Dicho esto, se marchó acompañada de los hombres que habían ido a buscarla. Sarah no tuvo tiempo ni ánimo para decir palabra.
* * * * * * * * *
El patio de la prisión, a aquella hora de la mañana en que el alba apenas despuntaba, parecía desde luego el lugar adecuado para una ejecución. Sarah no había dormido desde que Nadia la dejara tan repentinamente. Sin embargo, le había dado tiempo a pasar por casa de los Bauer, darse una ducha y cambiarse de ropa. La tribuna sobre la que se hallaba, reservada a unos cuantos testigos, carecía de asientos. A su lado había un hueco, reservado, o eso supuso, a la soviética. Sin embargo, no se la veía por lado alguno.
La horca, de madera, sí que se veía dispuesta, en el lado opuesto del patio. El primero de los condenados hizo acto de aparición, flanqueado por dos policías militares americanos con sus distintivos cascos blancos. Sarah se sintió sobrecogida, tanto que no vio llegar a Nadia hasta que ésta estuvo a su lado y le rozó el brazo.
- ¿Todo bien? - le susurró la mujer. - Sí, bien, ¿y tú? ¿Qué ha ocurrido?
- Por lo visto, alguien le pasó una cápsula de cianuro. Está muerto y bien muerto. No sabemos quién se la pudo pasar, pero seguro que tenía un cómplice. Estamos en ello.
Guardaron silencio en cuanto el ujier leyó la sentencia y se cumplieron las formalidades. Todo transcurrió con sorprendente rapidez. Al final, la trampilla se abrió, se oyó como un chasquido y el condenado quedó colgando, oscilando
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levemente. Sarah miró de soslayo a Nadia, y le agradó comprobar que no sonreía. Se la veía seria y hasta un poco agobiada.
Las ejecuciones se fueron sucediendo con rapidez, o tal vez era que el tiempo parecía transcurrir con mayor velocidad de la normal. Al final fueron nueve ejecuciones. Robert Ley se había suicidado antes del proceso, mientras que Martin Bormann había sido condenado en rebeldía. Puesto que Göhring también se había suicidado, la cosa quedó en nueve. Todo sucedió sin incidentes, salvo una última insistencia del mariscal Keitel en ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento, que no fue atendida.
Cuando todo hubo pasado, Sarah se volvió hacia Nadia, aunque se encontró sin saber qué decir. Fue ella la que se inclinó, diciéndole: - Escucha, tengo que seguir con la investigación, aunque espero acabar pronto.
- Mi... mi tren sale en dos horas, Nadia. - le contestó. Había hecho la reserva hacía tiempo, puesto que ya sabía que la soviética no se iba a quedar por más tiempo, si bien ahora tal vez cambiaran los planes.
- Yo me marcho mañana por la mañana. No esperaba esto... Voy a estar muy ocupada. Intentaré estar en el andén.
Se marchó de repente, sin una palabra o gesto más. Sarah sacudió la cabeza, desconcertada. Había esperado... ¿Qué había esperado? Daba igual. Se había quedado sola en aquel siniestro lugar, y lo mejor que podía hacer era abandonarlo.
* * * * * * * * *
La estación contrastaba, en su animado ambiente, con el patio de la prisión, desde luego. Sarah había alcanzado su vagón, atravesando las nubes de vapor que exhalaban las locomotoras. Esto último contribuía a una atmósfera cálida y hasta sofocante, junto al gentío que andaba y en ocasiones corría en diferentes
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direcciones. Entre toda aquella gente, y a escasos minutos de la partida del tren, no se distinguía la inconfundible figura de la oficial soviética por parte alguna. Ya había alzado sus maletas y baúles hasta el vagón, con la ayuda de un mozo. Ahora se hallaba al pie de la escalerilla, retorciéndose nerviosa las manos. Se ponía de puntillas para atisbar por encima de la multitud, esperando verla a ella. Seguía sin aparecer. Sólo entonces la vio. Iba de uniforme, como siempre, con una gabardina gris y larga, y caminaba con pasos largos, aunque sin correr. Fue cuando, tras hacerle un gesto con una mano en alto, Nadia la vio y salió corriendo en su dirección. En cuanto estuvo a pocos pasos, sin embargo, detuvo su carrera, parándose antes de alcanzarla.
- Hola, Sarah. - le dijo tan sólo.
- Hola, Nadia. Me alegra que hayas podido venir...
- No podía dejarte ir sin una despedida. - La tomó entonces de las manos. - Como ya sabes, había una razón por la que me sentía... atraída hacia ti. Sin embargo, aquello no tenía nada que ver contigo. Es bueno para las dos que nos separemos.
- Oh... - Definitivamente, Sarah no supo qué decir. Fuera como fuera, debían separarse, así que seguramente la mejor opción era despedirse de aquella forma. Ella misma se notaba incapaz de decir qué sentía por ella. Los acontecimientos de la noche anterior, aún más por no haber dormido entretanto, le resultaban difíciles de interpretar. Por fin tomó una decisión, y continuó. - Supongo que tienes razón. Sólo me gustaría decirte que... que siento lo que has pasado. Ojalá hubiera podido serte de ayuda.
En aquel momento, el jefe de andén hizo sonar su silbato, seguido de su grito de "pasajeros al tren". Este partiría de inmediato. Nadia, sin prisa aparente, sonrió ante sus palabras con un leve toque de ironía en sus hermosos ojos.
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- Has sido de ayuda, te lo aseguro. - La atrajo entonces hacía sí, estrechándola entre sus brazos. - Te... te echaré mucho de menos. Cuídate, preciosa.
Sarah sintió una extraña calidez, y desde muy cerca le respondió: - Tú también, Nadia. Ojalá te vaya todo muy bien.
Entonces ésta se inclinó aún más hacia ella y le dio un levísimo beso en los labios. El tren ya arrancaba, pesado y lento pero a velocidad creciente, de modo que Nadia la empujó, aupándola con sorprendente fuerza hasta la escalerilla. Sarah se agarró al pasamanos evitando caer de vuelta al andén, viendo cómo se alejaba de ella. Se quedó contemplando la alta y elegante figura hasta que despareció, quieta y sin un gesto, entre el vapor del tren en marcha.
80 PARTE 6
El taxi se detuvo frente a una de las casas de ladrillo, todas idénticas entre sí y apiñadas a lo largo de la calle. Esta se veía casi desierta, pues era tarde. Pocas farolas alumbraban la oscuridad creciente, aunque todo aquello era normal. Sarah se apeó del taxi, mientras el conductor dejaba sus maletas sobre la acera. Pagó y lo contempló alejarse, suspirando al comprobar que todavía le quedaba un último esfuerzo: subir sus maletas por la corta escalera que daba a la puerta de su casa.
El viaje había sido largo y fatigoso, y Sarah se sentía muy cansada. Hacía mucho tiempo que no volvía por allí, y pese a ello no necesitaba encender las luces para orientarse. Aquella había sido su casa durante mucho tiempo, desde que vivía en Londres, y sentía la satisfacción de la vuelta al hogar. Un hogar algo vacío y solitario, pero confortable y ajustado a ella como un viejo guante.
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A la luz de la mañana siguiente, todo resultó mucho más agradable. Cubierta con su vieja bata, Sarah se preparó su té de la mañana, aunque ya era casi mediodía. Había dormido largo rato, puesto que no la esperaban en el trabajo hasta el dentro de un día. Por suerte, la vecina había cumplido con su promesa, y no sólo le había regado las plantas, sino que hasta había limpiado el polvo de vez en cuando, como comprobó al pasar un dedo por la limpia superficie de la mesa de la cocina. Aquella casa, modesta y pequeña, era su hogar, tal vez solitario, pero perfecto para ella. Algunas veces lo había compartido, era cierto, aunque por breves períodos. Valoraba mucho su tranquilidad, su soledad incluso, y tal vez nunca se había enamorado con intensidad suficiente como para
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