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Steger Manfred - Neoliberalismo Una Introduccion Muy Corta

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NEOLIBERALISMO

UNA INTRODUCCIÓN MUY CORTA

MANFRED B. STEGER

RAVI K. ROY

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PREFACIO

El mundo del siglo XXI es, fundamentalmente, un lugar interdependiente. La Globalización ha expandido, intensificado y acelerado las relaciones sociales a través del mundo-espacio y el mundo-tiempo. La revolución digital ha servido como un catalizador para la creación de extensas redes de comunicación e información en las que se enredan individuos, empresas y estados. Las células de terrorismo transnacionales capaces de actuar en cualquier lugar se han dirigido a los símbolos del poder secular que llevó a los líderes políticos occidentales a declarar una ‘guerra contra el terror global’. El cambio climático global y las pandemias globales se han vuelto una realidad terrorífica, forzando a los países a trabajar en una estrategia común dirigida a prevenir una catástrofe de proporciones planetarias. La explosión de la burbuja inmobiliaria estadounidense ha provocado una crisis financiera global que ha acabado con miles de millones de dólares en activos en todo el mundo y empujaron a la comunidad internacional al borde de la Gran Depresión. Las voces triunfalistas que una vez vieron el colapso del comunismo soviético como el ‘fin de la historia’ y el principio de un capitalismo al estilo del libre mercado estadounidense sin rival han sido silenciadas porque el nuevo siglo se ha mantenido como un campo de batalla ideológico donde todo tipo de competencias ideológicas compiten por el corazón y las mentes de la audiencia global.

‘Neoliberalismo’ es uno de los nuevos ‘ismos’. El término fue acuñado por primera vez en la era posbélica de la Primera Guerra Mundial alemana por un pequeño círculo de economistas y especialistas legales afiliados a la ‘Escuela de Friburgo’ para referirse a su programa moderado de revisar el liberalismo clásico. En los años 1970s un grupo de economistas latinoamericanos adoptaron neoliberalismo [en español en el original] para su modelo promercado. Pero a principio de los 1990s, izquierdistas críticos de la reforma del mercado en el sur Global habían imbuido la palabra ‘neoliberalismo’ con un significado peyorativo asociado al ‘Consenso de Washington’ – un conjunto de instituciones económicas que, supuestamente, han sido designadas por los Estados Unidos para globalizar el capitalismo estadounidense y su sistema cultural asociado. Otros críticos consideran el ‘neoliberalismo’ como un eslogan opaco inventado por académicos radicales o nacionalistas económicos reaccionarios con el propósito de degradar los logros intelectuales de economistas neoclásicos como los galardonados con el Premio Nobel Milton Friedman y Friederich von Hayek. Y otros lo ven

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como una versión posmoderna pero desfasada del decimonónico de ‘laissez-faire’ glorificando el interés propio, la eficiencia económica y la competencia desenfrenada. Sin embargo, a pesar de estas críticas, el neoliberalismo ha quedado en la mente del público. Hoy a aparece casi a diario en los titulares de los principales periódicos del mundo.

En el último cuarto de siglo, la palabra ‘neoliberalismo’ ha sido asociada con diferentes figuras políticas, como Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Bill Clinton, Toni Blair, Augusto Pinochet, Boris Yeltsin, Jiang Zemin, Manmohan Singh, Junichiro Koizumi, John Howard y George W. Bush. Pero ninguno de estos políticos se ha adherido públicamente a esta etiqueta antigua, aunque todos ellos comparten una cierta afinidad de ‘neoliberal’ por sus políticas dirigidas a desregular las economías nacionales, la liberalización nacional del comercio y la creación de un mercado mundial único. En su apogeo, durante los 1990s, el neoliberalismo cabalgaba sobre el mundo como un coloso. Se comió su camino hacia el corazón de la ex Unión Soviética. Confrontó países del sur Global con las nuevas reglas y condiciones para su desarrollo económico. Mostrándose como una criatura muy versátil, el neoliberalismo incluso encantó a los cuadros del Partido Comunista Chino, cuyo socialismo reformado ‘con características chinas’ se parece sospechosamente a su opuesto ideológico.

Sin embargo, en los albores del nuevo siglo, el socialismo ha sido desacreditado cuando la economía global basada en sus principios, ha sido sacudida hasta sus cimientos por una calamidad financiera que no se veía desde la oscuridad de los años de la década de los años 1930s. ¿Está el neoliberalismo condenado o recuperará su antigua gloria? ¿Se embarcará el neoliberalismo en un nuevo curso genuino o tratará de arañar su camino de regreso a los días felices de los noventa? ¿Hay una alternativa al neoliberalismo?

Culminando una breve reflexión sobre estas cuestiones cruciales, este libro ha sido diseñado para introducir a los lectores a los orígenes, evolución y las ideas centrales del neoliberalismo examinado sus manifestaciones concretas en varios países y regiones concretas de todo el mundo. Nuestra exploración nos mostrará que, aunque los neoliberales a lo largo y ancho de todo el mundo comparten una creencia común en el poder de los mercados de ‘autoregularse’ para crear un mundo mejor, su doctrina viene en diferentes y múltiples matices y variaciones. Reaganomics, por ejemplo, no es lo mismo que el tacherismo. La marca de globalización del mercado de Bill Clinton difiere en algunos aspectos de la tercera vía de Tony Blair. Y las elites políticas del sur Global (a menudo educadas en las universidades de elite del Norte) han aprendido a adaptarse a los dictados del Consenso de Washington para que coincidan con sus propios contextos y objetivos

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locales. Por lo tanto, el neoliberalismo se ha adaptado a ambientes, problemas y oportunidades específicas. Por esta razón, tiene sentido pensar en nuestro tema en plural, los neoliberalismos, más que en una manifestación única y monolítica.

Las ideas principales, políticas y modos de gobierno impulsan estos proyectos neoliberales y están en el corazón de este libro. Al llevar a cabo el deseo de nuestra editorial de escribir una introducción breve, nos vemos obligados a participar en una discusión selectiva y general. Su principal propósito es presentar un esbozo accesible e informativo – pero al desnudo – de un fenómeno rico y complejo. Aconsejo a aquellos lectores que hayan digerido los materiales que aquí se ofrecen y se sientan preparados para profundizar más en nuestro tema, se aconseja consultar la sección de referencia.

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CAPÍTULO 1: ¿QUE ES ‘NEO’ ACERCA

DEL LIBERALISMO?

Liberalismo nuevo y viejo

Al pronunciar su Discurso Inaugural de 2009 en medio de la peor crisis económica desde la Gran Depresión desde la década de los 1930s, Barack Obama no escatimó palabras al señalar con su dedo a lo que consideraba los principales culpables del desastre financiero mundial: la codicia y la irresponsabilidad de algunos, y la incapacidad colectiva de la gente de tomar decisiones difíciles y prepararse ellos mismos para una nueva era. Ampliando su argumento, el joven Presidente insistió en que la cuestión clave hoy no es más si el gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, sino como trabaja. Entonces, mirando directamente a la cámara que proyecta su imagen severa en incontables pantallas de ordenador alrededor del mundo, el líder estadounidense se opuso al paradigma económico imperante en los últimos treinta años:

Tampoco es la cuestión que nos ocupa si el mercado es una fuerza benigna o maligna. Su poder para generar riqueza y expandir la libertad no tiene parangón. Pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo vigilante, el mercado puede salirse de control.

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La reacción de los nuevos expertos fue rápida y sin ambigüedades. El discurso de Obama fue una clara indicación de que la era del 'neoliberalismo' puede haber llegado a su final.

El objeto de la crítica del Presidente – la idea neoliberal de que los 'mercados autorregulados' es la máquina principal que impulsa la racional persecución de la riqueza individual - ha sido la norma central de los economistas desde finales del siglo XVIII. Opuesto al mercantilismo de los monarcas que ejercitaron un control casi total sobre la economía en sus esfuerzos por amasar enormes cantidades de oro, principalmente para propósitos bélicos, los 'liberales clásicos' como Adam Smith y David Ricardo predicaron las virtudes del 'libre mercado' y de la economía del 'laisezz-faire'. A Smith se le atribuye la creación de la imagen de la Ilustración escocesa del homo economicus – el punto de vista de que la gente son individuos aislados cuyas acciones reflejan principalmente sus propios intereses materiales. Según este punto de vista, los asuntos políticos y económicos son, en gran manera, separables, con los asuntos económicos reclamando un estatus superior porque opera mejor sin interferencia gubernamental bajo un sistema armonioso de las leyes naturales. Por ello, el estado debe refrenarse de 'intervenir' con las actividades económicas egoístas de los ciudadanos y en lugar de usar su poder para garantizar el intercambio económico abierto.

La teoría de las 'ventajas comparativas' de Ricardo se convirtieron en la oración de los modernos comerciantes libres. Argumentó que el libre comercio equivalía a una situación ganadora para todas las partes involucradas, porque permitía que cada país se especializara en la producción de aquellas mercancías para las cuales tenía una ventaja comparativa. Por ejemplo, si Italia puede producir vino más barato que Inglaterra, e Inglaterra puede producir telas más económicas que Italia, entonces los dos países se beneficiarían de la especialización y el comercio. De hecho, incluso Ricardo fue más allá al sugerir que los beneficios de la especialización y el comercio se acumularían incluso si un país tiene una ventaja absoluta en producir todos los productos objetos de comercio. Políticamente, la teoría de Ricardo equivalía prácticamente a un argumento poderoso contra la interferencia gubernamental en el comercio y fue usada por los liberales del siglo XIX como Richard Cobden como un arma formidable en la lucha para derogar las proteccionistas Leyes sobre Granos en Inglaterra.

Para los liberales clásicos, los productores eran los sirvientes de los consumidores, quienes perseguían cubrir sus necesidades materiales y deseos a su gusto. Dedicados a la protección de la propiedad privada y a la aplicación legal de los contratos, los liberales clásicos argumenta-ron que la 'mano invisible' del mercado garantizaba

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la más eficiente y efectiva asignación de los recursos al tiempo que facilitaba las relaciones pacíficas y comerciales entre las naciones. Sus ideas mostraron ser una fuerza potente para fomentar las grandes revoluciones del siglo XVIII que superaron las dinastías reales, separaron la Iglesia del Estado e hicieron añicos los dogmas del mercantilismo. Durante la mayor parte del siglo XIX, los herederos del liberalismo clásico buscaron convencer a la gente que los malos tiempos económicos siempre reflejaron algún tipo de 'fallo gubernamental' – normalmente un exceso de intervención que resultaban en una distorsión de las señales de los precios.

El liberalismo clásico y la Ilustración

El liberalismo clásico nació en tándem con el movimiento de la ilustración de finales del siglo XVII y el siglo XVIII, que proclamaron la razón y los fundamentos de la libertad individual. Pensadores ilustrados como John Locke (1632-1704) argumentaron que, en el 'estado de la naturaleza', todos los hombres eran libres e iguales, y por lo tanto, poseían derechos inalienables independientemente de las leyes de cualquier gobierno o autoridad. Naturalmente dotado con el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, los seres humanos pueden establecer legítimamente sólo gobiernos limitados en los que las tareas de sus jefes consistían en asegurar y proteger esos derechos individuales, especialmente el de la propiedad privada.

¿Pero cómo puede haber una cosa semejante a los 'fallos de mercado', razonaban, si los mercados, correctamente protegidos del entrometido estado, eran por naturaleza incapaces de fallar?

Pero el turbulento siglo XX pronto arrojó un nubarrón sobre esas 'verdades' del liberalismo clásico. No fue hasta los 1980s que los 'neoliberales' se las arreglaron para traer de vuelta esas anticuadas ideas – aunque vestidas de ropajes nuevos. ¿Pero que pasó en el período intermedio? La historia es bien conocida. La furia y la longevidad de la Gran Depresión convenció a los pensadores líderes de la economía como John Maynard Keynes y Karl Polani que el gobierno era mucho más que un mero 'vigilante' – el papel asignado al estado por los liberales clásicos. Keynes y su nueva camada de 'liberales igualitarios' se mostraron en desacuerdo con los marxistas, quienes veían en la persistencia de las crisis económicas una evidencia del inminente colapso del capitalismo y la victoria de un 'proletariado revolucionario' que habían sido vistos a través de las 'distorsiones ideológicas' de la

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'burguesía gobernante': nunca antes los trabajadores cayeron en la inteligente trampa de aceptar su propia explotación en el nombre de unos altisonantes ideales liberales de 'libertad', 'oportunidad' y 'trabajo duro'. Buscando prevenir la revolución mediante las reformas económicas, los liberales igualitarios como el Primer Ministro Clement Atlee y el Presidente Franklin D. Roosevelt fueron defensores incondicionales de la autonomía individual y los derechos de la propiedad. Y aún más, criticaron el liberalismo clásico por su incapacidad de reconocer que el capitalismo moderno debe ser sometido a ciertas regulaciones y controles por un estado fuerte.

Keynes, en particular, abogó por masivos gastos gubernamentales en tiempos de crisis económicas para crear nuevos puestos de trabajo y aumentar el gasto de los consumidores. Por lo tanto, él desafió las creencias de los liberales clásicos de que el mecanismo de mercado podría corregirse naturalmente a sí mismo en el caso de una crisis económica y volver al equilibrio de pleno empleo. Keynes enlazó desempleo con una escasez de inversión de capital privado y de gasto en la economía. Por esta escasez, echó la culpa a los inversores cortos de vista y avariciosos, cuyas inversiones especulativas habían desestabilizado el mercado. Comprometido con el principio del mercado pero opuesto al 'libre mercado', el 'keynesianismo' incluso reclamó por algunas propiedades estatales cruciales, como las compañías de ferro-carriles y las de energía.

Keynes encabezó la delegación británica en la conferencia de Bretton Woods de 1944 en los Estados Unidos, que estableció el orden económico posbélico internacional y sus instituciones económicas internacionales. El Fondo Monetario Internacional (FMI) fue creado para administrar el sistema monetario internacional. El Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, más tarde conocido como el Banco Mundial, fue inicialmente diseñado para proporcionar préstamos para la reconstrucción europea posbélica. Sin embargo, durante los años 1950s, su propósito fue expandido para financiar proyectos industriales en países en vías de desarrollo a lo largo y ancho del mundo. Por último, el Acuerdo sobre Tarifas y Comercio (GATT) fue establecido en 1947 como una organización de comercio global con la responsabilidad de crear y hacer cumplir los acuerdos multilaterales de comercio. En 1995, la Organización Mundial del Comercio (OMC) fue fundada como sucesora del GATT y, por lo tanto, se convirtió en el punto focal de una intensa controversia pública sobre su diseño neoliberal de los acuerdos sobre el libre comercio.

Las aplicaciones políticas de las ideas keynesianas inspiraron lo que algunos economistas llamaron la 'edad dorada del capitalismo controlado', que duró, más o menos, desde 1945 hasta 1975. Los

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programas estadounidenses del 'New Deal' y la 'Gran Sociedad' fueron la punta de lanza de Franklin Delano Roosevelt y Lyndon Johnson, el muy admirado programa socialdemócrata sueco y la versión británica del 'welfarismo' lanzado en 1945 reflejaron una amplia política de consenso entre las naciones occidentales que llevó a algunos expertos a proclamar el 'fin de la ideología'. Los gobiernos nacionales controlaban los flujos de dinero hacia dentro y hacia afuera de sus territorios. Impuestos altos sobre la riqueza individual y sobre los beneficios de las corporaciones llevaron a la expansión del estado del bienestar. Salarios crecientes y servicios sociales crecientes en los países ricos del Norte global ofrecían a los trabajadores entrada en las clases medias.

La era dorada del capitalismo controlado en los Estados Unidos.

La economía estaba basada en la producción masiva. La producción en masa era rentable porque una gran clase media tenía suficiente dinero para adquirir lo que podía ser producido masivamente. La clase media tenía suficiente dinero porque los beneficios de la producción en masa eran repartidos entre las corporaciones gigantes y sus suministradores, detallistas y empleados. El poder de negociación de este último grupo fue mejorado y reforzado por la acción gubernamental. Casi la tercera parte de la fuerza de trabajo pertenecía a un sindicato. Los beneficios económicos también estaban expandidos a lo largo y ancho de la nación – desde los granjeros, los veteranos, las pequeñas ciudades hasta los pequeños negocios – a través de la regulación (ferrocarriles, teléfonos, beneficios y pequeños negocios) y los subsidios (precios regulados, autopistas, préstamos federales).

Fuente: Robert B. Reich, Supercapitalismo, la transformación de los negocios, la democracia y la vida diaria (Nueva York: Knopf, 2008, p. 17).

Incluso el Presidente Richard Nixon, un republicano conservador, proclamó al final de los años 1970s que “todos somos keynesianos ahora”. Fue la defensa keynesiana de un estado intervencionista y de mercados regulados lo que dio al 'liberalismo' su significado económico moderno: una doctrina favorable a un gobierno grande y activo, que regule la industria, impuestos altos para los ricos y programas de bienestar social extensivos y para todos.

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Macroeconomía keynesiana

La obra maestra literaria de Keynes, La teoría general del empleo, el interés y el dinero fue publicada en 1936 en el momento más álgido de la Gran Depresión. El libro ganó prominencia instantánea porque desafió con éxito a las ideas liberales clásicas acerca de cómo deben funcionar las economías modernas. Las ideas keynesianas han demostrado ser cruciales en el desarrollo del marco teórico de la 'macroeconomía'. Este nuevo campo proclamó que era posible que los gobiernos nacionales agregar datos y predecir las crisis económicas antes de que ocurrieran, y propuso el uso de varias políticas para intervenir y hacer los ajustes en la economía. Específicamente, los gobiernos debían aumentar el gasto público durante las crisis económicas para estimular el crecimiento, y reducir los gastos durante los períodos de boom para mantener la inflación baja. Las ideas keynesianas dominaron la macroeconomía hasta el auge de las doctrinas neoliberales a principios de los años 70.

En las tres décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, los liberales igualitaristas modernos proporcionaron tasas de crecimiento económico espectaculares, salarios altos, baja inflación y niveles de riqueza material y seguridad social sin precedentes. Pero esta era dorada de capitalismo controlado llegó a un punto muerto con las severas crisis económicas de los años 1970s. En respuesta a semejantes calamidades sin precedentes como los 'shocks petrolíferos' que cuadruplicaron el precio de la gasolina del día a la noche, la ocurrencia simultánea de una inflación galopante y un desempleo creciente (estanflación) y beneficios corporativos en descenso, una generación totalmente nueva de liberales buscaron un camino a seguir para revivir la vieja doctrina del liberalismo clásico bajo las nuevas condiciones de la globalización.

Estos neoliberales subscribieron un conjunto de principios políticos e ideológicos dedicados a expandir por todo el mundo un modelo económico enfatizando los mercados y el comercio libre. Y aún más, ellos enfatizaron diferentes partes de su teoría según su contexto social particular. Venerada por sus seguidores y detestada por los keynesianos, los neoliberales tuvieron éxito a principio de los 1980s al establecer una agenda política y económica para el siguiente cuarto de siglo. Como discutiremos en los capítulos 2 y 3, argumentaron que la paralizante regulación del gobierno, el gasto público exorbitante y las altas barreras arancelarias al comercio internacional habían sido

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responsables de crear las condiciones que llevaron a la inflación elevada y al crecimiento económico pobre en todos los países industriales en los años 1970s. Una vez esta premisa fue ampliamente aceptada, el siguiente paso lógico fue clamar que esos factores fueron el mayor impedimento para el desarrollo económico con éxito en el Sur global. De este modo nació una agenda para el desarrollo neoliberal global en los así denominados 'programas de ajuste estructural' y acuerdos internacionales sobre el libre comercio. Como veremos en los capítulos 4 y 5, instituciones económicas poderosas como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron su agenda neoliberal en los países en vías de desarrollo muy endeudados en devolución de préstamos muy necesitados. El colapso en 1991 de la Unión Soviética y la aceleración de las reformas orientadas al mercado en la China comunista llevaron a una dominación sin precedentes del modelo neoliberal en los años 1990s.

Sin embargo, durante la última década ha caído bajo una serie de críticas. La crisis económica global de 2008-9 es solo el último de una serie de desafíos para el paradigma todavía dominante del libre mercado. Pero antes de que podamos apreciar toda la magnitud de las amenazas que enfrentamos contra el neoliberalismo, debemos familiarizarnos con sus diversas dimensiones, sus variedades y sus aplicaciones políticas. Así que empecemos nuestro viaje con una breve consideración de sus ideas y principios básicos.

Las tres dimensiones del neoliberalismo.

Neoliberalismo es un concepto bastante amplio y general que se refiere a un modelo económico o 'paradigma' que creció en prominencia en los 1980s. Construido sobre el ideal clásico liberal de los mercados autorregulados, el neoliberalismo se presenta en varias líneas y variaciones. Quizás, la mejor manera de conceptualizar es pensar sobre él como tres manifestaciones inter-relaciondas: (1) una ideología; (2) un modo de gobierno; (3) un paquete político. Desempaquemos cuidadosa-mente estas tres dimensiones fundamentales.

Las ideologías son un sistema de ideas ampliamente compartidas y creencias modeladas que son aceptadas como una verdad por grupos sociales significativos. Estos 'ismos' sirven como mapas conceptuales indispensables porque guían a la gente a través de la complejidad de los mundos políticos. No solo ofrecen una imagen más o menos coherente tal como es, sino también como debería ser. Al hacerlo así, las ideologías organizan su núcleo de ideas en simples afirmaciones verdaderas que alienta a la gente a actuar en determinadas maneras.

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Estas afirmaciones son ensambladas por codificadores de las ideologías para legitimar determinados intereses políticos y para defender o desafiar ciertas estructuras de poder. Los codificadores del neoliberalismo son elites globales de poder que incluyen gerentes y ejecutivos de grandes corporaciones transnacionales, lobistas corporativos, periodistas influ-yentes y especialistas en relaciones públicas, escritores intelectuales que tienen una gran audiencia pública, celebridades, animadores y artistas de grandes audiencias, burócratas estatales y políticos.

Sirviendo como los principales defensores del neoliberalismo, estos defensores saturan el discurso público con imágenes idealizadas de un mundo de libre mercado y consumista. Interactuando hábilmente con los medios de comunicación para vender su versión preferida de un único mercado global para el público, presentan los mercados globalizados bajo una luz positiva como una herramienta indispensable para un mundo mejor. Tales visiones de la opinión pública del mercado de la globalización impregnan las decisiones políticas en muchas partes del mundo. De hecho, los tomadores de decisiones neoliberales funcionan como expertos diseñadores de un contenedor ideológico atractivo para su agenda política promercado. Sus afirmaciones ideológicas están entrelazadas con referencias a la interdependencia económica global y basadas en los principios del capitalismo de mercado libre: comercio global y mercados financieros, flujos de bienes, servicios y trabajo a lo largo y ancho del mundo, corporaciones transnacionales, centros financieros localizados en países extranjeros y no sujetos a las leyes impositivas nacionales entre otros. Por esta razón, tiene sentido pensar en el liberalismo más bien como una ideología económica, que, a diferencia de su achirrival el marxismo, pone la producción y el intercambio de bienes en el centro de la experiencia humana.

La segunda dimensión del neoliberalismo se refiere a lo que el pensador social francés Michel Foucault llamó 'governmentalities' [govern = gobierno; mentality = mentalidad], ciertos modos de gobierno basados en premisas particulares, lógicas y relaciones de poder. Una gubernamentalidad neoliberal se basa en valores empresariales como la competitividad, el egoísmo y la descentralización. Se celebra la transferencia de poder legal y la devolución del poder central del estado a unidades localizadas más pequeñas. En vez de operar líneas más tradicionales para perseguir el bien público (más bien que los beneficios) por la sociedad civil y la mejora de la justicia social, los neoliberales exigen el empleo por el gobierno de tecnologías tomadas del mundo de los negocios y del comercio: el desarrollo obligatorio de 'planes estratégicos' y de 'gestión de riesgos'; análisis coste-beneficio y

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otros cálculos de efi-ciencia; la disminución del gobierno político (llamado ‘las mejores prácticas de gobierno’; el establecimiento de objetivos cuantitativos; la estrecha vigilancia de resultados; la creación de planes de trabajo muy individualizados basados en el desempeño y la introducción de modelos de ‘elección racional’ que internalicen y normalicen el comportamiento orientado al mercado. Los modos de gobierno neoliberal alientan la transformación de las mentalidades burocráticas en identidades empresariales donde los trabajadores del gobierno no se vean a sí mismo más como servidores públicos y guardianes de un definido cualitativamente ‘bien público’, sino como, por su propio interés, actores responsables del mercado y contribuyentes al éxito de la política de adelgazar las ‘empresas estatales’.

A principio de la década de los 1980s, un nuevo modelo de administración pública conocido como la ‘nueva gestión pública’ cautivó las burocracias estatales mundiales por completo. La puesta en práctica del modo neoliberal de gobierno para los servidores públicos, significó redefinir a los ciudadanos como ‘clientes’ y anima a los administradores a cultivar el ‘espíritu emprendedor’. Si las empresas privadas deben fomentar la innovación y mejorar la productividad con el fin de sobrevivir en el mercado competitivo, ¿por qué los trabajadores del gobierno no abrazan los ideales neoliberales de mejorar el sector público? Basada en esta gubernamentalidad neoliberal, el vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, utilizó con notoriedad los nuevos principios de la gestión pública en la década de 1990s para someter a varias agencias del gobierno a un ‘National Performance Review’, cuyo objetivo declarado era reducir ‘el despilfarro del gobierno’ y aumentar la eficiencia administrativa, la eficacia y la rendición de cuentas.

En tercer lugar, el neoliberalismo se declara a sí mismo como un conjunto de políticas públicas concretas expresadas en lo que nos gusta llamar la ‘fórmula D-L-P’: (1) desregularización (de la economía); (2) liberación (del comercio y la industria); y (3) privatización (de las empresas propiedad del estado). Medidas políticas relacionadas incluyen: recortes masivos de impuestos (especialmente en el mundo de los negocios y los que más renta ganan; reducción de los servicios sociales y los programas del estado del bienestar; reemplazar el welfare por el ‘workfare’ [NOTA DEL TRADUCTOR: welfare significa, entre otras

cosas, la asistencia que se da a los que la necesitan, especialmente por el estado (on welfare); work es trabajo y trabajar; welfare también significa riqueza, así que ‘workfare’ significaría la riqueza conseguida mediante el trabajo; esta frase significa reemplazar la ayuda social del gobierno a los necesitados por un puesto de trabajo]; el uso de las tasas

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de interés por bancos centrales independientes para mantener la inflación baja (incluso a riesgo de aumentar el desempleo); la reducción del tamaño del gobierno; paraísos fiscales para las empresas nacionales y extranjeras que deseen invertir en zonas económicas designadas; nuevos espacios comerciales urbanos formados por los imperativos a necesidad de los imperativos de mercado; anti-sindicalización en el nombre de mejorar la productividad y la ‘flexibilidad laboral’; integración regional y global de las economías nacionales y la creación de nuevas instituciones políticas, think tanks y prácticas para reproducir el paradigma neoliberal. Como veremos en los capítulos siguientes, las llamadas iniciativas ‘neoconservadores’ cuentan a menudo con el apoyo de la agenda política neoliberal en la búsqueda de objetivos políticos comunes. A su vez, muchos neoliberales abrazaron los valores conservadores, especialmente los valores ‘familiares’, la aplicación de una ley dura y un ejército fuerte. La casi universal aprobación de, por lo menos de algunas partes de este conjunto de políticas en la década de 1990s refleja el poder real de las afirmaciones ideológicas del neoliberalismo.

Como ya dijimos en el prefacio, los siguientes capítulos de este libro prestan especial conexión a la conexión entre lo ideológico y las dimensiones de la política del neoliberalismo mediante el examen de políticas concretas en diferentes escenarios de todo el mundo. Pero primero vamos a completar nuestra aclaración de cuestiones conceptuales con una breve revisión de las principales teorías económicas que impulsaron el crecimiento del neoliberalismo a finales de los años 1970s.

Los orígenes intelectuales del neoliberalismo.

Aunque el neoliberalismo se presenta en diversas variedades, se puede encontrar la primera formulación sistemática de sus principios económicos en la Mont Pelerin Society. Fundada en 1947 por Friederich Auguste von Hayek, un miembro influyente de la Escuela Austríaca de Economía de principios del siglo XX. La sociedad atrajo a intelectuales afines comprometidos en fortalecer los principios y prácticas de una ‘sociedad libre’ mediante el estudio de las obras y virtudes de los sistemas económicos orientados al mercado. Comprometidos a detener lo que ellos veían como la marea del ‘aumento del colectivismo’ – sea este marxista o de otras formas menos radicales de planificación central estatal – Hayek y sus colegas trataron de resucitar el liberalismo clásico en su intento de desafiar el dominio de las ideas keynesianas. Un gran creyente en la capacidad espontánea del libre mercado para funcionar

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de un modo autorregulado y como motor de la libertad humana, Hayek consideró a la mayoría de las intervenciones estatales en la economía hitos en el ominoso “camino de servidumbre” que lleva a nuevas formas de despotismo del gobierno [Camino de servidumbre es el título de uno de los libros más conocidos de este autor]. Su teoría económica se encontraba anclada en el concepto de “mecanismos de precios sin distorsiones’ que se decía que sirven para compartir y sincronizar el conocimiento local y personal que los miembros individuales de la sociedad consigan diversos fines sin la interferencia del estado. Para Hayek, la libertad económica nunca puede ser subordinada a la libertad política y confinada a la estrecha esfera de la producción material. Más bien la libertad económica era una fuerza política y moral que da forma a todos los demás aspectos de una sociedad abierta y libre. Sorprendentemente, los miembros de la sociedad Pelerin ocasionalmente se perdían en el terreno ideológico conservador y daban importancia a los, consagradas por el tiempo, valores y tradiciones en la constitución de las comunidades humanas.

Los principios neoliberales defendidos por la Sociedad Monte Pelerin de Hayek influenciaron mucho al economista estadounidense Milton Friedman, ganador del Premio Nobel de 1976. El carismático líder de la Escuela de Economía de Chicago (con base en la Universidad de Chicago), Friedman tuvo una mano influyente al guiar al neoliberalismo de constituir un punto de vista meramente minoritario en los años 1950s para volverse la ortodoxia económica gobernante en los años 1990s. Enfocados en la inflación como el resultado económico más peligroso de la interferencia estatal – como los controles de precios impuestos por gobiernos keynesianos para garantizar a la gente de bajos ingresos el acceso de mercancías básicas – Friedman desarrolló su teoría del monetarismo. Él postula que solo la autorregulación del libre mercado que el número correcto de mercaderías a los precios correctos producidos por trabajadores pagados con salarios al nivel que determina el libre mercado. A principio de la década de 1980, monetaristas como Friedman en que matar al dragón de la inflación requería que los bancos centrales como la Reserva Federal siguiera políticas anti inflacionistas que mantuvieran la oferta y la demanda en equilibrio por el libre mercado. En resumen, la política monetaria debe tomar precedencia sobre la política fiscal (impuestos y políticas de re-distribución) ideadas por el gran gobierno.

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A menudo asociado con las doctrinas económicas de Frederich von Hayek y Milton Friedman, el libertarianismo es una creencia política hostil a la intervención del gobierno. Aunque comparte los principios generales de la corriente liberal del neoliberalismo, la mayoría de los libertarianos se oponen se oponen estrictamente a otros valores liberales como la igualdad, la solidaridad y la responsabilidad social. Rechazan los gobiernos modernos como ilegítimos por su uso de las políticas ‘coercitivas’, muchos libertarianos se subscriben a la utopía de la ‘sociedad’ suelta de individuos autónomos enlazados entre sí en estrictas formas de intercambio voluntario. De hecho, algunos libertarianos van incluso más lejos como para exigir la abolición del estado.

[(*) NOTA DEL TRADUCTOR: traduzco “libertarian” por “libertarianismo”,

palabra que no existe en castellano, para no confundirlo con comunismo libertario, ideología que, según el diccionario RAE es la doctrina inspirada por “Bakunin y Kropotkin, que considera imprescindible la previa destrucción y desaparición del Estado para instaurar el comunismo”. Al contrario, en EEUU el “libertarianism” es la forma extrema del neoliberalismo y, por ende, de extrema derecha. En EEUU en la actualidad solo tiene este último significado. Pero a lo largo de la historia, la palabra libertario ha tenido varios significados, por lo que para evitar confusiones, he decidido adoptar el neologismo libertarianismo, que ya existe en Internet].

Como veremos en los siguientes capítulos, el neoliberalismo pronto se expandió por otras partes del mundo – a menudo de mano de las denominadas ‘terapias de shock’ ideadas por prominentes economistas neoliberales. Los ejemplos incluyen Chile después del golpe de estado del General Augusto Pinochet apoyado por la CIA, la transformación económica de los antiguos países comunistas de la Europa del este y la Sudáfrica post apartheid. En algunos casos, las elites modernas educadas en universidades de elite del extranjero, abrazan el neoliberalismo entusiásticamente. Otros lo adoptan a regañadientes porque sienten que no tienen otra opción, sino que deben tragar la píldora amarga de los ajustes estructurales que inevitablemente acompañan los muy necesitados préstamos del FMI y del Banco Mundial. Aunque a los economistas de la Escuela de Chicago como Friedman no les gusta el marco regulatorio keynesiano bajo el cual el FMI y el Banco Mundial habían sido originalmente ideados, sus descendientes ideológicos neoliberales en la década de los 1990 se las arreglaron para capturar las más altas esferas de poder en esas instituciones económicas internacionales. Con el apoyo del único

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super-poder mundial que queda, los neoliberales exportaron ansiosamente el ‘Consenso de Washington’ al resto del mundo.

Examinemos ahora con más detalle las manifestaciones políticas e ideológicas concretas del neoliberalismo a lo largo y ancho de países, regiones y países. Sus diversas corrientes a veces divergen en temas como el papel preciso y el tamaño apropiado del gobierno o las diferentes posiciones sobre las prioridades políticas y las prescripciones. Pero mucho neoliberales comparten ampliamente posiciones políticas similares considerando la superioridad de los mecanismos de autoregulación del mercado sobre la intervención del estado para producir un crecimiento económico sostenido. También se muestran de acuerdo en políticas que promocionan el crecimiento de los emprendedores y la productividad. Finalmente, los neoliberales están unidos en su visión de que mantener bajos niveles de inflación es más importante que conseguir el pleno empleo. Empezamos nuestro viaje por el panorama neoliberal explorando dos de sus primeras y más espectaculares ramas: Reaganomics y Thatcherismo.

El Consenso de Washington

El consenso de Washington es a menudo visto como sinónimo de neoliberalismo. Acuñado en la década de los 80 por el economista del libre mercado John Williamson, el término se refiere al ‘más bajo común denominador del consejo político’ dirigido a la mayoría de los países de América Latina por el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones económicas internacionales basadas en Washington y think tanks. En la década de los 90, el Consenso de Washington se convirtió en el marco global para el ‘correcto’ desarrollo económico. A cambio de los muy necesitados préstamos y los esquemas de reestructuración de deuda, los gobiernos en el Sur global fueron requeridos a adherirse al Consenso de Washington con el programa siguiente de diez puntos:

1. Una garantía de disciplina fiscal y un límite al déficit fiscal. 2. Una reducción del gasto público, particularmente en la

administración pública y la militar.

3. Reforma impositiva, dirigida a la creación de un sistema con una base amplia y una aplicación efectiva.

4. Liberalización financiera, con tasas de interés determinadas por el mercado.

5. Tasas de cambio competitivas para asistir al crecimiento de las exportaciones.

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las licencias de importación y la reducción de las tarifas. 7. Promoción de las inversiones directas extranjeras.

8. Privatización de las empresas públicas, que serán dirigidas por una dirección eficiente y un rendimiento mejorado.

9. Desregularización de la economía.

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Capítulo 2. LA PRIMERA OLA DEL

NEOLIBERALISMO EN LA DÉCADA DE

LOS 80: REAGANOMICS y

THATCHERISMO

El nacimiento del neoliberalismo en los países de habla inglesa está en su mayor parte asociado con el Presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan (1981-88) y la Primera Ministra británica Magaret Thatcher (1979-90). Esta campaña ferviente para poner fin ‘gobierno grande’ de corte keynesiano fue compartida con el Primer Ministro australiano Malcom Fraser (1975-83) y el Primer Ministro canadiense Brian Mulroney (1984-93). Estos líderes políticos no solo articularon el corazón de las reclamaciones ideológicas del neoliberalismo, sino que también buscaron convertirlas en políticas públicas y programas. Sin embargo, lo que distinguió al Reagan y Thatcher de otros muchos neoliberales fue su notable determinación en aplicar sus principios, incluso cuando era políticamente arriesgado o inconveniente hacerlo. El Presidente Reagan, por ejemplo, consideró seriamente no presentarse a su reelección si al hacerlo significaba revertir sus profundos recortes de impuestos. De modo similar, cuando algunos miembros conservadores del propio Partido Tory de Thatcher afirmaron que no tolerarían más sus duras políticas anti inflacionistas, declaró con osadía: “Ustedes se pueden volver si quieren – esta dama no está para vueltas”. Más aún, la famosa ‘dama de acero’ fue famosa por acuñar otros eslóganes ideológicos como “No hay alternativa” (a su agenda neoliberal). Aunque la izquierda política en Gran Bretaña no perdió tiempo en asaltar tal determinismo económico, sin embargo fallaron en armar una visión política alternativa que probase que la Primer Ministro está equivocada.

Sin duda, con estos ejemplos no se pretende sugerir que Reagan y Thatcher carecieran de pragmatismo o que no hicieran importantes compromisos políticos cuando lo consideraran necesario. Ni se debe asumir que los intentos de Mulroney y Fraser de una reforma neoliberal

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no fueran genuinos a pesar de sus políticas genéricas relativamente vagas. Pero lo que distinguió las revoluciones de Reagan y Thatcher, como serían denominadas, fue su firme articulación de un conjunto muy particular de ideas y reclamos neoliberales y su traducción con éxito en las políticas y programas concretos. Además, ambos líderes instalaron en sus gabinetes con secretarios y consejeros leales que compartían sus puntos de vista. Finalmente, tanto Reagan como Thatcher, buscaron fundir su liberalismo económico con algunos programas más tradicionales y conservadores. Algunos comentaristas fueron aún mucho más lejos al sugerir que ‘neoliberalismo’ y ‘neoconservadurismo’ deberían usarse como términos intercambiables. Como veremos más tarde en este capítulo, semejante aserto parece algo exagerado, porque estas ideologías no son idénticas. Sin embargo, había importantes áreas en que se solapaban entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo, especialmente en su aplicación a Reaganomics y el Thatcherismo.

Neoliberalismo y neoconservadurismo

El neoconservadurismo contemporáneo no es ‘conservador’ en el sentido clásico, tal como fue definido por los pensadores del siglo XVIII como Edmund Burke, quién expresó su inclinación fuerte por las virtudes aristocráticas, lamentó el cambio social radical, sintió aversión por los principios republicanos y desconfiaba del progreso y de la razón. Por el contrario, el neoconservadurismo de Reagan y Thatcher se asemeja a un liberalismo muscular que es a menudo asociado con figuras políticas como Theodore Roosevelt, Harry Truman o Wiston Churchill. En general, los neoconservadores se muestran de acuerdo con los neoliberales en la importancia del libre mercado, comercio libre, poder corporativo y la elite gobernante. Pero los neoconservadores están mucho más inclinados a unir su actitud de manos fuera hacia los grandes negocios con acción gubernamental intrusiva hacia la regulación de la ciudadanía normal en el nombre de la seguridad pública y la seguridad tradicional. Sus apelaciones a la ‘ley y orden’ a veces se ahogan en su preocupación por los derechos individuales, aunque no para el individuo como bloques en la construcción de la sociedad. En asuntos externos, los neoconservadores abogan por un uso enérgico y extenso, yanto de su poder económico como del militar, con el propósito aparente de promover la libertad, los libres mercados y la democracia en todo el mundo.

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Al principio de la década de los 80, muchos de los miem-bros clave del Tesoro Británico que habían abrazado el neoliberalismo, se volvieron muy influyentes en la conformación de la agenda económica de Thatcher. Este grupo incluía tories prominentes como Alan Budd, Terry Burnes, David Laidler, Patrick Minford y Tim Congdon. Muchos de ellos estaban afiliados a poderosos think tanks conservadores como el Centro para los Estudios Políticos (Centre for Policy Studies) cofundado por Margaret Thatcher, el Instituto de Asunto Económicos (Institute of Economic Affairs), el Instituto Adam Smith (Adam Smith Institute) y el Institute of Directors (IoD). Periodistas influyentes que trabajaban para el Financial Times, The Times y el Sunday Times y que simpatizaban con la agenda neoliberal incluían a William ReesMogg, Samuel Brittan, Bernard Levin, Peter Jay y Ronald Butt. Todos estos escritores eran proponentes principales de la política monetarista económica de Thatcher.

En los Estados Unidos, declarados neoconservadores como Irving Kristol movilizaron a altos ejecutivos de algunas de las corporaciones estadounidenses más ricas para apoyar los institutos neoliberales de investigación y think tanks, como el American Enterprise Institute, el Cato Institute, y la Heritage Foundation. Trabajaban en estrecha colaboración con Reagan y su personal para promover las políticas destinadas al sector privado para liderar el crecimiento económico. Un firme defensor de las políticas neoliberales del ‘lado de la oferta’ (*), el Presidente creía que los altos impuestos eran la primera causa de los malos resultados económicos. [NOTA DEL TRADUCTOR: En realidad, decir “políticas neoliberales del lado de la oferta” es una redundancia, ya que la segunda está incluida en la primera. La política del lado de la oferta trata de aumentar la producción quitando supuestos obstáculos, como los impuestos altos a los más ricos. La opuesta sería la política del lado de la demanda o keynesiana, de estimular la demanda mediante el aumento del gasto público, bajar los impuestos a los más pobres o bajar o quitar el IVA a los alimentos de primera necesidad, etc.].

La economía del lado de la oferta y la curva de Laffer

Defendida por economistas liberales como Arthur Laffer y abrazada por el Presidente Reagan, la economía del lado de la oferta está basada en la suposición de que el crecimiento económico a largo plazo depende de liberar la cantidad de capital disponible para la inversión privada. Un componente económico crucial de la economía del lado de la oferta, la ‘Curva de Laffer’ es una representación básica de la tesis de que un aumento en las tasas impositivas no siempre

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conducirá a un aumento en la recaudación impositiva. Una tasa impositiva de un 100%, como sugiere la curva, la recaudación caerá porque los ciudadanos no tendrán incentivos para trabajar más tiempo. Los economistas del lado de la oferta muestran como único objetivo reducir las tasas sobre los ingresos privados. Basándose en la curva de Laffer, argumentaron que el nuevo crecimiento económico producido por el aumento de la inversión, automáticamente generaría un gran y suficiente excedente de los ingresos fiscales. Estos, a su vez, podrían ser usados por los gobiernos para pagar sus deudas y balancear sus presupuestos. También conocida como la economía del goteo hacia abajo, los economistas del lado de la oferta apelaron a Reagan y a los legisladores del Partido Republicano en el Congreso, dispuestos a bajar los impuestos, pero sin embargo, cuidaron de preservar programas políticamente populares como la Seguridad Social y el Medicare.

Por el contrario, Thatcher sostuvo que el crecimiento de la oferta de dinero fue el principal culpable de los malos resultados económicos. Aunque cortados por el mismo patrón neoliberal, el Presidente estadounidense y la Primer Ministro, inspirados en puntos de vista diferentes, inspiraron programas políticos diferentes. La tabla A ilustra esas variaciones sobre el tema neoliberal.

Reaganomics

Inmediatamente después de alcanzar el poder en 1981, el Presidente anunció su Programa para la Recuperación Económica (Program for Economic Recovery) orientado del lado de la oferta, que estaba basado en principios neoliberales, y que fue ridiculizado por sus oponentes de su propio partido como la “economía vudú”. Proclamado para combatir la mezcla tóxica de estancamiento y alta inflación heredad de los años de Carter. Las Reaganomics se centró, primera y principalmente, en reducir las tasas marginales de interés. Pero el Presidente no estaba menos dispuesto a asumir el déficit fiscal y las existentes regulaciones gubernamentales. La única área en que Reagan empujó con fuerza para aumentar los gastos fue en defensa militar, que él insistía en que era necesario para librar la Guerra Fría contra el ‘diabólico imperio’ soviético y ‘otros agresores comunistas’ por todo el

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mundo. Volveremos al asunto de la política exterior al final de este capítulo.

Líder ejecutivo Creencias neoliberales principales

Creencias

secundarias Principalesmedidas política neoliberal

Medidas de política secun-daria

Reagan (del la-do de la de-manda) El Gobierno es ineficiente. La depredación de gobierno con-duce a pobres resultados económicos. La estabilidad monetaria y fiscal es nece-saria para el crecimiento económico. Restringir la extensión de la depredación del gobierno a través de la imposición mínima. Crear estabilidad económica a través de la reducción del déficit y la restricción del gasto. Thatcher

(monetarista) El Gobierno esineficiente. La estabilidad mo-netaria y fiscal es necesaria para el creci-miento econó-mico. La depredación de gobierno conduce a pobres resul-tados económi-cos. Crear estabilidad económica a través de la reducción del déficit y la restricción del gasto. Restringir la extensión de la depredación del gobierno a través de la imposición mí-nima.

Aunque tanto Reagan como Thatcher vieron la inflación como un impedimento para el crecimiento económico, líderes políticos del lado de la oferta como el Presidente estaban interesados en retratar el monetarismo como la ‘política de la austeridad’. Creyendo que la oferta monetaria se ajustaría naturalmente a los imperativos del mercado, Reagan no compartió la preocupación monetarista de la Primer Ministro sobre el déficit fiscal. Bajas tasas impositivas, aseguró Reagan, promocionaría el crecimiento económico, que automáticamente genera-ría, a su vez, suficientes ingresos como para cubrir el déficit público [NOTA DEL TRADUCTOR: es la segunda vez que se alude a esta teoría expresada en la curva de Laffer, y no si el lector lego en materia económica lo entiende. A grosso modo, la recaudación impositiva depende de dos variables, primero, de las bases económicas sobre las que se aplican (la renta en el impuesto sobre la renta, las ventas en el IVA y los impuestos especiales que gravan algunos bienes, como las bebidas alcohólicas, el tabaco, los derivados del petróleo, el patrimonio en el impuesto sobre el patrimonio y las herencias, etc), y la tasa o tipo impositivo (en %) que se aplica sobre las primeras. Esta teoría supone que al bajar los impuestos (sobre los ricos), se liberan recursos económicos y que quedan ahora disponibles para la inversión, lo que alienta el crecimiento económico, aumentan las bases sobre las que se

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calculan los tipos o tasas de los impuestos, aumenta la recaudación fiscal, y los ciudadanos son ahora más ricos por dos motivos, porque disponen de mayores ingresos brutos y porque pagan menos impuestos. Con el aumento de los ingresos públicos, se reduciría la deuda pública contraída en la primera fase].

Pero cuando Reaganomics luchaban por cumplir con su promesa de poner fin al déficit fiscal, el Director de la Oficina del Presupuesto de Reagan, David Stockman, desafió su estrategia económica. Stockman, un fiscal conservador tradicional advirtió públicamente que los recortes de impuestos tan profundos y el creciente gasto militar conducirían a grandes e inevitables déficits, las consecuencias de lo cual sería desastroso.

Juzgado en el corto plazo, los recortes de impuestos de Reagan no pueden ser vistos como una revolución ‘neoliberal’. Sin embargo, desde una perspectiva más amplia, su efecto acumulado ascendía a nada menos que un verdadero asalto a la redistribución de la riqueza privada dirigida por el Estado. La Ley de la Reforma Fiscal (Tax Reform Act) de 1986, en concreto, la reducción del número de tramos mientras reducía la tasa media de cada impuesto sobre la renta un 6%. En un intento para hacer frente a los crecientes temores sobre el déficit presupuestario, la Ley de Reforma Fiscal aumentó los impuestos corporativos para compensar los recortes en impuestos sobre la renta y trató de que este último fuese un ‘ingreso neutral’. Pero los críticos se apresuraron a señalar que la reforma impositiva de Reagan dio lugar a un aumento dramático de la brecha de ingresos entre la clase media y los más ricos. El recorte de impuestos inicial de Reagan, implementada a principio de la década de los 1980, llevó a una reducción de los ingresos del Estado que eran necesarios para cubrir los compromisos de gasto en política social y el aumento espectacular de los gastos militares. Como resultado, el gobierno se vio obligado a recurrir a enormes niveles de gasto público deficitario para cubrir esos déficits de ingreso.

Bajo la intensa presión de muchos conservadores tradicionales, Reagan finalmente se vio obligado a lidiar con lo que fue el mayor déficit presupuestario en la historia de los EEUU.

Su largo resentimiento contra el crecimiento del gobierno allanó el camino a la promulgación histórica de lo que se conoce como la Iniciativa para la Reducción del Déficit Gramm-Rudman-Hollings. Patrocinada por los senadores republicanos Phil Gramm y Warren Rudman, la legislación alimentó un intenso debate público en los países del norte sobre los peligros potenciales del gasto deficitario para la región de América del Norte y la economía mundial.

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La iniciativa Gramm-Rudman-Hollings (GRH)

También conocida como Ley de Emergencia para el Control del Presupuesto equilibrado, la GRH fue introducida en 1985 como un método de control excesivo del gasto gubernamental por la administración Reagan. Esta ley detalla los objetivos del gasto que eliminarían el déficit en 1991, suscitando un debate público sobre los peligros de la creciente tendencia del gobierno a endeudarse y gastar. Un punto importante de contención fue la demanda de GRH de recortar los gastos sociales. Miembros progresistas del Partido Demócrata se indignaron porque el gasto militar no fue sometido a las mismas reglas restrictivas que los programas sociales. Aunque no todas las medidas contempladas en GRH se llevaron a cabo, el impulso neoliberal detrás de esta ley perduró. [NOTA DEL TRADUCTOR: traduzco este corto enlace: la ley Gramm-Rudman-Hollings, oficialmente Ley del Presupuesto Equilibrado y Control del Déficit, de 1985, tomaba la medida de reducción del déficit presupuestario de los EEUU. La ley proporcionaba recortes automáticos si el Presidente y el Congreso no llegaban a un acuerdo sobre los objetivos establecidos. El Controlador General de los EEUU tenía el derecho de ordenar otras reducciones del gasto. Como los recortes automáticos fueron declarados anticonstitucionales, una edición revisada de la ley fue aprobada en 1987. Falló en la reducción del déficit. Una reducción de la ley de 1990 cambió el foco de atención del déficit al control del gasto].

El Banco Federal de la Reserva de los Estados Unidos había disfrutado de una relativa independencia a la hora de establecer la política monetaria, particularmente con respecto a los tipos de interés. Aunque no estaba en la parte superior de su agenda neoliberal, el compromiso de Reagan con los objetivos monetarios se hizo evidente en su renovación del nombramiento de Paul Volcker como Presidente de la Reserva Federal en 1983, y su posterior nombramiento del conocido monetarista Alan Greespan en 1987 [NOTA DEL TRADUCTOR: Volcker fue nombrado para ese cargo por primera vez en agosto de 1979 por Carter y fue sustituido por Greespan en agosto de 1987]. Paul Volcker lanzó una agresiva campaña contra la inflación que, en 1980, había alcanzado los dos dígitos. Volcker presionó agresivamente para con-seguir tasas de interés más altas. En 1986, sus medidas monetaristas habían bajado la inflación a casi el 50%. Pero su reducción se consi-guió a costa de un gran precio que pagaron muchos estadounidenses, que se enfrentaron con una amarga medicina, tipos de interés exorbitantes sobre las hipotecas y los préstamos privados. La clase

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media y la clase media-baja se encontraron con que era casi imposible financiar una casa o un automóvil. Millones de estadounidenses, que inicialmen-te estaban impacientes por cosechar los beneficios de la agenda neoliberal de su Presidente, dirigieron su frustración hacia Reagan. Como resultado, su índice de aprobación cayó a poco menos del 50% antes de que la economía repuntara hacia mediados y finales de la década de los 80.

Además, reducir los impuestos y aumentar los gastos militares – mientras se trata de balancear el presupuesto – se volvieron objetivos inconsistentes. Esto fue particularmente evidente en el área de la política de impuestos, en donde los recortes en los impuestos sobre la renta condujo a un aumento en los impuestos sobre los ingresos de las corporaciones. Estas inconsistencias llevaron a unas tasas de cambio volátiles. El dólar norteamericano alcanzó su punto máximo en 1980, pero luego empezó a caer durante el año final del mandato de Reagan, en 1988. ¿Cuál fue la razón por esta volatilidad? Los recortes de impuestos iniciales de Reagan complementaron la política monetaria restrictiva y ayudaron a crear un dólar fuerte. Además, estos recortes iniciales de impuestos animaron a la inversión internacional e impulsó la demanda de bonos del Tesoro y otras inversiones estadounidenses. Sin embargo, los siguientes incrementos en los recortes impositivos, en especial cuando se grava la renta empresarial, redujeron las inversiones extranjeras y provocó la depreciación del dólar hacia el final del segundo mandatos de Reagan. Pero el Presidente no estaba particularmente alarmado porque un dólar débil hizo más caras las importaciones extranjeras y los bienes estadounidenses más deseables, tanto para los consumidores domésticos como para los foráneos.

A pesar de que la política fiscal fue el principal foco de los Reaganomics, la reforma regulatoria pronto le siguió. Este esfuerzo se iba a llevar a cabo como parte del compromiso ideológico de Reagan con el ‘Nuevo Federalismo’. Basada en la teoría de la Escuela de Economía de la Elección Pública, el nuevo federalismo fue inspirado en los principios neoliberales de la descentralización y la elección individual. Se considera la política como una empresa racional destinada a obtener un máximo de votos en lugar de una estrategia desordenada de gobernar en nombre de el interés público. Operando bajo el supuesto de que los ciudadanos individuales ‘votan con sus pies’, los economistas de la elección pública argumentaron que los gobiernos locales estaban mucho mejor posicionados para responder las demandas de los ciudadanos individuales por su cercana proximidad a sus ‘clientes’. En otras palabras, los gobiernos más pequeños y descentralizados eran ‘mejores’ en términos de la eficiencia de mercado y la eficiencia económica. Más aún, los nuevos federalistas vieron que los gobiernos

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pequeños son menos propensos a regular el mercado, y de ahí su lema neoliberal, ‘menos es más’.

Reagan se entusiasmó con la visión de la elección pública/nuevo federalismo porque le proporcionó un atractivo racional para la restricción regulatoria. Creyendo en el valor de las estadísticas económicas rigurosas para evaluar las decisiones políticas, firmó la orden ejecutiva 12291, que requería a las agencias federales la utilización de métodos de análisis coste beneficio para evaluar las propuestas de regulación universal. A consecuencia de ello, un número sustancial de evaluacio-nes existentes fueron etiquetadas como de posible eliminación. Más aún, los poderes regulatorios de las organizaciones gubernamentales como la Agencia de Protección Medioambiental – Environmental Protection Agency (EPA) – fueron disminuidos significativamente. Como hemos visto en el capítulo 1, estas iniciativas demuestran la capacidad del neoliberalismo para funcionar, no solo como una ideología o como un conjunto de políticas, sino también como un modo distinto de gobernar consistente con los principios de la ‘nueva dirección pública’ y la teoría de la elección pública.

Como parte de su Iniciativa Nuevo Federalismo - New Federalism Initiative – Reagan empezó a transferir poderes regulatorios federales a los Estados – aunque a menudo sin proveerles de los recursos para desarrollar sus nuevas funciones y mandatos. Además, las medidas de desregulación fueron aplicadas a sectores industriales claves, como comunicaciones, transportes y la banca. En un movimiento audaz para desregularizar la industria de las telecomunicaciones, el gobierno autorizó la liquidación de las interminables demandas presen-tadas por el Departamento (Ministerio) de Justicia contra American Telephone and Telegragraph (AT&T). Esta acción resultó en la ruptura del monopolio de Bell en los servicios de telefonía local en siete compa-ñías telefónicas separadas. En el marco del acuerdo de desregulación, las tasas se mantuvieron reguladas, pero los productos y servicios de las telecomunicaciones (incluyendo el arrendamiento de equipos y servicios de larga distancia) estaban sujetos a las fuerzas competitivas del mercado.

Quizás la iniciativa más controvertida de las Reaganomics fue la desregularización de la industria Ahorros y Préstamos - Savings and Loans Industry (S&L). Anteriormente, S&L habían proporcionado cuentas de ahorro a los depositantes y transformaron esos fondos en préstamos en la forma de hipotecas de viviendas. Considerada como una industria relativamente segura y prudente, S&L estaban muy reguladas mientras las cuentas de ahorro de sus clientes estaban aseguradas por el gobierno federal. Afirmando que S&L debían tener la

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oportunidad para competir más agresivamente con otros bancos comerciales y mercados de valores. Los esfuerzos desregulatorios del Presidente Reagan permitió a las S&L buscar nuevas formas de financiación en su búsqueda de mayores beneficios a corto plazo.

Estas medidas neoliberales alimentaron una serie de fusiones, adquisiciones y leverage buyots (*) que involucraban a algunas de las mayores empresas del país [(*) NOTA DEL TRADUCTOR: el leverage buyout es una oferta pública de adquisición de acciones en la que una pequeña empresa hace uso de sus recursos limitados y financia el resto mediante préstamos, con el objetivo de comprar una empresa más grande]. Instrumentos financieros innovadores, incluyendo lo que vino a ser denominado como “bonos basura”, eran vendidos a los inversores para financiar muchas de estas adquisiciones. Compañías de bajo rendimientos pero con activos lucrativos, incluidas las pensiones de empleados fueron, a menudo atacadas por las ‘empresas Raiders’, que iniciaron compas hostiles y después vendieron sus activos con enormes beneficios, y que normalmente desembocaban en despidos importantes. Por lo tanto, el número de especuladores y accionistas creció durante la legendaria fase alcista de Wall Street, que se prolongó desde 1984 hasta el otoño de 1987. Atraídos con la promesa de ganancias rápidas y alta rentabilidad, los inversores a corto plazo a menudo pasan por alto los importantes riesgos involucrados en tales transacciones. Así, en octubre de 1987, la mayoría de los valores de las acciones estaban seriamente inflados. La desastrosa corrección se hizo esperar y llegó inesperadamente con el ‘crash’ del lunes negro de la Bolsa de Nueva York, que perdió un tercio de su valor de un día para el otro. A raíz de esta crisis, voces reclamando el restablecimiento de la supervisión reguladora se hicieron más fuertes. Una vez más, la administración Reagan hizo oídos sordos a estos ruegos, rechazando apoyar una legislación anti-takeover basándose en la premisa nuevo-federalista de que la regulación de las empresas era una prerrogativa estatal [NOTA DEL TRADUCTOR: takeover significa una oferta de compra de acciones; estatal se refiere aquí a los distintos estados que componen los EEUU].

Solo unos pocos años más tarde, los crecientes tipos de interés puso un drástico final a otro fenómeno especulativo: la burbuja inmobiliaria que se había estado expandiendo los ochenta, explotó finalmente en 1991, provocando el colapso de cientos de S&L [savings & loans - instituciones financieras de ahorro y préstamo]. El plan federal de rescate que siguió costó a los contribuyentes norteamericanos bien por arriba de los cien mil millones de dólares. Los efectos de esta crisis financiera se dejaron sentir durante años. Curiosamente, algunas de las mismas dinámicas – la desregulación del sector financiero y la posterior

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creación de una burbuja financiera gi-gantesca construida sobre malas hipotecas subprime – condujeron a la crisis financiera global de 2008-9.

Grandes Compras Empresariales y Fusiones de los 80

1984 Lincoln First Bank/Chase Manhattan Corporation 1986 Ronald O Pereman/Revlo

General Electric Incorporated/RCA Loew’s, Incorporated/CBS

Capital Cities, Incorporated/ABC Wells Fargo/Croker National 1987 British Petroleum/Standard Oil 1988 Ames Dept. Store/Zayre

Phlilips Morris/Kraft

1989 Time-Warner/Bristol Myers Squibb Kohlberg Kravis Roberts/RJR Nabisco

Expandiendo algunas de las políticas neoliberales de su predecesor Jimmy Carter, Reagan decidió añadir nuevas normas a la Ley de Desregulación de las Aerolíneas de 1978 [Airline Deregulation Act]. Destripando con efectividad el poder regulatorio del Panel de Aeronáutica Civil, la legislación promocionaría posteriormente la competencia por las rutas aéreas y los destinos. Los resultados fueron mixtos. De un lado, la ley expandió los servicios aeronáuticos, vía aumento de la competencia. De otro lado, aumentó dramáticamente el tráfico aéreo mientras recortaba los fondos federales para infraestructuras. Con los recursos existentes, los controladores aéreos se vieron sobrepasados y con exceso de trabajo. Cuando la Asociación Profesional de Controladores de Tráfico Aéreo [Professional Air Traffic Controllers Association] protestó por las deterioradas condiciones de trabajo y convocó a huelgas en gran escala, Reagan consideró que sus demandas eran ‘radicales’ y procedió a despedir a 11.000 empleados. La drástica medida presidencial tuvo el efecto buscado: asustó a muchos sindicatos, que aceptaron los imperativos del enfoque orientado a los negocios de la administración pública de la nueva era liberal.

Una de las reformas neoliberales más liberales simbólicamente emprendida por la Administración Reagan fue el intento de privatizar grandes porciones de las tierras de propiedad federal. Es un hecho relativamente desconocido que alrededor del 50% de las tierras al oeste de las montañas rocosas eran propiedad del Gobierno Federal. El Presidente argumentó que esas tierras estaban ‘infrautilizadas’ y serían gestionadas más productivamente si fueran transferidas a manos

Referencias

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