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EL CONOCIMIENTO TÁCITO Y LAS NORMAS IMPLÍCITAS EN PRÁCTICAS

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CAPÍTULO 2. DE LAS PRÁCTICAS CIENTÍFICAS A LA EPISTEMOLOGÍA HISTÓRICA

2.3. EL CONOCIMIENTO TÁCITO Y LAS NORMAS IMPLÍCITAS EN PRÁCTICAS

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estilo de pensamiento es propio de un colectivo de pensamiento, lo que implica que el conocimiento no se reduce al nivel individual, sino que es el patrimonio del conjunto de los miembros del colectivo, cuyo estilo de pensamiento los orienta en las direcciones que son más apropiadas para ver y actuar. Por eso, Fleck afirma que si decimos que alguien conoce algo, debemos agregar que ese alguien es miembro de tal comunidad, porque es en el seno de esa comunidad que puede conocer algo. Así queda patente que lo cognitivo no es indisociable de lo social. Pero tampoco se puede desligar de la “cultura material” que coadyuva a la interacción entre los agentes de una práctica, tema al que he de retornar en la sección 2.4.

En esta sección hemos visto que el conocimiento también implica formas de llevar a cabo diferentes tipos de actividades, por lo que es posible sugerir que el conocimiento que se genera al interior de las prácticas está estrechamente relacionado con la normatividad implícita de las mismas, la cual no necesariamente se limita a un conjunto de valores epistémicos, sino que los valores no epistémicos también son relevantes. Debido a la importancia del conocimiento implícito en la normatividad de las prácticas, en el siguiente apartado nos ocuparemos de este tema.

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laboratorio” son otro tipo de normas, como las que están implicadas, por ejemplo, en las prácticas de laboratorio.

Martínez y Huang (2011), en aras de argüir por qué las prácticas científicas son indispensables para la epistemología, han planteado dos líneas de argumentación: 1) porque las prácticas nos permiten entender adecuadamente la naturaleza de la normatividad epistémica, y 2) porque ellas nos ofrecen una mejor manera de moldear la racionalidad científica. En esta sección haré hincapié en los aspectos normativos de las prácticas, tema que complementaré con parte de la discusión que plantearé en torno a la racionalidad y el cambio científico en el siguiente capítulo.

Por ahora me interesa dejar claro, siguiendo la discusión propuesta por Martínez y Huang, que en una perspectiva normativa de las prácticas como la que aquí se defiende, no es posible caer en uno de los siguientes extremos: o bien las normas epistémicas son de carácter individual o son un producto eminentemente social. El primero de esos polos nos lleva inevitablemente a asumir que las normas epistémicas se originan exclusivamente a partir de los mecanismos cognitivos individuales, mientras que la segunda alternativa nos deja en una situación en la no tendría sentido hablar de normas epistémicas, pues la ciencia no estaría regulada por una normatividad distintiva, situación que ineludiblemente nos conduce a un relativismo extremo.

Dichos autores han propuesto una tercera vía, por la cual transitaremos en esta tesis.

Podría pensarse que la postura individualista es coherente con la perspectiva “cartesiana”

de la cognición, y que la postura radical social es solidaria con la cognición “interaccionista”, lo cual es cierto para el primer caso, pero incorrecto para el segundo. En particular, la normatividad de las prácticas científicas ha de entenderse fundamentalmente en el marco de lo que Martínez llama una “epistemología irreductiblemente social”19, que reconoce, entre otras cosas, que la cognición está socialmente distribuida, pero que ésta no tiene por qué entenderse como un mero constructo social. Esto amerita precisiones, en especial si nos tomamos en serio lo planteado en apartados previos acerca de que las prácticas trascienden el contexto de descubrimiento.

En el asunto que estoy discutiendo cobra relevancia tomar en cuenta el papel del entorno en el que se despliegan las prácticas, el cual es en alto grado normativo. Algo crucial que nos enseña la normatividad asociada a las prácticas, es que hay algunas normas que se pueden formalizar (en lenguaje lógico-matemático20), otras no son formalizables y otras difícilmente lo

19 Véase, por ejemplo, su libro de 2003.

20 Una propuesta en ese sentido se halla en Echeverría (2011), quien propone una modelización de los valores propios de lo que él llama la “racionalidad axiológica acotada”.

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llegan a ser. En fin, el punto es que en una filosofía centrada en prácticas están involucrados distintos tipos de normatividad21. Como no cualquier acción es tomada como correcta, sino que está normada socialmente, entonces no todos los procedimientos son formas apropiadas de llevar a cabo determinadas acciones. La normatividad es social porque es en un colectivo en el que tiene sentido hablar de actuaciones correctas o no, pero esto no tiene por qué encaminarnos a defender una postura relativista extrema, pues no todo vale como una forma acertada de hacer las cosas.

Continuando con el hecho de que las normas de las prácticas no necesariamente son formalizaciones abstractas, cabría agregar que la normatividad práctica generalmente no es explicitable, sino que en ésta cumple un papel fundamental el conocimiento tácito.

Un ejemplo que puede sernos de utilidad para ilustrar este punto es el que Collins retoma de Polanyi acerca de cómo realizamos la actividad de andar en bicicleta, en donde el conocimiento teórico de la física que está implicado es complejo y contraintuitivo. Así, aunque alguien pueda explicitar ese saber, ello no le garantizaría ser un (buen) ciclista: “Nosotros aprendemos a andar en bicicleta, entonces, sin conocer cómo lo hacemos, donde «conocer» es usado en el sentido de «ser hábil para formular las reglas»” (Collins, 2006, pp. 108-109).

Este punto es reforzado por King (2008, p. 75), quien asegura que para aprender a hacer ese tipo de actividad no es suficiente con el saber qué explícito, sino que lo fundamental es el saber cómo implícito. No bastaría con leer un manual que contenga una serie de instrucciones acerca de cómo transportarse adecuadamente en una bicicleta (manual que podría ser inexistente), sino que se debe aprender a andar en bicicleta andando en bicicleta. Por supuesto que debemos esperar que al primer intento terminemos en el suelo, o moviéndonos unos cuantos metros en un zigzag caótico, pero al hacer esta actividad constantemente, llegaríamos a ser expertos en ella.

Así las cosas, concluye King, el saber cómo no puede reducirse a un saber qué.

El conocimiento tácito, entonces, abarca todas aquellas cosas que sabemos hacer pero que no somos capaces de explicitar. De este modo, y siguiendo a Collins, este tipo de saber es importante en diferentes aspectos de nuestras vidas y que trascienden el ejemplo aludido, ya que se extrapolan a ámbitos como el uso del lenguaje: sabemos cómo evitar la pronunciación de frases formadas erróneamente (sintáctica y semánticamente), pero no somos capaces de expresar cuáles son las normas que guían el uso correcto de, por poner un caso, nuestro idioma materno.

Este ejemplo también me es útil para ilustrar que el modo en que hablamos está regulado socialmente, de lo contrario no nos entenderíamos, pues cada quien hablaría como se le antojara.

21 En el capítulo 5 describo 3 tipos de normatividad asociados a estilos y prácticas.

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Este hecho queda patente cuando los niños están aprendiendo a hablar, y los adultos les corrigen las pronunciaciones incorrectas o la formación inadecuada de frases, por citar dos situaciones.

Como lo afirma Vázquez (2011, p. 184); la gramática regula el uso apropiado del lenguaje, pero esas reglas gramaticales son modeladas paulatinamente por las prácticas lingüísticas, con base en las necesidades de los hablantes: “De tal forma que entre las reglas gramaticales y las prácticas lingüísticas se va dando un mutuo ajuste continuo”. Esta acomodación recíproca entre normas y prácticas se ha denominado “equilibrio reflexivo”, el cual pretendo ilustrar con otro tipo de ejemplos.

Así, podríamos extrapolar las situaciones descritas a una práctica científica, como la de hacer buen uso del microscopio óptico para poder ver, por ejemplo, una gota de sangre humana.

Si quisiéramos ver glóbulos rojos, entonces bastaría con poner la gota en el portaobjetos y colocar el cubreobjetos, para luego ubicar el montaje en el microscopio y empezar a mirar con el menor aumento, subiendo la platina hasta que veamos algo, así sea borroso, para posteriormente darle nitidez a la imagen por medio del botón micrométrico, etc. Pero si nuestro objetivo fuera ver glóbulos blancos, entonces debemos hacer otro tipo de procedimientos, como extender la gota de sangre en la lámina, calentarla encima de una llama (para fijar el tejido), teñir con el colorante específico (pues los leucocitos son transparentes), colocar una gota de aceite de inmersión y observar con el mayor aumento. En fin, todos estos procedimientos los podríamos leer en un manual, pero no aprenderíamos a ver sangre en el microscopio si no hacemos las actividades necesarias en el orden apropiado y de manera correcta. Para nuestros fines no sería necesario, por ejemplo, conocer la composición química del colorante, o las propiedades físicas del aceite, ni tener un conocimiento teórico exhaustivo de las leyes de la óptica que se aplican al microscopio.

Los ejemplos que he traído a colación nos sirven, principalmente, para explicar el hecho de que prácticas y normas se han acoplado mutuamente en un proceso histórico. Por ello, valdría la pena que nos detuviéramos un momento en el problema del origen de la normatividad de las prácticas científicas.

En particular, Huang (2008) establece una contrastación entre dos formas opuestas que en la filosofía de la ciencia han dado cuenta de cómo se originan las normas de la racionalidad científica. La primera de ellas considera que las normas a priori, incorpóreas y universalmente aplicables son la única fuente de la normatividad y, por ende, de la racionalidad en la ciencia. A este supuesto Huang lo denomina como “la imagen dura de la normatividad”. La otra forma de asumir la normatividad, según Huang, es desde una perspectiva naturalizada de la filosofía de la ciencia, en donde se considera que la racionalidad debe concebirse como local y materialmente

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constituida. A esta perspectiva Huang la denomina como “la imagen blanda de la normatividad”.

No nos detendremos en la primera imagen de la normatividad, sino que enfatizaremos en la última, ya que en el siguiente capítulo diremos más acerca de cómo se ha entendido históricamente el problema de la racionalidad en la ciencia.

Si retomamos el ejemplo de cómo observar una gota de sangre con el microscopio óptico, podemos enumerar algunas reglas para llevar a cabo esa actividad, como calibrar el microscopio, revisar que las lentes estén limpias, cerciorarse de que las partes mecánicas funcionen adecuadamente, etc. Asimismo, debemos seguir otro tipo de normas como limpiar con alcohol la yema del dedo de la persona que “donará” un poco de su sangre, utilizar una aguja o una lanceta nuevas para evitarle infecciones, etc. Además, es preciso verificar que las sustancias químicas que se necesitan, como el colorante y el aceite de inmersión, no hayan caducado o no se hayan contaminado con otras sustancias, etc.

En fin, el punto que me interesa subrayar es que esas normas se han originado y atrincherado históricamente y que ahora son indisociables de los fines que esperamos lograr (en este caso ver glóbulos sanguíneos), de los procedimientos que debemos seguir, y de los recursos materiales a nuestra disposición y que se requieren para llevar a cabo la práctica en cuestión (como las agujas, el colorante, el alcohol antiséptico, las láminas y laminillas de vidrio, la sangre y, por supuesto, un microscopio que funcione apropiadamente). Así pues, la tecnología que hace parte de una práctica no es sólo un conjunto de instrumentos que se usa de acuerdo con nuestros fines, sino que ésta interviene como un recurso material fundamental sobre el que abundaremos luego.

A los recursos mencionados podemos sumar el papel que desempeñan las locaciones propicias para realizar la actividad, pues, por ejemplo, al aire libre no tendríamos una fuente eléctrica para poder encender el microscopio, o tendríamos que conseguir una extensión lo suficientemente larga, o usar un microscopio que en vez de funcionar con electricidad lo haga con un espejo que refleje la luz solar, etc. En suma, las normas de una práctica no se reducen a dar cuenta de la forma lógica en que se articulan evidencias y teorías, sino que implican las capacidades cognitivas de los agentes y la estructura del ambiente en el que éstos se encuentran (y del que hacen parte). En consecuencia, “Las aplicaciones apropiadas de las reglas del razonamiento dependen de factores contextuales” (Huang, 2008, p. 50), lo que nos lleva a una discusión sobre las reglas heurísticas, tema al que volveremos después. Por ello, para Huang, dar cuenta del problema del origen de la normatividad requiere de investigaciones empíricas que nos

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permitan comprender cómo es que de hecho esa normatividad se despliega en contextos particulares, lo cual, a su vez, es un problema de la filosofía naturalizada de la ciencia22.

En relación con lo anterior, hay que señalar que además de los aspectos materiales del ambiente, en las prácticas científicas también están involucrados valores que no solamente son de carácter científico. Según Martínez (2005b), era común afirmar, por ejemplo desde propuestas filosóficas lógico-empiristas, que la ciencia estaba libre de valores23, lo cual significa que la ciencia es una descripción “objetiva” de las leyes que caracterizan todo aquello que ocurre en el orden espaciotemporal. Por supuesto que aquí objetivo se entiende como toda descripción en la que no se involucran aspectos humanos (subjetivos), como los valores. Retomando el ejemplo de la observación de sangre a través del microscopio, podemos decir que al desinfectar la yema del dedo de la persona que nos proporcionará unas cuantas gotas de su sangre, y al usar una aguja o lanceta nuevas, estamos siguiendo un valor que implica evitar que esa persona pueda ser infectada (con algún microorganismo). Otro valor de esta índole sería preguntarle a esa persona si tiene problemas de coagulación o cosas por el estilo.

En síntesis, con los ejemplos que he traído a colación he querido resaltar la idea de que no hay una única manera de entender la normatividad de la racionalidad científica, y que ésta involucra diferentes tipos de normas. Una forma de asumir la normatividad en las propuestas de prácticas científicas es como estructuras heurísticas, las cuales dependen en alto grado del contexto en el que se desarrollan y en el que son utilizadas por los agentes de una práctica. Es en ese sentido que Martínez (2003 y 2005a) habla de una racionalidad científica con geografía y con historia, si la entendemos, entre otros aspectos, como dinámica (o sea cambiante) y como heurística (es decir contextual o “ecológicamente” situada). A esto hay que añadir que, como lo expresa Wartofsky (1987), la acción humana o praxis ha de entenderse en términos normativos, y

22 Desarrollaré ejemplos al respecto en la segunda parte de esta tesis.

23 Tradicionalmente, los valores que son importantes en la ciencia se han asumido como valores epistémicos, pero otro tipo de valores también son relevantes (como los estéticos o éticos, por ejemplo). Sin embargo, no todas las propuestas filosóficas de prácticas científicas tienen en cuenta esa pluralidad axiológica. Lo anterior queda manifiesto en autores contemporáneos como Echeverría (2008, p. 130), cuando sostiene que las teorías intencionales de la acción humana no son útiles para la filosofía de la práctica científica. Echeverría parte de una teoría axiológica de la acción científica, según la cual dichas acciones están guiadas por valores, y en primer lugar por valores epistémicos: adecuación, coherencia, fecundidad, generalidad, objetividad, precisión, refutabilidad (testabilidad, falsabilidad), rigor, verdad, verosimilitud, universalidad, etc. Aunque este autor reconoce la importancia de otro tipo de valores en la actividad científica, éstos aún dan cuenta de una perspectiva muy estrecha. Echeverría resalta, dentro de esos otros valores los siguientes: intersubjetividad, profesionalidad, publicidad de los resultados y de los procedimientos, posibilidad de que otros investigadores repitan las acciones, etc. En particular, Martínez (1999) hace frete a este tipo de supuestos, al insistir que en las prácticas científicas no sólo están implicados los valores que tradicionalmente se han reconocido como “epistémicos”. Debo precisar que en mi propuesta de EHCEP se tiene en cuenta el papel que juegan diversos tipos de valores en la ciencia, pero no se centra en ellos, por lo que no diré casi nada al respecto.

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la normatividad ha de asumirse como los modos de juzgamiento más o menos tácitos, tales como el asentimiento, la aprobación o desaprobación, el disfrute y la insatisfacción, que están involucrados no sólo en el ámbito científico, sino en el técnico, el estético y el moral. Por ello, para Wartofsky la actividad cognitiva no se reduce a “tener pensamientos”, sino que ésta involucra sentimientos, habilidades y competencias.

En concatenación con lo anterior, si pretendemos asumir las prácticas como un tema de la indagación epistemológica, debemos hacer hincapié en el hecho de que las prácticas tienen una dimensión cognitiva, la cual está estrechamente relacionada con los aspectos normativos de las mismas. Una forma de hacer esto es a través de lo que Martínez (en diversos trabajos) ha denominado como la estructura heurística de las prácticas. Una heurística, nos dice Martínez (2003, p. 90), es un tipo de procedimiento que no nos posibilita prever los resultados con exactitud, pero cuando falla lo hace de un modo que nos permite comprender en qué radicó ese desatino. Una heurística, entonces, depende del contexto en el cual se aplica, ya que este tipo de regla no tendría el mismo éxito (o fracaso) en diversos contextos o situaciones. Grosso modo, podemos afirmar que una heurística es lo opuesto a un algoritmo. Así las cosas, la epistemología que defiende Martínez toma las reglas heurísticas como uno de los ejes centrales de su propuesta, y aquí el concepto de práctica es el que permite articular normas explícitas o implícitas basadas en diferentes tipos de reglas heurísticas (Huang, 2005, p. 188). Por su parte, las estructuras heurísticas permiten que la racionalidad científica se despliegue contextualmente, de allí que la racionalidad científica no carezca de historia ni de geografía.

A modo de conclusión de este apartado traigo a colación lo que han expresado Martínez y Suárez, acerca de diversos aspectos inherentes a la idea de normatividad en el contexto de las prácticas científicas:

La reproducción de una técnica experimental en un laboratorio no es solamente la realización de ciertas instrucciones o condiciones explícitas en un manual de procedimientos, sino una situación conectada históricamente con la manera como se ha estabilizado la realización de ese tipo de procedimientos o técnicas en determinada área del conocimiento y/o en un espacio delimitado, con la forma correcta de usar un conjunto de instrumentos, con los límites existentes en la manipulación de condiciones materiales y la interpretación (novedosa pero también apoyada en la historia de ese sistema experimental) que se le da al conjunto de actos, tanto lingüísticos como materiales, que constituyen a la práctica y a sus resultados (2008, p. 46).

Estas afirmaciones nos abren las puertas para que entremos a la discusión acerca de la importancia de la “cultura material” en las propuestas de prácticas científicas.

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