TEXTOS: 1. Séneca, Estoicismo
Así como tantos ríos, tantas lluvias caídas del cielo, tanta multitud de fuentes minerales, no cambian cl sabor del mar ni le atenúan siquiera, así el ímpetu y el contraste de la adversidad no conmueven el alma del varón bueno; persevera con firmeza en su estado y trueca en su propio color todo cuanto le adviene, porque es más fuerte que todos los accidentes externos. Yo no llego a decir que no los sienta, sino que los vence y, por añadidura, se yergue sesgo y apacible contra los embates de la adversidad. Considera las adversidades como un ejercicio. ¿Quién no más que siendo hombre, con recia propensión a todo lo honesto no desea una prueba a su medida y no desafía el peligro por correr a su deber? ¿Para qué hombre activo no es un suplicio la holganza? ¿Vemos a los atletas que practican el culto de la fuerza, como lidian con los más esforzados y exigen a aquellos con quienes se adiestran para el combate que usen contra ellos todas sus energías y consienten ser tundidos, maltratados y si no encuentran adversarios de fuerza igual, pugnan con muchos a la vez? Languidece la virtud sin adversario. Sepas que esto mismo ha de hacer el hombre bueno; no ha de temer las cosas duras y difíciles ni ha de quejarse del hado; cualquier cosa que le acaeciera, téngala por buena y conviértala en provecho propio. Lo que importa no es cuánto sufres, sino cómo lo sufres. No ves con qué diferente cariño tratan a sus hijos los padres y las madres. Aquellos mandan levantarles temprano para dedicarse al estudio y así les arrancan sudor y lágrimas; las madres, en cambio, quieren tenerlos en su regazo y mantenerlos a la sombra. Dios trata a los buenos con corazón de padre y los ama varonilmente; ejercítalos en trabajos, dolores, infortunios para que cobren la verdadera reciedumbre; quien sostuvo brega asidua con las contrariedades, le curtieron los obstáculos y ya no cede a ningún mal y, caído, aún lucha cuerpo a tierra. Los dioses contemplan a los varones magnánimos en lucha con alguna calamidad. He ahí ese espectáculo digno de ser contemplado por Dios atento a su obra; he aquí un duelo digno de Dios; el varón fuerte luchando a brazo partido con la fortuna adversa; y todavía más si fue él el que la provocó.
...A medida que el razonamiento avance te demostraré cómo no son males aquellos que lo parecen. Dígote por ahora que éstas que tu llamas asperezas, adversidades, abominaciones, son provechosas, primeramente al que las sufre, luego a la universidad de los hombres. (Séneca, De providentia, cap. II).
2. Epicuro: Hedonismo.
«Todo lo que hacemos persigue este fin: la supresión del dolor y del miedo. Una vez que éstos se producen en nosotros, se desencadena toda la tempestad del alma, no pudiendo el ser viviente dirigirse, por así decirlo, a algo que le falta, ni a buscar otra cosa que llenar el bien del alma y del cuerpo. Porque tenemos necesidad del placer precisamente cuando, por no hallarse él presente, sentimos dolor. Cuando no sentimos ningún dolor no necesitamos ya del placer; y por eso decimos que el placer es el principio y fin de la vida feliz Porque conocemos el placer como bien primero y congénito, y él es principio de todas nuestras elecciones y abstenciones, y a él tendemos, juzgando todo bien por el sentimiento, que tomamos como CANON. Y puesto que éste es el bien primero y connatural, por eso mismo no elegimos todo placer, sino que a veces, pasamos por alto muchos placeres, cuando de ellos se nos sigue una molestia mayor; y, al contrario, juzgamos muchos dolores más excelentes que los placeres porque se sigue para nosotros un placer mayor después que hemos soportado el dolor durante mucho tiempo. Por consiguiente, todo placer es bueno por su naturaleza, aunque no todo placer es elegible; y, recíproca-mente, todo dolor es malo, pero no todo dolor es siempre rehuible. En teoría, todo placer es bueno para nosotros, aunque no debamos desearlos todos; todo dolor es un mal, pero tampoco podemos evitarlos todos.
ya que cuando ella está presente, lo tenemos todo, y, cuando ausente, todo lo hacemos por llegar a poseerla.»
3. Los dioses.
«Pon en práctica las cosas que te he recomendado continuamente, y medítalas, estimándolas como los elementos de la vida feliz. En primer lugar, considera a la divinidad como un viviente indestructible y feliz, como lo indica la noción común de lo divino, y no le atribuyas nada extraño a la inmortalidad o inconciliable con la felicidad; piensa, en cambio, respecto de ella, en lo que es capaz de preservar su felicidad unida a la inmortalidad. Porque los dioses existen: es evidente su conocimiento: no existen como los más se los imaginan, pues con esa manera de concebirlos, suprimen su existencia. No es impío el que suprime los dioses del vulgo, sino el que atribuye a los dioses las opiniones del vulgo, pues no son nociones adquiridas por los sentidos, sino falaces presunciones, las declaraciones del vulgo sobre los dioses. De ahí se derivan de parte de los dioses los mayores daños y ventajas: entregados de continuo a sus propias virtudes, reciben a sus semejantes, considerando como extraño a lo que no es tal.»
4. La muerte.
Pues sí dice eso tan convencido, ¿por qué no deja la vida? Eso está en su mano, si es ésa su firme opinión; y si se chancea, tontamente lo hace en cosas que no son al propósito.»
5. La Fatalidad.
«Hay que recordar también que el futuro no es nuestro del todo, ni del todo no nuestro, para que no esperemos que absolutamente sucederá ni desesperemos de que absolutamente no va a suceder.
Y de manera parecida hay que pensar que de los deseos, unos son naturales, otros vanos; y de los naturales, unos son necesarios, otros sólo naturales; y de los necesarios, unos lo son en orden a la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo, otros para la vida misma. De hecho, un conocimiento firme de ellos sabe hacer referir toda elección y repulsa a la salud del cuerpo y a la tranquilidad del alma, puesto que ése es el término final de la vida feliz En efecto, a eso tienden todas nuestras acciones, a no tener sufrimiento ni turbación alguna. Cuando alcancemos eso, u calmará toda tempestad del alma, al no tener el ser viviente nada que apetecer porque le falte, ni que buscar otra cosa que complete el bien del alma y del cuerpo. Sólo tenemos necesidad del placer cuando sufrimos por su ausencia; pero cuando no lo sentimos, no tenemos necesidad del placer»
Por eso decimos nosotros que el placer es el principio y el fin de la vida feliz. Sabemos que él es el bien primero y connatural, y de él toma comienzo todo acto nuestro de elección y de repulsa, y retornamos juzgando todo bien, tomando como norma la afección. Y porque esto es el bien primero y connatural, por eso también no elegimos todo placer, sino que hay ocasiones en que nos desentendemos de muchos, cuando de ellos se sigue mayor molestia, y estimamos a muchos dolores preferibles a los placeres, cuando se nos siguen mayores placeres por haber soportado durante mucho tiempo los dolores. Todos los placeres, por su condición de connaturales a nosotros, son, pues, bienes; pero no a todos hay que elegirlos; como todos los dolores son malos, pero no de todos ellos hay que huir»
6. El placer en lo simple y natural.
«En orden al cálculo y a la consideración de las cosas útiles y perjudiciales, hay que hacer un discernimiento de todas esas cosas. Pues en ocasiones experimentamos el bien como un mal, y, a la inversa, el mal como un bien.
todo lo que es natural, es fácil de procurar, y lo vano, difícil de conseguir Los manjares frugales proporcionan un placer igual que un trato suntuoso, cuando ha desaparecido todo el dolor de la necesidad, y pan y agua dan el placer más grande cuando se tienen a mano los alimentos que se necesitan. El acostumbrarse a un trato de vida sencillo y frugal, por una parte, ayuda a la salud y hace al hombre más ágil para atender a las tareas necesarias de la vida, y por otra, cuando a intervalos nos damos a la vida refinada, nos hace más dispuestos y más intrépidos para afrontar los lances de la fortuna.
Por tanto, cuando decimos que el placer es el bien supremo de la vida, no entendemos los placeres de los disolutos y los placeres sensuales, como creen algunos que desconocen o no aceptan, o interpretan mal nuestra doctrina, sino el no tener dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Pues ni banquetes ni fiestas continuas, ni placeres de jóvenes y mujeres, ni peces ni cuanto pueda ofrecer una mesa bien abastecida, causan la vida feliz, sino una razón vigilante que investiga las causas de toda elección y repulsa, y que aleja las falsas opiniones de las cuales las más de las veces se origina la turbación que se apodera de las almas.»
7. El cálculo entre los placeres
«De todas estas cosas el principio y el bien supremo es la prudencia; por eso, la prudencia es más estimable que la filosofía; y de ella proceden todas las demás virtudes, enseñándonos que no puede haber vida feliz sin la prudencia, la bondad y la justicia, y que la prudencia, la bondad y la justicia no pueden darse sin la felicidad. Pues las virtudes son connaturales a la vida feliz, y ésta es inseparable de aquéllas.
Pues no se parece en nada a un mortal d hombre que vive entre bienes inmortales.» (Epicuro, Carta a Meneceo)
8. Sobre el escepticismo:
"La filosofia escéptica se llama Inquisitiva por emplear su actividad en inquirir y examinar; Abstentiva por la actitud que resulta de la investigación en el que examina; Dubitativa, ya porque todo lo pone en duda y lo investiga, como algunos dicen, ya no por saber a qué atenerse respecto de la negación y aprobación; y Pirrónica por parecernos que Pirrón se entregó, de modo real y manifiesto, que sus predecesores a la consideración escéptica...
Qué es el escepticismo: Es una facultad que, de cualquier modo, opone fenómenos a noúmenos, y partiendo de la cual, vamos por el equilibrio de las cosas y de las razones opuestas. Primero a la abstención /epojé/ y después a la imperturbabilidad /ataraxia/.
Lo llamamos «facultad» en el sentido de «poder» (dunaszai). Por «fenómenos» lo que percibimos por los sentidos; «abstención» /epojé/ es una posición estable de la mente, en virtud de la cual ni negamos ni afirmamos cosa alguna; «imperturbabilidad» es la serenidad y la calma del alma; noúmenos son las cosas...
Cuál es el fin de la filosofía escéptica: Decimos hasta ahora que el fin del escéptico, es la imperturbabilidad en lo que depende de la opinión y la moderación de las pasiones. En efecto, empieza a filosofar intentando juzgar y decidir qué fantasías son verdaderas y cuáles falsas, con el fin de alcanzar la imperturbabilidad, pero cae en la discrepancia de la que hemos hablado, y, no pudiendo decidir sobre ella, se abstiene. Y a esta abstención suya sigue inmediatamente entonces, como por azar, la tranquilidad en lo opinable.
«En efecto, el que cree que algo es bueno o malo por naturaleza, está en continua turbación, y cuando no tiene lo que a su parecer es bueno, se cree acosado por lo que es malo por naturaleza, y persigue el bien a su entender. Pero una vez conseguido éste, incurre en más turbaciones aun, porque se excita irracionalmente, y, temiendo un cambio, lo hace todo por no perder lo que le parece un bien. En cambio, el que no decide sobre los bienes y los males naturales, ni rehuye ni persigue nada intensamente, y, por lo tanto, está libre de turbación.
tal manera que desistió, pero arrojando la esponja en que limpiaba sus pinceles, al chocar contra el cuadro, dejó marcada, imitada la espuma. Así también, los escépticos que esperaban alcanzar la imperturbabilidad juzgando la desigualdad de los fenómenos y noúmenos y, no pudiendo hacerlo, se abstuvieron: pero al abstenerse, les siguió inmediatamente, como por azar, la imperturbabilidad como la sombra al cuerpo. No es que creamos que el escéptico no se turba en absoluto, pues declaramos que le turba lo forzoso: en efecto, reconocemos que a veces siente frío, y sed y cosas análogas; pero aún en eso los ignorantes están sujetos a agitaciones dobles que las del escéptico, ya que les vienen, de una parte de las pasiones mismas, y por la otra, y no en menor grado, del hecho que creen que esas vicisitudes son malas por naturaleza. Mientras que el escéptico, suprimiendo esa opinión añadida de que todas esas cosas son malas por naturaleza, alcanza mayor moderación en ellas. Por eso, pues, decimos que en lo opinable la imperturbabilidad es el fin del escéptico, y, en lo forzoso, la moderación ea las pasiones.»
9. De los modos generales de la abstención /epojé/: