Exigimos que los alemanes no sigan haciendo la guerra como salvajes sedientos de sangre; que cesen de perseguir el logro de sus fines mediante el asesinato de los no combatientes y los neutrales. Editorial del New York Times después del hundimiento del Lustttinw por los alemanes.81
Entre el año 1900 y el estallido de la Primera Guerra Mundial, la Royal Navy británica llevó a cabo una revolución
espectacular en materia naval. Ya soberanos incuestionables de los mares, en 1906 los británicos botaron el HMS
Dreadnought. Rápido, ágil, con un gran blindaje y grandes cañones montados en torretas giratorias, el nuevo acorazado
podía destruir cualquier barco de la época sin necesidad de situarse dentro del alcance de los cañones enemigos. El
Dreadnought dejaba obsoletos a todos los acorazados existentes. La Royal Navy, a la que le gustaba afirmar que las costas
enemigas eran las fronteras británicas, disponía en ese momento de un arma sin parangón en el mundo.
Como era de esperar, el Dreadnought inspiró a los imitadores. Alemania aprobó un enorme programa de construcción
naval que, pese a su elevadísimo coste, no le permitió equipararse, ni siquiera de lejos, a la Marina británica. El kaiser
sentía una envidia infantil por el poderío naval de su primo el rey Jorge V, y destinó imprudentemente unos fondos
desproporcionados para conseguir una «flota de lujo», cuya fuerza fue siempre más disuasoria que ofensiva y más
simbólica que efectiva. El Parlamento británico contrarrestó con creces la amenaza alemana al subvencionar un «modelo
de doble potencia», que garantizaba a Gran Bretaña mantener más tonelaje de guerra que las dos siguientes potencias
navales juntas. El primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill, resaltó la importancia de los acorazados de la clase
Dreadnought en el planteamiento británico con su inimitable estilo: «El Almirantazgo pidió seis, el gobierno propuso
cuatro y nosotros aceptamos ocho».821
La geografía ha servido siempre a los intereses de la Royal Navy, y en su rivalidad naval con Alemania lo hizo de una
manera excepcionalmente favorable. Alemania tenía una costa estrecha con sólo dos salidas hacia Gran Bretaña: el acceso
oriental, que implicaba un largo recorrido entre Dinamarca y Suecia para penetrar en el mar del Norte por el sur de
Noruega; y el acceso occidental, que incluía unas pocas rutas estrechas a través de los bajíos arenosos de la bahía de
Helgoland. En consecuencia, la Royal Navy podía controlar cualquier actividad a gran escala de la Marina alemana. Para
conectar los dos accesos, los germanos habían construido el canal Kaiser Guillermo en Kiel. La obra, terminada poco antes
del inicio de la guerra para permitir el paso de los descomunales Dreadnought alemanes, no resolvió, sin embargo, el
dilema estratégico esencial de Alemania.
La guerra en el mar y los derechos de los neutrales
Los británicos tenían suficientes barcos de guerra para dividir la Royal Navy en dos flotas. La Flota de Aguas
Jurisdiccionales, como su nombre implica, tenía la responsabilidad de la vigilancia de la costa británica. A la Gran Flota se
le encomendó la tarea de contener a los alemanes y de asegurar las rutas navales que alimentaban y suministraban a las
islas nacionales. En total, en 1914 los británicos sobrepasaban en potencia de fuego a los alemanes en 11 Dreadnought, 18
acorazados de clases anteriores a ésta, 61 cruceros, 157 destructores y 48 submarinos. La superioridad en la construcción
naval de los británicos significaba que seguirían dejando atrás a sus rivales durante la guerra. Los británicos tenían,
además, la ventaja de su alianza con las Marinas francesa, rusa e (después de 1915) italiana. Pero la oportunidad y las circunstancias ayudaron también a los británicos. Al estallar la crisis de julio, la Royal Navy
81 El epígrafe está extraído de una cita en Francis Halsey, The Literary Digest History of the World Wat; vol. 9, Nueva
York, Funk and Wagnalls, 1919, pág. 257.
82 Churchill, citado en Geoffrey Parker, The Cambridge Illustrated History of Warfare, Cambridge, Cambridge University
Press. 1W5, pág. 258.
llevaba a cabo unas prácticas de movilización. Estas tenían como objetivo comprobar cuánto tardaban los reservistas en
presentarse a sus puestos de servicio y el nivel en el desempeño de sus funciones. En consecuencia, la Royal Navy estaba
movilizada aun antes de que se requiriesen sus servicios. Los reservistas estaban en sus puestos, y muchos de los
problemas derivados de preparar a la Marina para la guerra ya se habían resuelto. Churchill decidió con prudencia no
adelantar el fin del ejercicio, que estaba programado para finales de julio, y, en su lugar, mantuvo a los reservistas en sus
barcos e hizo que se desplegaron por el mar del Norte coincidiendo con la declaración de hostilidades, lo que dio a Gran
Bretaña una ventaja inicial fundamental.
La «flota de lujo» alemana, a la que vemos en Kid, L-II 1914, exigió unos recursos enormes para su construcción y mantenimiento, aunque nunca consiguió igualarse a la Royal Navy británica. Las dos marinas sólo mantuvieron un gran
enfrentamiento, la inconclusa batalla de Jutlandia de 1916. (National Archives)
No obstante este dominio, la Royal Navy fue prudente y permaneció a la defensiva. Casi las dos terceras partes de los
alimentos necesarios para el mantenimiento de los británicos procedía de ultramar, y la responsabilidad del imperio
alcanzaba a todos los rincones del globo. La Royal Navy tenía también que desplegar y suministrar tropas a cuatro
continentes. En otro orden de cosas, las costas orientales de Inglaterra y Escocia no contaban con unas defensas sólidas, y
las bases allí establecidas no estaban debidamente equipadas para la guerra antisubmarina; por lo tanto, una gran derrota
naval dejaría a las islas nacionales en una situación de vulnerabilidad peligrosa. En diciembre de 1917 los estrategas
británicos aún seguían sin estar dispuestos a eliminar la posibilidad de un desembarco anfibio alemán en las islas.83 Por
esta razón, Churchill describió al almirante jefe de la Gran Flota, sir John Jellicoe, como el único hombre capaz de perder
la guerra en una sola tarde. Jellicoe tenía la responsabilidad de utilizar la poderosa Royal Navy para destruir la Flota de
posición envidiable.
De resultas de todas estas limitaciones, Jellicoe y los almirantes de la Royal Navy se decidieron por una estrategia de
ataque mediante defensa. Las principales prioridades de la Marina siguieron siendo la defensa de las islas nacionales y el
control permanente de las rutas de navegación. Al mismo tiempo, la Royal Navy impuso un bloqueo de superficie a
Alemania para privarla de los productos alimenticios y bienes de equipo del exterior; el Almirantazgo desplegaría a la
Gran Flota de manera que obligara a permanecer en puerto a la flota alemana. Los británicos no picarían el anzuelo de
atacar a los alemanes en sus puertos o cerca de sus defensas exteriores. En su lugar, la Royal Navy, tal y como escribió un
historiador, «buscaría combatir sólo cuando dispusiera de una fuerza abrumadoramente superior y las circunstancias
fueran exactamente las adecuadas».84 Una flota alemana confinada a perpetuidad en sus puertos nacionales, razonaba el
Almirantazgo, era casi tan buena como una flota alemana destruida en combate.
Una de las ventajas fundamentales de Alemania radicaba en sus submarinos; sólo éstos podían escapar de manera
regular de los puertos alemanes sin ser observados por la Armada británica. Aunque los británicos tenían más, los
consideraban más apropiados para la defensa costera y, en consecuencia, 65 de los 78 submarinos de que disponían fueron
83 C. R.M. E. Crutwell, A History of the Great War, 1914-1918, Oxford, Clarendon Press, 1934, pág. 68.
84 Hew Strachan, The First World War, vol. 1, To Arms, Oxford, Oxford University Press, 2001, pág. 393 (trad. cast.: La
asignados a la Flota de Aguas Jurisdiccionales. Además, la Royal Navy buscaba hacer la guerra mediante el bloqueo de
superficie, que estaba reconocido por las leyes internacionales y era un elemento tradicional en la manera de luchar de los
británicos. Para ser legal, un bloqueo tenía que ser efectivo, declarado, visible y respetuoso con los derechos de los barcos
neutrales. Los submarinos, claro estaba, no podían seguir estas leyes, por lo que su utilización para realizar el bloqueo era
técnicamente ilegal. Al poseer una flota de superficie enorme y ejercer un control férreo sobre el mar del Norte, los
británicos se podían permitir el lujo de respetar las leyes del bloqueo y seguir siendo efectivos. Sólo en 1915, la Royal
Navy interceptó 3.098 barcos que se dirigían a puertos alemanes, y sus responsables aseguraron, es probable que con
exactitud, que ni un solo barco de superficie había atravesado el estrecho de Dover sin permiso británico.85
El almirante John Jellicoe se convirtió en jefe de la Gran Flota al estallar la guerra. Aunque tildado por algunos de demasiado
prudente, se le adjudicó gran parte del mérito por la victoria menor de Jutlandia; sin embargo fue destituido más tarde por su incapacidad para neutralizar la amenaza de los U-boot alemanes. (Imperial War Museutm, Q67791)
Alemania no se encontraba en una situación tan ventajosa. Por lo tanto, los submarinos se convirtieron en la manera
más lógica de atacar las líneas de suministro británicas. Los submarinos se podían acercar en silencio, atacar con rapidez y
huir sin peligro. Sin embargo, eran vulnerables al fuego enemigo si se les detectaba y no podían respetar las leyes de la
guerra en lo relacionado con los hundimientos, apresamientos y trato a las tripulaciones. Además, los capitanes de los
submarinos disponían de mucho menos tiempo para decidir si el barco que tenían a la vista pertenecía a un enemigo
beligerante o a un país neutral. Las apariencias solían ser engañosas. La práctica británica de hacer ondear una bandera
norteamericana en sus mercantes para engañar a los submarinos alemanes, se convirtió en algo tan corriente que el
presidente Woodrow Wilson presentó una queja formal. El tardío despliegue de mercantes británicos con cañones ocultos
y personal militar en ropa de paisano (los llamados barcos Q) contribuyó a aumentar la confusión de los capitanes de los
submarinos. Cuanto más tiempo permanecía un submarino en la superficie, mayor era su período de desventaja.
Al principio, los alemanes autorizaron a sus submarinos para que atacaran únicamente a los barcos de guerra. Durante
los primeros meses de la guerra, hundieron cuatro cruceros y un acorazado anterior a la clase Dreadnought, y dieron así
amplias muestras del potencial de la guerra submarina contra los buques mercantes desarmados. Otros acontecimientos
madrugadores sugirieron que no obstante las desventajas, los alemanes tal vez pudieran obtener importantes ventajas
marítimas. La rápida y audaz travesía del Goeben y el Breslau hasta aguas turcas había sido una importantísima inyección
de moral para los alemanes y una humillación para la Armada británica. Los cruceros alemanes empezaron a acosar a los
navíos británicos en Sumatra, Zanzíbar, Madras y Brasil. En Noviembre los alemanes consiguieron hundir dos cruceros
británicos más en las costas de Chile durante la batalla de Coronel.
El almirante mayor de la mar John Jackie Fisher y la Royal Navy respondieron con la clase de acción agresiva que
Gran Bretaña esperaba de ellos. Fisher envió rápidamente a Sudamérica una escuadra, que llegó a las Islas Malvinas sólo
tres semanas después de haber partido de Portsmouth. Una vez allí, dieron caza a los cruceros alemanes, hundieron a
cuatro de ellos y terminaron de hecho con la amenaza germana a las líneas de convoyes británicos en Sudamérica y el
Pacífico oriental. Sin que lo supieran los alemanes, los rusos habían proporcionado a Gran Bretaña un juego de códigos del
enemigo común, después de obtenerlos de un barco alemán que había naufragado en el mar Báltico. A raíz de esto, los
británicos crearon un departamento secreto, denominado la Habitación 40, encargado de descifrar los códigos alemanes y
de adivinar las actividades de su marina.
En enero de 1915 la Habitación 40 produjo su primera victoria importante. Una escuadra de cruceros alemana se
adentró en el mar del Norte para limpiar la zona de patrullas británicas y sembrar de minas sus rutas de acceso. Gracias a la
Habitación 40, los británicos siguieron los movimientos de la escuadra desde Whitehall y, mediante comunicaciones de
radio, pudieron dirigir los barcos de guerra británicos hacia los navíos alemanes que navegaban hacia ellos. Gracias a sus
Dreadnought, los británicos ganaron el enfrentamiento subsiguiente, conocido como la batalla de Dogger Bank. Los
Dreadnought británicos resultaron tan devastadores, que los alemanes apodaron a sus acorazados de clases anteriores
como «barcos de cinco minutos», en referencia a su previsible período de supervivencia en combate. Los alemanes
perdieron el crucero Blücher (al que, irónicamente, habían bautizado así en honor del mariscal de campo prusiano que
combatió en Waterloo al lado de los británicos contra Napoleón) y a 950 marineros de su tripulación. Los británicos no
perdieron ningún barco y sólo a 15 marineros. A raíz de esto, la flota de superficie germana se recluyó tras sus defensas
durante el resto del año.
Los británicos dependían de su preponderancia en el mar para ganar la guerra económica. Un equipo de rodaje británico filmó el hundimiento del crucero Blücher en 1915, en donde murieron ahogados 950 alemanes. Este fotograma de aquella película se grabó en las cajetillas de cigarrillos de muchos oficiales de la Armada británica. (NationalArchives)
En la otra punta del mundo, en el Pacífico occidental, la Marina alemana sufrió repetidas derrotas. Japón, a la sazón
aliado de Gran Bretaña en virtud de un tratado naval firmado en 1902, declaró la guerra a Alemania en agosto de 1914.
Antes de que terminara el año, los japoneses recibieron la promesa de Gran Bretaña de que podrían anexionarse cualquier
colonia alemana al norte del ecuador que conquistaran. Japón derrotó enseguida a las fuerzas navales alemanas y
desembarcó tropas en la península china de Shandong y en las islas Marshall, Carolinas y Marianas, además de en las
Palau. Las fuerzas australianas y neozelandesas tomaron la Nueva Guinea alemana, el archipiélago Bismark, las islas
Salomón y la Samoa alemana. Sin esas bases del Pacífico, a los alemanes no les quedaba ninguna esperanza de poder
inhabilitar las rutas marítimas de los británicos en aquellas aguas ni sus trascendentales enlaces con la India y Australia.
Por lo tanto, si Alemania iba a utilizar su Marina para obstaculizar el comercio británico, tendría que confiar más en sus
submarinos. El 4 de febrero de 1915 Alemania anunció una guerra submarina ilimitada (GSI) al declarar las aguas que
rodeaban Gran Bretaña como zona de guerra. Los alemanes señalaron que la GSI habría de ser «de una atrocidad máxima»
y que tendría como objetivo todo tipo de embarcaciones, incluidas las de los países neutrales;86 en consecuencia, la
Marina informó a los capitanes de sus submarinos que no se les pediría responsabilidades por el hundimiento de ningún
barco neutral. La protesta de Estados Unidos no se hizo esperar, manifestando que tenía derecho a comerciar con cualquier
país que quisiera y que sus ciudadanos tenían derecho a viajar en cualquier barco, fuera cual fuese su nacionalidad. El
presidente Wilson advirtió a Alemania que la haría responsable por cualquier pérdida de propiedades o vidas
norteamericanas.
La GSI y el bloqueo de superficie británico, por tanto, plantearon una serie de delicadas cuestiones de neutralidad y
legalidad. La neutralidad admitía más de una definición, e igual podía significar un impacto similar sobre la guerra para
todos los contendientes, que ningún impacto en absoluto, que la libertad de comerciar con todos y con cada uno de los
contendientes. Los norteamericanos insistieron con firmeza en esta última definición. En la práctica, las empresas
norteamericanas comerciaban con mucha más frecuencia con Gran Bretaña y Francia que con los Imperios centrales, lo
que llevó a argumentar a los alemanes que en realidad Estados Unidos no era neutral, puesto que sus políticas beneficiaban
financieramente a los aliados.
Gran Bretaña respondió a los intentos alemanes de comerciar con Estados Unidos obligando a los barcos
norteamericanos a fondear en los puertos británicos para inspeccionarlos. Si descubrían cualquier artículo de contrabando
con destino a Alemania, se incautaban de los bienes y cancelaba cualquier futuro contrato gubernamental con el fabricante
de los artículos. Semejante política irritó a los empresarios norteamericanos, aunque, de acuerdo con las leyes
definición de lo que eran
bienes de contrabando. Los segundos insistían en que el algodón y los alimentos no podían ser calificados de tales, aunque
los primeros tenían un punto de vista más restrictivo e incluían ambos productos. Los británicos apresaban también los
barcos que se dirigían a Holanda, un país neutral a través del cual Alemania esperaba recibir gran parte de sus mercancías.
Así las cosas, Estados Unidos tenía motivos de quejas con ambos bandos por la guerra económica que se estaba librando
en alta mar.
Tal y como los alemanes veían la situación, la «neutralidad» norteamericana beneficiaba en semejante medida a los
aliados, que convertía a los norteamericanos prácticamente en beligerantes. A pesar del aislacionismo, a muchos alemanes
les irritaba lo que consideraban una política exterior permisiva hacia Gran Bretaña por parte de Estados Unidos. Una tira
cómica de propaganda alemana de la época satirizaba el comportamiento norteamericano mostrando a dos matones
británicos robando al Tío Sam en la esquina de una calle. Los delincuentes decían: «¡Alto, Tío Sam! Llevas encima
artículos de contrabando. Así que no tenemos más remedio que quitarte todo lo que necesitamos». Una vez que los
ladrones se habían marchado, el Tío Sam decía: «Por suerte, me han dejado la pluma. ¡Así podré escribir una enérgica
protesta!».87
Dada la insistencia de los norteamericanos en interpretar su neutralidad con la máxima flexibilidad, la escalada en la
conflictividad con Alemania era absolutamente inevitable. Las distinciones entre submarinos y barcos de superficie
también se revelaron trascendentales. Los primeros no admitían escoltas y carecían de espacio para almacenar artículos de
contrabando o resguardar a la tripulación de un barco; sólo podían hundir un barco o dejarlo pasar. El 7 de mayo de 1915
los alemanes hundieron el barco de pasaje Lusitania cerca de la costa irlandesa, en el que murieron 1.198 personas, entre
ellas 128 norteamericanos. Wilson sabía que el navío transportaba artículos de contrabando, pero la pérdida de vidas
humanas le obligó a pasar por alto el cargamento. La insensible reacción de Alemania, que acuñó una medalla
conmemorativa y continuó con la GSI aun cuando el mar seguía arrojando cadáveres a la costa irlandesa, sirvió sólo para
avivar la ira de los norteamericanos, que tampoco aceptaron el argumento alemán de que no eran responsables del destino
fatal de los pasajeros del Lusitania, toda vez que su gobierno había insertado anuncios en los periódicos advirtiendo del
peligro de navegar por el Atlántico.
Pero, aunque Estados Unidos no intervino en la guerra a causa del Lusitania, el incidente provocó suficiente presión
diplomática y económica sobre Alemania para obligarla a reconsiderar la utilización de la GSI. El