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45 golpecito en el hombro.

In document Viento Helado de Iggy (página 45-50)

- ¿Estás bien? -le preguntó.

La miró entonces como si la viera por primera vez, haciendo un visible esfuerzo por reaccionar. Sacudió entonces la cabeza y se forzó con dificultad a sonreír. - Sí... sí, gracias. Todo esto es muy interesante. Veo que tienes talento de verdad para la investigación. Y, ¿quién es ese individuo?

Parecía haber tragado el anzuelo. Aquella era la pregunta que esperaba. Con una cierta decepción -secretamente, había esperado que fuera más dura de pelar-, se forzó a responder, no sin desgana.

- Se hace llamar Heinz-Karl Pappendorff. Y vive en Leipzig, en la zona soviética, oculto bajo esa identidad falsa. En realidad se trata del doctor Gneissenau, que cometió diversos crímenes en el campo de concentración de Ravensbrück. Estoy escribiendo un artículo para denunciar...

Nadia la interrumpió entonces, poniéndose en pie. Palmeó su hombro, tras lo cual se caló inmediatamente la gorra.

- Sí, ya veo. Te felicito. Escucha, tengo que marcharme. Iré a Berlín, a dar mi informe, como siempre. Volveré en unos días, espero que nos veamos entonces. Ya hablamos, ¿vale?

Había mordido definitivamente el anzuelo. Sarah se estremeció al pensar en lo que iba a ocurrir... Asintió, tras lo cual Nadia se alejó sin más palabras, aunque no sin que antes Sarah pudiera ver en sus ojos la más pura expresión de odio y decisión que jamás había contemplado.

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Durante los días que siguieron, Sarah apenas pudo quitarse todo el asunto de la cabeza. Durante las sesiones del juicio, a la hora de comer y pese a la animada compañía de sus compatriotas, en sus ratos libres por la tarde, jamás dejaba de pensar en lo que iba a ocurrir - o estaba ocurriendo ya - en la ciudad de Leipzig. Había leído una y otra vez el informe del doctor Gneissenau. No cabía la menor duda; no sólo había sido identificado entre distintas fotos por varias de sus víctimas supervivientes, sino que, además, se había establecido la falsedad de su identidad. Al menos por ahí, no había de qué preocuparse. No había lugar a un trágico error. Aquel individuo se había dedicado a la experimentación, probando medicamentos y venenos con varias víctimas del campo de concentración de Ravensbrück. El informe no era agradable de leer, sobre todo el apartado de los testimonios.

Sin embargo, Sarah seguía preocupada por los diversos aspectos de la cuestión. Dormía poco y mal, y no lograba concentrarse en nada. Al tercer día de la ausencia de Nadia, decidió regresar andando a casa de los Bauer desde los juzgados. Un largo paseo que al menos la agotaría lo bastante como para caer rendida en la cama, lo que esperaba que le permitiría dormir mejor. El tiempo permitía al fin algo así, con la primavera perfumando el aire. Sin embargo, aquel solitario paseo la forzaba a reflexionar, algo de lo que no podía huir. Una vez establecida la identidad del doctor, quedaba la moralidad de lo que ella, y en general el MI6, había hecho con su caso. Algunos criminales como Gneissenau habían sido reservados para utilizarlos de aquella manera. Deberían haber sido entregados a la justicia, desde luego, pero tampoco iban a escapar al castigo. En aquel caso concreto, sin duda Nadia se encargaría de ello, de un modo u otro.

Disponer así de la vida de una persona, por muy criminal que fuese, ya resultaba como mínimo de una dudosa moralidad. Sin embargo, Sarah tampoco tenía muy claro que tentar a Nadia con la venganza fuera algo mucho mejor. En eso

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consistía la trampa que la había tendido: si, como preveía, Nadia se dejaba llevar por la venganza, dispondrían de las pruebas necesarias para poder incriminarla. Si el espionaje soviético se enteraba de que una agente suya había recibido información de Occidente, y en lugar de comunicarla a sus superiores había hecho un uso propio de ella, su situación sería como mínimo delicada. Si además quedaba implicada en un crimen, la agente en cuestión sería fácilmente chantajeable, y ante sus propios superiores por añadidura. En aquella trampa estaba a punto de caer Nadia, si es que no lo había hecho ya.

Sarah sintió un escalofrío. La tarde era agradable, y sin embargo... Tal vez no estaba hecha para un trabajo como aquel. A falta del resultado final, parecía haber logrado un éxito completo en su primera misión de campo, y pese a ello se sentía fatal.

Al llegar a casa de los Bauer, ojeó el correo que la dueña de la casa le había dejado en su habitación. Allí estaba, un sobre pequeño, sin remite y franqueado en Leipzig. Lo abrió con lentitud, sabiendo lo que contendría aunque sin querer leerlo. Según lo previsto, contenía tan sólo un recorte de periódico. La fecha era del día anterior, del Leipziger Tageszeitung. Incluía una foto de una casa, pequeña y con jardín. El titular era escueto pero suficiente: Asesinato sin causa aparente. Heinz-Karl Pappendorff, un ciudadano soltero y solitario, había sido asesinado en extrañas circunstancias. Los detalles no eran agradables de leer; no había sido una muerte rápida. La policía se confesaba extrañada, pues no había móvil aparente. Un desconocido - el texto lo decía así, en masculino - había irrumpido de noche y había asesinado al señor Pappendorff con notable ensañamiento, sin robar nada. Desde luego, la policía de Leipzig no conocía la verdadera identidad de la víctima, por supuesto. Sentada sobre la cama, Sarah apartó el recorte y lo dejó a un lado. Sintió una ligera pero creciente arcada.

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Sarah temía reencontrarse con Nadia. Eso suponiendo que volviera a aparecer por allí, se dijo mientras se apeaba del coche y dedicaba una forzada sonrisa a su chofer habitual. ¿Sabría Nadia que ella estaba al corriente del crimen que había cometido? Peor aún, ¿se lo confesaría? Ya resultaba bastante penoso el haber traicionado su confianza de ese modo como para que ella se abriera inocentemente a su precaria amistad... Pero no, no era probable. Después de todo, se trataba de una agente soviética, no de una muchachita necesitada de consuelo o amistad. Lo más probable era...

Los pensamientos de Sarah se detuvieron en seco, como ella misma estuvo a punto de hacer mientras caminaba por el largo pasillo de los juzgados. Hacia ella caminaba Nadia, muy seria y a paso vivo. Sarah no pudo evitar retener el aliento mientras la mujer pasaba a su lado, apenas fijándose en ella. La había visto, de eso no cabía duda, porque en el último instante hizo un ligero movimiento de cabeza en su dirección, en la mínima expresión de un saludo.

En su asiento en el estrado, no pudo hacer otra cosa que contemplar la zona de enfrente, expectante ante la llegada de Nadia. Ésta hizo acto de presencia justo en el último momento, mientras el ujier anunciaba a los jueces. El resto de la mañana se pasó entre miradas intercambiadas aunque no sostenidas a través de la sala. Sarah acabó por fijarse en el mariscal Göhring, abotargado y somnoliento como siempre. Le recordó la traición que había cometido contra Nadia, y desvió la vista.

Tal vez en el comedor se verían y romperían aquella tensión que se notaba entre ambas. Para facilitar aquello, Sarah volvió a sentarse a solas, en una muda aunque evidente invitación. Pese a ello, Nadia, al entrar en la sala rodeada de parte de la delegación militar soviética, apenas le dedicó una breve aunque intensa mirada y se marchó hacia otra mesa acompañada por sus compatriotas.

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Ella, por su parte, pasó su solitario almuerzo mirándola de reojo y preguntándose las razones de su actitud. Parecía claro que Nadia sospechaba que ella conocía su crimen. Reflexionando, comprendió que no podía menos que ser así: al fin y al cabo, como periodista que se suponía que era, debía estar al corriente del trágico fin del doctor, objeto de su investigación periodística. Ello, justo tras la información que le había pasado, y durante su repentina ausencia. Como periodista, al menos debía sospechar.

Otra cuestión que asaltó su mente entonces fue las razones del proceder de Nadia. Estaba claro que odiaba profundamente a los nazis; su trampa había dado aquello por supuesto. Sin embargo, su reacción había sido singularmente visceral e imprudente. ¿Por qué había marchado tan de repente? ¿Y por qué no había buscado alguna coartada mejor? En cambio, había marchado directamente a Leipzig a liquidar a su objetivo, sin realizar planes ni elaborar coartadas. La relación causa-efecto entre su marcha y el asesinato era diáfana... Recordó entonces su reacción cuando mencionó al doctor. Su mirada se había perdido, como si de repente hubiera estado muy lejos de su lado. Además, aquella reacción se había producido en un momento muy concreto, al mencionar algo. ¿El qué? No importa, se dijo Sarah. Lo trascendente era su misión, que parecía haber terminado. Si su objetivo -Nadia- le hubiera permitido mantener el contacto, podía haber seguido junto a ella, para mantenerla bajo observación. Si no era así, su presencia allí resultaba superflua y debería regresar a Londres. En ello estaba ya pensando cuando escuchó la sedosa voz de Nadia a su lado, casi en un susurro.

- ¿Sarah?

Levantó la vista, sorprendida, sólo para verla allí de pie, junto a su mesa. No la miraba a ella sino al grupo con el que había compartido la comida y que parecía esperarla a poca distancia.

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