Hindenburg y Ludendorff coincidieron en todo lo concerniente a la situación a la que se enfrentaba el VIII Ejército. Aun
antes de encontrarse con Hindenburg, Ludendorff había asumido la responsabilidad de ordenar que dicha unidad empezara
a concentrarse frente al II Ejército de Samsonov. Nada más que una solitaria división de caballería se estableció frente al I
Ejército de Rennenkampf, el cual, en opinión de Ludendorff, había sufrido un número considerable de bajas en la batalla
de Gumbinen para impedir que se moviera con rapidez en un futuro inmediato. Hindenburg aprobó las nuevas
disposiciones enseguida, y nada más llegar al cuartel general del VIII Ejército, los dos generales descubrieron que el jefe
de operaciones, el teniente coronel Max Hoffmann, había llegado por su cuenta a la misma estrategia general y había
empezado los preparativos para una concentración frente a Samsonov.
Moltke tomó otra decisión que nunca ha perdido su carácter controvertido. En la creencia de que disponía de efectivos
más que suficientes para tomar París, retiró dos cuerpos del ala derecha del avance alemán en Francia y los envió al este.
Ambos cuerpos servirían de protección a Prusia oriental en el caso de que las audaces operaciones ofensivas del VIII
Ejército contra los rusos fracasaran. Sin embargo, los dos cuerpos invirtieron todo el final de agosto en trasladarse del
oeste al este y, en consecuencia, no se pudo contar con ellos ni para la batalla del Marne ni para la que se estaba fraguando
contra Samsonov.
Samsonov, por su parte, se encontraba casi a oscuras sobre los acontecimientos que se desarrollaban delante de él. Las
vía telegráfica hasta
Varsovia, donde eran decodificados y enviados al norte en automóvil, por carreteras mal pavimentadas, hasta el cuartel
general de Samsonov. El 24 de agosto, mientras los británicos resistían en Mons, Bélgica, Zhilinski informó a Samsonov
que en su sector sólo había un «número insignificante de fuerzas».35 Por lo tanto, Samsonov adelantó el centro de su línea,
exponiendo peligrosamente sus flancos a un peligro cuya existencia ignoraba.
El alto mando alemán se dio cuenta de que las fisuras geográficas y personales entre los ejércitos rusos ofrecía una
oportunidad de oro. Tras un momento inicial de duda, el 27 de agosto, el agresivo Francois condujo el ataque que cortó las
líneas de retirada al flanco izquierdo y al centro del II Ejército. Al día siguiente, y desobedeciendo de nuevo una orden, esta
vez de Lundendorff, de que ayudara a una unidad de reserva alemana amenazada, continuó el ataque contra la retaguardia
de los rusos. Con apenas información fiable sobre su situación, Samsonov se movió con lentitud y no consiguió frenar la
alarma creciente entre las filas rusas. El 29 de agosto el II Ejército estaba completamente rodeado. Al darse cuenta del
desastre al que se enfrentaba, Samsonov se desmoronó. Después de decirle a su jefe del Estado Mayor: «El emperador
confió en mí. ¿Cómo puedo mirarle a la cara después de semejante desastre?», desapareció en el bosque y se suicidó.
Sin jefe, rodeados y sin ninguna esperanza de recibir refuerzos, los rusos fueron presas del pánico. En muchos puntos,
el cerco alemán era demasiado débil para resistir un ataque decidido de los rusos, pero no se produjo ninguno. De los
135.000 rusos atrapados en la bolsa, sólo escaparon 10.000 soldados; más de 100.000 hombres se rindieron, junto a 500
actuado de una manera
lamentable, sufriendo una derrota aplastante. El tamaño del inmenso Ejército ruso implicaba que la derrota sólo afectaba a
cuatro de los treinta y siete cuerpos del país, pero las repercusiones psicológicas de la pérdida sobrepasaron con creces las
materiales. El pesimismo se apoderó de los rusos, que empezaron a creer que no podrían contra la mayor destreza militar
de los alemanes, una conclusión que compartían muchos en Francia y en Gran Bretaña. 35 Stone, op. cit.,
de otra librada en las
cercanías quinientos años antes, y en la que los caballeros polacos y lituanos habían derrotado a los caballeros teutones.
Hindenburg, Ludendorff y Hoffmann creían que los alemanes habían devuelto la humillación que los eslavos habían
inferido a sus antepasados. Ninguno de los tres estaba aquejado de falta de confianza en sí mismo, así que se jactaron por
igual de haber planeado y llevado a cabo una de las mayores victorias de la historia militar, y no tardaron en convencerse
de la superioridad de la organización y métodos alemanes sobre los de un enemigo hacia quien no sentían ningún respeto
profesional ni sentimiento humanitario. Acaso, lo más importante de todo fue que el tamaño de Rusia ya no los intimidaba.
«Tenemos una sensación de absoluta superioridad sobre los rusos», proclamó Hoffmann aquel otoño. «Debemos ganar y
ganaremos.»36
El frente oriental, 1914.
36 Hoffrnann, citado en Francis Ilafscy, The Literary Digest History of the World War, vol. X New York Funk and
Wagnalls, pág 59.
Exultantes con su magnífica victoria, los alemanes decidieron girar hacia el norte y realizar de nuevo el mismo truco,
esta vez contra el I Ejército de Rennenkampf. Sin saber muy bien qué era lo que estaba ocurriendo en el sur, y con sus
líneas de suministros amenazadas por la guarnición alemana de la fortaleza de Konigsberg, situada al norte, Rennenkampf
se movió con lentitud y cautela. El 30 de agosto Zhilinski le informó de la magnitud de la derrota de Samsonov, aunque el
cuartel general ruso supuso de manera equivocada que el siguiente movimiento de los alemanes sería dirigirse al sur en
dirección a Varsovia. A fin de anular la maniobra, Zhilinski indicó a Rennenkampf que se adentrara en Prusia oriental.
Una disposición ofensiva que desguarneció temporalmente los flancos de Rennenkampf. Por tercera vez en menos de
un mes, el comportamiento agresivo y casi temerario de Francois le volvió a colocar en el centro de los acontecimientos.
Después de hacer recorrer a sus hombres más de 100 km en cuatro días, sorprendió al flanco izquierdo ruso y lo hizo
retroceder. Sin embargo, Rennenkampf, al contrario que Samsonov, no fue presa del pánico. Como veterano de la rebelión
Bóxer que se había ganado el favor del zar en 1905 al arrebatar brutalmente parte del ferrocarril transiberiano a los
revolucionarios, Rennenkampf había sobrevivido a varias quiebras personales y a cuatro fracasos matrimoniales. Las
crisis no le eran ajenas, así que mantuvo la cabeza en su sitio a pesar del deterioro creciente de sus posiciones estratégicas.
Deseoso de evitar la suerte de Samsonov, ordenó a dos divisiones que libraran una acción de retaguardia, a fin de
permitir que el resto de sus tropas escaparan sanas y salvas. Del 10 al 12 de septiembre, su ejército se retiró más de 80 km
hacia el interior de Rusia. En lo que llegaría a conocerse como la batalla de los Lagos de Masuria, el I Ejército perdió a casi
150.000 hombres y 150 cañones. Los alemanes persiguieron al I Ejército en retirada hasta el interior de Rusia, lo que les
hizo perder la ventaja del ferrocarril con el ancho de vía alemán. La abundante lluvia no tardó en darle cierto respiro a los
rusos, y permitió que Rennenkampf reagrupara sus tropas y contraatacara el 1 de octubre en el bosque de Augustow,
consiguiendo expulsar a las fuerzas alemanas de Rusia. La mala suerte del kaiser continuaba. Se había unido al VIII
Ejército demasiado tarde para presenciar las victorias de Tannenberg y de los Lagos de Masuria, pero llegó a Augustow a
tiempo de escapar de una carga de la caballería rusa.
Los primeros movimientos en el este habían desangrado a los rusos, pero éstos seguían conservando sus enormes
reservas humanas. Los alemanes les habían infligido dos grandes derrotas, pero cuando llegó el invierno, los rusos habían
conseguido redimirse limpiando su patria de tropas alemanas. Esta hazaña supuso un pobre consuelo para sus aliados
británicos y franceses, que cada vez estaban más convencidos de la incompetencia incurable de los rusos. Si los aliados
querían mantener el frente ruso activo, tendrían que proporcionar al Ejército ruso ayuda material directa y tanto
asesoramiento como los rusos estuvieran dispuestos a aceptar. Según un viejo proverbio ruso, Rusia nunca es tan fuerte
como parece, pero tampoco tan débil como deja entrever. A finales de 1914 la máxima era un fiel reflejo tanto de la nefasta
situación de Rusia en el norte como de su capacidad para soportar más castigo. La campaña de Serbia
Los rusos confiaban en obtener más éxitos contra el Ejército austrohúngaro que contra el alemán. El Imperio
austrohúngaro estaba aquejado de tantos problemas, que incluso su emperador, Francisco José, de 84 años, albergaba
serias dudas acerca de su supervivencia. Hermano del infortunado emperador Maximiliano de México, Francisco José
ocupaba el trono desde 1848, lo que le convertía en el monarca europeo con más años de reinado. El emperador era la
cabeza visible de un imperio multiétnico, con tres ineficientes administraciones que utilizaban tres idiomas distintos: el
alemán, el húngaro y el croata. A su vez, el ejército tenía que utilizar once idiomas si quería dar cabida en su seno a las
principales minorías étnicas del imperio, muchos de cuyos miembros esperaban de forma activa su desmembración. El
antihéroe creado por el escritor y veterano soldado checo Jaroslav Hasek en su obra El soldado Schweik (escrita en la
década de 1920) reaccionaba ante la noticia del asesinato de Fernando diciéndole a su asistenta que él conocía a dos
Fernandos, uno que se había bebido por equivocación una botella de tinte para el pelo, y otro que recogía estiércol.
«Ninguno de los dos sería una gran pérdida», añadía. La sátira de Hasek captaba los sentimientos contrapuestos de tantos
austro-húngaros hacia la guerra y el propio imperio.37
La economía del Imperio austrohúngaro, en su mayor parte agrícola, obligaba a éste a mantener los gastos militares al
mínimo. Su dispendio per cápita en defensa era el más bajo de todas las grandes potencias. Esta falta de recursos, junto con
la necesidad de trabajadores agrícolas, significaba que tenía también el porcentaje más bajo de hombres en el ejército de
todas las potencias continentales. El imperio entrenaba anualmente sólo al 22 % de los hombres aptos para el servicio
militar, en comparación con el 40 % de Alemania y el 86 % de Francia.38 La famosa pulla de Napoleón acerca de que los
37 Jaroslav Hasek, The Good Soldier Schweik (1930), Nueva York, Doubleday, 1963, pág. 21 (trad. cast.: Las
aventuras del valeroso soldado Schweik, Barcelona, Destino, 1980).
38 Holger Herwig, The First World War: Germany and Austria-Hungary, 1914-1918, Londres, Edward Arnold, 1977, pág.
austríacos eran siempre un ejército, una cosecha y un concepto demasiado tardíos, seguía siendo aplicable al imperio en
1914.
A pesar de estas deficiencias, los miembros de la élite gobernante austro-húngara ambicionaban aumentar su poder, en
especial en los Balcanes. En 1908 el imperio se había anexionado la provincia de Bosnia- Herzegovina tras arrebatársela al
declinante Imperio Otomano. La incorporación de cerca de 500 km de costa en el mar Adriático daba al Imperio
austrohúngaro bases navales adicionales y una lengua de tierra que era una amenaza para Serbia; no por casualidad, dejaba
también a esta última sin salida al mar. El jefe del Estado Mayor General del Ejército austro- húngaro, el general Franz
Conrad von Hotzendorf, era de la creencia de que el imperio debería haber seguido adelante hasta conquistar Serbia en su
integridad. A partir de entonces, presentaba cada año al emperador unos planes para una guerra preventiva contra Serbia
«con la regularidad de un almanaque».39
El conde Franz Conrad von Hotzendorf, jefe del Estado Mayor General austrohúngaro, había instado durante años a su gobierno a librar una guerra preventiva contra Serbia. El fracaso de su plan de guerra en alcanzar alguno de los objetivos del Estado austríaco condujo a su destitución a finales de 1918 (© Corbis)
La guerra de los Balcanes de 1912-1913 tuvo como resultado la conquista por parte de Serbia de dos antiguas
provincias otomanas, Novibazar y Macedonia. De este modo, Serbia duplicó su tamaño y aumentó su confianza. Sus
llamamientos a la unificación de todos los eslavos en un Estado de predominio serbio se fueron haciendo cada vez más
estridentes. Tal retórica amenazaba la viabilidad interna de Austria-Hungría, donde los eslavos representaban una de las
minorías étnicas más numerosas. El ejército dependía, en buena medida, de los eslavos para la clase de tropa, aunque los
alemanes y los magiares dominaban el cuerpo de oficiales. Por consiguiente, los austríacos creyeron que el asesinato del
39 C. R. M. F. Cruttwell, A History of the Great War; 1914-1918, Oxford, Clarendon Press, l934.pág.4.
archiduque por un grupo de eslavos, que suponían relacionados con oficiales serbios, no podía quedar sin respuesta.
Conrad y otros austrohúngaros partidarios de la línea dura vieron en el asesinato una oportunidad de arreglar cuentas
con Serbia. Conrad era un oficial de Estado Mayor inteligente y capaz, pero no había conseguido nunca meterse en la
cabeza la famosa sentencia de Clausewitz de que la guerra es una prolongación de la política por otros medios; para él, la
guerra era, o debería haber sido, la fuerza rectora de la política de Estado. Sólo el ejército, había argumentado de manera
reiterada, podía unificar las muchas nacionalidades recíprocamente antagónicas del imperio en un todo leal. Mediante la
guerra contra cualquier alianza de Serbia, Rusia e Italia, confiaba en repetir el gran éxito de Otto von Bismarck durante las
guerras de la unificación alemana y crear un imperio poderoso que devolviera a Austria a la categoría de las potencias de
primer orden.
En julio de 1914 Conrad consideró que sus oportunidades se estaban desvaneciendo, mientras que el relativo poder de
él. Cuanto más
tiempo dieran a los rusos para modernizar su ejército y construir líneas ferroviarias, más difícil se haría la labor de Austria.
Fueron muchos los que creyeron que era mejor combatir en 1914 que en 1917, cuando el programa de modernización de
los rusos preveía obtener sus frutos. La última crisis de los Balcanes provocada por el asesinato daba a los líderes
austrohúngaros la oportunidad de establecer las condiciones para la guerra. El rechazo de Serbia al duro ultimátum les
proporcionó la apariencia de justificación que necesitaban para dar los últimos pasos. Así pues, Conrad tuvo una
oportunidad para promulgar su último plan para aquella guerra que deseaba más que casi cualquier otro en Europa.
La aversión mutua entre Austria-Hungría y Serbia proporcionó la causa inmediata para la guerra y alimentó la enconada campaña de los Balcanes. Los soldados austrohúngaros, como los que se muestran en la foto, rara vez hacían prisioneros serbios. (National Archives)
Al menos sobre el papel, el plan era bastante refinado y resolvía una contradicción del pensamiento austrohúngaro.
Conrad ansiaba en cuerpo y alma enviar a su ejército al sur para conquistar y someter a los detestados serbios. Sin
embargo, era consciente de que tenía que precaverse contra la posibilidad de un movimiento masivo de los rusos a través
de los Cárpatos. Había confiado en que Alemania pudiera aceptar la responsabilidad primordial de controlar esa
posibilidad, mientras él actuaba contra Serbia. Pero durante los años previos a la guerra las conversaciones entre los
Estados Mayores de los dos aliados habían sido limitadas; entre 1897 y 1907 no se habían reunido ni una sola vez. Y, a
que los espías rusos se
habían infiltrado en el Estado Mayor de los austríacos. De resultas de todo ello, tanto Alemania como Austria-Hungría
dieron por sentado que el otro se enfrentaría al gigante ruso mientras que el ejército propio iba a la caza de su presa
fundamental. La mera existencia de tan gran malentendido pone de relieve la naturaleza problemática de la alianza
germano-austríaca.
Dada su incapacidad para predecir tanto los movimientos de los rusos como la ayuda alemana, Conrad desarrolló un
plan que le permitía atacar Serbia, amenazara Rusia a Austria-Hungría o no. El plan dividía al ejército en tres grupos. El
Minimalgruppe Balkan, compuesto por nueve divisiones, avanzaría sobre la capital serbia, Belgrado, y la tomaría,
neutralizando así a los serbios. El A-Staffel, con veintisiete divisiones, avanzaría hacia el sur de Polonia, presumiblemente
con una significativa ayuda alemana, para impedir las operaciones rusas allí. El último grupo, el B- Staffel, integraba a diez
divisiones. Si los rusos se desplegaban con rapidez, esta última unidad se uniría al A-Staffel para defender los Cárpatos; de
lo contrario, se uniría a la guerra contra Serbia o se desplegaría contra Italia, en el esperado supuesto de que ese país
Con este plan, el tambaleante Imperio austrohúngaro entró en la guerra. El Minimalgruppe Balkan marchó
amenazadoramente hacia Serbia bajo el mando del general Oskar von Potiorek, el hombre responsable del destacamento
de seguridad del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Daba la casualidad de que la vanguardia de las fuerzas
austrohúngaras estaba integrada en su mayor parte por el VIII Cuerpo checo, de cuyos soldados el alto mando austríaco
barruntaba su «inclinación a la traición».40 Hacía mucho tiempo que los checos reclamaban mayor autonomía dentro del
imperio, y su lealtad no dejó de cuestionarse a lo largo de toda la guerra. Sin embargo, desempeñaron el papel principal
cuando la fuerza de 200.000 hombres de Potiorek entró en Serbia desde el oeste y el noroeste al mismo tiempo. Su objetivo
final, Belgrado, se levantaba cerca de la frontera austrohúngara y su deficiente fortificación condujo a Potiorek a predecir
una victoria fácil.
Enfrente del Ejército austrohúngaro estaban los 250.000 correosos soldados del Ejército serbio y 50.000 hombres más
procedentes de su pequeño aliado balcánico, Montenegro. Al contrario que los soldados austrohúngaros, los serbios habían
tenido éxitos bélicos recientes en las guerras de los Balcanes y, por consiguiente, estaban más al tanto de la naturaleza de la
guerra moderna. Su comandante, Radomir Putnik, había sido en buena medida el responsable de las grandes victorias de
las guerras de los Balcanes desde su puesto como ministro de la Guerra. No obstante, después de la segunda guerra de los
Balcanes su salud había sufrido un rápido deterioro; cuando empezó la crisis de julio, estaba recibiendo tratamiento en un
balneario austríaco. Las autoridades austrohúngaras lo habían detenido temporalmente, pero tanto Francisco José como
Conrad autorizaron su liberación, al parecer, por suponer que a su edad (67 años), y en su estado de debilidad, no suponía
ninguna amenaza.
Radomir Putnik, jefe del Estado Mayor General serbio, modernizó el ejército durante los años anteriores a la contienda y lo condujo a la victoria en las guerras de los Balcanes. También lo dirigió con habilidad en los meses iniciales de la Primera Guerra Mundial, pero fue relevado del mando cuando las fuerzas serbias tuvieron que huir a