CAPÍTULO 2. DE LAS PRÁCTICAS CIENTÍFICAS A LA EPISTEMOLOGÍA HISTÓRICA
2.4. EL PAPEL DE LA CULTURA MATERIAL EN LAS PRÁCTICAS CIENTÍFICAS
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ser vista como un campo de instrumentos, dispositivos, máquinas y sustancias que actúan, funcionan y hacen cosas en el mundo material”.
Vemos así unas interesantes conexiones entre ciencia y tecnología, en donde no es posible asumir a la primera como eminentemente teórica y a la segunda como exclusivamente práctica.
En ambas juegan roles importantes tanto lo teórico como lo práctico, y ya no tendría sentido afirmar que la ciencia produce los saberes básicos para que la tecnología halle la manera de aplicarlos. Dichas conexiones se pueden evidenciar, por poner un caso, en el “hecho de que las técnicas experimentales y los artefactos tecnológicos forman parte de los fenómenos que se producen en el laboratorio y, por lo tanto, de lo que constituye conocimiento en las tradiciones experimentales” (Martínez y Suárez, 2008, p. 41). En ese sentido, el conocimiento que se corporiza en las prácticas científicas no es indisociable del complejo de materiales, técnicas, procedimientos, instrumentos, objetos, etc., que a ellas son inherentes. A esto hay que añadir que muchas prácticas dependen directamente de esa cultura material, mientras que otras, como las matemáticas, pueden ser relativamente independientes de ella.
Tal vez uno de los primeros autores que ha hecho énfasis en el importante rol que en la ciencia desempeñan los aspectos materiales o, en sus palabras, los actantes fue Bruno Latour25, quien los equiparó a los agentes humanos o actores. En suma, Latour estableció una simetría entre actores y actantes. Ciertamente, esa propuesta puede ser llevada al extremo, y no tenemos por qué comprometernos con ella. Por ejemplo, Pickering (1999, p. 375), afirma que los actores humanos y no humanos no deberían tratarse simétricamente, pues los primeros se caracterizan precisamente por el hecho de que sus acciones están orientadas por intenciones, mientras que las funciones (o comportamientos) de los segundos (sean éstos, por ejemplo, quarks, microorganismos o máquinas) carecen de dicha intencionalidad.
Sin embargo, esa distinción entre agentes intencionales y no intencionales no nos lleva a desvirtuar el rol que juegan éstos últimos, y ello es coherente con otra idea de Pickering que resulta muy interesante para el tema que nos ocupa, la cual sostiene que naturaleza y sociedad no son los dos polos opuestos de un espectro:
En particular, los científicos y sus portavoces académicos en historia, filosofía y sociología, han situado sus consideraciones sobre la ciencia en el final del espectro en el que se encuentra la
«naturaleza» –el conocimiento científico es dictado por la naturaleza– mientras que el movimiento radical de la sociología del conocimiento científico se ha situado en el otro extremo: el conocimiento científico es dictado por la sociedad (…) naturaleza y sociedad están íntimamente
25 Véase, por ejemplo, Latour (2001).
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entramadas en la práctica científica y tecnológica. La práctica está en la naturaleza y en la sociedad, y los espacios entre ellas son continuamente hechos, deshechos y rehechos (Pickering, 1992, p. 21).
La “irrupción” de la tecnología en los discursos filosóficos (pero también históricos y sociológicos) de las prácticas científicas, nos permite comprender que de igual forma la ciencia se ocupa de objetos que son eminentemente sociales, es decir no naturales. Por ejemplo, debido a que la construcción de instrumentos depende de factores como la oferta y la demanda, es decir, de aspectos económicos, los artefactos científicos tienen también un carácter social. Es desde este contexto que para Pickering es tan importante distinguir los términos de práctica y cultura (material), ya que esta última es entendida como todos los recursos que los científicos emplean y transforman en su quehacer. Lo anterior es ejemplificado por Pickering cuando sostiene que no es lo mismo una serie de recursos como tablas de madera, clavos y martillo, que el acto de construir una casa para perro, aunque una vez construida esa casa puede servir para otra práctica como, por ejemplo, adiestrar a un can. Así pues, no es sencillo ni oportuno plantear una separación tajante entre práctica y cultura material.
Lo anterior nos lleva a afirmar que en buena medida, pero no exclusivamente, el conocimiento asociado a las prácticas se corporiza en la construcción de instrumentos, así como en las técnicas (y normas) para usarlos, por lo que la epistemología debe incluir entre sus temas de estudio una discusión acerca de cómo la instrumentación científica (su construcción, su uso, su funcionamiento) conlleva aspectos cognitivos26. Pero a esto hay que agregar que las relaciones entre prácticas científicas y cultura material son de carácter histórico. Al respecto, Shickore (2009) ha mostrado de qué manera el desarrollo y mejoramiento de los microscopios (en el siglo XIX) dependió en alto grado de cómo esos instrumentos se ponían a prueba con objetos evaluadores (test objects) que cada vez eran más complejos. En particular, dichos objetos sometían a escrutinio algunas propiedades de los microscopios como: 1) la distancia entre las lentes y el objeto a ser observado, 2) la capacidad de definición, o la facultad de hacer claras y distintas las imágenes, 3) el poder de resolución, 4) el poder penetrante o su capacidad de enfocar la profundidad de un objeto, y 5) la amplitud visual del campo que proporcionaba dicho instrumento óptico.
El punto que me interesa resaltar de este ejemplo, y al que ya había aludido en el apartado previo, es que hay una normatividad asociada al hecho de qué es hacer un buen uso del microscopio, pero esa normatividad no debe asumirse como inmutable ni como reducible a
26 A este tema volveré en el sexto capítulo.
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explicitar las reglas que están en juego. Por ello, como lo sugiere el caso estudiado por Shickore, el poner a prueba los microscopios con esos objetos evaluadores conlleva que las normas de uso y funcionamiento del microscopio se vayan transformando, por ejemplo, al plantear distorsiones ópticas o fallas mecánicas que anteriores objetos evaluadores no habían podido poner de manifiesto. Sin duda, cómo se construyen y cómo se usan microscopios son dos procesos que están vinculados a la normatividad (normas y estándares) de las prácticas científicas. Así las cosas, los instrumentos científicos no deben asumirse como entidades pasivas que usamos (como si fueran simples utensilios) en el quehacer científico, debemos entenderlos de una manera más compleja. Como ya había sostenido, podríamos reconocerlos como entidades en las que se materializa o corporiza cierto tipo de conocimiento científico, el cual tiene que ver con cómo operan y cómo debemos usar esos instrumentos. Desde esta perspectiva, la instrumentación científica, indisociable de las prácticas científicas, es también un tema de estudio de la epistemología de la ciencia.
En lo que va corrido de este capítulo, hemos hecho frente a diversas dicotomías que se derivan de la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación, las cuales sintetizo como sigue:
El conocimiento científico no es solamente teórico, sino que es igualmente práctico.
Este saber está, en parte, corporizado en normas (que en general son tácitas).
De acuerdo con lo anterior, el conocimiento científico no es exclusivamente explícito (por ejemplo en teorías), sino que también está implícito (por ejemplo en normas o estándares).
El conocimiento científico está distribuido socialmente, por lo que éste no es un estado de mentes individuales.
Tal conocimiento no puede prescindir de la cultura material.
La interacción entre una dimensión social y otra material, en el contexto de las prácticas, se puede instanciar como una interacción entre normas y estándares.
Dado que las prácticas son patrones de actividad regulados por normas, las cuales son principalmente contextuales (heurísticas), entonces el conocimiento práctico nos permite comprender que la racionalidad científica no ha de reducirse a normas algorítmicas.
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El conocimiento científico no es un mero descubrimiento. En particular, las prácticas (así como el conocimiento, las normas y los instrumentos asociados a éstas) son invenciones o constructos.
Los únicos “productos” de la ciencia no son las teorías; también lo son las sustancias, artefactos y protocolos, etc., propios de las prácticas científicas.
Las normas y valores que juegan un rol en las prácticas científicas no son exclusivamente
“epistémicas”, sino de diferentes índoles, como éticas, estéticas, jurídicas, económicas, etc.27
El contexto en el que las prácticas se llevan a cabo es igualmente heterogéneo: social, material, natural, normativo, etc.
Todos estos puntos no tienen por qué llevarnos a establecer una jerarquía entre teoría y práctica28, pues son dos ámbitos complementarios de la actividad científica, aunque en ocasiones se desarrollen autónomamente: así como no es ambiguo hablar de una teoría de las prácticas, tampoco es incoherente asumir a la teorización como un tipo específico de práctica científica.
En síntesis, las prácticas científicas son objeto de reflexión de la epistemología. Pero hay que advertir que existe una cualidad del conocimiento práctico (que también aplica para el teórico) y que he mencionado, pero sobre el que no he enfatizado: ese conocimiento es histórico, lo que nos permite empezar a sentar las bases de la EHCEP. La última sección de este capítulo la dedicaré a dar cuenta de la historicidad de las prácticas científicas.
27 En relación con dichos elementos o factores, y de acuerdo con Gingras (1995, p. 130), la mayoría de los estudios de caso acerca de las prácticas científicas no pretenden sugerir que «política», «economía» y «ciencia» sean la misma cosa o que son indistinguibles. Lo que han puesto de presente esos trabajos es que no hay una jerarquía definida entre los diversos factores involucrados en la práctica científica, sino que dicha jerarquía y la naturaleza de las relaciones entre los elementos cambian de una situación a otra y, finalmente, que no se puede identificar y aplicar a todos los casos un número predeterminado y fijo de factores.
28 Por ejemplo, para Barnes (2006), no es adecuado hacer una distinción categórica entre teoría y práctica, lo cual ejemplifica con la acupuntura (en el contexto de la tradición milenaria en China), toda vez que ésta no consiste solamente en pinchar con agujas a los pacientes, sin que haya una teoría detrás de ello. En tal sentido, la práctica debería ser entendida como algo que involucra conjuntamente pensamiento y acción, y, en la medida en que éste sea el caso, la teoría corporeizada debe asumirse como una parte inherente de la práctica. En este orden de ideas, Barnes nos propone asumir las prácticas como formas de actividad socialmente reconocidas, realizadas sobre las bases de lo que los miembros de una comunidad aprenden unos de otros, y con la capacidad de ser hechas bien o mal, correcta o incorrectamente. Por ello, aunque la acupuntura sea practicada individualmente, es practicada como acupuntura por un miembro de la comunidad de acupunturistas quien, al realizar esa práctica compartida, tiene que ser consecuente con lo que otros practicantes de su comunidad están haciendo. No creo que sea muy difícil extrapolar este ejemplo a la práctica científica.
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