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REAGANOMICS Y THATCHERISMO EN LOS TEMAS INTERNACIONALES

Reagan y Thatcher compartieron un elevado neoconservadurismo en los asuntos internacionales que, a veces, entraron en conflicto con su visión neoliberal un único mercado libre y global. Unidos a un imaginario nacional que, de cuando en cuando, explotaba en hiperpatriotismo, ambos se vieron a sí mismos como los portadores de la antorcha de la civilización anglo-americana anclada en los ideales de

la li-bertad política, comercio libre y amor por el país. Esta tensión entre el imaginario nacional y el global se expresó claramente en la chauvinista guerra de las Malvinas de Thatcher en 1982 y la invasión de la pequeña isla caribeña de Granada por Reagan en 1983. Décadas de hostilidad en la guerra fría y desconfianza entre el oeste capitalista y el este comunis-ta, solo intensificaron los deseos de Reagan y Thatcher de enfrentar al ‘Imperio Diabólico’. A este respecto, ambos líderes mostraron una ansiedad ‘no-neoliberal’ notable para utilizar al Estado y a sus recursos financieros en su batalla contra la Unión Soviética y sus satélites y de-pendencias a lo largo y ancho de todo el mundo. En vez de enfrentar a la Unión Soviética con una acción militar directa – como temía la izquierda en los primeros días de la administración Reagan –, el Presi-dente estadounidense aumentó los gastos militares en un arriesgado in-tento de forzar a la Unión Soviética a competir en una intensa carrera armamentística que ellos apenas podrían afrontar.

La guerra de las Malvinas de 1982

En 1982, Margaret Thatcher ir a la guerra contra Argentina por una disputa territorial que involucraba las Falklands (las Malvinas) ocupadas por Gran Bretaña. Es más, estos dos países habían estado involucrados sobre el control soberano de ese pequeño grupo de islas en el Atlántico sur. Cuando el gobierno militar argentino ordenó a varios miles de soldados ocupar las islas, Thatcher respondió lanzan- do un formidable asalto aeronaval para recuperarlas. La respuesta belicosa de la Primer Ministro sugirió que los impulsos neoconservadores habían sobrepasado a su posición neoliberal en la política. Después de todo, las prescripciones neoliberales habrían aconsejado una iniciativa diplomática coordinada y lanzada a través de canales interna-cionales antes de una acción militar directa. Después de dos meses de batallas, que acabaron con la vida de 600 militares argentinos y 200 británicos, Argentina fue derrotada militarmente que acabó con el régi-men militar. El Presidente neoliberal Carlos Menem (1989-99) normalizó las relaciones con Gran Bretaña en 1990, cuando ambos países se mostraron de acuerdo para aparcar el tema de la soberanía de las Malvinas y, en su lugar, centrar la atención en la agenda econó-mico neoliberal de Argentina. En 1991, estos esfuerzos contribuyeron a la formación del Mercosur (Mercado Común del Sur), un acuerdo de li-bre comercio regional sudamericano. [Nota del traductor: la guerra costó a Gran Bretaña, 255 hombres, seis barcos (otros 10 sufrieron daños variados), 34 aviones y £2.778 millones, incluyendo £1.500 millones el coste de las operaciones directas, y el

resto, el valor de reemplazar las pérdidas en equipamiento, lo que contradice la política tatcherista de recorte de gastos en otras áreas].

Quizás en respuesta a esta estrategia, el Politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética eligió en 1985 a un reformador político que se había construido una reputación como un ‘hombre de ideas’ competente y dinámico. Irónicamente, Mihail Gorgachov también mos- tró algunas ideas neoliberales en sus esfuerzos para dirigir reformas orientadas al mercado ‘desde dentro’. Manteniendo un sano escepticismo en cuanto a los objetivos últimos del nuevo líder soviético, Reagan y Thatcher fueron gradualmente acogiendo al carismático Secretario Ge-neral. Respaldaron públicamente la revolución cultural de Gorbachov llamada glasnost (apertura de los asuntos públicos) y su política económica integral y su programa de reestructuración política llamado perestroika. Impresionados por la disposición del líder ruso a iniciar re-formas orientadas al mercado, sus contrapartes occidentales recono-cieron que podrían trabajar con él para construir unas nuevas relacio-nes basadas en grandes ideales neoliberales. Los primeros resultados de este acercamiento ideológico se hicieron evidentes en una serie de avances en los acuerdos de control de armas.

Como todo el mundo sabe, las reformas de Gorbachov condujeron a la desintegración de la Unión Soviética y a la independencia de sus estados clientes de Europa oriental. Pero es difícil evaluar en qué medida el neoliberalismo alimentó impulsó la caída del comunismo. Después de todo, la Unión Soviética había sufrido durante mucho tiempo de severas deficiencias estructurales. En el momento en que Gobachov tomó las riendas del poder, el país estaba sobrepasado por un estancamiento económico difícil de tratar, la escasez perenne de bienes de consumo esenciales, la impresionante cantidad de residuos, la ineficiencia burocrática y el declive de la legitimidad política del Partido Comunista. La enérgica política exterior de Reagan, apoyada en el excesivo gasto militar, se limitó a añadir un problema más a los que ya tenía el Kremlin. Sin embargo, hay pocas dudas de que los pioneros liberales como Reagan y Thatcher reconocieran la oportunidad histórica del nuevo punto de vista ideológico de Gorbachov. El rápido declive y el asombroso colapso del Imperio Soviético sirvieron para confirmar sus pro-pias creencias sobre la superioridad del mercado libre y sus sistemas políticos liberal-democráticos.

Como vimos en el capítulo I, la primera ola neoliberal fue entrelazada con el imperativo geopolítico de detener la difusión del comunismo y el desarrollo socialista en el Tercer Mundo. Reagan, como hicimos notar en el caso de Granada, intervino en los conflictos regionales, bien de manera abierta, bien bajo la cubierta de apoyo a

movimientos guerrilleros para expulsar a regímenes patrocinados por la Unión Soviética, con la excusa de ser una ‘amenaza ideológica’ para los EEUU y sus aliados. El Presidente pensó que los golpes más devastadores contra la Unión Soviética provenían de su apoyo a movimientos contrarevolucionarios que disfrutaban de la ayuda soviética en diferentes partes del mundo. Dos ejemplos más de esta estrategia fueron los esfuerzos de Reagan pa-ra derrocar al gobierno sandinista de Nicaragua y su respuesta a la invasión soviética de Afganistán. Aquí, en lugar de enfrentar frontal-mente a la Unión Soviética, Reagan ordenó un flujo constante de equipamiento armamentístico a Afganistán en apoyo a los oponentes de los invasores soviéticos, los ‘luchadores por la libertad’ islamistas (los mujaidin). Preocupados por los profundos problemas económicos en casa, el régimen soviético vio que era imposible continuar gastando el 40% de su presupuesto anual en la guerra de Afganistán. Los soviéticos se vieron obligados a retirarse y Reagan reclamó la victoria. Peleando por razones abiertamente ideológicas, estas guerras por poderes en el Sur global fueron cuidadosamente seleccionadas para demostrar al resto del mundo la superioridad del capitalismo de libre mercado.

CONCLUSIÓN

La primera ola del neoliberalismo en los ochenta fue una exitosa cruzada ideológica contra el ‘gran gobierno’ de estilo keynesiano y la ‘in- terferencia estatal’ en el mercado. Anclados en principios comunes centrados en lanzar las energías emprendedoras del individuo, el Reaganomics y el Thatcherismo representan unas respuestas casi únicas a una economía y un contexto político cada vez más globalizado. Como hemos visto en este capítulo, estas dos variaciones sobre el tema neoliberal tomaron diferentes sendas de acercamiento a temas como la relativa importancia de los déficits presupuestarios y los impuestos. Aunque ambos defendieron una reducción del papel del gobierno, pero sus iniciativas económicas dependieron, paradójicamente, de la fuerza del estado neoliberal impuesto sobre las autoridades locales y regionales. Sin embargo, es importante reconocer que el crecimiento del neoliberalismo hubiera sido imposible sin una fuerte acción gubernamental. De modo similar, mientras exponían la necesidad de recortar los gastos públicos dedicados a los programas sociales, Reganomics y Thatcherismo apoyaron el crecimiento de los gastos sociales. Sin embargo, a pe-sar de sus tensiones ideológicas y sus contradicciones, sería estúpido no reconocer el gran atractivo de estas

dos variantes del neoliberalismo a finales de los 80. Tal fue el extraordinario ejemplo de poder de Reagan y Thatcher que las fuerzas de la izquierda democrática comenzaron a incorporar porciones de la agenda neoliberal en sus programas políticos.

CAPÍTULO 3. LA SEGUNDA OLA DE

NEOLIBERALISMO DE LOS 90: EL

GOLBALISMO DE MERCADO DE CLINTON