Gallípoli y los frentes orientales
¿Qué diablos hemos venido a hacer aquí? Un soldado francés en Salónica, 1915.65
Las frustraciones del frente oriental obligaron a los generales y a los políticos a buscar otros lugares para forzar un
desenlace. Los acontecimientos de 1915 habían convertido el frente de más de 700 km de Francia y Bélgica en una línea de
fortalezas subterráneas prácticamente inexpugnable. Incluso los planes más cuidadosos, como los elaborados para Neuve
Chapelle, no habían producido más que éxitos efímeros. Sin embargo, la mayoría de los generales del frente occidental
seguían insistiendo en que la guerra se ganaría o perdería sólo en Francia. Los políticos aliados, muchos de los cuales se
sentían cada vez más frustrados con lo que consideraban fracasos de sus oficiales de mayor graduación, no estaban de
acuerdo y empezaron a mirar a otros lugares.
Como era lógico, la mayoría de los políticos y generales franceses insistieron en que el frente occidental siguiera
siendo el principal centro de atención aliado. De todos modos, incluso muchos franceses llegaron a reconocer el valor de
buscar una acción decisiva en otro emplazamiento. Por su parte, cuanta menor era la amenaza directa sobre los británicos,
más impacientes se mostraban éstos por experimentar. Su ejército se iba haciendo cada vez más fuerte, a medida que los
Nuevos Ejércitos se entrenaban y aprendían a combatir, mientras que su activo militar más importante, la dominante Royal
Navy, esperaba más o menos inactivo. Aunque la marina británica tenía encomendado el bloqueo a Alemania y la
por hacer mucho más.
En consecuencia, el gran plan británico para una operación en el este en 1915 provino del Almirantazgo, y no del
ejército. El primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill, creía que la Royal Navy podía lograr un gran éxito contra el
Imperio Otomano a un coste limitado. El plan, en el que tenía depositadas grandes esperanzas, consistía en hacer cruzar a
toda prisa el estrecho de los Dardanelos a un escuadrón de la Marina y amenazar Constantinopla. Churchill confiaba en
que la presencia de la Royal Navy pudiera dar pie a un gran número de transformaciones: eliminando las amenazas
otomanas contra el canal de Suez; abriendo una ruta directa de navegación en aguas calientes hacia Rusia; incitando a
Bulgaria, Rumania y/o Grecia a unirse a los aliados; provocando una revuelta entre las minorías griega, kurda, armenia y
árabe del Imperio otomano y, presionando, en fin, a un gobierno turco que Churchill consideraba lo bastante débil para
rendirse.
Al igual que muchos dirigentes con puestos de responsabilidad aliados, Churchill subestimaba en exceso la resolución
del Imperio Otomano. En honor a la verdad, desde la perspectiva de 1914, el Imperio otomano, conocido como el
«enfermo de Europa», parecía no poder competir con el Imperio británico. Durante los últimos cincuenta años había
experimentado un declive en picado. Una derrota militar ante Rusia en 1878 le obligó a reconocer la independencia de
Montenegro, Serbia, Rumania y Bulgaria; a su vez, Rusia se había quedado también con las estratégicas regiones
caucásicas de Ardahan, Kars, Batum y Bayazidn. La debilidad del Estado otomano le había impedido evitar la anexión de
influencia cada vez
mayor de Gran Bretaña en Egipto y Persia, estos dos últimos todavía protectorados otomanos sólo nominalmente.
Las derrotas militares de los otomanos condujeron a la ascensión de los Jóvenes Turcos, un grupo de reformadores
nacionalistas que aspiraban a restaurar la gloria perdida de Turquía. Este grupo tomó el poder en 1908, pero sus reformas
65 El epígrafe está extraído de una cita en Dennis Showalter, «Salónika», en Robert Cowley (comp.), The Great War:
Perspectives on the First World War, Nueva York, Random House, 2003, pág. 235
no contuvieron la oleada de frustración de los turcos. En 1912 y 1913 el Imperio otomano luchó contra Bulgaria, Serbia,
Grecia y Montenegro, unidas sin mucha rigidez en lo que se llamó la «Liga de los Balcanes». Los turcos perdieron la
primera Guerra de los Balcanes y tuvieron que ceder todos sus territorios europeos, excepto la península de Gallípoli y el
área que rodeaba justo la capital, Constantinopla. Las luchas intestinas entre los miembros de la Liga de los Balcanes
condujeron a la segunda Guerra de los Balcanes en 1913, en la que las fuerzas turcas recuperaron la importante ciudad de
Adrianópolis.66
Las guerras de los Balcanes supusieron un altísimo coste para todas las partes beligerantes, pero el que más sufrió fue
el Imperio otomano. Se calcula que éste perdió 100.000 hombres entre las dos guerras, muchos por enfermedad, y el
Ejército otomano perdió también enormes reservas de equipamiento militar. En consecuencia, en 1914, los turcos apenas
llegaban a las 280 piezas de artillería pesada, 200 ametralladoras y 200.000 rifles. Los cuerpos de administración e
intendencia otomanos estaban muy por debajo de los niveles occidentales y sus líneas de comunicación internas eran tan
primitivas, que el transporte rápido de hombres y suministros a lo ancho del vasto imperio se convirtió en algo casi
imposible.67 Además, el desguarnecido Imperio otomano tenía que proteger varias zonas estratégicas, que incluían su
frontera europea contra una invasión búlgara o griega; la costa del mar Negro y las regiones del Cáucaso contra los rusos;
la península de Gallípoli, que protegía los accesos a Constantinopla; y las regiones de Persia- Mesopotamia y de
Arabia-Suez contra los británicos.
Así las cosas, cabría perdonar a Churchill por creer que el Imperio otomano no podría resistir un ataque decidido de los
británicos. Sin embargo, a pesar de sus deficiencias evidentes, aquél seguía teniendo una fuerza considerable. Tras el final
de la segunda Guerra de los Balcanes, los Jóvenes Turcos iniciaron un agresivo plan de reformas, entre las que se contó la
sustitución de 1.300 oficiales. Varios hombres de talento, entre los que destacaba por su importancia Mustafá Kemal,
ascendieron a puestos de alta responsabilidad. Y lo más importante de todo fue que en ese momento el ejército tenía un
núcleo de hombres endurecidos por el combate, muchos de los cuales habían combatido con eficacia en las guerras de los
Balcanes cuando se les había dado la oportunidad de hacerlo, sobre todo cuando luchaban cerca de su país.
Los otomanos respondieron a sus deficiencias militares acercándose cada vez más a Alemania. Los dos países
compartían la misma desconfianza hacia los rusos y el deseo de incrementar su influencia en los Balcanes. En verano de
1914 una misión militar alemana de setenta oficiales, soldados rasos y técnicos expertos llegaron a Turquía para ayudar a
la modernización del Ejército otomano. Los oficiales elaboraron para éste el plan de movilización de 1914, y tres coroneles
germanos asumieron el mando de sendas divisiones de infantería otomanas. El general Otto Liman von Sanders estaba el
mando de la misión y no tardó en asumir un papel decisivo en el desarrollo de la estrategia, operaciones y tácticas
otomanas.
Las relaciones entre los otomanos y Alemania condujeron a la firma de un tratado secreto el 2 de agosto de 1914,
cuando las tropas alemanas entraron en Bélgica. El tratado (escrito en el idioma diplomático europeo, el francés)
garantizaba que ambos firmantes acudirían en ayuda recíproca si Rusia atacaba a alguno de los dos. Turquía aceptaba
también mantener la neutralidad en la guerra entre Austria-Hungría y Serbia. Al mismo tiempo, se produjo un aumento en
la tensión con los británicos a consecuencia de la decisión de Churchill de incautarse dos modernos acorazados que se
estaban terminando de construir en astilleros británicos por encargo de los otomanos. Estos habían contado con ambos
barcos para mejorar la posición de su marina con respecto a la de los griegos y los rusos. A mayor abundamiento, los
navíos se habían financiado en parte por suscripción pública, lo que hizo que la decisión de Churchill pareciera una
bofetada en pleno rostro al pueblo otomano.
Por su parte, los alemanes sacaron un considerable provecho político de la situación al enviar dos de sus propios
acorazados a Constantinopla y ponerlos bajo el mando otomano. Tras esquivar a los barcos de la Royal Navy encargados
de seguirlos, el Goeben y el Breslau atravesaron el estrecho de Messina después de bombardear posiciones francesas en
Argelia. Los dos barcos llegaron a Turquía el 10 de agosto de 1914 e influyeron poderosamente en el deseo de los Jóvenes
los aliados y el Imperio
otomano se produjo el 1 de octubre, cuando este último cerró los Dardanelos a la navegación internacional, una medida
que cortaba la única conexión por aguas calientes entre Rusia y sus aliados occidentales. El bombardeo naval otomano
sobre posiciones rusas en el mar Negro incrementó la tensión. El 5 de noviembre el Imperio otomano ya estaba en guerra
con Gran Bretaña, Francia y Rusia.
El plan de Churchill de 1915 de cruzar a toda prisa el estrecho concitó la mayor concentración de poderío naval que se
66 The Balkan Wars, 1912-1913: Pirhuk in the First World War, de Richard Hall (Londres, Routledge, 2000), es una
introducción excelente a estas trascendentales guerras, a menudo poco estudiada.
67 Edward Erickson, Ordered to Die: A History of the Ottoman Army in the First War, Westport, Connecticut, Greenwood
hubiera producido jamás en el mar Mediterráneo. La armada británica y francesa contaba con el flamante acorazado de la
clase Dreadnought, además de un crucero de combate, 16 acorazados anteriores a la clase Dreadnought, 20 destructores y
35 dragaminas. Para la defensa del estrecho, el Ejército turco disponía de 11 fuertes, 72 piezas de artillería, 10 campos de
minas compuestos de 373 minas y una gruesa red subacuática para detener a los submarinos. Los viejos fuertes exteriores
apenas suponían un desafío, si se comparaban con los fuertes del estrecho, un paso de apenas un kilómetro y medio de
ancho. Para complementar estos fuertes, los alemanes enviaron unas baterías de obuses de 150 mm —cuyo fuego de gran
ángulo se reveló mortífero para los barcos y cuya movilidad dificultó a los británicos su localización y destrucción—,
además de 500 especialistas en defensa costera. Los turcos habían colocado a su veterano III Cuerpo en la región de
Gallípoli. Esta unidad era la única del Ejército turco que había sobrevivido intacta a las guerras de los Balcanes y la única,
también, que en agosto de 1914 había cumplido a tiempo con todos sus objetivos de movilización.68 En los Balcanes, la Primera Guerra Mundial se convirtió a menudo en
una prolongación de los odios tradicionales de la región y de las
situaciones que las guerras de los Balcanes dejaron sin resolver. Estos búlgaros combatieron del lado de los Imperios centrales como
irregulares. (© Colección Hidton-Deutsch/Carbis)
La flota aliada se proponía destruir los fuertes y atravesar a toda máquina el estrecho para evitar así un combate
prolongado con los veteranos soldados del III Cuerpo. Mediante sus modernos cañones navales, los almirantes aliados
tenían planeado destruir primero los fuertes turcos y, luego, proteger la mayor vulnerabilidad de los dragaminas cuando
éstos cruzaran por la angostura. La flota se aproximó a la península de Gallípoli el 19 de febrero de 1915. Al cabo de una
semana, los británicos habían neutralizado los fuertes que protegían la entrada a los Dardanelos, lo que llevó a un confiado
marinero británico a escribir a sus padres que «si quisierais venir a verme, me encantará reunirme con vosotros en
Constantinopla».69 Quien escribió todo esto no podía saber que se encontraba en el mejor momento de la campaña
británica en los Dardanelos. Sólo dos semanas después de enviar esta carta, el marinero vio cómo tres viejos acorazados
aliados chocaban con sendas minas, y lo peor era que los aliados no podían descartar la posibilidad, mucho más peligrosa
(y que resultó ser falsa), de que los submarinos alemanes estuvieran en la zona. No queriendo arriesgarse a sufrir unas
pérdidas navales mayores, la flota aliada dio marcha atrás.
Los aliados se encontraron, por lo tanto, en un aprieto nada envidiable. Los acorazados no podían seguir adelante a
causa del peligro que entrañaban las minas, pero no habían inferido suficiente daño a los fuertes y a los manejables obuses
para permitir que los dragaminas avanzaran con seguridad. Estaban convencidos, además, de que habían invertido
demasiado capital moral para abandonar la operación en una fase tan temprana. El almirante mayor de la mar, sir John
Jackie Fisher, que solía decir que la moderación en la guerra era una imbecilidad, abogó por el despliegue del ejército en la
península de Gallípoli, a fin de eliminar los fuertes mediante un ataque terrestre. En un principio. Kitchener se opuso a
68 Ibid., págs. 76-77.
enviar al ejército, aunque acabó por ceder. Como jefe de la operación se nombró a Ian Hamilton, un viejo protegido de
Kitchener, que conocía bien el Mediterráneo oriental (había nacido en la isla de Corfú) y era veterano de guerras en zonas
tan diferentes como Afganistán, Sudáfrica y Burma. Inteligente, encantador y elocuente, Hamilton se antojó la elección
perfecta.
Mientras los británicos y los franceses reunían un ejército de 75.000 hombres para enviar a Gallípoli, los turcos no
permanecieron ociosos. El Imperio otomano había planeado la defensa de la península contra Grecia durante las guerras de
los Balcanes, y en 1914 la había designado como una de las cuatro zonas de fortificación fundamentales (junto con
Adrianópolis, el Bosforo y Erzurum). Liman von Sanders asumió el control de un reorganizado V Ejército, con tres
comandantes de cuerpo alemanes bajo su mando, cada uno con base en sendas zonas probables de desembarco aliado:
Bulair, en el cuello de la península; Kum Kale, en la parte asiática de la entrada; y Seddel Bahir, en la otra orilla del
estrecho, en el lado europeo. Junto con los refuerzos, los otomanos recibieron equipos de trabajo para construir carreteras,
plantar minas y mejorar las defensas marítimas de la península; por su parte, los soldados otomanos cavaron trincheras en
todas las elevaciones de terreno importantes. El alto mando otomano-germano planeaba una defensa superficial de la costa
a fin de evitar el fuego de desgaste de los acorazados británicos, para contraatacar luego con fuerzas situadas de tres a cinco
kilómetros por detrás de las líneas. Tras obligar a retirarse a la poderosa Royal Navy y con la responsabilidad de estar
defendiendo a su patria, la moral de los turcos era alta. La campaña de Gallípoli, 1915.
La moral de los británicos, también. No queriendo debilitar el frente occidental, Kitchener confió en los voluntarios del
Cuerpo de Ejército australiano y neozelandés (Anzac) para que pecharan con la responsabilidad. Como se estaban
movimientos, la elección
parecía natural. Kitchener escogió a William Birdwood, otro protegido suyo, para que comandara al Anzac. Birdwood, un
sedicente «general de soldados», no puso gran empeño en aplicar la disciplina británica al pie de la letra a los
individualistas integrantes del Anzac; en consecuencia, Birdie se hizo muy popular entre sus hombres, la mayoría de los
cuales se enorgullecía de no ser profesionales. Al igual que sus enemigos turcos, los hombres del Anzac eran duros,
resueltos y estaban ansiosos por entrar en combate. Gallípoli y Salónica
El tan esperado desembarco aliado se produjo el 25 de abril de 1915 en seis lugares distintos para confundir a los otomanos
y ralentizar el envío de refuerzos. Las tropas francesas desembarcaron en el lado asiático con la intención de distraer la
atención de los turcos. El alto mando otomano-germano había supuesto que el ataque principal se produciría en Bulair, sin
embargo, el grueso de las fuerzas lo hizo en la punta de la península, en el cabo Helles, y en mitad de su costa occidental,
en un lugar que no tardaría en ser rebautizado como la cala del Anzac. La operación empezó de forma poco propicia; en
lugar de desembarcar en un terreno llano en Gaba Tepe, los Anzac lo hicieron, por error, más al norte, frente a la
importante elevación de terreno de Chunuk Bair. Pese a todo, las turcos opusieron sólo una ligera resistencia; las fuerzas
allí establecidas, que no esperaban un desembarco de importancia en su sector, disponían de pocos suministros y se
quedaron enseguida sin municiones.
Judío, entrenado en las milicias civiles e ingeniero de profesión, John Monash era un intruso en el mundo militar que estuvo al mando de la IV Brigada de Infantería australiana en Gallípoli. Tras diversos ascensos, en 1918 asumió el mando del Cuerpo de Ejército australiano, desde el cual, y gracias a sus ideas innovadoras sobre la guerra, contribuyó a la victoria aliada. (Autstralian War Memorial, negativo n° A01241)
Cabe pensar que los Anzac hubieran tomado la loma de Chunuk Bair de no mediar la intervención de uno de los
hombres más notables de la guerra, el teniente coronel Mustafá Kemal, que estaba al mando de la XIX División de
Infantería turca. Kemal llegó a Chunuk Bair en el momento preciso en que sus hombres empezaban a huir. Kemal se hizo
con la situación, diciéndoles que, si no tenían balas, lucharían con las bayonetas. Pero antes de comunicarles que se iban a
quedar y luchar, envió un correo al cuartel general del V Ejército informando de la situación. Cuando uno de los soldados
se quejó de que no tenían fuerzas para atacar, Kemal le replicó: «No os ordeno que ataquéis, os ordeno que muráis. Para
cuando nos hayan matado a todos, ya estarán aquí otras unidades y mandos que ocuparán nuestro lugar».70 Los otomanos
defendieron sus líneas en Chunuk Bair, al igual que en los demás frentes. El V Ejército turco había conservado el control
de todo el terreno elevado y había acorralado a los aliados en cinco pequeñas cabezas de playa. Dos ofensivas británicas, el 28 de abril y el 6 de mayo, fracasaron por igual, dejando a la península de Gallípoli
bloqueada en el mismo punto muerto de trincheras que se suponían tenían que haber paliado. Los problemas de
abastecimiento se multiplicaron, y el agua potable tuvo que ser transportada, incluso, desde lugares tan alejados como
Egipto. El Ejército otomano intentó sus propias ofensivas en mayo, junio y julio, pero se encontró con que carecía de la
fuerza suficiente para expulsar a los británicos de sus cabezas de playa. Ambos bandos siguieron combatiendo durante el
verano bajo un sol abrasador, cada vez más castigados por las enfermedades y las privaciones.
El 6 de agosto los británicos emprendieron un intento de romper el estancamiento. Tras concentrar un desembarco en la
bahía de Suvla, justo al norte de la cala de los Anzac, dirigieron dos importantes operaciones de diversión en otros
emplazamientos. Pero, cuando las lanchas de desembarco volvieron a dejar a las tropas en las playas equivocadas, cundió
el desconcierto. Hasta que recibieron refuerzos, menos de 1.500 turcos consiguieron resistir ante 20.000 soldados
británicos desorientados. Otra carga heroica de los hombres de Kemal la tarde del 10 de agosto hizo