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81 renunciar a todo ello.

In document Viento Helado de Iggy (página 81-92)

No era de extrañar, se dijo sonriendo con ironía. Había crecido en una casa no mucho más grande que aquella, en Manchester. Sin embargo, la tranquilidad que se respiraba no la había disfrutado allí en ningún momento. Era la segunda de nueve hermanos de familia de ascendencia irlandesa, y sus recuerdos de infancia y adolescencia estaban llenos de bullicio, gritos, lloros de bebés y una madre atareada y agobiada hasta lo imposible. Desde entonces, valoraba su tranquilidad por encima de cualquier otra cosa. Hasta entonces, por encima de la compañía de una pareja.

Se puso en pie en un súbito arranque de energía, entrando en el cuarto de baño. Se arregló y vistió, y en breve estuvo lista para salir. Pasaría por el cuartel general después de todo. Siempre causaba buena impresión acudir antes de lo que se esperaba de ella.

Al mediodía, aquel barrio del East End de Londres se veía mucho más animado. Presentaba todo el bullicio de un barrio obrero, con los trabajadores almorzando y las mujeres haciendo la compra o yendo y viniendo de sus ocupaciones. Sarah torció el gesto cuando pasó ante un solar derruido. Una bomba volante alemana había causado aquel destrozo, aunque al fin se veían andamios y trabajadores dispuestos a reparar aquello.

El recuerdo de los bombardeos no fue lo único que hizo perder la sonrisa a Sarah. También lo hizo el grupo de albañiles que trabajaba allí, que se volvieron hacia ella en cuando pasó por delante, lanzando silbidos y comentarios atrevidos. Aquella actitud no era una sorpresa, desde luego, pero Sarah recordaba un tiempo no tan lejano en que aquello era distinto.

Era triste, pero todo parecía haber vuelto a su cauce tras el fin de la guerra. Sarah recordaba cuando, al pasar por allí, había saludado a las cuadrillas de mujeres que durante la guerra se encargaban de reparar los peores desperfectos

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ocasionados por las bombas. Con casi todos los hombres en el ejército, las mujeres habían ocupado sus lugares en todo tipo de trabajos, por duros y "masculinos" que fuesen. Aquellas mujeres, improvisadas aunque eficaces albañiles, la habían saludado con simpatía cuando, muy temprano, caminaba hacia el trabajo y pasaba ante su andamio. Vestidas con sus monos y demás arreos de albañilería, le habían sonreído al tiempo que calentaban sus manos sobre sus tazas metálicas y sorbían su contenido, poco antes de empezar el turno de trabajo.

Ahora... Nada de aquello se veía ya. En cambio, era impresionante comprobar la cantidad de mujeres embarazadas que se veían por la calle. El retorno de los soldados había traído otras "consecuencias"... Sarah meneó la cabeza, decepcionada. Ella no permitiría que aquello le pasase. No se iba a dejar arrinconar de nuevo, con un agradecimiento y una paternalista palmada en la espalda por parte de las autoridades. Iba a demostrar lo que valía... Qué demonios, ya lo había hecho, y se aferraría con uñas y dientes a lo que había conseguido. Con su esfuerzo.

Aquello la llevó de vuelta a su informe. La conciencia la martirizaba, recordándole lo que en él había escrito durante el largo viaje.

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El traqueteo del tren no le permitía escribir bien, aunque no era más que un borrador. Lo que importaba no era la letra, desde luego, sino el contenido. Desde luego, era lo que la preocupaba, impidiéndole concentrarse tanto o más que aquel suave movimiento.

Se sentía como una miserable mientras detallaba sus conclusiones con el preciso y algo pomposo lenguaje de los informes de inteligencia. La explosión de emociones que había sufrido Nadia le había revelado mucho; de hecho, todo lo

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que necesitaba saber para coronar su misión con un éxito completo. Sin embargo... sentía que aquello no estaba bien. Estaba traicionando una confianza, una amistad... Quizás algo más que una amistad. Nunca había pensado que distanciarse del objeto de sus investigaciones fuera a ser tan difícil. Siempre había imaginado a los agentes enemigos como seres fríos e implacables. No era que Nadia no pareciera fría e implacable la mayor parte de las veces. Pero cuando has abrazado a alguien mientras llora sobre tu hombro... Aquello no congeniaba con sus expectativas, desde luego.

Luego estaba aquella despedida, aquel beso... Sarah sabía que los rusos solían saludarse de aquella forma. Además, no se podía decir que se hubiera tratado de un beso apasionado, ni mucho menos. Lo más probable es que no hubiera nada en ello. Aunque tenía que reconocer que para ella sí había significado algo. Podía recordar la escena como a cámara lenta, Nadia acercándosele despacio, sonriente, estrechándola entre sus brazos. Luego inclinando levemente la cara para acercársele más... Ella se había quedado paralizada, sin saber hasta dónde llegaría, cuando se encontró con que aquello ya había pasado, y se vio alzada hasta el vagón, confusa y desorientada. Tanto como se sentía en aquel momento. Todas aquellas reflexiones no la llevaban a ninguna parte, y con un esfuerzo consciente decidió descartarlas.

Levantó la vista para ver pasar el paisaje de Alemania central. Con aquellos prados punteados de vacas, minúsculas en la distancia, era difícil hacerse a la idea de la destrucción y el horror que aquel país había vivido.

Volvió a bajar la vista, para encontrarse con sus notas garrapateadas en aquella letra horrorosa. No podía escapar de ello, por más que lo quisiera. Informaría acerca de todo lo que sabía, y después... ya veríamos.

Las palabras de Nadia le habían revelado que ya era agente, y no una agente cualquiera, durante la primera mitad de los años 30. Debía ser muy joven por aquel entonces, pero sin duda, tal y como ella había dicho, su origen nacional

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resultó muy útil para aquellas misiones. En consecuencia, por una pura cuestión de antigüedad, ya debía tener el grado de coronel. Además, tal y como sospechaba, se hallaba encuadrada en el servicio de espionaje exterior, como demostraba aquella trágica misión alemana.

Al recordar este punto, Sarah volvió a levantar la vista de sus notas. Aquella era una historia realmente triste. Se preguntó cómo se sentiría la soviética. Ella nunca había estado enamorada hasta ese punto. La indiferencia había sido el final de todas sus relaciones hasta el momento. Suspiró. Aquellas reflexiones no la conducían a parte alguna.

Aunque sí que le sugerían otro problema. ¿Debería incluir lo que sabía acerca de la homosexualidad de Nadia en su informe? En principio, aquello no tenía trascendencia, era estrictamente personal. Pero Sarah conocía bien el gusto de los analistas de inteligencia por detalles personales como aquellos, precisamente aquellos. ¿Sería otra palanca de chantaje? Parecía que su orientación era bien conocida por los soldados que la conocían. Sin embargo... Ya debía haberle sido bastante complicada para Nadia su carrera, siendo mujer, para que además tuviera que sumarle su condición de lesbiana. Sarah no se dejaba engañar por la retórica progresista soviética. Conocía bien quiénes mandaban en la U.R.S.S. Los mismos que en el resto del mundo: los hombres. Y la homosexualidad era tan mal vista a un lado como al otro de la nueva línea que ya se perfilaba a través de Europa. Sin embargo, también existía la hipocresía oficial en ambos lados, y era posible que se hiciera la vista gorda en el caso de una agente valiosa como Nadia. Todo aquello no la llevaba a ninguna conclusión. Decidió no mencionar el tema en el informe. Algo le decía que era lo mejor.

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la recibió para un informe oral preliminar. Al terminar su sucinto relato, Ashcroft, su jefe, se echó hacia atrás contra el respaldo de su espléndida butaca de cuero y guardó unos instantes de silencio. Sarah lo contempló sin aparentar la ansiedad que sentía por su veredicto.

- Mmm... Excelente... -masculló el espigado y cincuentón jefe para el Continente del MI6.- Debo reconocer que su trabajo me ha sorprendido... gratamente.

Sólo sonrió tras la última palabra, que Sarah recibió sin trasparentar el alivio que sentía. Sin embargo, no por ello dejaba de darse cuenta del matiz que encerraban sus palabras. No había esperado gran cosa de ella.

- Nos ha aportado un valiosísimo recurso, en el caso de que las cosas se pongan mal con nuestros actuales "aliados" - prosiguió este, acariciándose sus pobladas patillas, en un gesto característico suyo que Sarah conocía; lo utilizaba cuando estaba desconcertado y no sabía cómo reaccionar.

- ¿Puedo preguntar cuál será el destino de este expediente? - se lanzó ella, tratando de aprovechar el momento de desorientación de su interlocutor. - ¿Seguiré vinculado a él?

Ashcroft se volvió a rascar una patilla grisácea con un dedo largo y nudoso. Al fin respondió:

- Uhm, bien... De momento quedará en reserva, puesto que, pese a todo, las relaciones con los soviéticos son buenas y no haremos nada que pueda estropearlas. Sin embargo... - En ese instante, su superior abandonó su aire desorientado y le clavó una de sus no menos conocidas miradas suspicaces. - Ese asunto pasará al departamento de Análisis, y quedará archivado, agente Cosgrave. Por tanto, quedará fuera de su jurisdicción en Operaciones.

Aquello era una buena noticia. Quería decir que ella seguiría en Operaciones, después de todo. Su traslado había sido provisional, y si sus logros no hubieran

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estado a la altura de lo esperado, bien podría haber sido transferida a otro lugar, donde sus funciones sin duda no habrían pasado de ser una secretaria con otro título. Sin embargo, Sarah deseaba estar al corriente de lo que ocurriera con Nadia. Por lo tanto, y pese a la suspicacia demostrada por Ashcroft, prefirió insistir.

- Sí, claro, pero como conocedora y contacto de esa agente, quizás debería estar al tanto de cualquier novedad que pueda surgir...

Definitivamente, su jefe parecía extrañado. Arrugó la nariz y la miró con el ceño fruncido.

- No deja de tener razón. Sin embargo... ¿Hay alguna razón para este interés en particular?

Sarah sintió un leve rubor, que trató de alejar con un gesto desenvuelto. No debía olvidar que Ashcroft no había sido siempre un burócrata aburrido. Había estado en la guerra de España, y trabajado en Palestina y los Balcanes como agente de campo. No se le podía menospreciar.

- Oh bueno, es mi primera misión, y ya sabe, me gustaría seguir su utilidad. - respondió ella con un floreo de la mano y una sonrisa. - Si he hecho un buen trabajo, tal vez lo merezca.

Ashcroft sonrió, abandonando su ceño fruncido. Tal vez recordaba su primera misión y su especial interés por ella. En todo caso, se puso en pie, rodeando su mesa para dirigirse hacia ella. Sarah se puso a su vez en pie, alisando su falda. En cuanto estuvo a su lado, su jefe posó una mano sobre su hombro, y sonriendo la condujo hacia la puerta, al tiempo que le decía:

- Tiene razón. Ha hecho un gran trabajo, agente Cosgrave. Se la mantendrá informada de toda novedad que se pueda producir. Además, su puesto en Operaciones pasará a ser permanente, por supuesto. La felicito, agente Cosgrave.

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Sarah estrechó con un quizás excesivo entusiasmo la mano que le tendía Ashcroft. Sentía una intensa alegría en su interior, aunque abrazar a su jefe y palmear su espalda se habría considerado sin duda excesivo, de modo que se contuvo. Se limitó a sonreír, dando unas comedidas gracias. Ya en el exterior del despacho, Ashcroft le dijo mientras se alejaba:

- Y tómese unos cuantos días libres, agente Cosgrave. Se los ha ganado.

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Puesto que todavía no era la hora de salida de las fábricas, el tren se encontraba vacío. Sarah regresaba a Londres mucho más animada de lo que había ido. Aquel vetusto tren era casi tan familiar para ella como su casa. Lo había tomado todos los días para dirigirse a los cuarteles generales de Bletchey Park, desde que había ingresado en el espionaje.

La vuelta a casa supuso un anticlímax; no había nadie a quien contar sus éxitos. Aunque jamás había tenido esa posibilidad, pues su trabajo no permitía las confidencias. De hecho, sospechaba que a eso se debía el fracaso de todas sus relaciones anteriores. Nunca había podido contarle a ninguno de sus compañeros a qué se dedicaba realmente. Gajes del oficio; no debes compadecerte de ti misma, se dijo. Tú misma has buscado este trabajo, así que afróntalo.

Pasó a la cocina, puso música clásica en la radio y se dispuso a regalarse una buena cena. Mientras estaba en ello, reflexionó acerca de sus pasadas relaciones. Ya de partida, resultaba complicado convencer a los hombres para que se mudaran a vivir allí, con ella. Luego, su doble vida complicaba la convivencia, y eso que hasta entonces no se había dedicado al espionaje exterior, con lo que eso significaba de discontinuidad, viajes y separaciones. De cualquier manera, todas sus relaciones habían sido breves y poco apasionadas. Habían

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concluido de forma poco traumática, con la marcha de cada uno de ellos, sin grandes dramas. Ahora estaba sola, y tampoco lo lamentaba, aunque a veces resultara... resultara triste. Pero no se iba a compadecer de sí misma, desde luego. Era todo lo que había querido ser siempre, así que se iba a animar, darse una buena cena con un buen vino, y al día siguiente ya vería. Desde luego, cumpliría la promesa que se había hecho a sí misma tiempo atrás; no permitiría que nada ni nadie la convirtiera en lo que su madre había sido, una mujer esclavizada por su familia, sus hijos y su marido, dedicada en cuerpo y alma a una familia excesiva y absorbente. No. Aquello no era para ella.

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Los meses siguientes supusieron la plena confirmación de carrera, su consolidación en definitiva. Tras sus cortas vacaciones, le fue asignado un nuevo destino, en consonancia con su trabajo en Operaciones. Abandonó su falso trabajo en la agencia Reuters, al tiempo que se le "ofrecía" uno nuevo en el Foreign Office. Esta vez no se iba a tratar de una peligrosa o exigente misión, sino de algo más estable. Tras un breve cursillo de portugués, fue asignada a la embajada británica en Lisboa, como ayudante del agregado cultural. Por supuesto, su misión no tenía nada que ver, de nuevo, con aquel trabajo. Este consistía, teóricamente, en hacer de enlace entre el agregado y las instituciones culturales inglesas, de manera que no tuvo que mudarse permanentemente a Portugal. En cambio, aquel trabajo era una perfecta tapadera para realizar frecuentes viajes entre Londres y Lisboa. Allí, en esta última ciudad, realizaba sus misiones, que consistían en mantener el entramado del MI6 en Portugal. Este había sido un país tradicionalmente aliado a Gran Bretaña, y los intereses británicos allí eran muy importantes. En consecuencia, existía desde hacía tiempo una red de informadores dentro de la dictadura portuguesa, al servicio del MI6. Su tarea la llevaba a entrevistar con frecuencia a esos individuos, obteniendo información, escuchando sus peticiones y haciendo en definitiva de

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enlace con ellos. No se trataba de un puesto "caliente", desde luego, pero no todo el trabajo dentro del espionaje lo era, aunque todo se podía considerar importante.

Fue por tanto una época agradable e interesante, quizás no demasiado intensa, pero suponía una consolidación en su trabajo en cualquier caso. Lisboa era una hermosa ciudad, y podía disfrutar de ella en sus frecuentes visitas, durante las que se alojaba en la embajada británica. Durante aquel tiempo, además, entabló una relación con un joven y agradable funcionario del Ministerio de Cultura, al que conoció durante su trabajo-tapadera. La relación se estiró durante algunos meses, con los habituales problemas, y acabó como lo habían hecho las demás. En esta ocasión, sin embargo y para sorpresa suya, fue él quien le puso fin. En una despedida más triste que penosa, le reprochó a Sarah su falta de atención y entusiasmo, antes de marcharse. "No piensas en mí, Sarah, no ya cuando estamos separados, sino ni siquiera mientras estamos juntos", le había dicho, de forma algo enigmática. En cualquier caso, se marchó como los demás, sin dar un portazo, sin grandes reproches, sin pasión.

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Los meses se convirtieron en años, y mientras tanto Sarah no perdía de vista la situación del expediente de Nadia. Continuó paralizado durante todo aquel tiempo, sin que los jefazos del MI6 consideraran necesario activarlo para obtener información. Sin embargo, la situación se fue deteriorando en Europa.

Entretanto, en los países de Europa Oriental se fueron estableciendo, unos tras otro, regímenes de tipo soviético, lo que tuvo un efecto de creciente desconfianza entre los antiguos aliados. Aquello era una consecuencia esperada, algo dado por supuesto en los acuerdos de Yalta, era cierto. El tema se debatió en algunas reuniones del MI6 a las que Sarah tuvo acceso, gracias a su nuevo puesto en Operaciones. La U.R.S.S. se había reservado el derecho a establecer un área de

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influencia en Europa Oriental, y eso precisamente hacía, tal y como señaló ella misma en cuanto se sintió lo bastante segura como para dar su opinión en medio de toda aquella concurrencia de jefazos de alto nivel, todos hombres por cierto. Sin embargo, la sucesión de elecciones fraudulentas y golpes de estado provocaba fricciones y desconfianzas, lo que hizo que su postura fuera perdiendo popularidad, no sólo en el MI6 sino entre la opinión pública, como los periódicos demostraban día a día. Todavía más peligroso fue el estallido de la guerra civil griega, a partir de 1947, entre monárquicos, apoyados por los angloamericanos, y comunistas. La reunión que trató aquel asunto fue de las más tormentosas que Sarah recordaba.

- No podemos seguir así, antes o después se va a llegar a un enfrentamiento abierto. - había dicho el jefe de Análisis.

- Además, no nos podemos permitir perder Grecia. Tras ella caería Turquía, Oriente... - remachó el joven segundo de Estrategia, defendiendo las ideas de su jefe, que temía por todo.

- El conflicto, si se llega a él, estallará en Europa Central, en Alemania concretamente. Recuerden esto.

Las palabras del analista experto en Europa Continental cayeron como un mazazo sobre Sarah. Probablemente tenía razón. Por primera vez en aquel tipo de reuniones, prefirió callar, puesto que su opinión se hallaba en clara minoría. No conseguiría otra cosa que ponerse a todo el mundo en contra.

La reunión terminó, mientras ella seguía cavilando. Las crecientes tensiones hacían cada vez más probable que se activase el expediente de Nadia. Por lo que Sarah averiguó, esta se había mantenido en Berlín oriental, al servicio del mando militar soviético. Se hallaba en el centro del conflicto puesto que, pese a los diversos focos de tensión, era Alemania el principal teatro de las divergencias entre Este y Oeste. El año 47 fue particularmente preocupante. El futuro

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estatuto de Alemania dio lugar a agrios debates en el seno de la comisión cuatripartita, el órgano conjunto de gobierno de los aliados de la Alemania ocupada. Sarah seguía con tensión y preocupación estos acontecimientos, tanto en la prensa como, de forma reservada, en el MI6.

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