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165 en ella y, ahora sí, sonreía levemente.

In document Viento Helado de Iggy (página 165-184)

Después de lo que pareció una eternidad, y cuando los giros y las luces empezaban a marearla, Nadia la condujo hasta el buffet, donde el mundo se detuvo de repente. Pudo comprobar entonces que, siguiendo su ejemplo, algunas otras parejas se habían lanzado a la pista. Para su sorpresa, apenas nadie se fijaba ya en ellas.

- Nadia... -Habría querido decirle que aquello había sido una locura. Aunque también lo mucho que la había echado de menos, el buen aspecto que tenía... Al final, todo se agolpó en su mente, de forma que nada más logró decir.

- Sarah... -Nadia sonreía ahora abiertamente, mientras la miraba como si fuera uno de aquellos exquisitos platos sobre la mesa.- He sabido que habías venido a Moscú. Lo supe desde que llegaste, pero no pude ponerme en contacto contigo antes. Ha habido mucho trabajo... Pero eso no importa ahora. Ven.

Confundida, la siguió. Comprobó que esta vez sí trataba de pasar desapercibida. Sus movimientos eran casuales, y apenas saludaba con una marcial inclinación de cabeza a algunos oficiales, sin comprometerse en ninguna conversación pero sin eludir a nadie de forma evidente.

De alguna forma acabaron las dos en una sala pequeña y vacía. Antes de poder darse cuenta de que estaban realmente solas, Nadia ya la había rodeado con sus brazos y la estaba besando. Sarah se abandonó a aquel beso tanto como lo había hecho a la guía de sus brazos en el baile.

- Nadia... -susurró de nuevo, abrazada a ella. Esta vez logró proseguir.- Al fin. Te he echado tanto de menos... -entonces recobró el sentido común y dio un vistazo alrededor. - ¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso? - la abofeteó ligeramente en el hombro, simulando exasperación.- ¿Estás loca? ¡Nos ha visto todo el mundo! Nadia sonrió con tolerancia.

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- No te preocupes por eso. Ha sido un baile inocente. No será la primera vez que dos chicas bailan juntas... -su sonrisa se hizo entonces más pícara.

- ¡Estás loca! -insistió ella, sin mucha convicción.- Un baile inocente... A mí no me lo pareció...

Se interrumpió en cuanto Nadia comenzó a besarle el cuello. La tenía arrinconada entre la pared y una puerta entreabierta, que al menos evitaba que las vieran desde el pasillo. Durante unos instantes, apenas pudo hacer más que lanzar profundos suspiros, hasta que logró reaccionar.

- Nadia... ¡Nadia! -Ella tenía ambas manos sobre sus pechos, y el escote, sin mangas ni tirantes, corría serio peligro de caer. Logró detenerla apenas con una mano ante ella.- No me destroces otra vez el vestido. -sonrió con picardía.- No sabría qué explicar en la embajada si volviera con un mono de soldado raso del Ejército Rojo otra vez...

- Disculpa. -se separó, si bien todavía la sujetaba por la cintura.- No es fácil contenerse. Ha sido mucho tiempo, y además estás muy guapa.

- A ti tampoco te sienta mal este uniforme. Jamás imaginé que un general soviético pudiera resultar tan atractivo... ¿Y estos galones? -preguntó, pasando una mano por los dorados de su hombro.

- Muy recientes. No hubo ocasión para que te lo contara... Por cierto, debo pedirte disculpas. Seguro que todo el operativo que monté para estar en contacto contigo te ocasionó algún problema...

- Oh, yo... no te preocupes. Me gustó mucho poder leer tus cartas, aunque... - Sí, me habría gustado poder leer las tuyas. Sin embargo, no podía poner en peligro a nuestros hombres allí.

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"nuestros hombres"... Como había sospechado, había más de uno. Casi al instante se avergonzó de estar sonsacando a Nadia en aquellas circunstancias. - Lo comprendo. No tienes que darme explicaciones. -contestó.

- Sí que debo, al menos hasta donde puedo darlas. No me siento orgullosa de haberte hecho vigilar... pero no podía vivir sin noticias tuyas. Te quiero. Perdóname.

- No hay... -se detuvo, sonrió.- Yo también te quiero, Nadia. Te perdono.

Un nuevo beso dio paso a otro abrazo que corría el peligro de descontrolarse de nuevo. Lograron separarse a duras penas.

- No podemos vernos aquí. -Sarah fue muy consciente de a qué se refería Nadia con aquel eufemismo, "vernos". Sonrió. Al menos volvería a la embajada con el vestido entero, por lo que parecía.- Mañana enviaré a alguien a la embajada británica. Ahora... es mejor que nos separemos.

- Está bien. -le dio un ligero beso sobre los labios.- Será mejor que volvamos a la sala. Separadas. - sonrió, alejándose de ella pese a que una fuerza parecía retenerla. Pese a todo, lo logró.

* * * * * * * * *

Un enorme automóvil oficial se presentó, en efecto, a la mañana siguiente. Un empleado de la embajada acudió a la salita donde ella mataba el tiempo, nerviosa, para avisarla de su llegada. El joven parecía algo fuera de lugar, como si la situación se saliera de lo común. Sin duda lo hacía, pensó ella mientras bajaba al patio. Para la ocasión, se había liberado del aparatoso vestido, optando por una falda hasta la rodilla, jersey azul marino y una, esperaba ella, elegante boina gris echada de lado sobre su flequillo. Se dejó colocar sobre los hombros el

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imprescindible abrigo largo y salió. El coche era enorme, negro y de aspecto tan imponente como oficial. A su lado se hallaba un sargento, que se cuadró, le abrió la puerta y la saludó como si ella fuera un mariscal. Nada de todo aquello contribuyó a despejar sus nervios.

El automóvil se fue alejando del centro de Moscú, aparentemente en dirección a algún lugar de su periferia. El chofer se mantenía imperturbable, hasta que al fin Sarah rompió el tenso silencio.

- ¿Falta mucho, sargento? -le preguntó en ruso, incorporándose hacia delante. - Ensiguida llegarriemos, siñorrita. - masculló éste, en un chirriante inglés, al tiempo que sonreía por vez primera mientras la miraba por el retrovisor. Aquella sonrisa le hizo pensar a Sarah que el hombre sabía muy bien para qué iba a ver a Nadia. Ese pensamiento la hizo ruborizarse ligeramente, al tiempo que bajaba la vista. Decidió no preguntar nada más, mientras pensaba que, tal vez, aquel hombre había llevado a otras mujeres hacia el mismo destino. El arranque de celos que provocó aquel pensamiento la alteró aún más. Descartó aquello con un esfuerzo consciente. Tres años eran mucho tiempo, y nunca se habían prometido nada. Además, aquellas ideas no la iban a llevar a ninguna parte...

El chirrido de las ruedas al detenerse el automóvil la sacó de su introspección. Habían llegado al fin.

El coche se había detenido junto a un camino de grava. Este atravesaba un pequeño prado, rodeado de un denso bosque de abetos. Al final del camino se alzaba una pequeña casa de un solo piso, lo que los rusos llamaban una dacha. Tenía un aspecto elegante y discreto, adaptado al entorno. Sarah apenas la había contemplado cuando se abrió la puerta del coche. El chofer le sostenía la puerta de nuevo. Ella se apeó, algo confundida por la soledad del lugar. El hombre, muy serio, le mantuvo la puerta abierta mientras ella se apeaba, y en cuanto estuvo al frío aire exterior le realizó otro impecable saludo militar, haciendo entrechocar

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sus botas. El chasquido pareció reverberar en el quieto aire. Sarah lo contempló, pero el hombre estaba muy serio, sin el menor deje de ironía en su expresión. Viendo que su mirada interrogadora de nada servía, abrió la boca para preguntarle. En ese instante, el chofer se dio la vuelta, entró en el coche y se marchó sin más.

Sarah contempló de nuevo la casa, con más interés al no haber ninguna otra cosa en qué fijarse. Era una curiosa combinación de estilos rústicos y modernos. Techo bajo de pizarra, muros de ladrillo, amplios ventanales que iban del techo al suelo. De una chimenea surgía un débil hilo de humo.

Se encaminó hacia allá, siguiendo el crujiente camino de grava, sintiéndose visible y expuesta. También nerviosa, y por qué no, excitada. Apretó su bolso contra su pecho, y ya se encontraba bajo el estrecho porche cuando la puerta principal se abrió ante ella.

Nadia iba vestida de forma similar a ella misma. Una falda negra, larga justo hasta debajo de las rodillas, un jersey gris de cuello alto, muy ajustado. Se la veía hermosísima.

Antes de darse cuenta estaba entre sus brazos. El jersey era de cachemir, cálido y suave, y Sarah estaba apretando su mejilla contra él, mientras sentía las caricias y los besos de Nadia sobre su frente y pelo, sus fuertes brazos alrededor suyo. Ese abrazo la llevó hacia adentro, y entonces se separaron.

La sala era hermosísima, en forma de L con aquellos amplios ventanales en las dos paredes largas, que daban visión a un paisaje sereno. Bajos sofás rodeaban una sencilla mesita, a cuyo alrededor había dispuestas varias alfombras de piel de pelo largo. En el eje de la L había una pequeña chimenea en la que ardía un pequeño aunque cálido fuego.

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Sarah se extrañó un poco, pues solían hablar en inglés o alemán, aunque le respondió en el mismo idioma.

- Gracias, Nadia. Esto es muy acogedor.

- Quería que fuera algo especial. Y compensarte por aquellas inmundas pensiones de Berlín. -sonrió, como evocando aquellos encuentros furtivos.

- Oh... sabes que no era eso lo que me importaba... -Sarah sintió que se ruborizaba un poco, a su pesar, también recordando.

- Lo sé. Sin embargo, ahora... -dejó la frase colgando, mientras hacía un amplio gesto de invitación hacia la sala.

Sarah se sentó sobre el sofá. Nadia, sin embargo, lo hizo a sus pies, usando el sofá como respaldo. En la mesita frente a ellas había una botella de Dom Perignon, en un cubo metálico de aspecto incongruentemente militar. Además, lo que parecía una pequeña cantidad de caviar descansaba en un lecho con más hielo, junto a una cucharita de plata.

- Esto es excesivo, Nadia. -dijo Sarah, señalando hacia la mesita.- ¿Qué ha sido del igualitarismo proletario? -le preguntó, con ligera sorna.

- Un día es un día. No siempre tengo la ocasión de estar contigo. -respondió ella, sin acusar la pulla ideológica. En cambio, había colocado una cucharada de caviar sobre una minúscula galletita.

Tuvo que inclinarse hacia delante para aceptar su ofrecimiento, para lo cual Nadia se apoyó en sus rodillas. El intenso y salado aroma invadió el paladar de Sarah, cuando escuchó con una ligera sorpresa el golpe del tapón del champán. Le estaba ya ofreciendo una copa, tras lo que se sirvió la suya. Brindaron en silencio, devorándose con la mirada. Sarah no pudo evitar pensar que iba a ser la mejor ocasión de su vida.

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Casi sin darse cuenta, se había deslizado hasta el suelo desde el sofá, y Nadia la estaba abrazando y besando con pasión. Se separaron un instante, dispuestas a quitarse la ropa de una forma u otra. Sin embargo, Sarah logró reunir el aliento necesario para detener aquello por un instante.

- Nadia, yo... -quería decirle muchas cosas, preguntas, dudas, todo lo que no había podido contarle en aquel tiempo. Nadia ya le había alzado a medias el jersey, al tiempo que recorría su vientre hacia arriba con sus labios. Sin embargo se detuvo y alzó la vista.

- ¿Sí?

- Olvídalo... -dijo ella, dejándose devorar por el tan aplazado deseo. La atrajo de nuevo hacia sí.

Se dejó arrastrar hacia abajo, deslizándose del todo del sofá a la mullida alfombra de pieles. Alzó sus brazos cuando Nadia le hubo levantado el jersey hasta la barbilla. Tras un breve instante a oscuras, se vio liberada de él. A partir de entonces, con dedos ansiosos aunque civilizados, se fueron quitando la ropa la una a la otra. Había una mezcla de urgencia y parsimonia en sus movimientos, como si hubieran esperado mucho tiempo para aquello pero tuvieran mucho más por delante.

Sarah se sorprendió un poco al comprobar la calidad de las medias de seda que Nadia llevaba. El tópico de la propaganda antisoviética de mujeres proletarias con basta ropa interior de lana saltaba así por los aires. Sarah se demoró en quitarle aquellas medias, deleitándose en aquella suavidad, que encerraba piernas firmes y poderosas. Nadia le hacía lo mismo, y pronto hubo adentrado su cara entre sus muslos. Sarah no tardó en hacer lo propio.

El creciente placer que estaba recibiendo le impedía concentrarse en lo suyo. Sin embargo, hizo lo que pudo, con labios, lengua y dedos. Al fin su cara quedó atrapada entre aquellos muslos, sintiendo el roce contra sus orejas. Consiguió

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hacerla gozar antes, y entonces se montó encima suyo. Se abandonó a sus expertas caricias, que no tardaron en hacerle arquear la espalda, al tiempo que gemía y se agarraba con fuerza a las rodillas de su amada.

Tras unos instantes de abandono, se encararon la una con la otra, aferrándose con fuerza. Se besaron largo rato, hasta que Sarah sintió una mano que le subía de la rodilla hacia arriba. Recorrió con la suya la magnífica espalda de Nadia, hasta abajo. Entonces casi la juntó con la otra mano, que había seguido el mismo camino entre los muslos. Se aferraron así la una a la otra, oscilando, navegando sobre olas que las recorrían de abajo a arriba. Al fin, Sarah echó la cabeza hacia atrás. Sintió entonces los labios de Nadia sobre su pecho, urgentes, ansiosos. Con la mano libre la atrajo hacia sí, y entonces volvió a perderse en el ansia del placer compartido.

Abrió los ojos al sentir a Nadia separarle los muslos. Ella estaba tumbada, exhausta, pero Nadia se encontraba erguida de rodillas ante sus pies. Le había abierto las piernas, y se le acercaba entre ellas.

- Mmmm... ¿otra vez, Nadia? -le preguntó, soñolienta y casi agotada.

- Otra vez... Te he deseado demasiado tiempo, Sarah... Te necesito. Quiero verte, verte los ojos... -le respondió, seria, sus ojos brillando como nunca, urgentes, en absoluto saciados.

Colocó entonces una rodilla entre sus muslos, al tiempo que los alzaba un poco, atrayéndola hacia sí. Alzó una pierna, rodeando con ella una de las suyas. La atrajo entonces con más firmeza, con fuerza. La sujetó por las caderas y empezó a mover las suyas adelante y atrás. Sarah se encontró al poco haciendo lo mismo, casi sin habérselo propuesto. Sintió que se aproximaba de nuevo, poco a poco, y cerró los ojos arqueando su espalda, en un gesto reflejo.

- ¡Mírame! Quiero ver tus ojos... -escuchó de repente. Nadia seguía igual de seria, su mirada la taladraba, aunque era evidente que estaba también muy próxima al

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orgasmo. Sarah la contempló entonces, erguida sobre ella, intercambiando miradas intensísimas. Se sujetó a sus rodillas cuando sintió que se iba, y sólo entonces Nadia se derrumbó encima suyo. Se abrazaron, acunándose mutuamente, derrotadas al fin.

Sarah se levantó tras un largo rato gozando tan sólo de la tibieza de sus cuerpos sobre las pieles, mirando en torno suyo. Sus ropas se hallaban dispersas todo alrededor, como si hubiera sido una explosión la que se las hubiera arrancado. Nadia estaba echada de lado, medio sumergida entre las mullidas pieles. Tenía apoyado un brazo en ángulo sobre el suelo, cuya mano sujetaba su cabeza. La contemplaba directamente, con una media sonrisa.

- ¿Tienes un albornoz o algo? -le preguntó Sarah.

- ¿Para qué necesitas un albornoz? -la sonrisa en su cara se ensanchó, su mirada se hizo intensa y pícara.

- ¡Nadia! -exclamó. Le habría lanzado algo en respuesta, pero lo único que tenía a mano era un pesado cenicero. Lo descartó, no sin considerarlo por unos instantes.- ¡Estoy desnuda! -insistió, en cambio.

La obviedad no hizo mella en Nadia, desde luego. En cambio, frunció sus labios, al tiempo que giraba sus pupilas hacia arriba, en una parodia de concentración. - Mmm... ahora mismo no se me ocurre ninguna razón por la que prefiera que estés vestida en vez de desnuda, la verdad...

- ¡Nadia! -repitió ella, riendo sin embargo. Al fin renunció, marchando con toda la dignidad que pudo reunir a la búsqueda de un cuarto de baño.

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No había encontrado bata ni albornoz, aunque por un rato una toalla había hecho su función. Ahora yacía junto al desperdigado conjunto de ropas. Ella había renunciado a su protección para sustituirla por la de los brazos de Nadia. Se estaba de maravilla allí, su cabeza reclinada sobre el pecho de ella, sintiendo su firme brazo en torno a su cuello, atrayéndola, cuidándola.

La tibieza de su cuerpo contra el suyo se complementaba con la suavidad de la piel de algún animal que formaba la alfombra sobre la que se cobijaban. El fuego de la chimenea cerca de ellas proporcionaba el resto del calor, aunque el exterior iba pareciendo cada vez más gélido. El corto día de finales de invierno en aquellas latitudes iba tocando a su fin, despacio.

Sarah trazó ociosos círculos sobre la piel del firme vientre de Nadia. Aquel parecía un excelente momento para hablar.

- Seguro que traes aquí a muchas chicas. -Su corta exploración de aquella dacha le había proporcionado algunas pistas de a qué se dedicaba: una nevera limpia y vacía, una cocina apenas usada, ausencia total de fotos o recuerdos personales. - ¿Mmm? - Ahora que había alzado la vista hacia ella, pudo comprobar que Nadia había tenido los ojos cerrados. Tan sólo había abierto uno, con el que la miraba extrañada y algo somnolienta.- Oh, no... -ahora le sonrió, apretando su brazo en torno a su cuello.- No había estado aquí nunca. Es una dacha para visitantes ocasionales, no mi picadero, cariño.

- ¿Seguro? Aunque no tienes que darme ninguna explicación, ¿eh? Tres años son muchos para estar sola, y tú no pareces la clase de mujer que hace voto de castidad...

La repentina risa de Nadia la sacudió también a ella, estando como estaba casi encima suyo. Cuando el terremoto se calmó, Nadia respondió, todavía entre accesos de risa.

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- Bien, bien, cualquiera que me conozca mejor que tú habría dicho lo mismo, es cierto. Sin embargo... no ha habido nadie. Como dices, no tengo por qué decirte una cosa ni otra, pero así ha sido, lo creas o no. Es difícil estar con alguien cuando estás siempre pensando en otra persona...

Sarah se sintió extrañamente conmovida. No se había esperado aquello. Tal vez una negativa menos convincente o profunda, algo menos... que implicara un compromiso menos fuerte. Por otra parte, se dio cuenta de que Nadia no le había hecho ninguna pregunta en ese sentido. Sin duda estaba al tanto de su vida, gracias a su misterioso colaborador.

- Nadia, hay otra cosa... -no tenía muy claro cómo enfocar aquello.- Bien, yo... Bueno, la verdad es que me han enviado a sonsacarte...

Ella sonrió como si hubiera estado esperando aquello, e interrumpió sus balbuceos.

- ¿Ah, sí? Muy bien, adelante... sedúceme. Sonsácame todos mis secretos. Estoy a merced de tus encantos...

Su actitud no era irónica, no del todo, se dijo Sarah. Juguetona, en todo caso.

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