- ¿Y bien? - Su acompañante interrumpió sus pensamientos, haciéndola parpadear desorientada.
- No tiene nada de extraño, - se lanzó ella, recuperando su aplomo y pensando con rapidez. - puesto que la misión está todavía en marcha. En cuanto acabe, tendrán un informe completo. De momento, por razones de seguridad, es mejor que se divulguen los menos detalles posibles.
La excusa tenía una cierta base reglamentaria. Una misión abierta permitía algunos recursos discrecionales para el agente, eludiendo incluso un control que, caso de caer en malas manos, podía suponer un riesgo para el agente. Sarah sonrió con cierta satisfacción, sintiendo que el aplomo volvía a ella.
- Mmm, sí... - murmuró él, pensativo. - Sin embargo, dada la importancia de su misión y lo extraordinario de sus resultados, se ha decidido que precisará de un cierto... apoyo.
El corazón de Sarah se detuvo por un instante, mientras el color abandonaba su cara. Aquello significaba... seguimiento. La iban a controlar discretamente, supuestamente para darle ayuda en caso de emergencia, pero en realidad lo que harían sería vigilarla. Aquello les llevaría directamente hasta Nadia.
- Bien. - asintió, decidida a no dejarse llevar por el pánico. - Dudo que sea necesario, pero supongo que ya está decidido.
- Oh, sí. - sonrió él. - Se hará discretamente, desde luego. Bien, eso es todo. Me pondré en contacto con usted por los métodos habituales si resulta necesario. Rumsfeld se detuvo y se inclinó hacia ella, sonriendo. Le dio un ligero beso en la mejilla, tras lo que se alejó un poco, contemplándola de arriba a abajo y ensanchando su sonrisa.
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- Hasta pronto, cariño. - le dijo, llevando una mano al ala del sombrero, tras lo que dio media vuelta y se alejó.
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Eran pasadas las once de la noche. Esta vez no se había puesto sus habituales faldas ni zapatos de tacón. No iba a salir por la puerta principal, desde luego. Había tenido tiempo suficiente para investigar la zona del hotel reservada a los empleados, y había encontrado lo que necesitaba. El montacargas la llevaba, lento pero discreto a aquellas horas, hasta el sótano. Una vez allí, una trampilla daba a la parte trasera del hotel, y a la calle.
Conocía los métodos de los agentes que la vigilaban lo suficiente como para engañarles de manera tan sencilla. Sin embargo, aquella manera furtiva de moverse, el peligro de ser descubierta, el mirar por encima de hombro y al otro lado de las esquinas... era estimulante. Pese a la mitología del espía, pocas veces se sentía la adrenalina en las venas de aquella forma. Y cuando lo hacía, la sensación era maravillosa. Bueno, tal vez no maravillosa, pero sin duda estimulante. Sarah sonrió, su dentadura brillando en la oscuridad al tiempo que se agazapaba tras un cubo de basura. Poco más en ella podía brillar, puesto que llevaba pantalones y jersey oscuros y zapatos planos de suela de goma. Si conseguía alejarse del hotel sin que nadie la viera, podría caminar de forma razonablemente confiada.
Pese a ello, ni se confió ni relajó una vez se hubo internado en la ciudad sin novedades. La sensación de peligro continuaba, y no sólo eso. También había otro miedo. Nadia había ido a Moscú, y bien podía... no volver. Ella conocía las frecuentes purgas que se sucedían en el espionaje soviético, atenazado por el carácter desconfiado y paranoico de Stalin. Además, si tenían un infiltrado en el MI6 – lo que no sería de extrañar, se dijo – tal vez supieran que su agente estaba colaborando con ella después de todo. No se hacía ilusiones sobre la sinceridad
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de Rumsfeld. Bien podría saber más de lo que le dijo, y la vigilancia que ahora eludía estar relacionada con la desaparición del informe de Nadia. El peligro de que la soviética no volviera de Moscú era muy real, desde luego. Sin embargo, su mente rechazó la idea, aunque no así su corazón. Este continuaba acelerado, y mucho, casi hasta hacerse doloroso en su alocado latir. Además, en contra de toda lógica, cuanto más se alejaba del hotel, y por tanto más segura debía sentirse, más atenazada por el miedo estaba.
Una vez hubo llegado al punto de cita, prefirió quedarse algo lejos de la única farola. Considerando las circunstancias, mejor sería agazaparse en la oscuridad, no muy lejos, y observar. En cuanto Nadia llegase – si lo hacía, le dijeron sus miedos – la vería acercarse al amarillo círculo de luminosidad.
Miró el reloj, orientándolo de modo que la poca luz iluminase la esfera. Había pasado un minuto desde la última vez que lo había observado. Maldición. Debía controlar su nerviosismo, o cometería errores. Aún quedaban diez minutos para la hora convenida.
Toda aquella situación la había obligado a reflexionar, algo que se había estado prohibiendo inconscientemente a sí misma durante todo aquel tiempo. La pregunta clave, en la que ya había quedado encallada varias veces, era: ¿Qué futuro tenían ella y Nadia? Aquella crisis acabaría antes o después, más pronto que tarde sobre todo a causa de sus esfuerzos por resolverla. Las noticias eran buenas, la tensión se había relajado considerablemente. Aunque el bloqueo continuaba, se había establecido una especie de equilibrio, y los soviéticos toleraban el puente aéreo, como si no fuera con ellos la cosa. Así pues, era muy posible que un día u otro levantasen el inútil bloqueo, una vez que consiguieran una compensación con la que salvar la cara. Ella misma, en su cartera, llevaba documentos que podrían servir para llegar a aquel punto. Y entonces... Entonces tanto Nadia como ella ya no tendrían nada que hacer en Berlín. Cada una volvería por donde había venido, y todo acabaría entre ellas.
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¿Cómo se había enamorado de alguien con tan pocas esperanzas de compartir su vida? Era una estupidez. Sin embargo... Había una esperanza. En cuanto todo aquello acabase, le ofrecería una alternativa. Sí. Si Nadia se pasaba a Occidente, todo quedaría resuelto. Ella no parecía una fanática, ni mucho menos. Sí, era profesional, una agente seria, hasta podía resultar inquietante a veces. Pero no tenía esa resolución, esa frialdad de quien no piensa sino que se limita a actuar. Seguro que, desde su puesto, Nadia había visto las suficientes cosas negativas, y hasta terribles, del sistema soviético, tanto como para plantearse dar aquel paso. Y si se lo ofrecía ella, entonces tal vez...
Levantó la cabeza, alarmada de repente. Sus meditaciones la habían sacado de la realidad durante un buen rato. Miró de nuevo el reloj. Las doce y cuarto. Tardaba. Su corazón se encogió dolorosamente. Nadia...
Entonces, en la lejanía, una figura negra rasgó el velo de la niebla, arrastrando jirones de ella a su alrededor. La forma, con su abrigo largo y su gorra de plato, era inconfundible. Despreciando toda precaución, en cuanto vio brillar aquellos azules ojos bajo la luz, se lanzó en su dirección, corriendo.
La sonrisa de Nadia fue lo siguiente que vio, al tiempo que ésta abría sus brazos para recibirla. Se estrelló contra ella, haciéndola tambalearse un poco en su ímpetu.
- Eh, ehh... Hola, hola. - dijo la soviética, quizás algo sorprendida por su efusividad, aunque con la sonrisa pintándose en su voz. Además, Sarah sintió que la estrechaba con fuerza contra su pecho, y ella se refugió en aquel seno cálido y acogedor, que alejaba todos los temores.
- Vamos, vamos, tranquila, yo también te he echado de menos. - insistió, acariciando su cabello con ternura. Sarah, pese al tono levemente cínico de la mujer, notó que el corazón contra el que apoyaba su mejilla también latía con fuerza. Aquello la hizo sentirse aún mejor. Pese a que habría deseado estar así
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