Las reformas de mercado emprendidas por tres sucesivos gobiernos post-maoístas en China han sido aclamadas por los defensores neoliberales como los factores de éxito económico impresionantes del país, medido en su tasa media de crecimiento anual de 9,7% en las dos últimas décadas. La transformación del sistema económico chino fue un proceso gradual, pero la difusión de las ideas neoliberales occidentales, particularmente entre las elites urbanas, ha ocurrido con mucha mayor rapidez. China es en la actualidad, la tercera mayor economía mundial, y está estrechando rápidamente la distancia que le separa de Japón y los Estados Unidos. Algunas de las principales instituciones de educación superior del país, como la Universidad Tsinghua de Beijing o la Fudan University de Sanghai ofrecen cursos de negocios que son prácticamente idénticos a los de primer nivel de las universidades occidentales. De hecho, los escritores neoliberales iconos como Milton Friedman, Frederich Hayek y James Buchanan han sido traducidos al chino y disfrutan de un buen nivel de ventas.
El giro de China hacia el neoliberalismo empezó hacia finales de los 70, después de 30 años de economía planificada y centralismo político presidido por Mao Zedong. En el momento de su muerte en 1976, millones de chinos ordinarios habían pagado el precio más alto por la visión totalitaria del Presidente. Hambrunas devastadoras habían
seguido a la industrialización forzosa en los 50, pomposamente llamado el “Gran Salto Adelante”. Las persecuciones políticas de la “Gran Revolución Cultural Proletaria” a finales de los 60 mataron o encarcelaron a millones. Con los crímenes del régimen proyectando todavía una sombra oscura en los 70, la reorientación pragmática de la economía china hacia los principios del mercado hubiera sido imposible sin una revisión ideológica fundamental del ortodoxo “pensamiento de Mao Zedong”.
Esta tarea recayó sobre el envejecido líder Deng Xiaoping, que emergió como el improbable arquitecto de lo que el economista David Harvey llamó “neoliberalismo con características chinas”. Un político sobreviviente y resistente que había sido despojado en dos ocasiones de sus puestos en el partido durante la Revolución Cultural al ser acusado de ser un “seguidor del camino capitalista”, Deng diseñó su rehabilitación completa después de la muerte de Mao con el apoyo de la Vieja Guardia, que había perdido mucho de su poder durante la Revolución Cultural. Moviéndose con cautela pero con firmeza contra los maoístas de la línea dura de su partido, Deng encabezó una campaña a nivel nacional para “emancipar la mente, unir y mirar hacia adelante”. Envuelto en la retórica hipócrita de continuar la visión comunista del Gran Líder, el Dengismo representa una búsqueda genuina de un modelo alternativo – socialismo-estatal-más-mercado, para ser evaluado de acuerdo a los criterios neoliberales de eficiencia económica, la productividad y la competitividad. En 1978, el Partido Comunista Chino (PCC) apoyó el paquete de reformas económicas de Deng, que contenía el abandono de la doctrina de Mao de la “continua lucha de clases” a favor de la construcción económica y la modernización. Asimismo, instó a la devolución gradual del poder económico y político a los entes locales y regionales, pero sin comprometer el principio cardinal de la toma de decisiones centralizada. Finalmente, se encomendó un proceso gradual y controlado por el estado de “apertura a Occidente”, con el expreso propósito de “aprender dirección avanzada de empresas y nuevas tecnologías de los países extranjeros”. A pesar de su notable giro hacia el mercado, el dengismo dejó claro que el Estado seguía siendo la única institución dotada con el poder decisivo de autorizar nuevas empresas; fijar los precios y los salarios; supervisar las importaciones y las inversiones directas en el exterior, y permitir a las firmas nacionales exportar sus mercancías a cualquier destino internacional.
La reestructuración económica bajo Deng está sobre todo asociada a la privatización de State-Owned Enterprises (SOEs) [Empresas Propiedad del Estado]. Durante tres décadas, estos colectivos industriales habían garantizado un empleo seguro y bienestar para sus
trabajadores. El sector agrario de la economía planificada fue organizado alrededor de granjas comunales ineficientes. Obligados a soportar las estrictas prácticas de segregación que limitaban sus movimientos, los trabajadores rurales recibieron menos prestaciones sociales que los trabajadores urbanos. Cuando las reformas de Deng a favor del mercado tomaron fuerza en la década de los 80, las empresas estatales comenzaron a contratar trabajadores temporales con contratos a corto plazo – especialmente provenientes de las áreas rurales – sin la necesidad de proporcionarles los mismos generosos beneficios sociales garantizados a los trabajadores permanentes. Se les ofreció a los directores de las empresas una mayor discrecionalidad operacional para dirigir su SOE más eficientemente e incluso, se les permitió guardar algunos bienes excedentes producidos por encima de sus cuotas fijadas por el Estado. Vendidas en el “mercado abierto”, los precios de estos bienes eran sustancialmente más altos que los precios oficiales establecidos por el Estado. Por lo tanto, los beneficios resultantes para los manager-empresarios en ciernes fueron, a menudo, considerables. Sin embargo, estas tácticas de fijación de precios divergentes, demostraron ser insostenibles, ya que los administradores trataron de aumentar su participación en la producción a costa de la cuota del Estado. La productividad de las SEO declinó sustancialmente, obligando a los bancos estatales a subsidiar estas empresas en decadencia, lo que agotó rápidamente las finanzas de China. Respondiendo a esos problemas en 1993, el liderazgo del PCC decidió permitir la transformación de un número pequeño de SOEs seleccionadas en compañías de acciones. Poco después, posteriores reformas privatizadoras convirtieron a otras empresas estatales en empresas por acciones. De hecho, la privatización de las empresas estatales continuó a un ritmo dramático a lo largo de las dos siguientes décadas.
El próximo paso decisivo en el esquema privatizador de Beijing fue la decisión del PCC de abrir la propiedad de algunas SOEs a la inversión extranjera. La siguiente marea de inversión directa extranjera contribuyó mucho al surgimiento de China como una superpotencia estatal, sobre todo como centro mundial de la industria intensiva en mano de obra. Las “Zonas Económicas Especiales” (SEZs) [en el libro figura como Zonas Empresariales Especiales, pero es común denominarlas Zonas Económicas Especiales, como en la letras amarillas del mapa posterior] creadas por el gobierno, la mayoría en cuatro ciudades costeras chinas facilitó aún más la producción de bienes de consumo para la exportación mientras servían como centros de investigación y desarrollo para los jóvenes líderes empresariales chinos, los cuales absorbieron nuevas tecnologías y prácticas empresariales.
Las SEZs atrajeron inversión extranjera ofreciendo incentivos, incluidas reducciones de impuestos y acuerdos para asegurar el pago de los beneficios adelantándolos a las empresas extranjeras de antemano. Por otra parte, el gobierno chino invirtió grandes cantidades de dinero en mejorar las infraestructuras.
La cervecería Tsingtao se volvió liberal
La cervecería Tsingtao se remonta a casi un siglo atrás. Originalmente fue la idea de unos empresarios alemanes en 1903, la empresa fue incautada en 1949 por el gobierno local de Qingdao y dirigida de acuerdo a los imperativos de la economía planificada comunista. Altos costes de producción, baja producción y una burocracia creciente dio como resultado ventas limitadas y bajos beneficios en exportaciones. En 1993, Tsingtao fue reorganizada en una compañía por acciones. En unos pocos años, tanto la productividad como las ventas crecieron extraordinariamente. La compañía atrajo a inversores prominentes, tanto nacionales como extranjeros., incluidos bancos chinos y la Anheuser-Busch Corporation. Hoy en día, algo más de la mitad de las acciones de la cervecería Tsingtao están en manos privadas.
Buscando estabilizar su moneda, el gobierno chino fijó tácitamente el yuan al dólar en 1995. Pero el Estado mantuvo un fuerte control sobre los flujos de capital afirmando que no estaba dispuesto a hacer el yuan completamente convertible. Varios economistas occidentales tienden a asegurar que China ha comprometido el tipo de cambio para aumentar la competitividad de sus exportaciones globales. Lamentando que el déficit comercial de su país con China se haya ampliado – 233 mil millones de dólares en 2007 – los oficiales del Tesoro estadounidense han estimado que el yuan podía estar infravalorado en más de un 40% [cuando una moneda se deprecia, se abaratan las exportaciones y, por lo tanto, aumentan, y cuando aumenta de valor la moneda, las importaciones se encarecen y disminuyen].
El aumento gradual de las reformas neoliberales en China durante más de dos décadas no siempre fueron suaves. Ya en 1989, la masacre de la Plaza de Tiananmen de cientos de chinos que protestaban a favor de la democracia había puesto de manifiesto la contradicción fundamental en el corazón de la ciudad china: ¿Cómo puede el régimen extender las reformas de mercado sin comprometer su control del poder político? Temeroso de que los levantamientos populares pudieran tener éxito en el futuro y socavar la autoridad del Estado – como previamente había pasado en la Unión Soviética y en la Europa del Este – el gobierno respondió al desafío de Tiananmen con una severa política de represión. Aunque se las arregló para evitar un colapso del sistema al estilo soviético, el PCC falló en quitar las contradicciones subyacentes entre la marketización realizada y sus tendencias autoritarias muy arraigadas. Cuando Deng Xiaoping falleció en 1997, el partido finalmente estableció un compromiso menos represivo: comprar la legitimidad popular mediante la integración económica global que elevaría el nivel de vida de muchos chinos. Pero queda por ver si este inestable “neoliberalismo con características chinas” puede continuar coexistiendo con un sistema centralizado de partido único.
El índice Big Mac y el infravalorado yuan. El Índice Big Mac del Economist proporciona una ilustración básica del Índice de Paridad del Poder Adquisitivo (PPA) [en inglés, Purchasing Power Price Parity (PPP)], que sugiere que los precios de los productos deberían ser comparables en todas las naciones. En este caso, los precios de las comidas Big Mac son regularmente comparados como una estimación para determinar si la moneda de un país dado está valuada apropiadamente. Después de ser convertidos en dólares, si el precio de una comida Big Mac es menor que $3,54 (la base cero de este índice particular) la moneda se le considera infravalorada. Ya que la comida Big Mac en China se vendía a tan solo $1,83, esto muestra que el yuan está infravalorado por más del 40%.
Fuente: Extra Value Meal: 26 de enero de 2009, from Economist.com, “Britain and Jaoan inch closer to the benchmark”.
El sucesor de Deng, el Presidente Jiang Zemin, además cambió el discurso de los viejos valores socialistas de igualdad y redistribución a los nuevos objetivos neoliberales de crecimiento económico y maximización del beneficio. Sin embargo, sus esfuerzos se detuvieron considerablemente lejos del ideal de libre mercado previsto por el Consenso de Washington. A pesar de su pertenencia a la OMC y su apoyo a los empresarios jóvenes y a los administradores de empresas, la transición económica China permaneció firmemente en manos de unas facciones políticas poderosas que cada vez están más divididas entre los centralistas nacionalistas burocráticos de Beijing y los globalistas pro empresa locales de Guangzhou, Chongqing y otros centros urbanos grandes.
Desde que asumió el poder en 2003, el Presidente Hu Jingtao ha presionado para avanzar en las reformas neoliberales en áreas tan críticas como ciencia y tecnología, derechos de propiedad intelectuales y la política comercial. A la vez, su gobierno ha mantenido su compromiso con una transición administrada por el Estado a un sistema de mercado. Por ejemplo, el PCC continúa detentando el control de los precios del agua y de la hidroelectricidad. También subsidia el ineficiente sector energético, que alimenta la enorme base industrial del país. Sin estos subsidios energéticos, la industria china se vería en apuros para competir en el mundo global. De hecho, uno de sus competidores más tenaces es la India, que, como China, transformó su economía socialista mixta con los principios neoliberales.