Como sucedió tan a menudo en la Primera Guerra Mundial, en los días posteriores a la batalla del Marne las ventajas se
pusieron del lado de los defensores. Los ríos Aisne y Oise, al norte del Marne, bajaban aquel septiembre con un inusitado
caudal, consecuencia de las copiosas lluvias caídas durante el verano, creando así una sólida línea natural de defensa para
los alemanes. Mientras se retiraban, éstos pusieron en práctica una política de tierra quemada, dejando tras de sí un
territorio desprovisto de pozos de agua, alimentos y líneas de comunicación. Los germanos se permitieron el lujo de
atrincherarse en un terreno de su propia elección y escogieron unas excelentes posiciones defensivas. A mediados de septiembre, Joffre intentó rodear por la derecha la línea alemana, la cual se
encontraba desprotegida en
las cercanías de la ciudad de Noyon. La idea de una maniobra como ésta para amenazar los flancos, consiste en mover las
fuerzas alrededor de las líneas enemigas y cortarle las comunicaciones. Una vez conseguido, las fuerzas enemigas no se
pueden reforzar ni reabastecer. Los cansados soldados franceses respondieron, una vez más, a la llamada de su
comandante y atacaron. En la primera batalla del Aisne (del 14 al 18 de septiembre) los franceses tuvieron una prueba de
26 Falkenhayn, citado en Asprey, op. cit., pág. 126. El conde Alfred von Schlieffen había sido el predecesor de Moltke
como jefe del Estado Mayor General alemán. Sus detalladas notas y planificaciones siguieron influyendo en el
pensamiento alemán, como el propio Schlieffen, a quien Moltke consultaba de manera regular hasta la muerte de aquél
en 1913.
las dificultades a las que se enfrentaban unos atacantes que intentaban avanzar contra una línea de trincheras asentada. El
ataque fracasó y se saldó con numerosas bajas, que obligaron a Joffre a improvisar otro enfoque. E. R. Heaton en una fotografía tomada poco después de alistarse
voluntario para servir en los Nuevos Ejércitos. El y casi otros veinte mil británicos más murieron el primer día de la batalla del Somme, el 1 de julio de 1916. (Imperial WarMusem, propiedad
de la Corona).
Durante el resto de septiembre y octubre, ambos bandos desplegaron sus fuerzas hacia el norte, tratando de encontrar
los puntos débiles de los flancos enemigos, mientras se esforzaban en defender al mismo tiempo los propios. Hacia el 8 de
octubre los dos bandos habían extendido sus líneas hasta Lille y la frontera franco-belga. Esta serie de maniobras,
conocidas con cierta imprecisión como «la carrera hacia el mar [del Norte]», crearon en el frente un gigantesco
abultamiento, lo que en términos militares recibe el nombre de saliente. Más o menos al mismo tiempo, los
enfrentamientos en el norte de Bélgica terminaron en la práctica. Las formidables defensas de Amberes habían resistido
los sitios a los que la habían sometido los alemanes a lo largo de las primeras semanas de la guerra. Sin embargo, el 1 de
octubre la línea exterior de las defensas de la ciudad cayó. Dos días después, 12.000 infantes de Marina británicos llegaron
en ayuda de la guarnición. El cerebro de la operación, el joven y desenvuelto primer lord del Almirantazgo [ministro de
Marina], Winston Churchill, se personó en Amberes decidido a que la ciudad resistiera. Esta no lo consiguió; Amberes
acabó rindiéndose el 9 de octubre, y la mayor parte de los infantes de Marina británicos abandonaron la ciudad por mar, tal
y como habían llegado. Lo que quedaba del Ejército belga se retiró hacia el oeste, seguido de cerca por cinco divisiones de
infantería alemanas y los terroríficos cañones de asedio que habían utilizado para destruir las defensas del puerto.
El centro de las operaciones no tardó en trasladarse a una pequeña franja de territorio belga en el mar del Norte, en los
alrededores de la ciudad de Ypres, por detrás del río Yser. Allí, un saliente aliado se introducía en las líneas alemanas.
Falkenhayn planeó atacar frontalmente el saliente y penetrar hasta los puertos del canal de la Mancha de Dunkerque,
Calais y Boulogne, este último el principal puerto de abastecimiento de la BEF. Una vez más, el kaiser apareció en las
líneas del frente, en esta ocasión esperando conducir a sus hombres dentro de Ypres. Y de nuevo, se llevaría una
decepción.
Para defender el área comprendida entre Ypres e Yser, Joffre envió a Foch al norte para que se hiciera cargo de lo que
llegó a conocerse como el Grupo de Ejércitos del Norte, que estaba compuesto por los restos desorganizados del Ejército
belga, la BEF y el X Ejército francés. De hecho, Foch tenía menos rango que sir John, que era mariscal de campo, y que el
comandante del Ejército belga, el rey Alberto I. Sin embargo, Francia tenía a sus mejores hombres en aquel sector, y Foch
conocía bien el terreno. Este se dio cuenta enseguida de que la posición aliada exigía la conservación de las ciudades
francesas de Lille y Dunkerque y la belga de Dtxmunde, situada al norte de Ypres. En consecuencia, envió rápidamente
refuerzos a las tres con la orden de que resistieran a toda costa.
Conseguir que tres ejércitos funcionaran conjuntamente suponía un reto de consideración. Las posturas británica y
belga diferían de manera sustancial. Como cabía esperar, a sir John le preocupaba la seguridad de los puertos del Canal y
quería evacuar el sector de Ypres para concentrarse a lo largo de la costa. Sin embargo, el rey Alberto estaba decidido a
aferrarse a cualquier precio a la última franja de territorio de su país fuera del control alemán. El 17 de octubre, mientras
Foch reorganizaba las fuerzas aliadas en Ypres y de sus alrededores, las fuerzas de Falkenhayn atacaron. La oportunidad
más odiados
enemigos», fue un estímulo añadido para la ofensiva alemana.28
La campaña resultante consistió en dos batallas coincidentes, la primera de Ypres y la batalla de Yser (del 17 de
octubre al 12 de noviembre). El terreno relativamente llano y monótono del sector de Ypres favorecía a los atacantes
alemanes, porque la presencia de capas freáticas a muy escasa distancia de la superficie hacía inútil el atrincheramiento.
Foch comprendió que sus tropas carecían de fuerza para contraatacar, así que tendrían que resistir, combatir y sobrevivir
como fuera. El combate más desesperado se produjo entre el 21 y el 29 de octubre. La situación parecía tan mala que, en un
momento dado, sir John se volvió hacia Foch y le dijo: «No puedo hacer nada más excepto acercarme y que me maten con
el I Cuerpo».29 El mismo Foch, por lo general un dechado de optimismo, era también cada vez más pesimista a causa de la
llegada inminente de las fuerzas alemanes del sector de Amberes, de la baja moral de muchas unidades belgas y de lo que
los franceses consideraban una concentración escasa de fuerzas británicas en la región.
La posición aliada resistió en buena medida gracias al valor de un grupo de zapadores belgas. El 29 de octubre este
grupo se dirigió hacia los mecanismos de accionamiento hidráulico de Nieuport, en la costa del mar del Norte. En su
avance pasaron tan cerca de las líneas alemanas que podían oír los movimientos del enemigo. A las 19:30 horas de aquella
tarde abrieron las compuertas que evitaban que el mar del Norte anegara la región de Flandes. En cuestión de pocas horas,
más de 700.000 metros cúbicos de agua inundaron toda la región, cubriendo un área de 35 km de longitud. Los zapadores
se quedaron el tiempo suficiente para cerrar las compuertas antes de que los reflujos volvieran a sacar el agua. Su acto de
audacia creó la línea de defensa temporal que los aliados necesitaban para reagruparse y mantener su línea.30
El clima invernal llegó a mediados de noviembre, y con él el agotamiento para todos. Los dos bandos tuvieron la
oportunidad de valorar cuál era su posición. Sus planes de guerra, que habían sido preparados con tanto cuidado por las
mejores mentes militares a lo largo de muchos años, no habían conseguido producir las rápidas victorias prometidas por
sus autores. Las enormes bajas del primer año de guerra destruyeron, de hecho, los núcleos de los ejércitos europeos de
antes de la guerra. Sería necesario formar, entrenar y enviar a combatir a nuevos ejércitos de voluntarios y de recluta
obligatoria. Llegar a esta conclusión resultó especialmente doloroso para Gran Bretaña, que durante tanto tiempo se había
resistido a la tendencia general de grandes ejércitos de reclutamiento obligatorio, en lugar de una fuerza pequeña y
profesional. Esa fuerza ya no existía. Su lugar lo ocuparon nuevos ejércitos de voluntarios que vincularon de forma tan
íntima a las fuerzas armadas de la nación y a su sociedad.
Para Francia el año acabó con la ocupación alemana de la mayor parte de la zona industrial del noroeste del país. La
región incluía a la décima parte de la población de Francia, al 70 % de sus yacimientos carboníferos y al 90 % de sus minas
de hierro. Para acabar con la ocupación, Francia tendría que asumir la ofensiva en 1915, una posibilidad que los últimos
meses habían demostrado su dificultad. El daño para Francia, tanto moral como material, ya era elevado. La ciudad de
Reims, en el corazón de Champaña, había sufrido ya la destrucción de 300 edificios y la muerte de 700 ciudadanos a causa
de la artillería alemana. Hacia finales de 1914 la urbe, que había tenido 110.000 habitantes antes de la guerra, era, en la
28 Rupprecht, citado en CQG de Arniées de L'Esc, «La Bataille des Flandres> 19 de noviembre de 1914, SHAT Fondos
BUAT, 6N9, pág. 4.
29 French, citado en Martin Gilbert, The First Wold War: A Complete History, Nueva York, Henry Holt, 1994, pág. 97
(trad. cast.: La Primera Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004).
30 Robert Cowley, «Albert and the Yser», Military History Quarterly, vol. I, N° 4, verano de 1989, págs. 106-117.
práctica, una ciudad fantasma. Su magnífica catedral, lugar de coronación de 27 reyes franceses, había resultado
gravemente dañada por los proyectiles, en buena medida de forma intencionada. Entre 1914 y 1918 los alemanes lanzaron
más de cien mil proyectiles sobre Reims.
Soldados franceses atrincherados cerca de Reims, en Champaña. Adviértanse los daños en el edificio del fondo, víctima del fuego artillero. (Library of Congress)
Pese al éxito de sus operaciones, Alemania se encontraba en una posición igual de incómoda. Toda su estrategia había
dependido de la rapidez de su victoria en el oeste. Como el propio Moltke comprendió, el no conseguirlo les exigía
combatir contra las potencias industriales de Gran Bretaña y Francia por un lado, mientras tenían que rechazar los masivos
ataques de los rusos en el este. Por otra parte, una guerra larga permitiría a los británicos establecer un bloqueo y atacar así
a la economía germana. En consecuencia, los tres países se comprometieron a seguir luchando en 1915, aun cuando poca
gente era capaz de recordar con exactitud cómo el asesinato de un impopular archiduque austríaco les había puesto en
semejante apuro. Capítulo 2