El río, lento y poco caudaloso, era cruzado por un pontón militar de hierro, con casetas a ambos lados de la ribera. Sarah se aproximó a la que exhibía una bandera con barras y estrellas, alegrándose de gozar al menos de algo de iluminación. Allí, los focos militares atravesaban la lóbrega noche como si quisieran atacar al oponente. Sin embargo, la luminosidad no era tanta, puesto que del río surgía una fría niebla que atenuaba las luces, difuminándolas. La humedad le provocó un escalofrío, tanto quizá como la palpable sensación de peligro, aún más densa que la niebla.
Había pasado la mayor parte del día durmiendo, tratando de recuperarse del horroroso viaje de la noche anterior. Por otra parte, no tenía nada que hacer hasta entonces. Y el momento había llegado. Miró por enésima vez su reloj de pulsera, extrayéndolo de su cálido refugio bajo la manga de su pesado abrigo, y suspirando dio un paso adelante, identificándose de inmediato ante el firme y varonil "quién va" del soldado en la garita.
Sarah apretó contra su pecho el portafolio que llevaba a aquella cita, como si su contenido pudiera protegerla o al menos darle el valor que tanto necesitaba. De cualquier forma, lo que contenía sería decisivo aquella noche, para bien o para mal. Contaba con ello para lograr sus propósitos, aunque si fracasaba, aquello sería sin duda su fin.
Las formalidades en el puesto de control se prolongaron, incluyendo una llamada telefónica al "enemigo", apenas visible entre la niebla al otro lado del puente. El sargento al mando había fruncido el ceño ante su solicitud de cruzar al otro lado, algo desde luego inusual, aunque había aceptado realizar aquella consulta. Volvió a fruncir el ceño ante la respuesta que escuchó por el auricular, si bien terminó por dar una lacónica autorización para cruzar.
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difuso brillo que apenas iluminaba. Volvió a mirar de reojo su reloj, comprobando que era exactamente la medianoche. El otro lado del puente era ya invisible en medio de aquella grisácea neblina que sorbía el calor y hasta el coraje de Sarah. Entonces, surgiendo en medio del grisor, pudo ver una figura oscura y difuminada que avanzaba desde el otro lado del puente. La forma fue concretándose en su contorno a medida que caminaba hacia ella, mostrando que llevaba un largo abrigo sobre su alta y estilizada figura.
La persona se materializó casi de repente al recibir la luz directa de un foco, y así Sarah pudo ver de nuevo la luminosidad de aquellos azules ojos. La seriedad de su expresión era tremenda, cuando de repente cambió del todo. Al verla, al reconocerla, una sonrisa borró toda – no, casi toda – la dureza de aquellos rasgos.
- ¿Sarah? ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí? - le preguntó en alemán, no en ruso, todavía a un metro de distancia de ella.
- Nadia... - Por un instante, había olvidado qué era lo que la había traído hasta aquel tétrico lugar. Entonces, de repente, fue muy consciente de lo que contenía su portafolios y de sus objetivos. - Tengo que hablarte. Es muy importante. Deberíamos ir a un lugar algo más discreto. - respondió apresuradamente en alemán también.
El frío, tanto como las miradas clavadas a través de la niebla en sus respectivas espaldas, no eran las mejores circunstancias para tratar aquello. Por su parte, Nadia dudó, mirando a un lado y a otro, como si buscase un lugar mejor sin hallarlo.
- Está bien. - contestó sin embargo. - Ven, sígueme.
Sin más palabras, se volvió en redondo, regresando por donde había venido. Sarah se apresuró tras ella, extrañada tanto por la actitud distante de la mujer como por su extrema frialdad ante un asunto tan extraño como aquel. Le dio
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tiempo para ver cómo el soldado de la garita bajo la bandera roja se cuadraba ante sus galones, que observó que ya eran de coronel. Allí, ante la evidente autoridad de la soviética, las formalidades se esfumaron, y tuvo que apresurarse a seguirla hacia un lugar que le pareció por completo a oscuras.
Sin embargo, en cuanto sus ojos se acostumbraron, pudo ver que tras la garita se encontraban, a un lado, una serie de barracones militares, con sus interiores apagados y negros tras sus pequeñas ventanas. Nadia se dirigió hacia la puerta de uno de ellos, que traspuso sin detenerse.
En cuanto ella también la cruzó, se vio de nuevo a oscuras. Escuchó, en cambio, la voz de la mujer, firme y sorprendentemente próxima, lo que la sobresaltó. - Muy bien, esto está vacío. ¿De que se trata?
Tuvo que esperar a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra, tanto como a que los latidos de su corazón se calmaran. Vio entonces el interior de un largo barracón, con sendas hileras de camas a los lados de las paredes largas. Parecía un cuartel abandonado o, de más siniestro significado, un hospital de campaña todavía no utilizado.
La presencia de la mujer, alta y dominante, muy cerca de ella, la obligó a considerar la pregunta que le acababa de hacer.
- Lo mejor será que veas esto. Me ahorrará muchas explicaciones. - le dijo, al tiempo que abría el portafolios y le tendía una gruesa carpeta llena de documentos.
Ella la miró de reojo, a ella y a la carpeta, dudando por un instante como si lo que le tendía fuera una trampa. Sin embargo, la agarró, al tiempo que encendía una luz que relumbró con calidez repentina y sorprendente. Sin sentarse, Nadia se colocó bajo la amarillenta luz de la desnuda bombilla y empezó a hojear, como sin interés, el conjunto de papeles. Sarah la contemplaba nerviosa, temiendo su
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reacción. Aquel era el expediente de Nadia en el MI6 – el original, del que no había copias – que ella misma había redactado en su mayor parte. Su lectura, aunque fuera por encima, le diría a su interlocutora mucho: lo primero, que la mujer que estaba ante ella era una espía. Además, que le había tendido una trampa en el caso del doctor del campo de concentración. Y por último, que se traía entre manos algo muy extraño, pues de otra forma no se podía explicar que le entregase voluntariamente aquel material, que contaba con el sello en rojo de "alto secreto".
Tras varios minutos de incertidumbre, Nadia al fin se dignó en levantar la vista de los papeles. Se limitó, sin embargo, a mirarla a ella de reojo, con una expresión interrogativa pero sin preguntar nada. Sarah se vio obligada a romper el tenso silencio.
- Sí. Yo era una agente encargada de investigarte y, a ser posible, captarte para el MI6.
Para la desesperación que Sarah sentía, la soviética no cambió su mirada, que seguía siendo irónica e indirecta. Tuvo que resignarse a proseguir.
- Hay una razón por la que te he traído el expediente original; para que te lo quedes y lo destruyas. Es por eso que quería hablar contigo: para demostrarte que ese expediente no debe ser un obstáculo. Tengo un plan para detener este enfrentamiento antes de que llegue a más, y para eso necesito tu colaboración leal, no obligándote a ello.
Al fin logró que su interlocutora cambiara su expresión y abriera la boca.
- Todo esto es muy extraño. Por una parte, podría decirte que no sé de qué me hablas, y que todo esto no va conmigo. - Entonces hizo una pausa, como para darle la oportunidad de meditar al respecto, antes de proseguir. - Sin embargo, lo mejor será hablar claro. En primer lugar, ya imaginaba que tu ofrecimiento en Nuremberg era un truco, y por tanto, que tú eras una agente del espionaje
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británico. La verdad es que decidí meterme de lleno en tu trampa, por mis propias razones, que tú ya conoces. Por tanto, no hay una sorpresa ahí, tan sólo la confirmación de una sospecha.
Sarah apenas podía evitar un sentimiento de admiración hacia el aplomo de la soviética. Estaba en la posición más débil, y sin embargo parecía perfectamente al control. Además, no se le escapaba un detalle, como evidenció con sus siguientes palabras.
- Por otra parte, todo esto podría ser otra trampa, una muy rebuscada. Tú estarías tratando de ganarte mi confianza, mientras en realidad guardas una copia del expediente. No puedo comprobar que realmente hayas violado las órdenes de tus superiores para traerme esto, como pareces insinuar.
- Nadia, yo... - Su réplica fue interrumpida con una mirada cortante y una suave mano enguantada sobre su hombro.
- Espera. Todo eso en el fondo no importa. Lo que realmente importa es por qué has hecho esto, y qué es lo que pretendes de mí. Cuando me lo digas, podré hacerme una idea.
Sarah tomó aire, angustiada. Todo dependería de cómo fueran recibidas sus siguientes palabras. Por eso mismo, le costó decidirse a pronunciarlas, pues sabía lo que se jugaba, más incluso que su carrera o su vida. Sin embargo, al fin reunió el coraje suficiente para soltar el aliento que había retenido, en forma de palabras susurradas.
- Nadia... Necesito que me creas. Sé que esto - dijo señalando la carpeta en las manos de la soviética - no me hará más creíble para ti, puesto que demuestra que una vez te traicioné. Sin embargo, he creído que podría ser la mejor manera de convencerte de mis intenciones. Puedes darte media vuelta y llevarte el expediente contigo. Si te he sido sincera, quedarás libre de todo chantaje por parte del MI6. Y si no lo fuera, no estarías ahora peor que antes. Así pues, sólo
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