De la contratapa
La Primera Guerra Mundial, heraldo mortífero de una nueva era, sigue cautivando a los lectores. En este libro intenso, Michael Neiberg ofrece una historia concisa, basada en las últimas investigaciones y deteniéndose en los soldados, los mandos, las batallas y la actividad diplomática durante la Gran Guerra. Neiberg analiza la guerra paso a paso, desde Verdún a Salónica, desde Bagdad al Africa Oriental Alemana, para explicar la naturaleza global del conflicto. Fueron cuatro años de una carnicería sin sentido en las
trincheras del frente occidental, pero la Primera Guerra Mundial también es el primer conflicto bélico en tres dimensiones: por aire, en el mar y mediante la guerra terrestre mecanizada. Nuevos sistemas de armamento conformaron el entorno bélico. Con el afán de superar la imagen habitual de los generales de la guerra como «carniceros e ineptos», Neiberg nos ofrece una exposición matizada sobre unos oficiales presionados por la enorme envergadura de tan complejos acontecimientos. Los diarios y las cartas de soldados que
lucharon en el frente reproducen las historias personales y las brutales condiciones —desde las nieves alpinas a las arenas de Mesopotamia— en las que aquellos hombres vivieron, lucharon y murieron.
Ampliamente ilustrado y con muchas fotografías inéditas, este libro es una combinación impresionante de análisis y narración. Una delicia para todo lector interesado en la historia militar de la guerra que todo el mundo deseó que fuera la última.
La Gran Guerra
Una historia global (1914-1918) PAIDOS
Barcelona • Buenos Aires • México
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© 2005 by the President and Fellows of Harvard College © 2006 de la traducción, Martín Rodríguez-Courel Ginzo © 2006 de todas las ediciones en castellano,
© 2014 Edición digital por Capitán Cavernícola Ediciones Paidós Ibérica, S. A.,
Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona
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ISBN: 84-493-1890-4
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08130 Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona) Impreso en España - Printed in Spain
Sumario
Agradecimientos Lista de abreviaturasIntroducción: un intercambio de telegramas
Una desilusión cruel: la invasión alemana y el milagro del Marne Sueltos como fieras salvajes: la guerra en Europa oriental
El territorio de la muerte: el estancamiento del frente occidental Enviados a la muerte: Gallípoli y los frentes orientales
Los nudos gordianos: la neutralidad norteamericana y las guerras por el imperio Francia desangrada: la agonía de Verdún
Una guerra contra la civilización: las ofensivas de Chantilly y el Somme La expulsión del demonio: el desmoronamiento del Este
Salvación y sacrificio: la entrada de los norteamericanos, la cresta de Vimy y el Chemin des Dames Unos pocos kilómetros de barro líquido: la batalla de Passendale
Una guerra como no conocíamos: la amenaza de los U-booten y la guerra en Africa El turno de Jerry: las ofensivas de Ludendorff
A cien días de la victoria: de Amiens al Meuse-Argonne Conclusión: un armisticio a cualquier precio
Lista de ilustraciones
Cronología de los principales acontecimientos Personalidades
Fuentes principales
Agradecimientos
Empecé la etapa de escritura de este libro poco después de dos estimulantes experiencias intelectuales. En junio de 2003
asistí a la II Conferencia Europea de Estudios sobre la Primera Guerra Mundial, celebrada en la Maison Francaise de
Oxford. Pierre Purseigle organizó y dio cobijo a la conferencia más estimulante, intelectualmente hablando, de cuantas
haya asistido jamás. Como él y Jenny Macleod habían hecho en Lyon en 2001, Pierre reunió a un increíble elenco de
eruditos de todas las disciplinas y nacionalidades. Tengo que agradecer a Pierre y a Jenny, y a todos los asistentes a esa
conferencia —incluidos Nicolás Ginsburger, Adrián Gregory, Keith Grieves, Heather Jones, Jennifer Keen, Gary
Sheffield, Dennis Showalter, Len Smith, Hew Strachan, Jeffrey Verhey y Vanda Wilcox—, que compartieran sus ideas
conmigo.
Poco tiempo después de la conferencia, Dennis Showalter y yo recorrimos en coche el frente occidental, empezando en
Ypres y terminando en el cementerio norteamericano de Bony, en la Línea Hindenburg. Desde que lo conocí en 1998,
Dennis ha sido para mí un maestro, un estudioso, un colega y un amigo ejemplar. Aceptó con generosidad leer este
manuscrito y poner a mi disposición su erudición inigualable. Por todo lo que ha hecho por mí y por toda una generación
de estudiantes de la Universidad de Colorado, de la Academia del Aire de Estados Unidos y de la Academia Militar de
Estados Unidos, le dedico este libro con el mayor de los respetos.
Hubo varios otros estudiosos de la Primera Guerra Mundial que me ayudaron a elaborar este libro, y, entre ellos, mis
enseñar y trabajar.
Robert Bruce y yo hace mucho tiempo que mantenemos correspondencia a través del correo electrónico, gracias a lo cual
he llegado a comprender mejor algunos matices sutiles de la guerra. William Philpott y Martin Alexander actuaron como
magníficas cajas de resonancia mías durante nuestra estancia conjunta en París. También he de hacer extensivo mi
agradecimiento a Emmanuel Auzais, Virginie Peccavy y Hugues y Joélle de Sacy, del Ejército del Aire francés; a Bobby
O. Bell de la American Battle Monuments Commission; y a Laurent Henninger y a André Rakoto, por su amistad y
generosa hospitalidad durante mis estancias en Francia. Entre otros amigos que me ayudaron a lo largo del camino están
Jeremy Black, Lisa Budreau, Jeannie Heidler, John Jennings, Michelle Moyd, Betsy Muenger y John Shy. Gracias
también a Debbie Oliner, por su trabajo cartográfico, y a la familia Rolfe por compartir una casa y un perro en Gran
Bretaña y por proporcionarme algunas de las fotos.
El personal del Liddell Hart Centre for Military Archives, del Imperial War Museum y del Service Historique de
l’Armée de Terre de Vincennes fueron de una ayuda sin tacha, y agradezco profundamente el permiso de estas
instituciones para citar su material. Me siento especialmente agradecido a Sabine Ebbols, del LHCMA, y a Stephen
Walton y a Tony Richard, del IWM. Elwood White, John Beardsley y Marie Nelson me proporcionaron la misma ayuda
maravillosa que siempre he recibido de la Biblioteca McDermott de la Academia del Aire. Este libro no habría sido posible
sin el apoyo de Kathleen McDermott, de la Harvard University Press, y de mis colegas de la Academia del Aire de Estados
coronel Vanee
Skarstedt. Holger Herwig y Edward M. Coffman son autores de eficaces informes que mejoraron el libro; si subsiste algún
error, la responsabilidad es mía.
Y como siempre, el mayor agradecimiento va para mi familia. A mi esposa, Barbara, y a mis dos hijas, Claire y Maya,
que soportaron con alegría las visitas a los campos de batalla y a los archivos, aunque me parece que París fue sólo un
sacrificio menor. Mi familia, Larry, Phyllis y Elyssa Neiberg, y mi familia política, John, Sue, Brian Michele y Justin
Lista de abreviaturas
Abreviaturas utilizadas en las notas: IWMImperial War Museum, Londres. LHCMA
Liddell Hart Center for Military Archives, Kings College, Londres. SHAT
Service Historique de l'Armée de Terre, Cháteau de Vincennes. Introducción
Un intercambio de telegramas
El 29 de julio de 1914 el zar Nicolás II de Rusia envió un telegrama a su primo, el kaiser Guillermo II de Alemania,
pidiéndole ayuda:
En este momento tan grave, apelo a ti para que me ayudes. Se ha declarado una guerra innoble a un país débil. La
indignación en Rusia, que comparto por completo, es inmensa. Preveo que muy pronto la presión a la que me veo sometido
acabará abrumándome y me veré obligado a tomar medidas extremas que conducirán a la guerra. Con la única intención de
evitar una calamidad de tal magnitud como sería una guerra europea, te suplico que, en nombre de nuestra antigua amistad,
hagas cuanto esté en tus manos para impedir que tus aliados vayan demasiado lejos.
Este telegrama fue el primero de una serie de diez que los dos monarcas europeos se intercambiaron durante los tensos
días entre el 29 de julio y el 1 de agosto. La crisis de la que hablaban los dos hombres no era consecuencia del asesinato en
Sarajevo, el 28 de julio, del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando, sino del ultimátum lanzado por
Austria-Hungría a Serbia el 23 de julio. En Europa fueron pocos los que pensaron en ese momento que el asesinato
conduciría a la guerra. Las ideas políticas del archiduque no eran bien vistas en la corte vienesa, y las monarquías europeas
habían desairado con frecuencia a Francisco Fernando a causa de su matrimonio con una mujer de condición social
inferior. Aunque ella murió también a manos del mismo asesino y dejaba tres hijos de corta edad, la monarquía austríaca se
negó a colocar su cuerpo al lado del de su marido en la cripta de la familia real.
Ninguno de los principales militares ni de las figuras políticas europeas consideraron que el asesinato fuera un
acontecimiento lo bastante relevante para asistir al funeral o cancelar sus vacaciones estivales. Al principio, el Imperio
austrohúngaro minimizó su significado; el propio emperador ni siquiera asistió al funeral de su sobrino. El clima de
indiferencia pareció hacerse patente en todo el continente. El general ruso Alexei Brusilov, a la sazón de vacaciones en
Alemania, observó que la gente del balneario donde veraneaba «se había mostrado indiferente» a los acontecimientos de
Sarajevo1. Durante un tiempo, pareció que Europa podría sobrevivir a otra crisis más; o que, si tenía que estallar la guerra,
ésta podría constreñirse a los Balcanes.
Sin embargo, el ultimátum cambió la situación en Europa de manera espectacular. La resolución establecía unas
condiciones de gran severidad contra Serbia, un país que, según creía la mayoría de los austrohúngaros, había precipitado
el asesinato. Entre ellas, se incluía la exigencia de que se permitiera participar a los oficiales austrohúngaros en la
investigación serbia del asesinato. Las condiciones eran una bofetada en pleno rostro tanto para Serbia como para Rusia, la
autoerigida protectora de aquélla. Con la esperanza de que Serbia rechazaría las condiciones y, por tanto, les daría la
excusa para la guerra, los austrohúngaros habían empezado a movilizarse aun antes de que hubiera vencido el plazo fijado
para que los serbios respondieran. Brusilov consideró que el ultimátum había cambiado lo suficiente la situación para
obligarle a poner fin a sus vacaciones antes de lo previsto y volver a su unidad. Al pasar por Berlín, se encontró con
manifestaciones multitudinarias que pedían la guerra contra Rusia.
La tensión siguió en aumento cuando las multitudes serbias y bosnias quemaron banderas austrohúngaras, y en Viena
personas intentó
asaltar la legación serbia. Como medida precautoria, la Royal Navy (Armada Británica), que por casualidad realizaba unas
prácticas programadas de movilización, se hizo a la mar el 29 de julio. La crisis internacional repercutió incluso en Nueva
York. El 30 de julio la Bolsa registró su primer cierre no programado en cuarenta años. El mismo día, Gran Bretaña
interrumpió sus conexiones telegráficas con Alemania, y el gobierno alemán exigió a Rusia que expusiera sus intenciones
antes de veinticuatro horas. La situación ya había alcanzado un punto de suficiente tensión para que los estadistas y
militares de toda Europa cambiaran sus planes y volvieran al trabajo a toda prisa. Las tropas fueron acuarteladas, se
cancelaron los permisos, y se advirtió a los reservistas que no se alejaran de sus hogares. Podía ocurrir cualquier cosa.
El asesinato del archiduque Francisco Fernando y el subsiguiente ultimátum austrohúngaro no tenían por qué haber
1Alexei Brusilov, A Soldier's Notebook, 914-1918 (1930), Westport, Connecticut, Green Press 1 V71 pág. 4.
provocado la guerra. La serenidad había prevalecido durante dos incidentes acaecidos en Marruecos (1905 y 1911), en la
anexión de Bosnia por Austria-Hungría en 1908, y en las dos guerras de los Balcanes (1912-1913). Cualquiera de estas
crisis podía haber conducido a una guerra generalizada, pero todo había discurrido pacíficamente. En 1914, sin embargo,
tanto alemanes como austrohúngaros habían decidido que la guerra convenía más a sus intereses que la paz. El año
anterior, el embajador francés en Alemania, Jules Cambon, había advertido de un cambio en la actitud alemana. El
diplomático informó a su gobierno que «a Guillermo II se le ha convencido de que la guerra con Francia es inevitable, y
que ésta habrá de llegar un día u otro... [El jefe del Estado Mayor] el general [Helmuth von] Moltke se ha expresado en
idénticos términos que su soberano. También ha declarado que la guerra es necesaria e inevitable»2 En 1914 Alemania y Austria-Hungría tenían decidido que el momento de aquella guerra que
ya había llegado. Ambos países temían la modernización en marcha del ejército ruso, cuya culminación estaba prevista
para 1917. Si se garantizaba el apoyo de Alemania, Austria-Hungría pensaba que la guerra podía incrementar su influencia
en los Balcanes y terminar con la amenaza paneslava representada por Serbia. Por su parte, Alemania confiaba en reducir
a uno de sus principales rivales continentales, con toda probabilidad Francia, a una condición de mediocridad; pero esta
última había realizado también reformas militares recientes. La más destacable, aprobada en 1913 en respuesta a la
segunda crisis marroquí, ampliaba el período de prestación del servicio militar obligatorio de dos a tres años. Una vez
aplicada en su totalidad, la ley de los tres años prometía aumentar el número de soldados franceses en activo en casi un
tercio.
Por consiguiente, los oficiales alemanes ya habían dado todo su apoyo a sus aliados austrohúngaros el 5 de julio, aun
cuando semejante actitud implicaba la amenaza de guerra con Rusia. Incluso mientras los soberanos de Rusia y Alemania
buscaban una forma de evitar la guerra a través de su correspondencia telegráfica, los militares de sus países se estaban
preparando para el conflicto armado. El kaiser Guillermo se reunió con su general de mayor rango, Helmuth von Moltke,
sobrino del legendario general que había conducido los ejércitos prusianos a brillantes victorias sobre Dinamarca, Austria
y Francia entre 1864 y 1871. El kaiser pidió a Moltke que se preparara ante la contingencia de una guerra con Rusia.
Moltke informó al kaiser de que no era posible una contienda sólo con Rusia, toda vez que los planes de guerra alemanes
exigían primero enfrentarse con Francia, a fin de eliminar al principal aliado de aquélla. El plan requería también un ataque
a través de Bélgica para amenazar los flancos de las defensas francesas, lo que supondría una amenaza de guerra con Gran
Bretaña, a la que preocupaba mantener limpio de barcos alemanes el litoral británico del canal de la Mancha.
Los reservistas alemanes se dirigen al frente en 1914 entre las aclamaciones de la multitud. Los planes de guerra alemanes
se apoyaban en la utilización de las reservas en las operaciones ofensivas, a fin de colocar el mayor número posible de
hombres en Bélgica y Francia durante las primeras semanas del conflicto. (National Archives)
Las aspiraciones globales de Alemania y la torpe diplomacia del kaiser habían colocado a Moltke y a sus predecesores
en la difícil posición de tener que encarar una guerra de múltiples frentes en inferioridad numérica, tanto por tierra como
por mar. Los enfrentamientos bélicos previos de prusianos y alemanes se habían visto favorecidos por los objetivos
2 Cambon, citado en Francis Halsey, The Literary Digest History of the World War, vol. 1, Nueva York, Funk and
limitados de sus generales y las rápidas victorias. Bajo el reinado de Guillermo II, Alemania se había hecho poderosa, pero
sus ambiciones habían sobrepasado su poder. La firma en 1907 de la Triple Entente (Rusia, Francia y Gran Bretaña) había
unido a los tres rivales más poderosos de Alemania. Por tanto, Moltke daba por sentado que la guerra con uno significaba
la guerra con todos. Por consiguiente, le dijo al kaiser que él no podía preparar una guerra sólo con Rusia, ni siquiera podía
desviar el grueso de las tropas germanas hacia el este para combatir con los rusos primero. Si Alemania iba a ir a la guerra,
tendría que empezar por combatir en Bélgica y en Francia. El kaiser le respondió, diciéndole: «Tu tío me habría dado una
respuesta diferente». La reprimenda llevó a Moltke a confiar a su esposa que se había sentido «un hombre deshecho y he
vertido lágrimas de desesperación... Mi confianza e independencia han sido destruidos»3 . Con semejante estado de
La situación de París —objetivo de las operaciones alemanas en 1914— la hacía en buena medida indefendible. Los
estrategas franceses, confiando en asumir la ofensiva, habían preparado la defensa de la capital de manera inadecuada.
(United States Air Force Academy McDermott Library. Colecciones especiales).
En Rusia, el primo del kaiser se enfrentaba a un dilema parecido. El zar había ordenado a sus generales que preparasen
sólo la movilización de los cuatro distritos militares que tenían frontera con el Imperio austrohúngaro. Nicolás II confiaba
en que el optimismo que se desprendía de los telegramas del kaiser pudiera conducir a las negociaciones o, en el peor de
los casos, a una guerra sólo entre Austria-Hungría y Rusia. El ministro de la Guerra ruso, Alexander Sazonov, no tardó en
hacer añicos esas ilusiones. Advirtió al zar que una movilización parcial crearía un peligroso estado de confusión. Rusia
necesitaba tiempo para organizarse a lo largo y ancho de su enorme territorio y, en comparación con Alemania, sus activos
ferroviarios eran limitados. Si Rusia no ordenaba una acción total, no tardaría en encontrar indefendibles sus fronteras con
Alemania. El zar se avino a regañadientes, y el 30 de julio ordenó una movilización general.
Aunque ninguno de los dos comprendió del todo las consecuencias de sus acciones, el zar y el kaiser habían dado los
primeros pasos hacia su propia desaparición. En contraste directo con su triunfal historia militar, Alemania estaba a punto
de embarcarse en una guerra general contra la fuerza conjunta de tres enemigos poderosos. Sus únicos aliados eran el
tambaleante Imperio austrohúngaro, que se abocaba a su extinción, y una nada fiable Italia, que no tardó en cambiar de
bando. El alto mando alemán sabía que cuanto más durase la contienda, más se inclinarían las posibilidades de victoria del
ganar nada.
En noviembre de 1918 tanto Nicolás como Guillermo habían pagado caro la guerra que iniciaron. En marzo de 1917 la
revolución y la derrota militar condujeron a Nicolás a abdicar del trono; los bolcheviques lo asesinarían, junto con su
familia, en julio del 1918. El reinado de Guillermo se prolongó sólo algunos meses más. El 10 de noviembre de 1918,
pocas horas antes de que el nuevo gobierno alemán firmara el armisticio que ponía fin a la guerra que él había comenzado,
Guillermo abdicó del trono y partió al exilio en Holanda. Los monarcas de Austria-Hungría y del Imperio otomano
correrían suertes parecidas.
Los vencedores de la Primera Guerra Mundial fueron los estados democráticos de Gran Bretaña, Francia y Estados
Unidos. Estos países, aunque aquejados de sus propias deficiencias estructurales, dependían menos de la autoridad de
anticuados regímenes monárquicos. Fueron, por tanto, capaces de modificar o cambiar de gobierno cuando las situaciones
lo exigieron, sin tener, al mismo tiempo, que desembarazarse de sistemas enteros. En consecuencia, no sufrieron
revoluciones y pudieron formar gobiernos capaces de trabajar con los generales en aras de la victoria. Cuando falló un
sistema de organización, crearon otro, hasta que terminaron por encontrar la fórmula del éxito. Por irónico que parezca, ninguno de los tres vencedores más poderosos de la Primera Guerra Mundial había buscado el
conflicto en 1914. El gobierno francés, deseoso de evitar la guerra a menos que su territorio fuera amenazado, ordenó a sus
unidades que se retiraran casi diez kilómetros de la frontera germana y que se quedaran allí salvo que Alemania invadiera
realmente Francia. Aunque algunos nacionalistas franceses creían que la guerra con Alemania podía vengar la derrota en la
guerra franco-prusiana de 1870-1871 y recuperar las provincias que se le habían arrebatado a su país tras aquel conflicto,
lo cierto es que Francia había descartado hacía tiempo una guerra ofensiva para conseguir tales objetivos. Francia
defendería sus fronteras, pero no iniciaría ningún conflicto bélico por su cuenta.
Si la guerra iba a ser tan corta como predecían la mayoría de los expertos, el activo militar más importante de Gran
Bretaña, su poderosa armada, tendría una participación escasa. Su pequeño ejército profesional no estaba diseñado para
librar una gran guerra en el continente, y eso a pesar de la creación en 1907 de una Fuerza Expedicionaria Británica (BEF)
para facilitar su rápido despliegue. Los alemanes desdeñaban al Ejército británico y no hicieron ningún intento por hundir
los transportes que trasladaron las tropas británicas a Francia y a Bélgica. Mejor era, creían Moltke y sus colegas, destruir
la armada británica una vez llegara al continente, si es que el gobierno británico se atrevía en realidad a enviarla.
En agosto de 1914 los oficiales británicos condujeron a su pequeño ejército contra el grueso del avance alemán en Francia
y Bélgica; en la acción sufrieron un gran número de bajas. En 1916 un periodista comentó que el Ejército británico de antes
de la guerra no era más que un «recuerdo heroico». (© Corbis)
Ni Gran Bretaña ni Francia acabaron de comprender en 1914 cuáles eran sus objetivos bélicos ni la forma de
para la guerra4. La
descripción que hace Douglas Porch del Ejército francés como «incapaz de decidir en qué época histórica vivía», podría
aplicarse también a Gran Bretaña5. Las unidades de élite del Ejército francés fueron a la guerra en 1914 luciendo uniformes
4 Brusilov, op. cit,, pág. 1.
5 Douglas Porch, Marcb to the Mame. French Army, ISH-1914, Cambridge, Cambridge University Press, 1981, pág.
de llamativos colores, más propios de sus colonias africanas que de la moderna guerra de acero. Los británicos, por su
parte, seguían comandados por héroes coloniales con una escasa comprensión de las complejidades de la política del
continente, como era el caso del secretario de Estado para la Guerra, Horario Kitchener, y de sir William Robertson, que
hablaba seis dialectos hindis, pero ni francés ni alemán. El Ejército británico no había combatido en el continente desde la
guerra de Crimea de 1854-1856. Tanto británicos como franceses pagaron un precio muy alto por las elevadas curvas de
aprendizaje que sufrieron desde 1914 a 1917.
El teniente Benjamín Foulois (izquierda) y un instructor de Wright Aviation guían el único avión que poseía el Ejército
norteamericano en 1910. Al cabo de una década, estos modestos inicios habían dado paso a una nueva forma de hacer la
guerra, y Foulois se había convertido en el jefe del Servicio Aéreo de la Fuerza Expedicionaria Norteamericana. (United
States Air Force Academy McDermott Library. Colecciones especiales)
Hacia finales de 1917, sin embargo, aquella curva de aprendizaje casi se había completado. Francia, Gran Bretaña y
Estados Unidos habían desarrollado unas estructuras industriales, políticas y militares que les ayudaron a sobrellevar la
crisis de 1918. La victoria fue fruto de la combinación del perfeccionamiento en la destreza militar y de la evolución de un
sistema de apoyo administrativo, económico y social que condujo al éxito en el campo de batalla. Se había avanzado
mucho desde agosto de 1914, cuando el general Henry Wilson hizo su comentario acerca de la reunión en la que la máxima
autoridad británica se había decidido por la guerra. La describió como «una reunión histórica de unos hombres que, en su
mayoría, ignoraban por completo lo que estaban tratando»6. En 1917-1918 su descripción ya no encajaba con los máximos
dirigentes civiles y militares de las potencias aliadas7. Unos dirigentes que supervisaban unos enormes aparatos militares,
con la infraestructura para mantenerlos. Como consecuencia de la creación aliada de un sistema conjunto civil y militar, en
noviembre de 1918 el mariscal francés Ferdinand Foch condujo a los representantes del nuevo gobierno alemán hasta un
claro en el bosque cerca de Compiégne. Allí, en un vagón de ferrocarril, el gobierno alemán se rindió, poniendo fin así a la
Capítulo 1
Una desilusión cruel La invasión alemana y el milagro del Mame VII.
6. Wilson, citado en Asprey, op. cit., pág. 40.
7 La Triple Entente hace referencia al acuerdo diplomático entre Gran Bretaña, Francia y Rusia. En septiembre de 1914
estos países firmaron el Pacto de Londres, en virtud del cual se creaba la Alianza de la Entente. A partir de entonces, estas
naciones y las que lucharon a su lado fue ron conocidas como los aliados.
El soldado francés no ha perdido ninguna de las cualidades militares de su estirpe; conserva todo su valor y ardor atacante,
pero estas mismas cualidades han de ser dirigidas con prudencia sobre el moderno campo de batalla o conducirán a un
rápido desgaste de fuerzas.
Boletín de operaciones francés del cuartel general del general Joffre a los jefes de las unidades, 21 de septiembre de 19148
Dado que los planes de guerra alemanes asumían que el enfrentamiento con uno de los miembros de la Triple Entente
implicaba la guerra con todos ellos, las primeras operaciones de importancia que realizaron los alemanes se dirigieron
hacia el oeste, contra Bélgica y Francia, dos países involucrados sólo de manera indirecta en la crisis precipitada por el
ultimátum austrohúngaro. Para Alemania, el único delito de Bélgica era su desafortunada posición geográfica, y las
condiciones de la Triple Entente obligaban a Francia a movilizarse sólo en el caso de una movilización alemana, y a atacar
si Alemania atacaba a Rusia. Francia no tenía que haberse visto involucrada en absoluto en la crisis de julio. Aunque
resulte irónico, el inicio de la guerra por parte de Rusia —el principal problema diplomático de los alemanes durante dicha
crisis— supuso únicamente una preocupación secundaria para Alemania; mientras siete ejércitos alemanes se dirigieron
hacia el oeste, sólo el octavo se encaminó hacia el este. Combatir según lo previsto
Los planes de guerra alemanes siguen siendo objeto de una intensa controversia histórica, aunque los estudiosos han
alcanzado un consenso general sobre tres puntos. Primero, que los alemanes asumieron la necesidad de derrotar a Francia
antes que a Rusia porque suponían que aquélla se movilizaría con más rapidez que ésta. Segundo, que Alemania asumió
que tenía que flanquear las fortificaciones francesas violando la neutralidad de Bélgica siempre que fuera para derrotar a
Francia con la suficiente rapidez para volver al este y enfrentarse a los rusos. Tercero, que Alemania supuso o que Gran
Bretaña no lucharía por la neutralidad belga (con la memorable alusión del kaiser al tratado de 1839 como «un pedazo de
papel»), o que, si lo hiciera, los alemanes derrotarían a la pequeña Fuerza Expedicionaria Británica (BEF) en cualquier
parte del continente. Para los estrategas alemanes, la posible intervención del Ejército británico no suponía, por tanto, un
desafío de importancia.
Para conseguir este ataque relámpago sobre Bélgica y Francia, el 2 de agosto los alemanes empezaron a desplegar siete
de sus ocho ejércitos hacia el oeste. Las unidades responsables del principal avance a través de Bélgica fueron el I y II
Ejército, con 320.000 y 260.000 hombres, respectivamente. Dos ejércitos más, el III y el IV, prestaban su apoyo
atravesando Luxemburgo y el sur de Bélgica, mientras que al V, VI y VII se les encomendó la defensa de Alsacia y Lorena.
Moltke estableció su cuartel general en Luxemburgo, que resultó hallarse demasiado lejos de sus ejércitos para ejercer un
control real sobre ellos, y demasiado lejos de Berlín para conservar una comprensión cabal de la situación general.
Aunque la acción violaba un tratado firmado por Alemania, un ataque a través de la neutral Bélgica ofrecía diversas
ventajas de importancia. La línea más poderosa de fortificaciones de Francia discurría a lo largo de la frontera alemana,
desde Verdún a Toul y desde Epinal a Belfort. A excepción de Maubeuge, los fuertes existentes en el noroeste de Francia
se hallaban en un estado de deterioro general, puesto que los franceses habían concentrado su gasto militar en armas
ofensivas. Además, las fuerzas francesas se concentraban a lo largo de la frontera con Alsacia y Lorena. Si los alemanes
eran capaces de moverse con rapidez, los ejércitos franceses podrían estar demasiado lejos de París para evitar que los
alemanes tomaran o rodearan la capital.
Bélgica parecía propicia para la ocupación. Tenía una fuerza militar pequeña, que ascendía a 117.000 hombres, una
cifra que no era ni la mitad de la del II Ejército alemán. Carecía, además, de muchas de las armas de guerra modernas, y la
preparación de su Estado Mayor y de sus servicios auxiliares se situaba muy por debajo de los niveles de sus vecinos más
poderosos. Celosa de su neutralidad, Bélgica no había mantenido negociaciones de importancia antes de la guerra ni con
Francia ni con Gran Bretaña. Algunos alemanes habían esperado, incluso, que los belgas tal vez permitieran a los ejércitos
alemanes atravesar libremente su país, en lugar de intentar resistirse.
En contra de tales expectativas, y pese a la abrumadora desigualdad a la que se enfrentaban, los belgas se prepararon
para resistir. Sus esperanzas resultaron ser una serie de ciudades fortificadas que protegían los principales ríos, carreteras y
independientes, 400 piezas de
artillería y capacidad para mantener a una guarnición de 20.000 hombres. Namur, al sudoeste de Lieja, tenía nueve fuertes
que, según creían los comandantes belgas, podrían resistir durante nueve meses sin refuerzos. Tanto Lieja como Namur se
levantaban en la línea de avance del II Ejército alemán. La más impresionante de todas las fortificaciones belgas se erigía
8 El epígrafe está extraído del Boletín de Operaciones de 21 de septiembre de 1914 «Opérations du 2 au 25 aoüt 1914»,
SHAT fondos BUAT 6N9, caja 8, exp. 5.
más al norte y protegía a la ciudad portuaria de Amberes. Sus defensas estaban integradas por más de 43 km de líneas
exteriores, 17 fuertes independientes y casi 13 km de murallas interiores.
Los alemanes no pretendían asediar las fortificaciones belgas; lo que planeaban era arrasarlas con artillería moderna
fabricada con ese propósito. Los obuses de 280 mm alemanes podían disparar sus proyectiles hasta una distancia de casi 10
fortalezas belgas. Los
proyectiles de estos obuses pesaban 336 kg y viajaban a una velocidad de 345 m/s, produciendo una energía de choque de
más de seis mil toneladas. Una batería alemana experta podía disparar hasta veinte proyectiles por minuto.
Soldados alemanes en su avance a través de Bélgica. Las prisas excesivas y el miedo provocado por las acciones de los
partisanos pusieron nerviosos a los jóvenes soldados alemanes, lo que llevó a cometer atrocidades y represalias contra la
población civil belga. (Library ofCongress)
Lieja defendía los accesos que cruzaban el río Mosa y era el primer gran obstáculo para el avance alemán a través de
Bélgica; estaba situada también junto a la principal línea ferroviaria que unía Colonia con Bruselas y, en consecuencia, era
crucial para las rutas de suministro alemanas hacia Francia. Su posición tenía una significación estratégica de tal calado,
que el jefe del Estado Mayor de la movilización alemana había visitado la región en 1909, haciéndose pasar por turista.
Cinco años después, el general Erich Ludendorff hizo buen uso de la información adquirida durante aquel recorrido
turístico como jefe de la XIV Brigada, a la que se le había encargado la toma de la fortificación. Ludendorff se
vanagloriaba de que su artillería podía obligar a Lieja a rendirse en cuarenta y ocho horas. Además de los obuses de 280
mm, disponía de cinco cañones de 420 mm, fabricados específicamente para destruir las fortificaciones de Lieja, y de
cuatro baterías de morteros de gran ángulo de tiro de 305 mm. A esta potencia de fuego se sumaron los zepelines, que
convirtieron a Lieja en la primera ciudad de Europa en ser bombardeada desde el aire9.
Lundendorff estuvo a punto de cumplir su promesa cuando sus hombres, tras una sucesión de ataques audaces, se
infiltraron en Lieja. El mismo condujo varias de las cargas, y el 7 de agosto golpeaba las puertas principales de la ciudadela
de Lieja con la empuñadura de su espada, exigiendo su rendición. El éxito en Lieja convirtió de la noche a la mañana a
Ludendorff en héroe de Alemania, y lo catapultó a un meteórico ascenso que no tardaría en conducirlo a responsabilidades
mucho mayores. Pero el problema inmediato de Alemania subsistía. Pese a la pérdida de la ciudadela, los fuertes a ambos
lados del río Mosa seguían estando en manos belgas, aunque el intenso fuego de artillería alemán estaba ocasionando
enormes daños en las fortificaciones y tremendas bajas entre las guarniciones belgas. Las últimas fortalezas de los
alrededores de Lieja no se rindieron hasta el 16 de agosto. Namur apenas supuso un problema y se rindió apenas dos días
después.
Pero el problema mayor para los alemanes, tan preocupados por la rapidez, lo constituyeron el Ejército y las fuerzas
irregulares belgas, los franctireurs [francotiradores], con su negativa a someterse al mayor poderío y contingente del
Ejército alemán. Las acciones de los franctireurs enfurecieron de manera especial a los jefes de las unidades alemanes, que
se acordaban de los tremendos problemas que los irregulares franceses les habían ocasionado en la guerra franco-prusiana
de 1870-1871. Los jóvenes reclutas alemanes, aterrorizados por aquel fuego de fusiles, que llegaba desde cualquier ángulo
9 Ilew Strachan, The First Wold War, vol. 1, To Arms, Oxford, Oxford University Press, 2001, (trad. La Primera
y en el momento más inesperado, estaban cada vez más asustados y nerviosos. Temeroso del impacto que producía entre
sus hombres y de los trastornos ocasionados a su preciado calendario bélico, el Ejército alemán reaccionó con una
campaña premeditada de Schrecklichkeit, o terror, contra la población civil belga, política que había sido aprobada por los
máximos responsables tanto del ejército como del gobierno.10
La ciudad de Lovaina padeció todo el peso del Schrecklichkeit. Los alemanes fusilaron al burgomaestre, al rector de la
universidad y a todos los oficiales de policía de la ciudad. Luego, prendieron fuego a la biblioteca de la universidad, y
destruyeron los preciosos edificios y los irreemplazables manuscritos góticos y renacentistas que contenían. Los alemanes
deportaron a miles de ciudadanos belgas a campos de trabajo y fusilaron a otros tantos miles, la mayoría por motivos
intrascendentes. A finales de agosto, detuvieron a una enfermera británica Edith Cavell, y la acusaron de espionaje, una
acusación a todas luces injusta, incluso para muchos alemanes. Los oficiales germanos se negaron a revelar las pruebas en
las que se habían basado para detenerla y no permitieron la presencia de abogados u observadores británicos durante el
juicio. Fusilaron a Edith Cavell en octubre de 1915, provocando la indignación de la Entente y de las naciones neutrales,
así como el mayor número de alistamientos en Gran Bretaña desde el estallido de la guerra. Los intentos alemanes de
justificar sus acciones como actos de legítima defensa sonaron falsos. «Estamos en un estado de necesidad —proclamó el
canciller alemán Theobald von Bethmann Hollweg—, y la necesidad no sabe de leyes.».11
El gobierno británico declaró la guerra a Alemania en cuanto las tropas de ésta entraron en Bélgica. La crueldad con
que había violado la neutralidad de un país que no representaba ninguna amenaza razonable para ella conmocionó a los
británicos, aunque en un plano más práctico; lo que llevó a Gran Bretaña a actuar fue el temor de que Alemania se hiciera
con el control de la costa meridional del canal de la Mancha. Cuando las historias (tanto reales como exageradas) de las
acciones de los alemanes en Bélgica se difundieron, la causa de los belgas no tardó en convertirse, según un escritor de la
época, «en una manera conveniente de referirse a los problemas morales de la guerra».12 La defensa de los derechos de
Bélgica se identificó enseguida con el honor de Gran Bretaña y, al menos durante los primeros meses de la guerra, llevó a
miles de jóvenes británicos a alistarse como voluntarios en el servicio militar.
La ejecución de la enfermera británica Edith Cavell en octubre de 1915 a manos de los alemanes originó un repentino
aumento del reclutamiento en Gran Bretaña y proporcionó a los aliados un importante instrumento en la guerra de
propaganda, (Imperial War Museum, propiedad de la Corona, 86/28/2)
Mientras se procedía al alistamiento de jóvenes por toda Gran Bretaña, 100.000 soldados profesionales y reservistas de
la Fuerza Expedicionaria Británica desembarcaron en el continente entre el 11 y el 17 de agosto, aunque los alemanes no
10
John Horne y Alan Kramer, Germán Atrocities, 1914: A History of Denial, New Haven, Yale University Press,
2001, pág. 53.
11 Bethmann Hollweg, citado en Francis Halsey, The Litera/y Digest History ofthe World War, vol. 1, Nueva York,
Funk and Wagnalls, 1919, pág. 255. 12
Sophie de Schaepdrijver, «The Idea of Belgium», en Aviel Roshwald y Richard Suites (comps.), European
Culture in the Great War: The Arts, Entertainment, and Propaganda, 1914-1918, Cambridge, Cambridge University
Press, 1999, págs. 267-294, cita en pág. 268.
fueron conscientes por completo de su presencia hasta el 22 de ese mes. El soldado Reeve, de la Real Artillería de
Campaña británica, recordaba más tarde que, mientras avanzaban por las carreteras del norte de Francia, los soldados
británicos «recibimos en todo momento una bienvenida frenética [,] la gente se volvía loca de alegría. En todas las
estaciones nos recibían con banderas, cigarrillos, tabaco, fruta y vino».13 No obstante este entusiasmo, la integración de
los Ejércitos francés y británico se reveló como un proceso de extrema dificultad. Antes de la guerra apenas había existido
una planificación conjunta, y sí muchas suspicacias mutuas entre los altos mandos de los respectivos ejércitos. El jefe del
Ejército francés destacado más al norte (el V), Charles Lanrezac, desconfiaba de los británicos tanto como el comandante
Mayor de Lanrezac
recibió a su homólogo inglés con frialdad, diciéndole: «Por fin han llegado... Si nos derrotan, todo se lo deberemos a
ustedes». 14
A pesar de tales problemas, la BEF avanzó hacia Bélgica desde una línea que se extendía entre la fortaleza francesa de
Maubeuge y la ciudad de Le Cateau. Los hombres de la BEF eran duros, tiradores expertos y estaban bien entrenados.
Todos se habían presentado voluntarios para el servicio militar; y venían de una tradición de los regimientos británicos que
exaltaba la lealtad a la unidad, lo que garantizaba que los hombres lucharían, y que lo harían con denuedo. En todos los
sentidos, se trataba de algunos de los mejores soldados de Europa, y el kaiser no tardó en lamentar su despreocupado y
desdeñoso comentario de que la BEF era un «pequeño ejército despreciable».
La principal debilidad de la BEF provenía de lo más alto. El mariscal de campo sir John French debía más su
nombramiento como comandante de la fuerza expedicionaria a su renuncia por cuestiones de conciencia durante un conato
de amotinamiento militar en el Ulster, que a su aptitud para encargarse de una misión tan seria. La mayoría de sus colegas
de alto rango creían que era de una lamentable ineptitud para semejante puesto. Uno de ellos, el general Douglas Haig, se
había quejado infructuosamente del nombramiento directamente al rey. Apuesto oficial de caballería en las colonias
durante su juventud, sir John contaba 64 años en 1914 y había permanecido en el servicio activo desde su alistamiento
como guardiamarina en la Royal Navy en 1866. En ese momento, llegaba a Francia con un ejército cuyos jefes de
divisiones y cuerpos no acababan de creer en él para combatir junto a un aliado que tampoco lo tenía en alta estima.
El 22 de agosto el V Ejército francés tomó las ciudades belgas de Dinant y Charleroi; lo que quedaba del Ejército belga
se estableció al sur de Namur, y la BEF avanzó hasta la ciudad de Mons. Al día siguiente, el II Cuerpo de la BEF, integrado
por 30.000 hombres, se encontró directamente en la línea de avance de todo el I Ejército alemán en un área abandonada por
un general de brigada que no se sintió «favorablemente impresionado por sus posibilidades de defensa».15 El comandante
del II Cuerpo al mando de este sector, Horace Smith-Dorrien, había sido uno de los cinco únicos oficiales que
sobrevivieron en 1879 a la masacre de 1.750 europeos en la batalla de Isandhlwana, durante la guerra Zulú. Había ido
ascendiendo hasta convertirse en uno de los más respetados comandantes de campaña del Ejército británico, y en Mons no
fue presa del pánico. Como tampoco sus soldados. A pesar de las escasas posibilidades que tenían, los profesionales
británicos del II Cuerpo utilizaron sus fusiles con pericia, y sufrieron 1.500 bajas, aunque mantuvieron el frente.
Pese a estos actos heroicos, la BEF se encontraba en una posición peligrosa. A primeras horas de la mañana siguiente,
sir John se enteró de que el V Ejército de Lanrezac, situado a su derecha, empezaba a retirarse. La retirada dejaba el flanco
derecho del II Cuerpo peligrosamente al descubierto. Furioso con Lanrezac y cada vez más descorazonado acerca del
futuro de su ejército, sir John ordenó al II Cuerpo que se retirara. Al mismo tiempo, el jefe del I Ejército alemán, Alexander
von Kluck, intentó rodear a las fuerzas británicas y aislar a Smith-Dorrien del cercano I Cuerpo de Douglas Haig. El
movimiento estuvo a punto de tener éxito. Al ver la amenaza que se cernía sobre el II Cuerpo, sir John ordenó a
Smith-Dorrien que se retirara. Sin embargo, cuando llegó la orden, el II Cuerpo se encontraba combatiendo de manera
desesperada por sobrevivir. Los hombres de Smith-Dorrien, ya agotados desde Mons, ocupaban un área cuyo terreno
ofrecía muchas dificultades de defensa y no podían contar con fuerzas de reserva que acudieran en su auxilio. Incapaz de
dejar de combatir a los alemanes que tenía enfrente, Smith-Dorrien desobedeció la orden de French y siguió combatiendo.
La subsiguiente batalla de Le Cateau, librada el 26 de agosto, se convirtió en la de mayor envergadura en la que hubiera
intervenido el Ejército británico desde la de Waterloo, acaecida cien años antes. Bajo una lluvia torrencial, los hombres del
II Cuerpo combatieron en una dura acción de retirada contra 140.000 alemanes. Los británicos perdieron 8.000 hombres;
pocos para los parámetros posteriores de la Primera Guerra Mundial, pero un número enorme para un ejército con un
contingente inferior a 100.000 hombres y que ya había derramado abundante sangre en Mons. El duro combate de Le
Cateau permitió que los demás elementos de la BEF se retirasen al interior de Francia y se reorganizaran. La decisión de
13 Diario de A. Reeve, IWM W/21/1, pág. 1.
14 Citado en Robert Asprey. The First Beittk of the Mame, Filadelfia, Lippincourt, 1962, pág. 42. 15 General sir Henry de Beauvoir de Lisie, «My Narrative of the Great German War», 1919, LIICMA, Colección de Lisie,
Smith-Dorrien de permanecer y luchar salvó con toda probabilidad a la BEF, aunque su comandante nunca le perdonó del
todo que desobedeciera una orden.
Los británicos iniciaron entonces una larga retirada hacia París. El soldado Reeve, el artillero de campaña que había
constatado la euforia con que había reaccionado la población civil francesa ante la llegada de los británicos, escribía una
semana después que «casi todos los lugares en los que nos habían dado la bienvenida al llegar, están ahora desiertos».16
Otro soldado británico, un irlandés veterano de las guerras de la India y Sudáfrica, dejaba constancia de la trágica visión de
un ejército que se retiraba hasta 37 km cada día sin víveres, subsistiendo con las patatas que encontraban por el camino. La
mayoría de los soldados seguían vistiendo las mismas ropas que llevaban al salir de Gran Bretaña. La singularidad de la
escena se vio agudizada cuando muchos de los más veteranos de su unidad se deshicieron de sus abrigos y gorras y
sustituyeron éstas por pamelas, a fin de protegerse del insólito calor de aquel tórrido agosto. Sin embargo, escribió el
soldado, «en las ocasiones señaladas en las que esos mismos hombres agotados tuvieron que darse la vuelta y combatir, no
se abandonaron y lo hicieron bien».17 El Ejército británico estaba herido, pero no derrotado. El avance alemán desplazó a miles de familias que tuvieron la
desgracia de verse atrapadas en el camino de los ejércitos
alemanes. Estos niños franceses se contaron entre los refugiados. (National Archives)
El hecho de que Lanrezac no informara a los británicos de su retirada provocó que las relaciones entre los aliados se
tensaran durante meses, por más que la retirada en sí fuera perfectamente recomendable desde el punto de vista militar a la
luz de los fracasos franceses en el sudeste. Los planes de guerra franceses han recibido todo tipo de condenas por parte de
los historiadores, y con razón. Sin embargo, los estrategas galos se enfrentaron a obstáculos políticos y sociales de mucha
más envergadura que aquellos que tuvieron que encarar sus homólogos alemanes. Los políticos franceses prohibieron al
ejército que violara la neutralidad de Bélgica hasta que los alemanes lo hubieran hecho. A mayor abundamiento, Francia
carecía de la ambición continental de Alemania y, por consiguiente, no tenía más objetivo bélico evidente que el de la
legítima defensa y el de la reconquista de Alsacia y Lorena, las dos provincias en poder de Alemania desde 1871.
Aunque los objetivos bélicos de Francia fueran esencialmente defensivos, los generales franceses no tenían intención
de llevar a cabo un plan de guerra defensivo. Su análisis de la debacle de 1870-1871 había llevado a la conclusión de que
la postura defensiva de Francia en las primeras semanas de la guerra había cedido la iniciativa al enemigo y que esto, por
una concentración de
fuerzas al sur de la frontera belga, a lo largo de un frente que discurría desde Sedán a Belfort. Aunque dicho plan dejaba
expuestas las regiones de Picardía y Artois, ofrecía al oficial al mando francés, Joseph Joffre, la posibilidad de escoger
entre adentrarse en Alsacia-Lorena o, si los alemanes violaban de hecho la neutralidad belga, entrar en Bélgica por el
noreste para aislar a los alemanes desde la retaguardia.18 16 Diario de A. Reeve, pág. 2.
17 Diario de John Mrflwain.IWM 96/29/1, anotación del 2 de septiembre, pág. 12.
18 Para una excelente perspectiva general del plan, véase Robert Doughty, «French Strategy en 1914: Joffre's Own»,
Jounal of Military ¡listón- n" 67, abril de 2003, págs. 427-454.
Las motivaciones políticas, culturales y económicas convertían el avance sobre Alsacia-Lorena en la opción más
evidente para los franceses. La devolución de estas dos «provincias perdidas» era el único objetivo bélico, aparte del
evidente de la legítima defensa, que aglutinaba a la ciudadanía. Además, más de un tercio del mineral de hierro de los
alemanes procedía de Alsacia y Lorena, por lo que la toma de las minas de hierro podía paralizar la producción bélica
alemana. Desde un punto de vista militar, el control de Alsacia-Lorena llevaría a las fuerzas francesas hasta el Rin,
afectando así a la capacidad alemana para reforzar y reabastecer a sus ejércitos. Asimismo, la acción coincidía con los
acuerdos alcanzados con Rusia antes de la guerra, conducentes a presionar a Alemania lanzando ofensivas simultáneas
desde el este y el oeste.
Entre el 7 y el 14 de agosto, mientras las fuerzas alemanas cruzaban Bélgica, los franceses culminaban sus
concentraciones. El 14 de agosto Joffre y su Estado Mayor seguían pensando que carecían de la información suficiente
para juzgar las intenciones alemanas en Bélgica de manera precisa y creyeron que la situación parecía inclinarse a favor de
Francia. No podían —o no querían— descartar la posibilidad de que el avance alemán en Bélgica fuera sólo un amago, y al
mismo tiempo creían que los alemanes no tenían la fuerza suficiente para atravesar Bélgica, defenderse contra un ataque
en toda regla en Alsacia-Lorena y rechazar a los rusos en el este, todo al mismo tiempo. Además, en ese momento algunas
de las fortalezas de Lieja seguían resistiendo, y los alemanes no habían intentado todavía atacar Namur. Así pues, Joffre
subestimó la importancia de las operaciones en Bélgica y ordenó a sus fuerzas que entraran en Alsacia-Lorena.
Con la esperanza de liberar Alsacia-Lorena, los soldados más selectos de Francia se concentraron en cuatro ejércitos
frente al VI y el VII Ejército de los alemanes. Los cadetes de la academia militar francesa de St. Cyr se presentaron para la
batalla vestidos con sus uniformes de gala, dispuestos a sacrificar sus vidas por Francia. A medida que avanzaban por
Alsacia, los lugareños lanzaban vino y flores a su paso. Joffre publicó una proclama dirigida a la población de Alsacia que
rezaba así:
Después de cuarenta y cuatro años de penosa espera, los soldados franceses pisan de nuevo el suelo de esta
tierra noble. Ellos son los pioneros de la gran tarea de la venganza... La nación francesa los ha alentado de manera
unánime, y en los pliegues de sus banderas están escritas las palabras mágicas: «Ley y Libertad. ¡Larga vida a
Alsacia! ¡Larga vida a Francia».19
conjunto como la batalla
de las Fronteras, empezaron de forma esperanzadora para Francia, pero acabaron en un desastre lamentable. El VI y el VII
Ejército alemanes habían esperado defenderse en este sector y habían preparado el terreno en consecuencia. Las colinas,
montañas y bosques de Alsacia proporcionaban unas posiciones excelentes a los defensores alemanes, pese a lo cual los
franceses avanzaron con arrojo. El Ejército de Alsacia del manco general Paul-Marie Pau avanzó hasta Mulhouse. Al norte
de él, las formaciones francesas más poderosas, el I y el II Ejército, que sumaban un tercio de la fuerza total francesa,
avanzaron hacia el nordeste desde posiciones situadas a ambos lados del río Mosela. El III y el IV Ejército, por su parte, se
prepararon para atacar el que se suponía débil centro de los alemanes, situado en los bosques de las Ardenas.
Durante la primera semana los galos creyeron que su ofensiva estaba dando muestras de éxito. Gran parte de éste, sin
embargo, era ilusorio, ya que las fuerzas francesas no habían alcanzado todavía las posiciones principales de los alemanes.
Lo hicieron el 20 de agosto en dos sitios. El II Ejército francés atacó los cerros de Morhange, al nordeste de Nancy,
mientras que el I Ejército se encontró con las fuertes posiciones alemanas de las cercanías de Sarrebourg, entre Nancy y
Estrasburgo. Ningún soldado luchó jamás con tanto denuedo; pero, como ocurriría en tantas batallas posteriores en esta
guerra, el entusiasmo de los combatientes no podía compensar las dificultades a las que se enfrentaron. En las colinas y
valles de Alsacia, las unidades acabaron separándose, y las comunicaciones se interrumpieron enseguida. Los inexpertos
soldados, muchos vestidos con relucientes uniformes nada adecuados para la guerra moderna, cargaron contra nidos de
ametralladoras camuflados con los resultados predecibles.
Tras ser obligados a retroceder en Morhange y Sarrebourg, los franceses tuvieron que hacer frente a los decididos
contraataques del VI y el VII Ejército alemanes. Lo que éstos buscaban era aprovecharse de las bajas francesas, tomar la
trascendental ciudad de Nancy, y atravesar lo más deprisa posible el Trouée de Charmes, una región apenas fortificada al
sudoeste de Nancy, entre Toul y Epinal. Joffre tenía que manejar esta crisis además de la que tenía lugar en Bélgica, donde
los alemanes se disponían a cruzar el río Mosa y a avanzar sobre Mons. La situación se había vuelto desesperada.
El 24 de agosto, el mismo día en que la BEF mantuvo sus líneas en Mons, los alemanes atacaron Trouée de Charmes,
cuya posición Joffre ordenó que se defendiera a toda costa. El jefe del II Ejército, Edouard Noel de Castelnau, encomendó
la defensa de Nancy al inteligente y agresivo comandante de su XX Cuerpo, Ferdinand Foch. Este había abandonado el
colegio en 1870 para alistarse voluntario como soldado raso en la guerra franco-prusiana, aunque no llegó a entrar en
combate. Después de la guerra volvió al colegio en Nancy, donde se preparó para los exámenes de acceso al cuerpo de
oficiales francés, mientras las bandas de la ocupación alemana se burlaban a diario de la población interpretando el toque
de «retirada». Foch conocía bien el terreno de los alrededores de Nancy y ardía en deseos de venganza.20 Pero también se
veía favorecido por sus excelentes relaciones con Joffre, que disculpaba de buen grado muchos de sus defectos. A
principios de agosto de 1914, Foch había ignorado la orden del gobierno de alejar 10 km de las fronteras a sus unidades, y
en Morhange insistió en avanzar cuando Castelnau le había ordenado que se retirara. Por consiguiente, Castelnau le
culpaba en buena medida de la pésima situación que ocupaba en ese momento su II Ejército. Foch reorganizó la retirada de las unidades francesas haciéndoles rodear una cadena de colinas boscosas de 300 a 400
metros de altura situadas al nordeste de Nany, conocidas en conjunto como la Grand Couronné. El I y el II Ejército
restablecieron entonces el contacto y se prepararon para recibir el ataque de los alemanes. El 25 de agosto éstos estuvieron
a punto de romper las líneas francesas, pero Foch reaccionó. Ordenó a su XX Cuerpo que contraatacara, con la esperanza
de que la confusión generada por su ataque desbaratara los planes alemanes. Su maniobra funcionó: los franceses
consiguieron conservar Nancy y Trouée de Charmes tras una sucesión de sangrientos enfrentamientos que se prolongaron
hasta el 12 de septiembre.
A pesar de este éxito, los franceses no consiguieron retomar Alsacia-Lorena y pagaron un descomunal precio en vidas
humanas en la batalla de las Fronteras. Los oficiales franceses, imbuidos en la creencia de que el mando significaba estar
dispuesto a atacar y a morir con las botas puestas, dirigieron un ataque sangriento tras otro. La doctrina ofensiva francesa
se desmoronó ante la artillería de campaña y las ametralladoras alemanas. Se estima que las bajas francesas fueron de
200.000 hombres y de 4.700 de los 44.500 oficiales que había antes de la guerra. Los mejores hombres del Ejército francés
habían sacrificado sus vidas en un intento de recuperar Alsacia y Lorena, sólo para descubrir que la verdadera amenaza
estaba en otra parte.
El ingente número de heridos de las primeras semanas desbordó por completo a un sistema sanitario carente de toda preparación para la guerra. Esta iglesia francesa sirvió de improvisado hospital de campaña. (National Archives)
El milagro del Mame
Joffre reaccionó ante la sucesión de emergencias coincidentes a las que se enfrentaba sin perder la calma. Aquel hombre de
físico imponente, presencia militar y una calma casi inhumana, hizo balance de las crisis simultáneas que se habían
desarrollado en Bélgica y Alsacia sin perderse ni sus descomunales almuerzos ni sus siestas diarias. Al darse cuenta
tardíamente de que la principal amenaza procedía del ala derecha alemana, que avanzaba hacia París desde el nordeste,
ordenó a sus fuerzas que permanecieran a la defensiva desde Verdún a Belfort. Reemplazó a toda prisa a una docena de
20 Para más información sobre Foch, véase Michael Neiberg, luich: Supreme Allied Covimav-'r tu the Great War, Dulles.
Virginia, Brassey's, 2003.
oficiales, incluidos Lanrezac y Pau, por considerar que no habían sabido hacer frente al desafío de las primeras semanas de
la guerra. Por otro lado, disolvió el ejército de Alsacia de Pau y envió a la mayoría de sus hombres a París, donde
contribuirían a la formación de un nuevo VI Ejército que protegería los accesos nororientales a la capital. Asimismo,
asignó a Foch al mando de otra nueva unidad, el IX Ejército, que se estaba formando en el este de París, entre el IV y el V
Ejército.
De acuerdo con el calendario previsto, los alemanes estaban cerca de una tentadora victoria en el oeste. El 31 de agosto
un piloto alemán se atrevió a lanzar sobre el mercado de Les Halles de París una bandera con la inscripción: «Los alemanes
estarán en París dentro de tres días».21 Aun así, la capital francesa empezaba a figurar cada vez menos en los planes
dirigirse hacia el norte
y el oeste de París, como estaba planeado; en su lugar, cambió el eje del ataque hacia el sur y el este de la capital, con la
intención de aplastar al V Ejército francés, al que, erróneamente, consideraba el Ejército aliado menos capacitado de los
establecidos en las cercanías de París. El reconocimiento aéreo y las patrullas de caballería franceses no tardaron en
informar del cambio en los movimientos de Kluck.
El cambio de rumbo alemán fue una grata noticia para el gobernador militar de París, el general Joseph Gallieni, un
héroe de las guerras coloniales francesas al que se había devuelto al servicio activo a pesar del rápido deterioro de su salud.
El 1 de septiembre Gallieni había informado a Joffre que París no podía defenderse con los recursos de que disponía. Pero
la noticia del movimiento alemán hacia el sudeste, que Gallieni recibió el 3 de septiembre, significaba que la batalla
principal podría librarse en las afueras de París y que la capital no tendría que sufrir un sitio para el que estaba
lamentablemente preparada. Tanto Joffre como Gallieni vieron la oportunidad de aplastar la, a esas alturas, desprotegida
ala derecha alemana, aunque Joffre siguió recomendando que se evacuara al gobierno francés a la ciudad de Burdeos,
situada casi 600 km al sudoeste.
Al mismo tiempo, sir John, cada vez más desanimado, estaba considerando la posibilidad de mover a la Fuerza
Expedicionaria Británica en dirección al puerto de Le Havre, en el canal de la Mancha, de donde podría ser evacuada por la
Royal Navy. El 31 de agosto telegrafió al secretario de Estado de la Guerra británico, lord Kitchener, admitiendo que «mi
confianza en la capacidad de los mandos del Ejército francés para conducir al éxito esta campaña disminuye a marchas
forzadas».14 Kitchener, un militar de proporciones legendarias, comprendió de inmediato que si la BEF procedía a la
retirada propuesta por sir John, se abriría una peligrosa brecha entre el V y el VI Ejércitos franceses, dejando a París en una
arriesgada situación de desprotección. Por lo tanto, dio el insólito paso de dirigirse a toda prisa a Francia para convencer
personalmente a sir John de que se quedara. Aunque, a la sazón, Kitchener formaba parte del gobierno en calidad de civil,
se presentó en Francia ataviado con su uniforme de mariscal de campo, a fin de dejar bien claro ante sir John cuál era su
idea de la cadena de mando. Kitchener consiguió que sir John cambiara de opinión, y la BEF asumió las posiciones
defensivas del este de París.
El 4 de septiembre los dos ejércitos enemigos estaban desplegados, como unas tensas cintas elásticas, a un lado y a otro
de un frente de 320 km que discurría desde París a Verdún. El modificado plan alemán preveía replegar sobre sí mismos
los dos flancos de la línea aliada, comprimiendo así uno contra otro a los ejércitos aliados. La maniobra prometía destruir
a las fuerzas aliadas frente a París, pero exigía un gran esfuerzo de los soldados alemanes, que llevaban caminando y
combatiendo desde hacía un mes. El I, el II y el III Ejércitos estaban integrados por miles de hombres que ya no tenían las
fuerzas con las que habían empezado la guerra; muchas unidades habían agotado sus provisiones y estaban viviendo de lo
que les daba la tierra, y los soldados estaban cansados, hambrientos y escasos de munición.
Por su parte, los hombres de Joffre estaban tan cansados como sus enemigos alemanes, pero tenían más cerca sus líneas
de abastecimiento, y los refuerzos provenientes de las provincias francesas iban camino de París. Con la capital fuera ya
los hombres de la
guarnición de París que «mantengan el contacto con el Ejército alemán y se preparen para intervenir en la batalla que se
avecina».22 Gallieni se reunió entonces con el jefe del Estado Mayor de sir John y acordaron un plan para actuar de manera
conjunta cuyos detalles Joffre y sir John ratificaron de inmediato. El cambio de orientación revitalizó a los hombres de la
BEF, que se alegraron de seguir adelante en lugar de retroceder. «Sólo aquellos que habían intervenido de verdad en la
retirada [de Mons] -recordaba un oficial británico-, pudieron experimentar en toda su intensidad la sensación cuando se
nos dijo que íbamos a suplir nuestras carencias y a prepararnos para avanzar.23 A pesar de la fatiga, los hombres de la BEF
21 Ministére de la Guerre, Les Armées Francaises dans la Grande Guerre, serie I, vol. 2, París, Imprimcne Nationale, 1925,
pág. 587.
22 French, citado en Asprey, op. át, págs. 80-81.
no habían perdido su ardor guerrero.24 .
El Frente Occidental, 1914.
La subsiguiente batalla del Marne se extendió a ambos lados de todo el frente, desde el río Ourcq hasta Verdún, y, en su
momento, constituyó la mayor batalla jamás librada, con un millón de hombres combatiendo en cada bando. Lo que estaba
en juego era descomunal. Si los alemanes tenían éxito en envolver a los ejércitos aliados, el hecho podía conducir a un
desastre de una magnitud sin precedentes; si fracasaban, los alemanes se verían obligados a retirarse más allá del río
Marne, y París estaría a salvo. La orden general del V Ejército el día 5 de septiembre transmitía una sensación apremiante:
«Antes de esta batalla, cada soldado ha de saber que el honor de Francia y la salud de la Patria descansan en el vigor con
que mañana afronte la batalla. El país confía en que todos los hombres cumplan con su deber».25 El futuro de Francia
pendía de un hilo.
La mañana del domingo 6 de septiembre, los ejércitos aliados avanzaron a lo largo de todo el frente. El mismo kaiser se
había personado en el flanco izquierdo alemán con la esperanza de encabezar una marcha triunfal sobre Nancy, pero los
franceses, sin dejar de combatir sobre el Grand Couronné, le negaron la posibilidad. Tras haber aprendido la lección de
Bélgica, las fuerzas francesas abandonaron sus fortificaciones y lucharon desde trincheras y terraplenes de hasta casi siete
metros de profundidad. Los enérgicos ataques de las fuerzas alemanas llevaron a éstas a menos de 10 km de Nancy, pero
los franceses resistieron a pesar de la abrumadora superioridad alemana tanto en hombres como en piezas de artillería. El
contratiempo sufrido cerca de Nancy no sólo fue una humillación para el kaiser, sino que implicó que la pinza oriental del
doble envolvimiento alemán no había conseguido su propósito.
La clave de la batalla se produjo más al oeste, cerca de París. El I Ejército de Kluck había perdido contacto con el II
Ejército del general Bülow, de resultas de lo cual entre ambos se abrió una brecha desguarnecida de 19 km. Moltke, a la
sazón aislado en Luxemburgo, no podía recibir la información lo bastante deprisa para manejar la situación, pero Joffre,
que estaba más cerca del frente, sí. En consecuencia, éste asignó el IX Ejército de Foch para inmovilizar al II Ejército
alemán en su posición, mientras el V Ejército francés y la BEF se metían en la brecha entre los dos ejércitos alemanes. El
destino de París, y quizá el de la misma guerra, se decidiría a la mañana siguiente, el lunes 7 de septiembre.
infligiendo enormes
bajas a los franceses. El jefe del VI Ejército galo, Michel Joseph Manoury, se planteó la retirada, pero la planificación de
Gallieni lo salvó. El 1 de septiembre, el gobernador militar había ordenado que todos los taxis y chóferes de París
estuvieran preparados para un eventual servicio, y el 6 de septiembre ordenó que 1.200 taxis y sus conductores se
congregaran en las estaciones de ferrocarril de la capital. En lo que acabó conociéndose como el «Milagro del Marne»,
24 Frank Pusey, «A Long and Happy Life», 1978, IWM 79/5/1, pág. \2. La cursiva es del original 25 Les Armées Francaises, op. dt., tomo 1. vol. 2, pág. 681.
Gallieni utilizó aquellos taxis para llevar a toda prisa hasta Manoury a 5.000 hombres de refuerzo recién llegados, a tiempo
de frenar el contraataque de Kluck, ganándose para siempre el título de «Salvador de París».
Al mismo tiempo que los refuerzos de Gallieni estaban salvando París, la BEF amenazaba el flanco izquierdo de Kluck.
El comandante del I Cuerpo, Douglas Haig, hizo penetrar a la BEF casi 13 km en la brecha abierta entre el I y el II Ejércitos
alemanes. Aunque los acontecimientos del 7 de septiembre no habían ganado todavía la batalla, sí que habían cambiado la
situación de manera espectacular. Los aliados amenazaban con cercar al I Ejército alemán; el mujeriego hijo del kaiser, el
príncipe heredero Guillermo, jefe del V Ejército, se vio obligado a aparcar su proyecto de una marcha triunfal por los
Campos Elíseos, trasunto de otra que había realizado el Ejército prusiano en 1871. París estaba salvado.
Al igual que el príncipe heredero, en la retaguardia, en Luxemburgo, Moltke comprendió que la batalla no se estaba
inclinando de su lado. Alejado de las líneas del frente, tenía una imagen de los acontecimientos mucho menos clara que la
de Joffre o sir John. El general alemán Erich von Falkenhayn, que no tardaría en reemplazar a Moltke, comentó con
mordacidad que «nuestro Estado Mayor General ha perdido definitivamente la cabeza. Las notas de Schlieffen ya no son
de ninguna ayuda, así que el ingenio de Moltke ha llegado a su fin».26 Para lograr una mejor comprensión de la situación,
Moltke envió al frente a uno de los oficiales más capaces de su Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch. Al
recorrer el frente el 8 y 9 de septiembre, Hentsch encontró a Bülow y a Kluck enzarzados en culparse mutuamente por la
brecha que se había abierto entre ellos. Los alemanes carecían de reservas para cerrarla y admitieron su incapacidad para
echar a los franceses de sus posiciones en el este. El 9 de septiembre fracasó un decidido ataque contra el centro de los
aliados, al conseguir mantener su posición el IX Ejército de Foch; entonces, éste sorprendió a los alemanes
contraatacando. Bülow decidió retirarse detrás del río Marne y, al hacerlo, ensanchó la brecha entre él y Kluck. Hentsch,
en nombre de Moltke, ordenó entonces a Kluck que se retirase también.
Durante los dos días siguientes los ejércitos aliados avanzaron con lentitud y prudencia después de cruzar el Marne.
Joffre y sir John no estaban preparados todavía para creer que los alemanes habían admitido su derrota y que, de hecho, se
estaban retirando y no reorganizándose para otra ofensiva. Más tarde, sus detractores culparon a Joffre por no perseguir a
los alemanes en su retirada, pero los que así obraron no tuvieron en cuenta las enormes pérdidas sufridas por los aliados.
En sólo unas tres semanas de combate activo, los aliados y los alemanes habían perdido más de medio millón de hombres
cada uno. Los dos ejércitos estaban agotados, escasos de suministros y sin saber muy bien qué debían hacer a continuación.