En la ola del decisivo triunfo electoral de Tony Blair de 1997, Anthony Giddens, entonces director de la London School of Economics y uno de los consejeros en que más confiaba Blair, sugirió que el gobierno debería ser sensible a una “tercera vía” a los desafíos que plantea la nueva economía en la era global que se dibujaba. Según Giddens explicaba, este nuevo enfoque no solo superaba los molestos dualismos del pasado, sino también reducía la brecha muy marcada entre la libre dinámica del mercado y las preocupaciones por el bien público.
Anthony Guiddens en la Tercera Vía
La Tercera Vía implica un equilibrio entre regulación y desregulación, tanto al nivel transnacional como al nivel nacional y local, y un equilibrio entre la vida económica y la no económica de la sociedad. El segundo de estos es, al menos, tan importante como el primero, pero de alguna manera llegó a través de él.
Source: Anthony Giddens, The Third Way (Cambridge: Polity Press, 1998), p. 100
Al revelar su tercera vía, Tony Blair prometió al pueblo británico poner fin a la “guerra de clases”. Buscando conciliar las preocupaciones de la clase media con los intereses de los negocios, el carismático Primer Ministro procedió a utilizar su considerable habilidad política para forjar nuevas coaliciones y redes de ambos partidos que reunieron a personas de un amplio espectro político. El desplazamiento de Blair al centro fue una consecuencia directa del poco atractivo del Partido Laborista durante la década del tatcherismo. La larga ausencia del poder político despertó a una nueva generación de líderes laboristas inspirados por Tony Blair y Gordon Brown, quienes abrazaron el poder de las ideas neoliberales para cambiar las relaciones entre el gobierno y el mercado. Convencidos de que controlando el crecimiento del gobierno y sus gastos en lugar de redistribuir la riqueza nacional era la mejor manera de obtener prosperidad y promover el empleo, Blair y Brown firmaron el abandono de su partido de su herencia socialista para ampliar su base política bajo el “Nuevo Laborismo”.
Sin duda, este cambio hacia el neoliberalismo fue inspirado por el éxito electoral de Bill Clinton y los Nuevos Demócratas [Clinton asumió por primera vez en 1993 y Blair en 1997] para, en el otoño de 1997, representantes de alto nivel de la administración Clinton, dirigidos por el entonces subsecretario del Tesoro Larry Summers y la primera dama Hillary Clinton se reunieron con miembros del gobierno del recién elegido gobierno de Blair para discutir la política económica. Los “modernizadores” de la Tercera Vía de Blair, como se llamaban a sí mismos en aquellos tiempos, aceptaron fácilmente los principios del globalismo de mercado. Después de este encuentro, el gobierno neoliberal del “New Labour” buscó inmediatamente construirse la credibilidad en la comunidad de los negocios enfatizando los valores de la propiedad individual y el espíritu empresarial. Consistente con los valores neoliberales, el Primer Ministro argumentó que la inequidad social remanente podía ser abordada fundamentalmente cambiando las relaciones “paternalistas” entre el estado y la sociedad a otro basado en la alianza social entre individuos.
Como el globalismo de mercado de Clinton, la tercera vía enfatizó la importancia de la cooperación global y el consenso construido sobre las instituciones internacionales. Blair sentía fuertes simpatías por el entonces en construcción, proceso de integración europeo, que contrastaba con los de sus predecesores conservadores. Inicialmente, Blair tenía grandes esperanzas en la participación británica en la Unión Monetaria Europea tal como fue prevista en el Tratado de Maastrich de 1992. De este modo, dirigió el Tesoro para crear varios “euro-foros” encabezados por los líderes de los negocios de renombre que ya habían estado trabajando para la convergencia a nivel nacional. Además, el gobierno promulgó las reformas aduaneras necesarias que permitió a las empresas británicas pagar impuestos, emitir acciones y recibir ciertas ayudas en la nueva moneda. Advirtiendo al país de que no podía ignorar que el euro existiera, Blair estaba convencido de que la pertenencia al euro significaría enormes oportunidades para las empresas británicas y para los mercados financieros, que de otro modo tendrían menos posibilidades dentro de la zona euro.
Pero la actitud de Blair cambió dramáticamente cuando el rendimiento de la zona euro parecía no responder a sus expectativas. Mientras su gobierno del Nuevo Laborismo había limitado drásticamente el gasto público, un número de otros países, incluidos Alemania y Francia, habían excedido los límites de déficit público fijados en el Tratado de Maastricht. Desde las perspectivas de Blair, la estabilidad y la estrategia del crecimiento contenidas en el Tratado habrían perdido mucha credibilidad. Siendo cada vez más reacio a abandonar la estable libra esterlina por el euro, aparentemente más
débil y fluctuante, el Primer Ministro decidió permanecer fuera del euro. En el corto plazo, su decisión fue justificada por el hecho de que la inversión directa extranjera en Gran Bretaña creciera desde 20.000 millones anuales hacia la mitad de los 90 a más de 80.000 millones en 2001, mientras que Francia y Alemania disfrutaban solo de tasas moderadas de crecimiento.
Los criterios de convergencia del Tratado de Maastricht
Exponemos ahora los cinco criterios del Tratado que las economías nacionales tenían que cumplir para poder unirse a la eurozona:
El déficit presupuestario anual debe ser inferior al 3% del PIB.
La deuda pública nacional debe ser inferior al 60% del PIB (la deuda pública es el total acumulativo de los déficits fiscales anuales.
La tasa de inflación debe estar dentro de un rango de un 1,5% de los tres países de la UE con la inflación más baja.
Las tasas de interés a largo plazo deben estar dentro de un rango de un 2% de los tres países de la UE con tasas más bajas.
Las tasas de cambio deben mantenerse dentro de los márgenes de fluctuación del mecanismo de tasas de cambio de la UE.
Haciéndose eco de los principios del mercado globalista de Clinton, Blair argumentó que Gran Bretaña solo mejoraría su competitividad adoptando un marco macroeconómico coherente para la imposición y el gasto. En un esfuerzo deliberado para tranquilizar a los inversores, Blair aseguró que estaba comprometido con la gestión de las arcas del Estado según el modo de gobernar neoliberal. Para ello adoptó un Código para la Estabilidad Fiscal (Code for Fiscal Stability) que institucionalizó los cinco principios de la dirección fiscal prudente: transparencia, estabilidad, responsabilidad, justicia y eficiencia. Además, el Código requiere que el Primer Ministro y su gobierno se adhieran a objetivos claramente definidos y reglas que tenían que ser comunicadas y discutidas con la comunidad de negocios. Este enfoque basado en reglas para la política fiscal llevó a la publicación periódica de Análisis de Gasto Completo (Comprehensive Spending Reviews) que destacó los planes departamentales de gasto y los objetivos de acuerdo con estricto cálculo coste-beneficio. Desde que la filosofía de la tercera vía destacó la
integración y el consenso, Blair dirigió a los funcionarios del Tesoro a consultar con los departamentos de gasto, el Gabinete, comités y los grupos empresariales para ajustar su marco de política neoliberal. La formalización de estas relaciones requiere el establecimiento de más de 300 grupos de trabajo dedicados a facilitar una mayor coordinación, tanto dentro del gobierno como entre los departamentos ministeriales.
Una vez más tomando las claves de Bill Clinton (quién había ganado el apoyo tanto de la comunidad empresarial y la clase media echando la culpa de la recesión de 1991-2 a las políticas fallidas de la era Reagan/Bush), Blair vinculó la volatilidad “auge-caída” de la era Thatcher/Major a su “inefectividad de su política fiscal y monetaria”. Por lo tanto, en un esfuerzo por fomentar la inversión y el crecimiento, la primera y mayor iniciativa económica del Primer Ministro después de su victoria electoral fue la concesión de total independencia operativa al Comité de Política Monetaria (Monetary Policy Committee) en el establecimiento de tasas a corto plazo, manteniendo la prerrogativa gubernamental de establecer la meta de inflación ambiciosa en el 2,5%. Tratando de ganar la confianza de los inversores, el canciller del Exchequer Gordon Brown finalmente concedería la independencia del Banco de Inglaterra, previa consulta con el Presidente de la Reserva Federal de EEUU Alan Greespan. Después de apoyar firmemente la decisión de Brown, tanto en la Confederación de la Industria Británica como en la Cámara Británica de Comercio, ambas instituciones se vieron aún más felices cuando Blair denunció agresivas prácticas sindicales en la negociación salarial que ponían supuestamente “en peligro el crecimiento económico”.
Las estrategias fiscales del Nuevo Laborismo se diseñaron conscientemente para reducir el endeudamiento del gobierno mientras que se reforzaban las oportunidades para las empresas y las clases medias. Las simpatías empresariales de Blair estaban especialmente dirigidas a las personas y a las empresas capaces de generar nuevo capital de riesgo, invertir en nuevas tecnologías y alimentar la investigación y el desarrollo. Por lo tanto, las reformas neoliberales del gobierno lograron ampliar la base impositiva a la vez que recortaban los impuestos de las clases más altas y del mundo de los negocios con el fin de proporcionar incentivos para los inversores. Para evitar el “endeudamiento excesivo” a causa de los programas sociales, Blair adoptó lo que él llamó la “Regla de Oro”– una medida dirigida al Tesoro para mantener la deuda pública por debajo del 40%. Por otra parte, proclamó que no iba a aumentar el gasto en salud, educación y la seguridad social. Tras afirmar que la reforma de la seguridad social podría llevarse a cabo sin aumentar el gasto público o aumentar las tasas – a excepción de los “impuestos inesperados” aplicados por una
sola vez sobre los servicios públicos privatizados – el Primer Ministro aprobó un nuevo programa de welfare-to-work [bienestar social para trabajar] modelado al estilo de “workfare” de Clinton. Teniendo en cuenta el compromiso público de Blair con la “justicia social”, la agenda neoliberal de la justicia social fue un shock para muchos de sus seguidores de clase trabajadora. Y sin embargo, cuando aún estaban en la oposición, tanto Blair como Brown ya habían destacado que el gobierno daría garantías a las prestaciones sociales. También afirmaron que los que manejaban los recursos deberían tener responsabilidad y sensatez.
Sobre todo, la política social del Nuevo Laborismo se centró en reconfigurar tres servicios básicos: asistencia a los desempleados, asistencia a los trabajadores pobres y reforma del Servicio Nacional de Salud. Irónicamente, al perseguir estos objetivos, Blair se inspiró en gran medida en las audaces, aunque infructuosos, intentos de reformar el estado de bienestar haciendo sus funciones administrativas y de procedimiento más eficientes. Aceptando el argumento de Thatcher de que “más dinero no era la respuesta”, el Primer Ministro buscaba transformar el “paternalista” Estado del Bienestar británico en un programa neoliberal al estilo estadounidense similar al “New Deal”. Pero en contraste con el programa al estilo keynesiano de Franklin Delano Roosevelt, el New Deal de Blair liberalizaría los esquemas de aprendizaje laboral mediante la sustitución del Training and Enterprise Council de Thatcher por un modelo aún más neoliberal. Al mismo tiempo, el modelo de Blair promocionó iniciativas claramente progresistas como el Working Family Tax Credit para ayudar a los trabajadores pobres o para la adopción de un salario mínimo nacional para asistir a los trabajadores de bajos ingresos. Estas estrategias, aparentemente opuestas de la política social exponen las dificultades de construir una Tercera Vía entre la Derecha y la Izquierda.