más directas y evidentes, se hallaban dispersos en la doble fila, en un relativo anonimato proporcionado por su menor proyección pública, como Frank, Frick o Rosenberg. Sarah contempló a estos últimos, meneando la cabeza ante su aspecto anodino. Particularmente, Hans Frank, gobernador general de Polonia en la época de los campos de exterminio, resultaba sorprendentemente vulgar, con su calva y su apariencia de funcionario de baja categoría. Sin embargo, no era aquello lo que la había traído hasta allí. Dirigió su mirada de vuelta al frente, a la tribuna de observadores militares. Su dossier contenía también una detallada descripción de quienes allí se sentaban, pues su verdadera misión los concernía a ellos. Pasó la vista por el apretado grupo de oficiales soviéticos, tan serios y concentrados, al tiempo que abría su carpeta. Repasó caras, comparándolas con las fotos de su dossier, uno a uno, concienzudamente. La información de que disponía incluía nombre, edad, graduación, historial y diversas recomendaciones realizadas por sus superiores, a las que debía ceñirse en la medida de lo posible. Siguió estudiándolos, fila tras fila, hasta que una mirada la sorprendió. Bajó su vista hasta el dossier. La foto en blanco y negro no revelaba la fuerza de aquella cara, sobre todo la intensidad de aquellos ojos azules. Ya era bastante raro encontrar a otra mujer en aquella sala, aparte de las secretarias y traductoras, y todavía más entre la delegación militar soviética, pero en aquella oficial había 5.

(6) Viento Helado de Iggy. algo más. Seguía con una tremenda intensidad todo lo que se decía, y su mirada de hielo solía posarse sobre los acusados con una intensidad inusitada. El dossier le reveló sus datos: teniente Nadia Ivánovich Von Kahlenberg, 31 años, observadora delegada por el mando militar de Berlín. A las órdenes directas ni más ni menos que de Zhúkov, comandante de la zona de ocupación soviética y junto a Koniev héroe oficial de la batalla de Berlín. Lo primero que llamó la atención de Sarah, aparte de la intensidad de aquella mirada, fue su apellido, alemán. Y no sólo alemán, sino aparentemente aristocrático. El dossier le dio una rápida explicación: era de origen estonio, perteneciente a la minoría de origen germánico que había formado la nobleza de aquel país ahora incorporado a la U.R.S.S. Sin duda su conocimiento del alemán y de las circunstancias de la guerra junto a Zhúkov explicaban su presencia allí, aunque su presencia en el Ejército Rojo no dejaba de resultar extraña, dados sus antecedentes nacionales. Su historial, sin embargo, era particularmente anodino, con puestos de muy escasa relevancia durante la preguerra y la mayor parte de la guerra, hasta que extrañamente había sido destinada al estado mayor del general Zhúkov hacia el final del conflicto, ya durante la invasión de Alemania. Como Sarah sabía, los historiales anodinos acompañados de presencias poco explicables en lugares clave solían indicar con precisión a los agentes de inteligencia. Aquello era lo que realmente la había traído hasta allí, de modo que fijó su atención en aquella mujer en particular. Su seriedad era impresionante, sobre todo cuando se volvía hacia la tribuna de acusados; la intensidad de su mirada resultaba incluso turbadora. El resto de delegados soviéticos tampoco parecían muy distendidos, no allí en la zona de ocupación americana, desde luego, pero de vez en cuando sonreían y se daban codazos ante algún error de la traducción simultánea. No ocurría así con ella; su cara no cambiaba su expresión bajo ninguna circunstancia, sus finos labios jamás se estiraban en una sonrisa. Además, a diferencia del resto, apenas tomaba notas en su carpeta, lo cual no dejaba de ser interesante. Para no caer en el mismo revelador detalle,. 6.

(7) Viento Helado de Iggy. Sarah dedicó a partir de entonces algo de atención al desarrollo del proceso. Mientras tomaba superfluas anotaciones, el presidente del tribunal, el británico Lord juez Geoffrey Lawrence, anunció el receso de mediodía. Todo el mundo se puso en pie, al tiempo que los murmullos se reanudaban, comentando la sesión. Sarah contempló a quien ya había denominado como su objetivo primario. Sin hablar con nadie, había eludido los corrillos que habían formado los delegados soviéticos y abandonado la sala. Sin apresurarse, Sarah siguió a los grupos de periodistas hasta lo que resultó ser el comedor, dentro del mismo edificio de los juzgados. La sala poseía todo el ambiente de los comedores de oficiales, con la larga barra de acero tras la que se afanaban los cocineros sirviendo platos. Sarah imitó a los periodistas que la precedían y tomó una bandeja de metal, sumándose a la cola. Apenas optó por un plato de gulasch y un vino tinto, probablemente horroroso, tras lo que se plantó en medio de la sala, sosteniendo su bandeja con ambas manos y mirando a derecha e izquierda. Las diversas mesas se iban ocupando en medio del bullicio, aunque varias estaban aún vacías. Entonces vio a su objetivo, que se hallaba extrañamente solitaria, ya dando cuenta de su almuerzo. ¿Debería intentar una primera aproximación? No resultaba conveniente precipitarse, desde luego. Sin embargo, una demora tampoco serviría de mucho. Dudó, mientras un grupo de animados periodistas la adelantaban, sin hacerle caso. Entonces decidió que tanto su cobertura como periodista, como la condición de mujer de ambas, ella y su objetivo, le daría una buena excusa para una primera aproximación. Seguiría su papel como periodista femenina, necesariamente superficial según todos los estereotipos. Se acercó a la solitaria mesa de su objetivo con decisión, aunque justo antes de establecer contacto volvió a dudar. ¿La interpelaría en alemán, inglés o ruso? Su conocimiento del ruso tal vez despertase sus suspicacias. Aunque bien pensado, lo mejor era no ocultar nada; si lo hacía, posteriormente el hecho de que supiera. 7.

(8) Viento Helado de Iggy. hablar ruso supondría un motivo de desconfianza. Como se solía recomendar en los servicios de inteligencia: di siempre la verdad, salvo cuando suponga un problema evidente, y sobre todo si te sirve de algo. - Hola, ¿puedo sentarme aquí, por favor? - preguntó al fin en ruso, exhibiendo su mejor sonrisa de chica espontánea y banal. Su objetivo levantó la vista, con una expresión de evidente fastidio. Sin embargo, al establecer contacto visual, su cara cambió, y por un instante incluso pareció a punto de sonreír. Pero ello no ocurrió; su expresión volvió a cerrarse, aunque hizo un gesto con la mano, al tiempo que se encogía de hombros y decía, también en ruso: - ¿Por qué no? Sarah se sentó a su lado, alisándose la falda y dejando su bandeja sobre la mesa. Contempló la de su interlocutora, que ya casi había dado cuenta de su almuerzo, y empuñó su tenedor al tiempo que decía: - Me llamo Sarah, Sarah Cosgrave, y soy periodista de la agencia Reuters, acabo de llegar y no conozco a nadie. Pensé que tal vez, siendo casi las dos únicas mujeres por aquí, podríamos charlar un poco. Ella se volvió a encoger de hombros, reacia al parecer a iniciar una conversación. Sarah aprovechó para echarle un vistazo más de cerca. Había dejado su gorra de plato junto a su bandeja, revelando ahora su melena oscura, recogida tras sus orejas. Sus ojos eran todavía más impresionantes que vistos de lejos, de un azul intensísimo, fríos e implacables en aquella cara tan seria. Sarah decidió que iba a precisar de toda su insistencia para hacerla salir de su mutismo. - Me han enviado para que haga una serie de reportajes distintos, para que dé un punto de vista femenino. Y me ha sorprendido verla aquí, teniente... Calló, invitándola a presentarse de una vez. El truco la hizo dudar, pero el fin respondió: - Teniente Von Kahlenberg. Su ruso es muy bueno, señorita Cosgrave.. 8.

(9) Viento Helado de Iggy. Señorita, supongo. - Oh, muchas gracias, y sí, desde luego que señorita, pero llámeme Sarah, por favor. - rió ella, aprovechando la ocasión para intentar distender el ambiente, tan tenso. - Me gustaría hacerle algunas preguntas para mi reportaje, sería interesante conocer su punto de vista sobre este juicio, y de paso dar a conocer que también hay mujeres por aquí, no sólo esos estirados jueces y fiscales... Algo de interés humano tal vez... - No creo que sea una buena idea. Desde luego, no voy a concederle una entrevista, no es mi función ni mucho menos. - Tras decir esto, se echó hacia atrás en su asiento. - De todas formas, tengo mucho que hacer. Ahora, si me disculpa... Sarah levantó la vista, puesto que la teniente se había puesto en pie. En un último intento, le dijo: - Está bien, pero al menos concédame la posibilidad de charlar un rato con usted. ¿Hay algún lugar al que suelan acudir los oficiales soviéticos en Nuremberg después del trabajo? Ya de pie, la teniente pareció dudar, mirando hacia un lado y otro, como si pensase en marcharse sin más. Al fin, bajó la vista y dijo, con cara de estar ya arrepintiéndose de hacerlo: - Sí, a veces vamos a cenar a la Rauchstube. Dicho esto, dio media vuelta y se marchó, sin siquiera haberle dicho su nombre de pila, que Sarah ya sabía que era Nadia gracias a su dossier. Debería recordar no mencionárselo hasta que ella se lo dijera, para no levantar sospechas. Bueno, al menos era un primer contacto. Tal vez consiguiera algo después de todo, pensó. Con este magro éxito se concentró de nuevo en su comida, antes de que tuviera que volver a la sala de juicio para la sesión de la tarde. Nadia no apareció por la sala de juicio en toda la tarde, de modo que Sarah se limitó a reflexionar acerca de su misión. Desde luego, no era que el gobierno. 9.

(10) Viento Helado de Iggy. británico no estuviera en buenos términos con el soviético, sobre todo desde la llegada al poder de los laboristas del primer ministro Atlee. Sin embargo, el MI6 prefería tener todos los cabos atados, sin cerrarse ninguna puerta. A nadie se le escapaba que la alianza con los soviéticos había sido dictada por las necesidades de la guerra, y que fácilmente podía abrirse un período de confrontación, aunque de. momento. la. colaboración. era. franca.. Debía. recordar. aquello;. sus. instrucciones del servicio de espionaje exterior británico enfatizaban la necesidad de evitar provocaciones con los "amigos" soviéticos, al menos de momento. Su aproximación debería ser discreta, andando siempre sobre seguro, aunque sin olvidar su misión: abrir canales de información dentro de la NKVD, la policía secreta soviética. Tal vez la teniente Von Kahlenberg sirviera a aquel propósito, si realmente formaba parte de ella.. 10.

(11) Viento Helado de Iggy. PARTE 2. Autor: Ignacio La casa en la que se alojaba Sarah pertenecía a una discreta familia burguesa alemana de mediana edad. La clase de gente que había apoyado a Hitler, se dijo, aunque resultaba difícil culpar de algo a aquella amable pareja que ahora alquilaba las habitaciones de su casa para capear los malos tiempos. Sarah saludó a la señora Bauer, asegurándole que cenaría fuera, y salió a la calle. Hacía ya tiempo que la tarde había declinado, y aunque todavía era temprano, estaba oscuro como boca de lobo. El alumbrado público seguía casi totalmente inoperante, de modo que la oscuridad aumentaba la sensación de frío. Sarah se arrebujó en su largo abrigo, más grueso y cálido que elegante, y echó a andar. En primer lugar, debía realizar una tarea para la que la discreción resultaba imprescindible, razón por la que no había llamado a su coche. Las callejuelas del centro medieval estaban totalmente desiertas, y puesto que allí tampoco había tráfico, el silencio era abrumador. Aquello tenía múltiples ventajas, por supuesto: la principal, que nadie podría seguirla sin que ella se enterase. Su propio taconeo sobre el empedrado suelo ya resonaba de forma imposible de ocultar. El centro de Nuremberg se había salvado de las bombas, puesto que allí no había nada de interés para el mando aliado: ni fábricas, ni unidades militares, ni sedes del gobierno. Así, salvo por alguna bomba perdida, el centro histórico se había mantenido incólume. Sarah se dirigía, sin embargo, al lugar de impacto de una de aquellas bombas perdidas. Revientamanzanas, las llamaban los de la Royal Air Force, y no sin razón. Al llegar allí, pudo ver un solar completamente vacío, rodeado de varios edificios en ruinas. El sitio, oscuro y siniestro a más no poder, escondía en alguna parte una pequeña caja metálica, en un lugar que sólo Sarah y su contacto conocían. Revisando entre las pilas de ladrillos derruidos, Sarah la encontró con facilidad. 11.

(12) Viento Helado de Iggy. No sin antes mirar a uno y otro lado, se inclinó sobre ella. Introdujo el pequeño papel con el mensaje cifrado, la cerró y volvió a incorporarse. De nuevo miró a su alrededor, algo nerviosa. El movimiento que había entrevisto por el rabillo del ojo, y que la había sobresaltado, se debía tan sólo a un gato, flaco y negro como la noche, que se deslizaba sigiloso por entre las ruinas. Sarah sonrió, aliviada, y se apresuró a abandonar aquel lugar. Su segundo destino sería con toda probabilidad mucho más alegre, y se hallaba también en pleno centro de la ciudad. Ambos estaban relacionados, puesto que había decidido centrarse, al menos de momento, en la teniente. El mensaje que acababa de enviar la pondría en contacto indirecto con un infiltrado en el gobierno militar de la zona de ocupación soviética. No conocía su nombre, puesto que no le hacía ninguna falta, pero sabía la clase de información que podía proporcionar. Que era bastante limitada, por cierto. Así, había pedido información adicional sobre la teniente Von Kahlenberg: cuáles habían sido sus misiones y su cometido durante su período en el estado mayor de Zhúkov. Debía conocer al máximo sus antecedentes, si quería desentrañar sus motivaciones. Para lograr lo que se proponía, iba a necesitar saber qué podría ofrecer a cambio. En unos días recibiría respuesta. Mientras pensaba en esto, sus pasos la llevaron hasta la puerta de la Rauchstube, la taberna que sería su siguiente destino aquella noche. La cálida luz y el animado rumor que salían por sus pequeñas y veladas ventanas contrastaban fuertemente con la oscura y húmeda calle. Se trataba de un semisótano, con una entrada que se hundía bajo el nivel de la calle tras un corto tramo de escaleras. Con decisión, Sarah las recorrió, empujando la pesada puerta de madera para acceder al interior. En una sala de techo bajo se veía un mostrador a un lado, con mesas abarrotadas al otro. Como su nombre indicaba, la taberna estaba llena de humo, además de toda la alegría y el ruido de las conversaciones y las risas. En efecto, parecía tomada por los rusos, puesto que sus uniformes se hallaban presentes 12.

(13) Viento Helado de Iggy. por todas partes. La entrada de Sarah apenas interrumpió la animación, aunque al quitarse el abrigo en aquella sofocante atmósfera, varias miradas de soslayo la recorrieron de arriba a abajo. En todo caso, no era la única mujer allí presente. Los grupos en torno a las mesas estaban formados por soldados soviéticos, pero acompañados de mujeres alemanas, todas bonitas y muy arregladas. Las mesas se hallaban cubiertas de jarras de cerveza, vasitos de vodka y platos con salchichas. Las conversaciones se desarrollaban en un chapurreado alemán, punteado de sonoras exclamaciones en ruso; los soldados sin duda lo pasaban en grande allí. Sarah, recorriendo las mesas con la vista, no logró dar con la persona a la que buscaba. Se dirigió a la barra, donde una exuberante y rubia alemana, vestida con una típica blusa que dejaba los hombros desnudos y una falda acampanada la atendió. Al escuchar el apellido de Nadia, señaló con la cabeza hacia el fondo de la sala. Allí, en un rincón mal iluminado y sentada a una pequeña mesa, pudo distinguir entonces a la teniente. Se hallaba solitaria, vuelta de espaldas a la concurrencia. Sarah se dirigió hacia ella. Apoyada sobre sus codos, y con una enorme jarra de cerámica frente a ella, la teniente Von Kahlenberg no la vio hasta que se plantó delante suyo. - ¡Hola! - exclamó Sarah, dispuesta a llevar algo de la animación del local hasta la adusta soviética. - Me alegro de encontrarla. ¿Me permite... teniente...? No pareció sorprendida de encontrarla, aunque tampoco entusiasmada. Se encogió de hombros de nuevo, al tiempo que Sarah tomaba asiento frente a ella y al resto de la sala. - Puede llamarme Nadia si quiere. - respondió con reluctancia. - Está bien esto, ¿eh, Nadia? - le comentó nada más sentarse. - Tienen aquí un pequeño cuartel general ruso. ¿No les molestará que venga alguien de fuera?. 13.

(14) Viento Helado de Iggy. - Oh, no, - respondió Nadia, al tiempo que esbozaba algo parecido a una sonrisa, - no si es una chica joven y bonita. Sarah sonrió ante el cumplido, animada al comprobar que tal vez lograría iniciar una conversación después de todo. Oteó el interior de la jarra de la teniente: vacía. Se volvió en busca de una camarera, si bien fue Nadia la que, alzando su mano, hizo acudir a la que la había atendido antes tras la barra. - ¿Qué quiere tomar? - le preguntó Nadia con seca amabilidad mientras la camarera esperaba a un lado en silencio. - Me gustaría comer algo. ¿Usted ya ha cenado? - No, aunque no tengo demasiada hambre. Pero pida lo que guste, yo invito. Sarah agradeció el ofrecimiento con un movimiento de cabeza, aceptándolo implícitamente. - Esas salchichas tienen buen aspecto. Y tráigame también una cerveza pequeña, por favor. - se decidió Sarah, consciente de lo que los alemanes entendían por una cerveza "mediana". - A mí tráeme un vodka. Y apúntalo todo en mi cuenta - añadió Nadia dirigiéndose a la camarera. Sarah sonrió de nuevo, acomodándose sobre el duro asiento de madera. La bebida sin duda ayudaría a hacer la conversación más fluida. De momento, a falta de la información que acababa de solicitar a su contacto, lo mejor sería abrir un canal de comunicación y confianza. Eso sería mejor, mucho mejor que tratar de obtener una información para la que todavía no sabía qué preguntas debía realizar. - Como ya le dije, - empezó, - mi agencia está interesada en dar una información más humana sobre todo este asunto. El público ya está harto de toda esa 14.

(15) Viento Helado de Iggy. sucesión de testimonios de atrocidades, términos leguleyos y demás. Por eso, al ver a una mujer entre los observadores militares, me he dicho: Sarah, ahí tienes una historia interesante. Al llegar la camarera con la bandeja, Sarah se interrumpió, haciéndose a un lado. Mantuvieron el silencio mientras el plato, los cubiertos y los vasos eran depositados sobre la vetusta mesa de roble. De inmediato, reanudó la conversación. - No es que quiera hacer un reportaje sobre usted si no lo desea, tan sólo quería ambientar lo que rodea al proceso, no se preocupe. - Hay poco que decir. - respondió Nadia, mientras Sarah empuñaba un tenedor y cazaba del plato entre ellas una de las pequeñas y especiadas salchichas típicas de la ciudad. - El mando militar de Berlín está muy interesado en el proceso, como es natural, y me ha enviado como observadora. Eso es todo. - Sí, pero, ¿una mujer? Además, ¿por qué precisamente usted? ¿Está especializada en leyes? Nadia se puso muy seria de repente. Sarah se maldijo; no debía hacer tantas preguntas si quería ganarse su confianza. Sin embargo, su interlocutora respondió con precisión. - La igualdad en el estado socialista es absoluta; es intrascendente que yo sea mujer u hombre para el desempeño de mi misión. En cuanto a mí, las razones por las que me hallo aquí no tienen nada de particular; tan sólo soy asesora de estado mayor, eso es todo. - Vaya, pues no se ven muchas mujeres entre los gobernantes soviéticos... repuso Sarah, si bien decidió de inmediato que una polémica ideológica no la llevaría a buen puerto, así que rápidamente prosiguió. - Pero dejemos eso. ¿También soltera?. 15.

(16) Viento Helado de Iggy. - Sí. - fue toda la respuesta que obtuvo. La teniente aprovechó para vaciar su vasito de vodka de un trago, pidiendo otro a continuación. - Lo que más me ha llamado la atención de usted es su apellido. ¿Puedo preguntarle acerca de sus orígenes? - Mmm... Bien, es sencillo. Mi familia formó parte de la aristocracia de Estonia, que como sabrá, o tal vez no, es de origen germánico aunque se remonta a la Edad Media. Cuando en 1940 Estonia fue liberada de la tiranía de su falsa democracia burguesa, gracias al Ejército Rojo, mis padres marcharon a Suecia. En cambio, yo opté por unirme a la revolución socialista, en la que ya había militado durante la época anterior, desde mi juventud, en el Partido Comunista de Estonia. Me siento orgullosa de ello; en el socialismo las diferencias nacionales también carecen de importancia. Sarah escuchó la sorprendentemente larga parrafada con mudo interés. Nada más terminar, Nadia volvió a beberse su segundo vodka de un trago y pidió otro más, con gesto desenvuelto. Su actitud no era sorprendente; el resto de oficiales y soldados presentes ya habían dado cuenta de una cantidad mucho mayor de bebida. Comprendió que replicar a su alegato no traería consecuencias agradables, de modo que quedaron calladas durante unos incómodos instantes. En esos momentos de silencio, Sarah notó otra cosa: Nadia eludía mirarla directamente a los ojos, lo había hecho en casi todo momento. Contemplaba algún punto situado justo por encima o a los lados de su cara, pero casi nunca la miraba francamente, de frente. Aquello no dejaba de ser extraño en una mujer de su aplomo. Echándose hacia atrás, Sarah dio por concluida su cena. En ese instante, y rompiendo el silencio que se había hecho entre ellas, Nadia extrajo un arrugado paquete de tabaco, recorrido por algunas palabras escritas en alfabeto cirílico, y. 16.

(17) Viento Helado de Iggy. extrajo un cigarrillo directamente con sus labios. Ya lo tenía entre ellos, y buscaba su encendedor, cuando la miró a ella de nuevo. - Oh, lo siento, qué poca cortesía. ¿Quiere fumar? - le preguntó, tendiéndole el paquete. Sarah debió dudar por un corto instante, porque Nadia sonrió un poco, insistiendo. - Son muy buenos, búlgaros. Nada que envidiar a su tabaco rubio americano, se lo aseguro. Muchas de las mujeres que acuden aquí lo hacen tan sólo para que los chicos se los ofrezcan. Volvió a sonreír con un extraño humor, el cigarrillo todavía. apagado. sosteniéndose en precario entre sus labios. Sarah le devolvió la sonrisa, aceptando el ofrecimiento. - Muchas gracias, lo probaré. - dijo, extrayendo un cigarrillo. Nadia sacó entonces un pequeño encendedor plateado. La llamita surgió de repente entre ellas, y se la ofreció en primer lugar, protegiéndola inútilmente con la palma de su mano izquierda. Sarah se inclinó hacia delante, y mientras extraía la primera bocanada de humo, notó el roce del dorso de aquella mano sobre su mejilla. Por un instante se miraron directamente a los ojos, desde muy cerca. Sin embargo, de repente Nadia rompió el contacto visual y se echó atrás contra el respaldo de su asiento, tan súbitamente como si hubiese recibido una bofetada. Mientras la teniente cruzaba las piernas y se repantigaba, encendiendo su propio cigarrillo y echando una gran bocanada de humo y una displicente ojeada a su alrededor, Sarah paseó también su mirada por la sala. Algunos de los soldados ya estaban algo más que medio borrachos, y se propasaban con las chicas; algunas de ellas no se acababan de resistir, e incluso había varias sentadas sobre las rodillas de los soldados. Sin embargo, la verdadera actitud de Nadia 17.

(18) Viento Helado de Iggy. hacia ella se hallaba muy lejos del desenfado y las obvias intenciones de aquellos soldados; más bien parecía que iba del desprecio a la indiferencia, y en aquel mismo instante se situaba en lo último. Pese a lo peculiar de la situación, Sarah se obligó a reanudar la charla. Consciente de la tensa atmósfera, dirigió la conversación hacia los temas más banales, eludiendo toda polémica: la vida cotidiana en Nuremberg, los rumores que rodeaban el juicio, incluso el clima. Nadia, aparentemente desinteresada, le respondió con monosílabos, ya sin mirarla apenas, ni de frente ni de soslayo. Cuando su parloteo pareció terminar de cansar a su interlocutora, Sarah se puso en pie, algo entristecida por la falta de resultados para sus esfuerzos, se alisó la falda y preguntó: - ¿Sabe dónde está el lavabo de señoras? Nadia hizo un desganado gesto con el pulgar hacia una escalera de madera. Sin más comentarios, Sarah se dirigió hacia allí, aunque mientras lo hacía le pareció escuchar el chirrido de la silla de Nadia al levantarse esta. Creyendo que tal vez la iba a acompañar, continuó caminando sin darle mayor importancia. Para acceder a la escalera se debía entrar en una especie de pequeña habitación, oscura y oculta a las miradas desde la sala principal, hacia donde se encaminó. En ese estrecho rellano que daba a la escalera, Sarah se volvió para subir, cuando sintió un empujón en el hombro que la hizo volverse, dando con su espalda contra la pared. Nadia la encaró entonces, alta y amenazante. Estaba muy seria, y notó que sus ojos brillaban con intensidad en la penumbra. Colocándose muy cerca de ella y cerniéndose por encima suyo, sus brazos la arrinconaron contra una esquina. - Escúchame bien, - farfulló un poco, el alcohol trabando algo sus palabras, niñata. No quiero que te vuelvas a acercar a mí, ¿comprendes? - reforzó su pregunta con un nuevo empellón que la hizo dar de espaldas contra la pared, al. 18.

(19) Viento Helado de Iggy. tiempo que proseguía. - No quiero saber nada de ti, ni de tus estúpidas historias de interés humano. ¿Está claro? Sarah, tomada por sorpresa, asintió. No se había esperado aquello, y en un primer momento se acobardó. Sin embargo, poco a poco recuperó el dominio de sí misma. Cerró su sorprendida boca y asintió despacio de nuevo, sin pronunciar palabra. Aquello pareció bastar a la teniente, que dio una brusca media vuelta y volvió por donde había venido. Todavía extrañada, Sarah recompuso su blusa, se alisó el cabello y, tras una mirada a su alrededor, subió hasta el lavabo. A su vuelta, y tras recorrer con la mirada la sala, comprobó que Nadia se había marchado.. * * *. * * * * * *. La mañana siguiente resultó fría y gris. Tras la ventanilla de su coche, Sarah veía la cellisca cayendo en copos densos y líquidos, tal vez la última nevada de la temporada. A la luz indistinta del amanecer, la ciudad se veía desierta, abandonada. Sarah luchó por abandonar el estado de ánimo que el tiempo y los acontecimientos de la noche anterior le provocaban; fracasó. Era extraño que su intuición la hubiese engañado de aquella forma. Habría jurado que la teniente, pese a sus discursos, no respondía al estereotipo del fanático soviético. Tal vez no se había equivocado, pero de lo que no cabía duda era que algo había fallado. Lo primero, en una misión como aquella, era ganarse la confianza del objetivo, y había fracasado miserablemente. A su llegada al palacio de justicia, recorrió el largo pasillo tratando de concentrarse de nuevo, cosa que no acabó de conseguir. Seguía sin poder quitarse de la cabeza lo ocurrido la noche anterior. ¿En qué se había equivocado, qué había provocado aquella reacción? Precisamente cuando ya parecía que todo marchaba bien, cuando ya se llamaban por el nombre de pila y parecían a punto de tutearse... cuando en definitiva se había iniciado una cierta confianza, todo había saltado por los aires. 19.

(20) Viento Helado de Iggy. Ya sentada en su lugar en la sala de juicios, Sarah levantó la vista. Desde su asiento contempló la tribuna opuesta, buscando aquella inconfundible mirada azul. No la vio por ningún lado. No estaba allí; Sarah volvió a bajar la vista, decepcionada.. * * *. * * * * * *. A lo largo de tres días, la situación se repitió: entraba en la sala, buscaba con la vista a la teniente, no la hallaba y bajaba la vista desengañada de sus esperanzas. Su orgullo profesional se resentía de aquello: era penoso que su juicio o su actuación hubiera llevado a un fracaso tan instantáneo. En cuanto al paradero de la teniente, era perfectamente posible que hubiera sido trasladada a otro destino. Podía averiguarlo, pero aquella información no le sería de gran ayuda, y podría atraer una atención indeseada sobre su persona. Por tercer día se decidió a buscar un nuevo objetivo, y de nuevo encontró un argumento para no hacerlo: con toda probabilidad, aquella noche recibiría respuesta a su consulta sobre la teniente. Lo mejor sería no cambiar de objetivo hasta que tuviera todos los datos. De cualquier forma, este tipo de misiones no convenía tomárselas con prisas. Dejaría todos los cabos sueltos bien atados antes de pasar a otro objetivo, se dijo a sí misma por enésima vez. La entrada de los jueces la sacó de su ensimismamiento, y tras sentarse de nuevo decidió revisar la delegación soviética a la búsqueda de un posible nuevo objetivo, pese a su renuencia anterior. Sin embargo, no lograba concentrarse, y al fin abandonó su carpeta y pasó a prestar algo de atención al desarrollo del proceso. En aquel instante, el fiscal soviético interrogaba al mariscal Göhring, que se limitaba a responder con monosílabos a las tremendas y encendidas parrafadas que se le dedicaban. Göhring parecía más abotargado que de costumbre, sus amplias mejillas flácidas y hundidas, su mirada extraviada. Aseguraba no saber nada de nada, parecía hastiado e incluso medio dormido. 20.

(21) Viento Helado de Iggy. Göhring era tal vez la figura más patética de aquel juicio, como Sarah bien sabía. Sus informes incluían datos que no se tratarían en el juicio, porque no interesaban a la acusación ni tampoco a la defensa de quien tal vez fuera la figura más popular del régimen nazi. Su posición siempre había sido ambigua; para empezar, como héroe de guerra había representado un importante papel en el ascenso del partido nazi. Al fin y al cabo, Herman Göhring era el único de entre toda aquella gentuza que había sido famoso por méritos propios antes del ascenso del nazismo. Había sido el último superviviente de aquellos legendarios y románticos ases de la aviación de principios de siglo: integrado en la famosa escuadrilla del Barón Rojo, había sido de los pocos en sobrevivir a la Primera Guerra Mundial, a diferencia del propio barón Von Richthofen, finalmente derribado tras innumerables triunfos. En consecuencia, había sido hábilmente utilizado por la propaganda nazi como símbolo de su estrategia de revancha, en lo cual él había colaborado entusiastamente. Tras su ascenso al poder, Hitler lo nombró ministro del Aire, desde el que Göhring había demostrado su incomparable incompetencia. Alcohólico, adicto a la morfina, su papel real durante el régimen había sido el de simple mascarón de proa. Ahora, privado de sus numerosos vicios, languidecía a la espera de la inevitable condena. Lo más curioso de su trayectoria era un hecho que no se había mencionado allí, ni se haría: amigo de unas pocas familias judías, había logrado sacarlas del país a tiempo, de forma discreta, como bien sabían los servicios secretos. Sin embargo, aquello quedaría fuera del proceso; por una parte, demostraría que Göhring no era el monstruo que convenía que pareciera. Por otra, evidenciaría que el acusado sabía bien, desde época temprana, el terrible destino que esperaba a los judíos bajo el régimen nazi. Siguiendo las apagadas evoluciones del acabado mariscal, la mañana pasó deprisa, sin que la teniente soviética hiciera acto de presencia. El final de la sesión los puso a todos en pie para la salida de los jueces, tras lo que la concurrencia desfiló hacia la cafetería. Por el camino, algunos grupos de. 21.

(22) Viento Helado de Iggy. periodistas compatriotas la animaron a unirse a ellos durante el almuerzo, pero ella los rechazó. Necesitaba reflexionar. Llevó su bandeja hasta una mesa apartada, de espaldas al resto del comedor. Mientras consumía su comida sin saborearla - demonios, aquellos cocineros militares americanos eran pésimos - iba repasando mentalmente de nuevo los acontecimientos de última noche en que había visto a Nadia. Por más vueltas que le daba, no se explicaba las razones de la extraña reacción de Nadia. No la había ofendido, no había replicado ni discutido sus invectivas revolucionarias... Ahora que lo pensaba, tal vez aquello había sido una provocación para forzar una discusión que acabase como al final habían terminado. Sin embargo, aquello, suponiendo que fuese cierto, no aclaraba el porqué había querido Nadia acabar mal con ella. Sarah sacudió la cabeza, desorientada. Aquello no la llevaba a ninguna parte; el intento había fracasado y en consecuencia era asunto terminado. El informe que había solicitado, por tanto, resultaría inútil cuando llegase. Cabizbaja, trató de despejar su mente y concentrarla en la búsqueda de un nuevo objetivo, cuando vio un par de botas plantadas ante su mesa. Levantó la vista y allí estaba ella.. * * *. * * * * * *. Seria, alta, los finos labios muy apretados, la miraba con una extraña intensidad. Sólo una mano se salía de su envarada rigidez, para posarse quizás nerviosa sobre la mesa. El otro brazo se hallaba pegado a su costado, reteniendo contra su cuerpo la gorra de plato. Tras unos instantes de embarazoso silencio, fue Nadia quien lo rompió, sin moverse. - Quería presentarle mis disculpas, pese al retraso. Mi comportamiento fue inexcusable.. 22.

(23) Viento Helado de Iggy. Tras esto quedó quieta, como esperando una respuesta, aunque su expresión no parecía pedirla. No parecía ansiosa, sino indiferente, a menos que estuviera intentando ser inexpresiva. Sarah tardó en reaccionar, quizás demasiado. Desde luego, no había esperado aquello. Aunque tal vez sí, oculto incluso para ella misma, lo había deseado. Comprendió que podía parecer maleducada, así que cambió su expresión de sorpresa por lo que deseó que fuera una desenvuelta sonrisa, y dijo: - No tiene ninguna importancia, ya está olvidado. ¿Quiere sentarse? La teniente miró a un lado y a otro, dudando de forma clara. Al fin se sentó, envarada, negándose de forma obstinada a mirar directamente a Sarah. Esta trató de pensar con rapidez para sacar provecho de la extraña situación. Por alguna razón, la soviética había preferido dar la cuestión por cerrada tras su exabrupto. Resultaría interesante conocer sus razones; sin embargo, lo mejor sería no precipitarse y aprovechar en cambio el puente tendido. - Me alegra que me dé la oportunidad de devolverle su invitación, teniente. ¿Sabe de algún otro lugar donde podamos cenar? Ya sabe que soy nueva aquí, de modo que me haría un gran favor si me mostrase los lugares más interesantes. La suboficial la miró de reojo. Sarah creyó ver una expresión acobardada en ella, como si sus casuales palabras la hubieran afectado de alguna manera profunda. Aquello era cada vez más extraño, se dijo Sarah en silencio. La actitud de Nadia resultaba errática, incomprensible. Sin embargo, y para sus propósitos, era también muy interesante. Si lograba desentrañar las extrañas motivaciones de su objetivo, se hallaría en el camino de alcanzar el éxito en la misión que tenía encomendada. Al fin, tras una última mirada de reojo a ninguna parte, Nadia pareció tomar una decisión.. 23.

(24) Viento Helado de Iggy. - Sí, desde luego. Conozco un lugar más elegante que la Rauchstube. Suelen acudir oficiales de todos los ejércitos de ocupación, pero no soldados: el American Steakhouse. No se preocupe; pese a su nombre, tiene una aceptable carta francesa. Estaré encantada de... acompañarla. Sarah decidió que lo mejor sería la naturalidad. Ignorando la tensión y la extraña pausa en la respuesta de su interlocutora, aceptó con una sonrisa desenvuelta. - Estupendo, se lo agradezco. Ahora... - Sarah se puso en pie, lo cual provocó que su interlocutora hiciera súbitamente lo mismo - si no le importa, el juicio está a punto de reanudarse. ¿A las siete? - Muy bien. - fue toda la respuesta que recibió. Por alguna razón, la teniente no la acompañó, sino que quedó atrás, de pie junto a la mesa tal y como había quedado. Sarah se alejó sintiendo un cosquilleo entre sus omóplatos, como si la mirada de la mujer la siguiese fijamente a lo largo de todo el trayecto hasta la puerta.. 24.

(25) Viento Helado de Iggy. PARTE 3. La sesión de tarde se pasó entre las miradas que se cruzaban las dos, de la tribuna de observadores a la de periodistas. Nadia acudió a aquella sesión, dando a Sarah nuevos motivos de reflexión. Sus motivaciones se le hacían cada vez más misteriosas, casi erráticas. Sin embargo, debía haber alguna causa, tanto al incidente como a la insospechada reaparición. Podría ser algo obligado, se dijo Sarah en un primer momento. La adusta y misteriosa suboficial tal vez temía un escándalo, considerando que ella era periodista. Un titular periodístico del tipo "Oficial soviética agrede a periodista británica" podría resultar sumamente embarazoso, incluso adquirir la categoría de incidente. Para Nadia, sobre todo si era una agente camuflada del NKVD, aquello podría resultar fatal. Era muy posible que, bien por propia iniciativa, bien por orden de sus superiores, Nadia se hubiera visto obligada a evitar semejante situación ofreciendo aquellas disculpas. La actitud distante y algo forzada de la soviética en el comedor bien podía corresponderse con semejante teoría, por no hablar de su ausencia hasta entonces. Mientras contemplaba a la teniente, al otro lado de la cavernosa sala, Sarah iba sintiendo que aquella explicación se le iba deshaciendo. De alguna forma, no parecía lógica. Mientras la miraba, Sarah le sorprendió una furtiva mirada de reojo hacia ella, que la teniente rompió de inmediato. Sarah no pudo evitar una sonrisa. Aquello, fuera como fuera y acabase en éxito o no, iba a resultar muy interesante. Su misión consistía en conocer, comprender y averiguar las motivaciones más íntimas de una persona. En este caso, el reto no podía resultar más estimulante. Su objetivo era sin duda una persona sumamente interesante, contradictoria. y. hasta. enigmática.. Desentrañar. su. personalidad. y. sus. motivaciones iba a resultar todo un reto, profesional a la vez que humano. De momento, y a falta de más información, debía contentarse con las teorías. En. 25.

(26) Viento Helado de Iggy. realidad, tenía demasiadas, y en gran medida carecían de interés para su objetivo. Debía centrarse en averiguar cómo podía lograr lo que se proponía: que de una forma u otra, aquella supuesta agente del NKVD se aviniera a pasar información a Occidente. Todo lo demás era secundario.. * * *. * * * * * *. De vuelta en su habitación en casa de los Bauer, Sarah planificó mentalmente sus actividades para la tarde-noche. En primer lugar, debía recoger el informe solicitado a Berlín. Para ello tendría que desplazarse de forma discreta al solar abandonado del centro. Luego debería acudir a su cita con la teniente, para lo que precisaría de un coche. Mientras reflexionaba, Sarah iba vistiéndose. Teniendo en cuenta el lugar de su cita, debía ir de la forma más elegante posible. Tras dudar entre varios modelos extendidos sobre la cama, optó al fin por un conjunto de seda, color crema, con falda hasta la rodilla y blusa de manga larga, con una pequeñas hombreras. Se lo colocó ante el cuerpo, contemplándose a sí misma en el espejo de cuerpo entero del armario. Decidida al fin, se ajustó las medias, también de seda, y se vistió. Había oído hablar del American Steakhouse, y sabía que toda elegancia sería poca para aquel lugar, al que acudían los más altos mandos militares de la ciudad. Era un lugar en el que no se admitía a cualquiera, y ya resultaba interesante que una simple teniente tuviera acceso a él. Ya vestida, se contempló de nuevo en el espejo. Algo frustrada con su aspecto, no todo lo elegante que ella hubiera deseado, empuñó un cepillo y atacó su cabello. Al fin se lo arregló echándolo hacia atrás por los lados, dejando caer su corta melena por detrás. El flequillo le caería a un lado, y para terminar se colocó una. 26.

(27) Viento Helado de Iggy. pequeña boina verde, a juego con sus ojos e inclinada hacia un lado en un ángulo pretendidamente descuidado. Se miró de nuevo mientras se la colocaba, sonrió, decidió que no iba a lograr mucho más con lo que tenía, y se puso el largo abrigo. Por fortuna, la noche aunque fría era seca, y las estrellas relumbraban con un brillo sorprendente en el gélido firmamento. Sarah no se entretuvo mucho en contemplarlas, sino que se encaminó con decisión hacia su primer destino. De nuevo la soledad y las sombras indistintas del solar se le hicieron incómodas y preocupantes. Sarah se dio toda la prisa posible; el sonido metálico de la oculta caja, al abrirse, resonó por toda aquella soledad. Aquella noche, aunque seca, era realmente gélida, y Sarah apenas se fijó en los papeles que recogió, sino que los ocultó con rapidez dentro de su abrigo y marchó a toda prisa. Había citado a su chofer junto a la muralla, no tanto para que la trasladase hasta el restaurante como para disponer de un lugar discreto y conveniente para descifrar el mensaje que acababa de recoger. Por fortuna, el coche la esperaba, solitario aunque no demasiado discreto, en el lugar convenido. Sarah se lanzó a su interior, al tiempo que daba orden de partir de inmediato. En el asiento de atrás, Sarah encendió una luz, gracias a la cual pudo echar un primer vistazo a los papeles que había recibido. No se trataba de originales, desde luego, sino de un extenso informe en clave, a lo largo de tres páginas. Eso significaba que su solicitud había sido atendida; sólo faltaba conocer el contenido. Dio orden al chofer de dar vueltas sin rumbo, a escasa velocidad, hasta que le indicase su destino. Entretanto, provista de su pluma y sus conocimientos de las claves del MI6, se dedicó a la laboriosa tarea de descifrado. Por fortuna, su primer destino en el servicio había sido precisamente en cifrado y claves, de modo que aquello no tenía para ella la menor dificultad. Iba aplicando 27.

(28) Viento Helado de Iggy. las fórmulas matemáticas de memoria, cambiando unas letras por otras, sin fijarse en lo que iba descifrando. Su mente se encargaba automáticamente de aquello, mientras evocaba recuerdos relacionados con aquella tarea. Recordó, como no podía ser menos, sus comienzos en el servicio secreto, durante la guerra. Sus conocimientos de idiomas, particularmente del alemán, la habían llevado hasta un trabajo al que jamás pensó en dedicarse. Al principio, su tarea no se distinguía demasiado de la que siempre creyó que sería su destino: secretaria. Sin embargo, su capacidad innata para la lógica y las matemáticas la habían impulsado rápidamente hacia arriba, hasta el mismo núcleo del trabajo de inteligencia de su tiempo: los cuarteles de Bletchey Park y la máquina Enigma. Allí había trabajado en el descifrado de los mensajes militares alemanes, gracias a la preciosa máquina robada a la Wehrmacht a costa de varias vidas. Había sido una época difícil, tensa y febril; sabían que de su trabajo dependían miles de vidas, y aquello los había llevado a todos a trabajar hasta caer extenuados, y a seguir pese a ello. Sin embargo, recordaba aquel período con cariño. Había sido un trabajo fascinante, todo un desafío, útil y hasta decisivo para el desarrollo de la guerra. Sin embargo, el fin de las hostilidades y la rendición alemana habían dejado la máquina Enigma obsoleta, y el grupo había sido dispersado. Sin medallas, como ocurría siempre en el servicio secreto, ella había sido transferida a Operaciones, y allí estaba, abandonada a sus propios recursos en una misión para la que no se sentía realmente preparada. Sin embargo, la labor de descifrado le hizo sentirse de vuelta en su elemento, segura y capacitada. Su mente dejó de divagar al ser consciente de haber terminado la tarea de descifrado: entre las líneas impresas podían leerse ya sus propios garabatos a pluma, nerviosos y movidos por el traqueteo del coche, aunque perfectamente legibles. Sus ojos recorrieron su propia letra, mientras su cerebro se sorprendía por lo que leía. Aquello era interesante, y hasta extraño. Su contacto carecía de 28.

(29) Viento Helado de Iggy. cualquier información acerca de la carrera de Von Kahlenberg antes de su traslado al estado mayor de Zhúkov, pero conocía toda su labor allí. Aquello no era sorprendente; sabía bien que su contacto no era de alto nivel, pero que tenía acceso a determinados papeles del mando militar soviético de Berlín. Lo curioso e interesante eran las erráticas misiones que había desempeñado Von Kahlenberg. Por lo que Sarah previamente sabía, Nadia había sido una simple militante del Partido Comunista de Estonia, y tras 1940 se había alistado en el Ejército Rojo, en el que había desempeñado funciones que podían calificarse de "femeninas": intendencia, logística, traducción, todo limitado a retaguardia durante la guerra, trabajo de oficina en definitiva. Sin embargo, y como demostraban aquellos papeles, en 1944, hacia el final de la guerra, había sido repentinamente transferida el estado mayor de Zhúkov, encargado de la invasión de Alemania. Aquello ya lo sabía, lo sorprendente era que había sido enviada a aquel destino en calidad de "experta en la zona a invadir", no como simple traductora tal y como había parecido. No sólo eso, sino que en los papeles se hacía hincapié en su conocimiento de la zona de Berlín, en sus contactos con lo que pudiera quedar del Partido en Alemania – el Partido Comunista, por supuesto –, y hasta en su capacidad para obtener información de elementos corruptibles de la administración nazi. Aquello ya era bastante sorprendente. Según el anodino historial del que Sarah había dispuesto hasta entonces, Nadia no había estado jamás en Alemania, y mucho menos podía conocer la zona ni a nadie en ella. Desde luego que no hasta el punto de haber sido recomendado al mismísimo mariscal Zhúkov que "tuviera en consideración sus consejos e informaciones, tanto en lo referente a las operaciones militares como a las tareas de eliminación del régimen nazi." En el original, el documento llevaba la firma del propio Lavrentii Beria, el temible y todopoderoso ministro del Interior y jefe del NKVD, lo que daba a las recomendaciones, aunque fueran dirigidas a Zhúkov, el carácter de órdenes directas.. 29.

(30) Viento Helado de Iggy. Estaba claro. Sarah despejó con rapidez sus últimas dudas; la teniente Von Kahlenberg era una agente del NKVD de alto nivel, y su historial conocido, incluido el relato que ella le había contado acerca de su juventud en Estonia, pura fachada, como su propio trabajo en la agencia Reuters. Lo que ya desafiaba la capacidad de sorpresa de Sarah era la actuación concreta de Nadia hacia el final de la guerra, durante la ofensiva sobre Berlín. Aquello era no sólo interesante, sino probablemente útil. Sin embargo, decidió estudiarlo con más detenimiento con posterioridad; debía acudir a su cita, y la digestión de toda aquella información requería algo más de calma. Dobló los papeles, los metió en su bolso e indicó al fin al chofer que pusiera rumbo al American Steakhouse.. * * *. * * * * * *. El lugar era, con mucho, bastante más elegante que la Rauchstube. Su abrigo fue recogido de inmediato, tras lo cual el mâitre la condujo hasta la mesa, donde ya la esperaba Nadia. Esta iba de uniforme de nuevo; Sarah había esperado que se pondría un vestido, algo a tono con el lugar. No era así, aunque se puso en pie nada más verla, sonriendo. De hecho, la miró de arriba abajo, de manera apreciativa, antes de volver a sentarse al mismo tiempo que ella. A diferencia de anteriores ocasiones, la actitud de Nadia resultaba completamente cordial, casi en exceso. Aquello la hacía sentirse, paradójicamente, más insegura. Con una sonrisa nerviosa, tras sentarse, Sarah lanzó una mirada a su alrededor. Aquello parecía sin duda el restaurante con más estilo de la ciudad. Por aquí y allá. se. veían. uniformes,. no. en. exclusiva. aunque. predominantemente. norteamericanos. Las graduaciones que mostraban eran muy superiores a las que se exhibían en la Rauchstube. De hecho, Nadia era la única suboficial presente. Además, el ambiente era agradable, iluminado con profusión y aligerado por las suaves notas de un piano de cola. Sin embargo, la convivencia 30.

(31) Viento Helado de Iggy. entre oficiales de los diversos ejércitos aliados daba una nota de tensión soterrada. Las miradas que se cruzaban entre las mesas ocupadas por soviéticos y americanos no eran demasiado amistosas. Tras esta inspección, Sarah centró su atención de nuevo en su acompañante, que seguía sonriendo. - Me alegro de verte, Sarah. - le dijo esta, tuteándola al fin. - Lo único que siento es que te toque invitar a ti. De hecho, si no tienes inconveniente, seré yo quien... - No. - La negativa le salió de dentro, casi sin intervención de su voluntad. De inmediato matizó, sonriendo. - No hace falta, Nadia. Gracias. Pagará la agencia, así que no es problema. Permíteme invitarte, por favor. Nadia asintió, reacia a discutir por aquello. En cambio, la volvió a mirar con detenimiento. - Estás muy elegante. - Gracias. - respondió ella, cada vez más incómoda. No se atrevía a responder con el mismo cumplido; al fin y al cabo la soviética iba de uniforme, impecable pero convencional. Un elogio al respecto podría haber sonado irónico. El silencio subsiguiente, sin duda embarazoso, fue salvado por la presencia del camarero. Nadia, tras consultar con ella, solicitó dos martinis. Al ser servidos, el silencio amenazó de nuevo, si bien fue Nadia la que lo rompió tras dar un buen trago. Tengo que disculparme de nuevo... También debo explicarme. No tengo nada contra ti, ni contra tu profesión. Fue una reacción... una... - Nadia pareció quedarse sin palabras, dudar tal vez, aunque prosiguió. - Fue algo que sólo me atañe a mí, por lo que no debió afectarte. Lo siento. Sarah decidió pasar página cuanto antes, de modo que respondió con voz despreocupada, como si no hubiera ocurrido nada de particular.. 31.

(32) Viento Helado de Iggy. - Oh, está bien. Olvidémoslo, por favor. Aquello pareció sellar la paz, tras lo que pidieron su cena. En su conversación con el camarero, Nadia demostró un fluido uso del alemán. Sin embargo, cuando este marchó pasó de nuevo al ruso. Estuvieron, esta vez sí, hablando fluidamente de asuntos sin importancia, la ciudad, sus lugares interesantes, todo ello para mejor información de la recién llegada que era Sarah. Con sólo parte de su mente dedicada a aquella intrascendente conversación, Sarah no pudo evitar reflexionar. Ahora que sabía que aquella mujer era en realidad una agente de alto nivel del NKVD, apenas podía ya tomársela a la ligera, pese a la conversación. De hecho, se podía decir que se sentía intimidada. De repente, aquella natural elegancia, sus movimientos medidos y felinos, resultaban amenazadores. Hasta su sonrisa tenía un matiz peligroso, y todo en ella recordaba a un leopardo, a una oscura pantera más exactamente. Sarah, nueva en aquel trabajo de campo, no se sentía a la altura de su interlocutora. Sin duda – sin la menor duda – Nadia tenía una extensa experiencia, había estado en situaciones difíciles, y hasta era probable que fuera físicamente peligrosa. Todo aquello le provocaba intensas dudas. Había oído historias sobre el NKVD y su implicación en terribles atrocidades en las purgas interiores antes de la guerra, por no hablar de su actuación durante el conflicto. Sin embargo, por lo que Sarah sabía, el NKVD se hallaba estrictamente compartimentado. Eso ocurría con todos los servicios secretos, pero muy particularmente con los soviéticos. De hecho, la agencia dedicada propiamente a espionaje y contraespionaje había sido segregada, hasta cierto punto, del propio NKVD, constituyendo el NKGB. Este, a su vez, se hallaba constituido por varios secretariados, sin coordinación apenas entre ellos. Nadia, con toda probabilidad, pertenecía al primero de ellos, el de Inteligencia, esto es, espionaje exterior, y se dedicaba por tanto a una labor muy similar a la suya. Dado el enorme grado de. 32.

(33) Viento Helado de Iggy. compartimentación y desinformación interna del NKVD, era perfectamente posible que desconociera por completo las actividades de otros secretariados que llevaban a cabo tareas mucho más siniestras, como Contra-inteligencia – dedicado no sólo a la detección de agentes enemigos, sino al combate contra los "enemigos interiores del pueblo" –, o el aún más temible secretariado de la Policía Política, dedicado al control de las propias filas del Partido. Sarah sacudió la cabeza. Era extraño que, precisamente ahora que Nadia actuaba de forma abiertamente amistosa, la hiciera sentirse amenazada. Se dijo que debía concentrarse en sus objetivos, descartando todo lo que pudiera distraerla de ellos. Por tanto, debía ganarse su confianza, para lo que parecía bien situada. Sin embargo, repentinamente, otra duda la asaltó. ¿Formaba toda aquella actuación parte de un propósito? ¿Pretendía Nadia simplemente congraciarse con ella, para así poder descartarla de manera amistosa, de modo que aquella impertinente periodista no volviera a importunarla? Bien, de hecho aquello no tenía importancia. En primer lugar, debía abrir un canal de comunicación, eso era todo. No tenía por qué hacerse su amiga, en absoluto.. Luego. debía. buscar. algo,. alguna. palanca. que. le. permitiera. comprometerla. Y, gracias a lo que había leído por encima en la segunda parte del informe cifrado, creía hacer descubierto aquella palanca. Tratando de eliminar los restos de su inseguridad y falta de confianza, sonrió.. * * *. * * * * * *. Al día siguiente, Nadia apareció en la sala del juicio. Tras una desagradable sesión en que algunos abogados defensores pusieron diversas trabas al procedimiento, el público desfiló de nuevo en dirección a la cafetería. En esta ocasión, Sarah optó por aceptar la oferta de un reducido grupo de compatriotas para compartir su mesa. Sus razones para ello eran puramente tácticas: no quería propiciar más acercamientos a la teniente, sino por el contrario mantener 33.

(34) Viento Helado de Iggy. una cierta distancia. Si se la veía demasiado ansiosa por establecer una comunicación fluida, sin duda provocaría algunos recelos. Así, se dejó llevar por el buen humor de sus compañeros. Escuchó chistes, aportó las últimas novedades y cotilleos de Inglaterra y hasta se permitió un ligero flirteo con algún colega. Sin embargo, no por ello dejaba de vigilar de reojo a su objetivo. Esta, curiosamente, también se había sumado a un grupo de sus propios compatriotas, si bien estos parecían mucho más taciturnos: después de todo, se trataba de un grupo de oficiales soviéticos. Pese a este intento de ignorarse mutuamente, o tal vez precisamente por su causa, Nadia se apartó de su propio grupo ya mientras todos volvían a la sala de juicios. Adusta de nuevo, la teniente interceptó a Sarah, logrando que quedase rezagada respecto a ambos grupos. Sarah no pudo por menos que sentirse expectante mientras la soviética se le aproximaba. - Hola, - dijo, tal vez sonriendo - si no tienes otra cosa que hacer, - y en ese punto lanzó una mirada a las espaldas de los periodistas británicos que se alejaban - tal vez quieras venir un día de estos a la Rauchstube. La verdad es que suelo acudir allí casi todas las tardes, así que puedes buscarme cuando prefieras. Por cierto, ¿cómo va tu artículo? - Oh... - Sarah apenas se sentía sorprendida por aquello, aunque no sabría decir por qué. En todo caso, supondría una ayuda para sus planes, de modo que inmediatamente respondió. - Todavía estoy reuniendo material, así que supongo que me vendría bien charlar contigo un rato. - Sonrió. - Sí, creo que me pasaré esta noche. - Estupendo. Allí estaré, de cualquier modo. - dijo tan sólo Nadia, tras lo que se apresuró en pos de su grupo de oficiales, dejando a Sarah atrás.. * * *. * * * * * * 34.

(35) Viento Helado de Iggy. La información sobre las misiones de Nadia, el plan que había elaborado, todo aquello se podían poner a prueba aquella misma noche. La sorprendente receptividad de la teniente le iba a permitir realizar un sondeo previo que revelaría la capacidad de éxito de su plan, pensó Sarah. De camino, esta vez en el coche, repasó su plan. Todo se basaba en el informe de misiones de Nadia, un dato sorprendente en cualquier caso. Nadia, asignada al estado mayor como consejera experta, había desempeñado esa función durante la invasión de Alemania, como cabía esperar. Sin embargo, justo cuando los dos ejércitos soviéticos de Zhúkov y Koniev convergieron para iniciar el asalto final a la capital alemana, a Nadia le había sido repentinamente encomendado el mando de una compañía, pero no para unirse a la batalla. En cambio, le había sido asignada. la. tarea. de. liberar. el. cercano. campo. de. concentración. de. Sachsenhausen. Teniendo en cuenta que había sido enviada al estado mayor por su conocimiento del área de Berlín, resultaba extraño que hubiera abandonado su puesto justo al comienzo del asalto, cuando sus supuestos conocimientos iban a ser más necesarios. El 26 de abril había abandonado el sitio, al mando de aquella compañía, y había cumplido con su misión, de la que no había informe alguno. No había retornado a Berlín hasta el 1 de mayo, con la batalla casi finalizada. En aquello había más de una incongruencia. Desde luego, el que una experta de estado mayor fuera transferida a mando de combate era bastante peculiar, aunque se daba a veces. Sin embargo, era extraño que hubiera dedicado sus esfuerzos en una dirección distinta a la que indicaba su cualificación, y más todavía que se hubiera encaminado en una dirección distinta a la de la acción principal. Tampoco era muy normal que a una simple teniente se le diera el mando de una compañía. De hecho, al capitán al mando de aquella compañía se le había dejado claro, en el despacho de órdenes, que el mando real lo ejercería ella, pese a su inferior graduación. Aquello indicaba algunas cosas: la primera,. 35.

(36) Viento Helado de Iggy. que la graduación real de Nadia debía ser muy superior, probablemente dentro del NKVD, y su rango de teniente del Ejército Rojo una tapadera. Además, mostraba que tal vez la misión de Nadia era precisamente aquella liberación. No se podía olvidar que en el campo de concentración de Sachsenhausen, los nazis habían acumulado a los prisioneros políticos, y en particular a los comunistas, lo que explicaría el interés soviético en su rápida liberación. Todos aquellos datos se unían a una intuición de Sarah. Había visto la expresión de odio, las miradas envenenadas que Nadia dirigía durante el juicio a los acusados. Sarah había leído algunos informes sobre lo que se había descubierto en los campos de concentración nazis. Aquellas lecturas no eran de las que facilitaban conciliar el sueño, precisamente. Nadia, al liberar uno de aquellos campos, sin duda había visto de primera mano lo que allí había ocurrido. En consecuencia, era muy probable que tuviera sus propias razones para odiar a los nazis, razones más intensas y personales que el puro enfrentamiento ideológico. Tal vez por allí pudiera Sarah meter una cuña; su misión consistía en averiguar lo que podía ofrecer a la soviética, algo que la comprometiera, que la obligara de alguna forma, por las buenas o por las malas, a trabajar para Occidente, y tal vez dispusiera de ello. Sin embargo, Sarah no podía lanzarse a poner en práctica el plan que había concebido sin antes comprobar si su intuición era correcta; de otro modo, su propia condición de agente camuflada podría quedar comprometida. Así, lo que debía hacer, lo que planeaba para aquella noche, era averiguar la intensidad de los sentimientos de Nadia hacia los nazis en general, para saber si sobrepasaban el simple odio intelectual. Las reflexiones de Sarah fueron repentinamente interrumpidas por el chofer. - Señorita, ya hemos llegado. En efecto, el coche ya se había detenido sin que ella se diera cuenta. El cálido. 36.

Referencias

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