La soviética se incorporó de repente, mucho más alerta de lo que cabía esperar después de toda la bebida que había consumido.
- Está bien. ¿Tienes coche?
- No, lo envié de vuelta. Volveré andando, me alojo cerca de aquí, y... - No te preocupes, yo te acercaré.
Sin esperar su respuesta, Nadia se dirigió hacia un teléfono público, situado sobre la pared junto a las perchas. Marcó un número, dijo apenas unas palabras y colgó.
- Nadia, no hace falta... - empezó a decirle Sarah en cuanto volvió junto a ella. - No es molestia, de todas formas tenía que llamarlo. Además, hace bastante frío. - replicó, sin sonreír ni adoptar la menor pose paternalista.
El coche llegó casi de inmediato, un automóvil civil, aunque conducido por un soldado. Nadia le abrió la puerta trasera y ambas entraron apresuradamente al interior, ateridas por el gélido aire nocturno.
Sarah indicó la dirección de los Bauer. Durante el corto trayecto, las dos se mantuvieron en un tenso y extraño silencio. Sarah pensó que Nadia lo rompería en cualquier momento, e incluso se dedicó a especular sobre qué podría decir la adusta mujer en aquel caso. Sin embargo, esto no llegó a ocurrir, y el coche se detuvo al fin frente a la entrada de la casa de los Bauer.
Nadia sonrió, como si alguna ironía hubiera pasado por su mente. Volviéndose hacia su lado en el estrecho asiento trasero, posó una mano enguantada sobre su mejilla y se inclinó hacia ella.
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- Buenas noches. - dijo tan sólo, en alemán, inclinándose entonces un poco más para besarle la mejilla.
Sarah fue consciente de haber perdido el aliento por un instante. La cercanía de Nadia producía un efecto sorprendente e intenso: imponente, cálida y peligrosa, todo a la vez. Reaccionó de inmediato, sonriendo, y le dio a su vez las buenas noches. Lo hizo también en alemán, pese a que hasta entonces siempre habían hablado en ruso.
Se lanzó al exterior, corriendo hacia la puerta sin volverse, pues el viento arreciaba y parecía capaz de helarla en un instante. Sólo después de traspasar la puerta escuchó el chirrido de las ruedas del coche al partir.
43 PARTE 4
No tenía sentido aplazarlo más. De hecho, el mejor lugar para pasarle la información a Nadia sería el comedor de los juzgados. Allí, con testigos, no habría ocasión para que la soviética volviera a poner en evidencia su inestabilidad. Al menos, eso esperaba Sarah, mientras caminaba por el largo pasillo, sintiéndose algo más nerviosa de lo que habría deseado.
El pasillo se le hizo interminable, mientras sentía latir su corazón más y más deprisa a medida que se aproximaba a su objetivo. No debo ponerme nerviosa, se iba diciendo, o al menos no debo mostrarlo. No iba a correr peligro, lo peor que podía pasar era que pusiera en evidencia su condición de espía. Lo que ya era bastante malo, se dijo. Una espía quemada difícilmente recibía misiones de campo, por razones evidentes. Sin embargo, lo que realmente la ponía nerviosa era la responsabilidad; no estaba muy segura de lo que iba a hacer, pese a sus reflexiones.
Anticlímax: el comedor estaba casi totalmente vacío. Claro, el juicio aún se hallaba en sesión. Había esperado encontrar allí a Nadia, abordarla directamente, y... Demonios, no podía soltarle aquello por las buenas. Debía rodearlo de una conversación banal, soltarlo como un detalle más... Bien, tenía tiempo para pensar. Se sentó a una de las mesas, sin pedir nada. No tenía apetito, no después de aquel tardío y abundante desayuno... y no antes de disponer de la vida de una persona.
Tan sumida en sus pensamientos se hallaba de nuevo, que la sorprendió la presencia de Nadia a su lado, de pie.
- Hola. -dijo ésta tan sólo.
- Hola. -le respondió, haciéndole un gesto que la invitaba a sentarse a su lado. La mujer parecía de nuevo distante, temerosa quizás. Su mirada la rehuía de nuevo,
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y en esta ocasión, Sarah no pudo evitar hacer lo mismo.
Poco a poco fue animándose, consciente de la necesidad de aprovechar la ocasión. De forma casual, fue iniciando la línea de conversación que había planeado. Hablaron de los juicios que se rumoreaba que iban a seguir a aquel, y de los acusados de segunda fila que habrían de afrontarlos. De la manera más inocente que pudo, Sarah inició su asalto.
- He investigado un poco, y tengo alguna información sobre esto. No soy -aquí sonrió con algo de orgullo.- una simple periodista de crónicas de sociedad, ¿sabes? He logrado descubrir a un criminal de guerra, que se oculta bajo un nombre supuesto.
- ¿Oh? -Nadia hizo un transparente esfuerzo por no parecer demasiado interesada; aquello iba por buen camino.- ¿Quién es, alguien importante?
- No, nada de eso... -Sarah intentó quitarle importancia al asunto, darle el tono más inocente que pudiera.- Es un médico, uno que trabajó en un campo de concentración. -Sarah sabía que Nadia había liberado el campo de Sachsenhausen; sin embargo, el MI6 no disponía de información acerca de nadie que hubiera estado allí. Se habían tenido que conformar con uno que estuvo en un campo cercano a ese.- En el de Ravensbrück. - terminó.
Su última afirmación pareció tener un efecto inmediato, y devastador, sobre Nadia. Con la mirada perdida, la boca abierta, como ausente, apenas consiguió articular:
- ¿En el de Ravensbrück?
Sarah no se había esperado aquella reacción en Nadia. Parecía muy afectada, apenas consciente de lo que ocurría a su alrededor. Tanto que decidió, tras unos instantes durante los que esperó una reacción que no se produjo, darle un
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