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El estancamiento del frente occidental

El resultado de los combates que se libran aquí [en Artois] es demostrar que se puede obligar a los alemanes a retirarse a costa de un esfuerzo tremendo, pero que la cosa es posible... En Gran Bretaña la gente debe prepararse para una guerra larga, y me temo que no hay que esperar ninguna victoria brillante ni repentina; al final, ganarán los más perseverantes.

Carta del general británico sir Charles Grant a su suegro, fechada el 15 de abril de 191547

Al finalizar 1914 el problema al que se enfrentaban los ejércitos aliados era, al mismo tiempo, sencillo en apariencia e

inmensamente complicado. La sencillez radicaba en la necesidad evidente de expulsar a los alemanes de todos aquellos

lugares de Francia y Bélgica que ocupaban. Británicos, franceses y belgas coincidían en este objetivo bélico, lo que les

unía al menos en este único nivel. La complicación provenía de los inmensos desafíos operacionales y tácticos que

planteaba el nuevo estilo de guerra. Al finalizar el año, una sólida línea de defensas alemana se extendía desde el Mar del

Norte hasta el infranqueable terreno de los Alpes. Ya no había flancos que rodear; en consecuencia, las maniobras

envolventes estratégicas, como aquella que los alemanes habían realizado con tanta audacia en Tannenberg, eran

virtualmente imposibles. Para complicar aún más el problema, en 1914 y 1915 los aliados no pudieron contar con ninguna

superioridad en cuanto a número de efectivos ni tuvieron acceso a ningún arma que los alemanes no tuvieran también.

Estos habían decidido que su ofensiva principal para 1915 la acometerían en el este y, por ende, dispusieron la

trincheras de

campaña que habían desarrollado durante la Carrera hacia el Mar y las protegieron con densas marañas de alambradas de

espino. Asimismo, reforzaron algunas posiciones con hormigón y enterraron las líneas telegráficas y telefónicas para

protegerlas del fuego de artillería enemigo. El sistema de trincheras típico adoptaba una disposición en zigzag, tanto para

evitar los ataques con fuego directo desde los flancos como para crear zonas de fuego entrelazadas mediante las cuales se

pudiera cubrir cualquier punto dado por más de una ametralladora, rifle o pieza de artillería. De esta manera, el terreno

entre dos sistemas de trincheras, conocido como «tierra de nadie», podía ser observado de manera permanente, y se podía

batir cualquier punto por múltiples armas al mismo tiempo. Las defensas de primera línea incluían a menudo hasta tres

líneas paralelas de trincheras diferentes, conectadas por trincheras de comunicaciones que discurrían, por lo general, en

perpendicular al frente.

La guerra de trincheras no fue una innovación del frente occidental, ni la mayoría de los europeos desconocían por

completo de qué se trataba. Tanto la guerra civil norteamericana, en sus últimas etapas, como la guerra ruso-japonesa

habían sido testigos de extensos sistemas estáticos de trincheras de campaña. Este último conflicto en especial hizo presa

en las mentes de los oficiales más clarividentes de la Gran Guerra, algunos de los cuales habían sido observadores de su

desarrollo. La mayoría de los mandos de alto rango, sin embargo, creían que la guerra de trincheras era una aberración

pasajera, y no la condición normal del combate. Para los hombres, las trincheras a principios de 1915 no eran todavía los

en símbolo de la

guerra. En 1914 y a principios de 1915, las trincheras ofrecían una protección vital contra las ametralladoras, la artillería y

los elementos. Un soldado alemán observaba en las primeras semanas de la guerra que la vida en las trincheras era «más

agradable que una larga marcha; uno se acostumbra a esa existencia, siempre y cuando los cuerpos de los hombres y de los

caballos no huelan demasiado mal». 48 A comienzos de 1915 las trincheras no se asociaban aún a la paralización

indefinida. Incluso en la guerra ruso-japonesa, donde se imponía a menudo la potencia de fuego defensiva, determinaron

que la infantería tomara con frecuencia las trincheras y obras de campaña del enemigo, si bien es cierto que con grandes

47 El epígrafe está extraído de LHCMA 2/1/1-41. El suegro de Grant era lord Rosebery. 48 Fragmentos del diario de un soldado alemán, CLX Regimiento de Infantería, VIII Cuerpo, encontrado en una trinchera

pérdidas.

Por lo tanto, en los primeros días de la guerra de trincheras en el frente occidental, muchos oficiales vieron éstas como

un problema por superar, aunque, sin duda, no como una dificultad insalvable. Una vez se hubieran neutralizado o evitado

las trincheras del enemigo, esperaban volver de lleno a la guerra de maniobra. Durante todo el conflicto, los planes

operacionales exigieron una y otra vez la concentración de la caballería para explotar cualquier brecha que la artillería y la

infantería abrieran en el sistema de trincheras del enemigo. Pero la realidad fue que en el frente occidental la caballería

desempeñó sólo un papel de persecución significativo en muy contadas ocasiones, aunque la exigencia permanente de su

preparación da fe de la perseverancia en la creencia de que podían romperse los sistemas de trincheras.

Aunque las trincheras empezaron como una obra irregular para proteger a los hombres de los elementos y del fuego enemigo, no tardaron en hacerse sofisticadas, tal y como de muestra este diagrama de un sistema de trincheras ideal. (Imperial War Museum, propiedad de la Corona, E. R. Heaton)

Así pues, uno no debería criticar a los generales del frente occidental sin valorar primero en toda su extensión los

problemas a los que se enfrentaban. Pocos generales aliados podían confiar en conservar sus puestos por mucho tiempo, si

se empeñaban en seguir como abogados inexorables de la guerra defensiva. Los ciudadanos y gobernantes de las naciones

aliadas esperaban de sus mentes militares, a la mayoría de las cuales seguían teniendo en gran estima, que encontraran una

solución a la paralización y liberaran las regiones ocupadas. La guerra de trincheras colocó a aquellos hombres en un

terreno intelectual que cada vez les era menos familiar. Muchos no consiguieron efectuar los cambios necesarios, y fueron

numerosos los generales ineptos que mantuvieron sus puestos durante mucho más tiempo del que deberían. Que siguieran

al mando a pesar de sus defectos fue, a menudo, cuestión de que no hubiera nadie con mejores soluciones evidentes que

ocupara sus puestos.

En los últimos tiempos, los historiadores se han esforzado en demoler el estereotipo tradicional del general insensible,

a salvo detrás de las líneas, que ignoraba alegremente las cifras de bajas que se le presentaban.49 Como en cualquier

conflicto bélico, la Primera Guerra Mundial tuvo su cuota de generales eficaces y de generales ineptos. Aquellos que

49 Véase especialmente Gary Sheffield, Porgotten Victory: The First Wold War, Myth and Realitics, Londres,

Headline, 2001, y Brian Bond, The Unquiet Western Front, Cambridge, Cambridge University Press, 2002.

triunfaron tuvieron a menudo que volver a aprender todo lo que creían que sabían sobre la guerra moderna. Los pocos

cuyas experiencias formativas habían sido adquiridas en las guerras de la unificación alemana (1864- 1871) se encontraron

tratando con tecnologías, doctrinas y escalas operacionales completamente nuevas. En cuanto a los que eran demasiado

jóvenes para haber combatido en aquellas guerras, muchos se habían hecho famosos en operaciones coloniales en Africa o

Asia, una preparación apenas adecuada para el frente occidental. Varios habían alcanzado el rango de general sin haber

oído siquiera un disparo en combate.

El comandante francés Joseph Joffre era uno de aquellos generales cuyas experiencias en Madagascar e Indochina

habían configurado su punto de vista. Su plan de librar una guerra de estratagemas en 1914 había conducido a su ejército al

callejón sin salida en el que se encontraba al finalizar el año. Nada proclive a quedarse sentado ociosamente mientras el

enemigo ocupaba una buena franja del territorio de su país, Joffre buscó un lugar en el frente en el que una ofensiva tuviera

todas las posibilidades de cambiar la situación a favor de Francia. El mayor peligro para su patria, creía Joffre, residía en el

saliente gigante que, extendiéndose desde Arras a Craonne, sobresalía hacia Compiégne y llegaba, en su extremo más

septentrional, a 10 km escasos de París. El frente de este saliente se situaba entre las ciudades de Noyon, en el lado alemán

de la línea, y Soisson, en el lado aliado.

Un avión Spad II francés patrulla el frente occidental.

Adviértase que el artillero apunta su ametralladora por detrás del avión. En 1916 los alemanes presentaron una ametralladora

provista de un mecanismo que evitaba el disparo cuando la pala de la hélice estaba en la línea de mira. Tal dispositivo permitía a los pilotos disparar a través del círculo descrito por la hélice, dando origen así al verdadero caza. (United States Air Forcé Academy McDermott Library. Colecciones especiales)

La ofensiva de Champaña y Neuve Chapelle

El 20 de diciembre de 1914 Joffre ordenó una serie de ataques contra el saliente con la esperanza de lograr una penetración.

Los ataques por el norte se dirigieron contra Noyon, mientras que los del sur presionaron la línea entre Reims y Verdún.

Estos ataques, que no pasaron de ser unos avances mal coordinados contra unas posiciones fuertemente defendidas,

recordaron más a las frustraciones de la batalla de las Fronteras que a la fluidez de la del Marne. Su fracaso demostró que

los asaltos frontales no sólo ocasionaban unas bajas tremendas a las desprotegidas unidades de infantería, sino también que

no tenían muchas posibilidades de abrir brecha alguna en las líneas enemigas.

El 8 de enero los alemanes aprendieron una lección parecida al intentar lograr su propia ruptura en una ofensiva

lanzada contra Soissons. Aunque consiguieron hacerse con algunas pequeñas cabezas de puente al sur del río Aisne y

conservar Soissons hasta septiembre, no lograron penetrar más de lo que lo habían logrado los franceses. Una vez más, el

desventurado kaiser había sido invitado por su Estado Mayor para que se acercara al frente y fuera testigo de la toma de un

objetivo importante, esta vez la ciudad de Reims, en Champaña. De nuevo, tuvo que asistir al fracaso de las tropas

alemanas para culminar su misión. Tanto en el ataque francés como el contraataque alemán la defensa había mantenido la

supremacía, subrayando la desventaja táctica en que las armas modernas colocaban a los atacantes. En la carta que un soldado francés escribió a un amigo en febrero de 1915, se pone de relieve el impacto que estaba

teniendo la guerra sobre la naturaleza y los combatientes:

Cuando llegamos aquí en el mes de noviembre, esta llanura era magnífica, sus campos rebosaban de remolacha

hasta donde la vista alcanzaba, había granjas prósperas diseminadas por doquier y abundaba el trigo. Ahora, es la

tierra de la muerte. Todos sus campos están reventados, pisoteados, las granjas han sido quemadas y arruinadas y es

otro el cultivo que crece: pequeños montículos coronados por una cruz o tan sólo por una botella puesta del revés,

en la que alguien ha colocado los papeles del hombre que yace allí. La muerte me ha rozado muchas veces con sus

alas cuando me arrastro a toda prisa por las trincheras o los senderos para evitar la metralla de las granadas o las

ráfagas de las ametralladoras.50

Quien escribió esto fue uno de los afortunados. Sobrevivió a la guerra. La ofensiva de Champaña demostró sin ningún

género de duda las dificultades que planteaban los ataques. «La existencia del frente sigue impidiendo realizar cualquier

maniobra», concluía un estudio interno francés sobre la campaña. «Sólo siguen siendo posibles los ataques frontales.

Prepararlos y llevarlos a cabo requiere un trabajo rudimentario.» La potencia de fuego, sobre todo de las ametralladoras,

convertía casi cualquier avance en un suicidio. «Mientras siga en acción una sola ametralladora [después de la fase de

artillería]», finalizaba el mismo estudio, «las bajas pueden ser considerables.»51 Las grandes cargas napoleónicas que los

generales habían estudiado en clase, y que emulaban en los simulacros de combate, sencillamente no funcionaban en la era

de las armas automáticas. De ahí en adelante, la guerra asistiría a los enérgicos esfuerzos por todos los lados, en especial

por el de los aliados, para neutralizar o eludir aquella potencia de fuego.

Mientras este proceso de cambio doctrinal daba comienzo, otros reformaban los ejércitos, que se convirtieron en

instrumentos de experimentación de los generales. En agosto de 1914 el secretario de Estado de la Guerra británico,

Horado Kitchener, había hecho un llamamiento en petición de voluntarios para los Nuevos Ejércitos, los hombres que

sustituirían a los soldados profesionales de la BEF. Kitchener y el gobierno británico confiaban en alistar a 100.000

hombres, pero, en su lugar, y en menos de cinco meses, en Gran Bretaña se incorporaron a filas 1.186.000 hombres. Al

cuales se unieron

458.000 más procedentes de Canadá y 332.000 australianos.52 Dado que Gran Bretaña no tenía un servicio militar

generalizado antes de la guerra, pocos de aquellos hombres conocían siquiera los detalles más elementales de la vida

militar; muchos no sabían ni disparar un rifle.

Lo que a estos hombres les faltaba de experiencia, les sobraba de fría determinación. El periodista Philip Gibbs

describió la actitud de aquellos soldados como de menos militar que resignada. Pocos de los hombres a los que entrevistó

Gibbs afirmaron comprender la concatenación de acontecimientos diplomáticos que había conducido a Gran Bretaña a la

guerra, y algunos mostraron casi tanta desconfianza hacia Francia como hacia los alemanes. Sin embargo, a un profundo

nivel personal comprendían que su país estaba en peligro y que los había llamado a filas. La idea de que el Imperio

Británico estaba en peligro fue, advirtió Gibbs, el «verdadero llamamiento» que llevó a aquellos hombres a alistarse. Gibbs

resumía la actitud de éstos con la frase: «Detesto la idea, pero hay que hacerlo».53

Aun cuando no combatieron mucho hasta el otoño, la mera creación de los Nuevos Ejércitos cambió de manera radical

el sistema militar británico. Las guerras de Gran Bretaña habían sido, por tradición, responsabilidad de los profesionales

voluntarios, que siempre se habían mantenido distanciados de la sociedad británica. En ese momento, el ejército era una

fuerza enorme de ciudadanos con íntimas conexiones con la sociedad en general. Como tal, la ciudadanía exigía cambios

en la naturaleza de las operaciones del ejército. En 1914 Kitchener había conseguido mantener alejados del ejército a los

periodistas, pero casi no había un británico que no tuviera un amigo o un pariente en los Nuevos Ejércitos, y querían estar

informados de las actividades de aquellos a los que amaban. En consecuencia, en marzo de 1915 el Ejército británico

acreditó a regañadientes a sus primeros cinco corresponsales de guerra. Aunque Gibbs señaló que en la consideración del

cuartel general británico los periodistas «apenas estaban por encima de los espías», los generales no tuvieron más remedio

que aceptar este vínculo entre el ejército y la sociedad que lo sustentaba.54

Mientras los Nuevos Ejércitos se entrenaban y preparaban, los profesionales lo intentaron una vez más. Los británicos

50 Jean-Pierre Guéno e Yves Lapluine (comps.), Paroles de Poilus: Lettres et Carnets du Front, 1914-1918, París, Librio y

Radio Franco, 1998, pág. 90.

51 Grand Quartier General [Cuartel General] Army of the East, «The war of February to August, 1915», SHAT Fondos

BUAT 6N9, págs. 2 y 10. 52 Sheffield, op.cit., pág. 43.

53 Philip Gibbs, Now It Can Be Told, Nueva York, Harper, 1920, pág. 69. 54 Ibid., pág. 13.

cubrieron las bajas sufridas por la BEF en 1914 trasladando soldados desde la India, lo que proporcionó por un tiempo los

refuerzos necesarios mientras los nuevos reclutas terminaban su entrenamiento. Con estos refuerzos, el I Ejército de

Douglas Haig elaboró un plan meticuloso para apoderarse de los alrededores de la ciudad de Neuve Chapelle. El Estado

Mayor de Haig levantó una detallada cartografía de la zona para que fuera estudiada por los oficiales y la complementaron

con precisas fotografías aéreas de la topografía y de las defensas alemanas. Los preparativos británicos impresionaron

tanto a Joffre, que éste ordenó que el plan se trasladara y distribuyera entre los integrantes de su propio Estado Mayor

como modelo para seguir. De hecho, la calidad de los preparativos británicos debería arrumbar el repetido estereotipo de

que los oficiales de la Primera Guerra Mundial eran de una incompetencia manifiesta.

El plan de Haig preveía realizar una penetración no por la fuerza bruta, como había hecho Joffre en Champaña, sino

mediante toda la astucia que permitían las operaciones militares en 1915. Haig planeaba hacer de la virtud necesidad,

limitando su descarga de artillería previa al ataque a sólo treinta y cinco minutos. Un bombardeo breve daría a los

alemanes un tiempo limitado para reforzar el sector; en cualquier caso, la escasez de munición de artillería de alta potencia

impedía que la descarga fuera mucho más larga. A fin de ocultar sus verdaderas intenciones, Haig proyectó varios ataques

de diversión al norte y al sur de Neuve Chapelle. Por su parte, la aviación británica limpiaría el cielo de pilotos enemigos,

garantizando que los alemanes no pudieran observar los movimientos británicos. El ataque principal se iba a producir en

un estrecho frente de unos dos kilómetros y sería llevado a cabo por un gran contingente de 45,000 hombres con caballería

de reserva. Al ocultar la verdadera intención de su plan, Haig confiaba en concentrar sus fuerzas en una parte pequeña del

frente, algo que le permitiría conseguir una superioridad numérica local en el punto de ataque. Una vez atravesaran Neuve

Chapelle, sus hombres se dirigirían hacia el sudoeste, cruzando por la pared meridional de una elevación del terreno

conocida como la colina de Aubert.

La fuerza de la operación de Neuve Chapelle residía en sus objetivos. Haig no pretendía aplastar el frente del saliente

con la intención de matar todos los alemanes que pudiera, antes confiaba en que su penetración amenazara y acabara

cortando la línea ferroviaria que discurría de norte a sur al este de Neuve Chapelle. Toda la posición alemana en ese sector

dependía de los suministros que llegaban por aquella línea ferroviaria. Al cortar las comunicaciones alemanas con los

centros de abastecimiento de Lille y Douai, Haig esperaba obligar a una retirada general de su enemigo sin sufrir grandes

bajas.

teniendo una dotación

bastante nutrida de profesionales, los cuales podían entender semejante serie de preparativos cuidadosamente elaborados

y, por tanto, complejos. Aunque limitada a sólo treinta y cinco minutos, la descarga de la artillería británica fue intensa. En

esa algo más de media hora, los británicos dispararon más proyectiles de artillería que los que utilizaron en toda la guerra

Bóer, en una demostración de hasta qué punto la guerra moderna había llegado a depender de la industria. A las 07:30 de la

mañana del 10 de marzo de 1915, la infantería británica empezó a avanzar en la confianza de que la