El Hijo de Dios
Francisco A. Baldarena
textos.info
Texto núm. 6824
Título: El Hijo de Dios
Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento
Editor: Francisco A. Baldarena
Fecha de creación: 7 de agosto de 2021 Fecha de modificación: 7 de agosto de 2021
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El Hijo de Dios
1El jefe de la guardia suiza vuelve a observar al hombre inmóvil parado en medio de la plaza San Pedro, que mira con insistencia hacia la basílica. No carga cámara fotográfica ni parece turista, razón por la cual se dice que tendrá que ir a ver qué hace allí.
2
Un rato más tarde en el palacio apostólico.
El Santo Padre lee su pasaje favorito de La Biblia cuando su secretario particular lo interrumpe: el jefe de la guardia suiza quiere verlo con urgencia y hablarle en privado.
Dile que pase, Giovanni, le dice el Santo Padre. El jefe de la guardia entra.
¿Qué sucede, Marius?, pregunta el Santo Padre, cerrando con calma el libro y poniéndolo sobre el escritorio con la misma parsimonia.
Su Santidad, tenemos un serio problema. Se nota en la voz y la postura del jefe de la guardia suiza que está sumamente preocupado.
¿Un serio problema, Marius? ¿Qué clase de problema? El Santo Padre entrelaza las manos sobre el regazo y espera la respuesta, los ojos fijos en Marius.
Bien, creo que... no cabe a mí clasificarlo, Su Santidad, responde Marius, titubeante.
Bueno, no importa, dígamelo asimismo, autoriza el Santo Padre. Marius, ante la incómoda noticia que debe transmitir, responde:
Está bien, Su Santidad... Hay un hombre afuera que dice ser... que dice ser... Jesucristo. Y las palabras le salen trastabilladas.
El Santo Padre se lo queda mirando un momento, después dice: ¿Sabe cuántos hombres han dicho lo mismo, Marius?
Marius traga en seco.
No, Su Santidad, a decir verdad nunca supe de ninguno.
Bien, yo se lo diré, Marius. Uno solo, el mismo Jesucristo. Otros, en cambio, si lo dijeron, lo dicen o lo dirán y los conozcamos o no, fueron, son y serán blasfemos, mentirosos e impostores, responde el Santo Padre, sonriendo con benevolencia.
seguro si la pregunta es apropiada para el puesto que ocupa.
Sin embargo, el Santo Padre parece no importarse por ello, en cambio, examinándose con displicencia las uñas de una mano, responde:
Haga su trabajo, Marius.
Después, sin molestarse en levantar la vista, el Santo Padre volvió a La Biblia, y el jefe de la guardia
suiza se retira sin decir palabra. 3
Desde el pasillo lateral por donde va, Marius ve a través de los ventanales al falso Cristo todavía en el mismo lugar. Baja con pasos decididos las escaleras y se dirige directamente al medio de la plaza.
4
Al rato, el secretario Giovanni vuelve a entrar en el despacho del Papa: el jefe de la guardia quiere verlo nuevamente.
¡Otra vez!, exclama el Santo Padre, cerrando con vehemencia esta vez La Biblia, enseguida carraspea y con una señal le ordena que haga pasar a Marius.
¿Qué pasó ahora, Marius?
Marius al ver el semblante crispado del Papa, visiblemente irritado, vuelve a tragar en seco.
El hombre de nuevo, Su Santidad. Dice que hasta que usted no lo reciba no piensa moverse de la plaza, responde Marius, refregándose nerviosamente las manos.
El Santo Padre lo mira achicando los ojos, y Marius espera la bomba. Y la bomba explota:
¿Entonces, debo creer que usted no sabe hacer su trabajo, Marius? Marius por dentro le ruega a Dios que la tierra se lo trague.
De ninguna manera, Su Santidad, pero... pero sucede que el hombre dice que de una forma u otra la humanidad se enterará de... de la verdad. El Santo Padre golpea el escritorio con las palmas de las manos, la tapa de La Biblia se eleva con el impacto y Marius cierra los ojos.
¿Qué verdad, Marius, qué verdad? ¿La de ese infeliz impostor o la mía? ¿A quién cree usted que van a creerle, a un lunático que dice ser hijo de Dios o a mí que soy su representante en la tierra, eh? El Santo Padre, enrojecido de ira, espuma de rabia.
A usted, Su Santidad, sin dudas. Marius, suda frío.
Muy bien, Marius, entonces vaya con los hombres que hagan falta y retire a ese impostor de allí de inmediato, ordena el Santo Padre.
Marius, enmudecido, da media vuelta y desaparece en el acto. 5
¡¿Qué sucede ahora, Giovanni, otra vez el jefe de la guardia?!
No, no, Su Santidad, pero le ruego que venga a ver una cosa. El secretario, parado frente a la ventana, señala la plaza.
Pero hijo, primero di de qué se trata, responde el Santo Padre, la voz cansada y el ánimo por el piso.
No sé qué pensar, Su Santidad. Se trata del hombre que dice ser Cristo, pero venga, venga y asómese a
la ventana y vea por usted mismo, insiste el secretario.
El Santo Padre cierra con desgano La Biblia y se acerca a la ventana, rezongando algo entre dientes.
En el medio de la plaza San Pedro, el hombre que afirma ser el hijo de Dios está rodeado por Marius, los guardias que lo han acompañado y algunos turistas, todos postrados a sus pies mientras algunos turistas los filman y les sacan fotos. El Santo Padre se santigua dos veces y exclama: ¡Por el amor de Dios, qué locura es esta! ¡Rápido, Giovanni, ve tú mismo a hablar con ese demente y dile que voy a recibirlo. Debo persuadirlo de su error antes que todo pase a mayores.
El Santo Padre piensa que el lugar más apropiado para recibirlo es la Capilla Sixtina. Allí le mostrará a Dios, Su creación y el rostro del verdadero Jesucristo. Está más que seguro que delante de las incontestables evidencias el infeliz entrará en razón.
6
El Santo Padre contempla la grandiosidad divina, de pronto escucha la voz de Giovanni a sus espaldas:
Aquí está él, mi Señor.
El Santo Padre se da vuelta con cierta violencia y, encarando al secretario con fiereza en la mirada, lo amonesta:
¡¿Giovanni, qué insolencia es esta, desde cuándo eso de señor?! Giovanni lo mira confundido.
¿Ah?, oh, perdón, Su Santidad, le hablaba a Él, al Salvador.
El Santo Padre, que no esperaba por eso, salta como leche hervida:
¡Hasta tú, brutus! Mira, hazme el favor de desaparecer de mi vista, y más tarde tendremos una pequeña conversación.
El secretario, pareciendo no darle importancia a las palabras de su jefe, le hace una reverencia al hijo de Dios y desaparece con pasos rápidos, dejando a ambos hombres cara a cara.
Antes de empezar a hablar, el Santo Padre mira al falso Cristo de la cabeza a los pies; le parece demasiado oscuro, muy feo y bastante roñoso para ser quien pretende ser.
¿Entonces, con que tú eres Jesucristo?, le dice, con demostrada repugnancia.
El hombre, que lo contempla sin pestañear, responde sin titubear: El propio, en carne y hueso. He regresado y traigo la paz y la verdad. ¿Ah, sí? Bueno, entonces te mostraré algo: ¿ves a aquel hombre allí arriba?, Él es el verdadero Jesucristo, le dice el Santo Padre, con una sonrisa burlona, señalando al hijo de Dios.
El hombre mira la pintura.
La verdad, no se me parece en nada, responde, imperturbable.
¡Qué desfachatez!, exclama el Santo Padre. Bien, continuó: ¿ves a aquel otro apuntando con un dedo,
no el joven sino el más viejo?, Él es Dios, el padre de Jesucristo. Mientras habla el Santo Padre mantiene la misma sonrisa burlona.
El hombre lleva la mirada hacia la cúpula y contempla La creación de Adán y dice:
Es la primera vez que le veo la cara a ese señor. El rostro del supuesto hijo de Dios continua sereno.
¡Increíble!, vuelve a exclamar el Santo Padre, bueno, entonces mira todo lo que está representado en todas las pinturas, todo eso es la creación de Dios. Bien, ahora dime, ¿crees por acaso que un ser supremo como es Dios, capaz de crear todo el universo y el mundo, caería tan bajo como para crear una cosa, una... una... una basofia como tú? Ahora el semblante del Santo Padre se ha transfigurado de tal manera que parece más un monstruo que un un hombre religioso.
Pero el Santo Padre aún tiene más para decir:
Y para que lo sepas y te quede bien claro, yo, solamente yo tengo la autoridad para hablar en nombre de Dios ¿Será que puedes entender esto?
El hombre que todavía está contemplando los frescos de Miguel Ángel, baja la vista del techo y, encarando al Santo Padre, le dice:
En primer lugar, ¿de quién fue la idea de representarme con el pelo largo y rubio y los ojos azules?, en segundo, ¿cómo conocen la cara de mi padre? y en tercer lugar, ¿quién te ha adjudicado el derecho de hablar en su nombre?
El Santo Padre ya está que explota de rabia.
Ok, ok, ok, basta de farsa, hombre, ¿dime cuánto quieres para salir de circulación y lo arreglamos ya mismo y acá no ha pasado nada?, propone el Santo Padre.
Al hombre que dice ser hijo de Dios se le ensombrece la mirada y enfurecido grita:
¡Diabólico! ¡Hereje! ¡Idólatra! ¿Cómo te atreves? ¿Es eso lo que les enseñas a los hombres en nombre de mi padre y del mío? ¿Qué han entendido ustedes cuando dije que no debían adorar falsos ídolos? ¿Qué
significa toda esta inmundicia? ¡Santos, vírgenes, ángeles, riqueza, oro, dinero! ¿Qué es lo que pretenden con una falsa imagen mía crucificada? ¿Acaso les da placer verme así? Los ojos del hombre escupen fuego.
Pero el Santo Padre, para no quedar por abajo, también eleva el tono de voz.
Entonces, le dice, desafiante, si realmente eres el Jesucristo verdadero, ¿por qué no me lo demuestras?
El otro lo miró con lástima.
Como tú quieras, hereje, haré que este palacio de perdición se desmorone hasta que no quede piedra sobre piedra. Tienes un minuto para salir o morirás aplastado debajo de los escombros, dice el hombre que dice ser hijo de Dios; luego da media vuelta y se encamina a la salida. 7
El Santo Padre suelta una sonora carcajada a sus espaldas que llena todo el espacio de la capilla sixtina, recorre pasillos, se mete en cada dependencia y en cada recoveco y cuando, por fin, se escurre en las catacumbas ya ha transcurrido un minuto. En ese instante el suelo y las paredes del palacio apostólico empiezan a temblar y fatalmente todo se viene abajo en cuestión de segundos, sin chance alguna para el
Santo Padre que, atónito y boquiabierto, no tiene tiempo de moverse del lugar.
Cuando los bomberos consiguen dar con su cuerpo, soterrado bajo los escombros, con asombro ven que el dedo de Dios ya no se extiende hacia el dedo de Adán, sino que apunta directo a la cabeza del Santo Padre.