2.2. Bases teóricas
2.2.1 Sobre la construcción social de la realidad a través de las representaciones
2.2.1.1 Construcción social del sentido.
Según Berger y Luckman (1966), todo conocimiento ―incluido el sentido común, la comprensión más básica y firme en la realidad social cotidiana— es derivado y soste- nido por interacciones sociales. Cuando las personas interactúan, entendiendo que sus opiniones sobre la realidad están relacionadas, actúan tomando como referencia el enten-
de la vida. Desde que ese conocimiento del sentido común es negociado por personas, las características humanas, el significado y las instituciones sociales se presentan como parte de una realidad objetiva. Es en ese sentido que se puede decir que la realidad es social- mente construida.
El construccionismo social, hace referencia al desarrollo de fenómenos interrela- cionados en contextos sociales, mientras que el constructivo social se refiere a la genera- ción de un sentido individual de sus conocimientos vinculado al contexto social en la que se ubica social y culturalmente el sujeto social. El construccionismo social es típicamente explicado como un constructo sociológico, mientras que el constructivismo social es tí- picamente definido como una construcción psicológica.
Al decir de Berger y Luckman (1966), citados por Deleuze (1989) y Peña (2008), la construcción del sentido se realiza a través de dispositivos o máquinas “para hacer ver, para hacer hablar, para hacer y para hacer actuar”, que posibilita una relación social para generar la producción de un momento que sea soporte para una operación de significa- ción, desde la multiplicidad de contenidos y relaciones.
En la perspectiva teórica del construccionismo social, la construcción del sentido que las personas o sujetos sociales le dan a las cosas corresponde al constructivismo social como un proceso particular de construcción social.
Aunque son muchas, y muy distintas las posturas sobre el sujeto en las ciencias sociales, parece que, en la mayoría, al término sujeto se le reconoce como el ser humano que en su constitución está “sujetado” a un número de tramas que lo producen y que él los reproduce; pero no se limita a la producción-reproducción, sino que también es capaz de producir (crear) nuevas tramas que a su vez serán productoras de sujetos y reproduci-
das por los mismos serán productoras de la sociedad. Es en esa capacidad creativa (po- tencia) donde descansan la singularidad y la experiencia particular del ser humano visto como sujeto anudado a lo social (Berger & Luckman 1966 citado por Morin, 1998). Las cuestiones de ser producto, reproductor y productor conducen a la noción de la subjetivi- dad, que es inseparable de la primera. La relación entre dichas nociones nos lleva a pensar que “el sujeto se constituye en su actuar y la acción constituye la subjetividad”.
2.2.1.2 Construcción social de la realidad.
Al examinar las maneras a través de las cuales las variantes realidades se hacen conocidas y se establecen en la sociedad, se observa su doble carácter, pues cada sociedad posee facticidad objetiva y a su vez está construida por actividades cargadas de significa- dos. Al respecto Berger y Luckmann (2001) indicaron lo siguiente:
Una fue impartida por Durkheim en Reglas del método sociológico y la otra por Weber en Witschaft unid Gesellschaft. Durkheim nos dice: “La regla primera y fundamental es: Considerar los hechos sociales como cosas”. Y Weber observa:
“Tanto para la sociología en su sentido actual, como para la historia, el objeto de conocimiento es el complejo significado subjetivo de la acción”. Estas dos aseve- raciones no se contradicen. (p. 35)
Dicha revelación, muy bien sistematizada por los autores, fue fundamentada por Scheler, Mannheim, Merton, entre otros, a través del siguiente cuestionamiento: ¿Cómo es posible que la actividad humana produzca un mundo de cosas?, cuya respuesta descri- bió tres momentos: la internalización, la externalización y la objetivación.
La internalización hace referencia a la particular aprehensión o interpretación in- mediata de un acontecimiento objetivo en cuanto expresa significado. Se refiere a pro-
producidos en el momento de la objetivación. Es preciso mencionar que no son momentos secuenciales, pues se presentan dialécticamente dado que las personas se ven inmersas en una realidad, pero luego se dan cuenta de que ellas la van construyendo (Berger &
Luckmann, 2001).
En tal sentido, se fundamenta la comprensión de los propios semejantes y la aprehensión del mundo en cuanta realidad significativa y social, comenzando cuando el individuo “asume” el mundo en el que ya viven otros. Por cierto, que el “asumir” es un proceso para sí mismo, el mundo una vez “asumido”, puede ser creativamente modificado o (menos probablemente) hasta recreado, donde existe una continua identificación mutua.
“No solo vivimos en el mismo mundo, sino que participamos cada uno en el ser del otro”
(Berger & Luckmann, 2001, p. 165).
La socialización, es entendida como el proceso de inducción amplia y coherente de una persona en el mundo objetivo de una sociedad o de algún sector. Así, aparece un proceso de filtración entendiendo que todo actor social nace dentro de una estructura social objetiva y un mundo objetivo con significantes que están encargados de su socialización y que le son impuestos, pero este selecciona aspectos del mundo según la situación que ocupan dentro de la estructura social y también en virtud de sus idiosincrasias individuales, biográficamente arraigadas (Berger & Luckmann, 2001). Sin embargo, esta selección se da en dos fases de la socialización: la primera y la segunda.
En la primera socialización, se visibiliza que el niño dentro de la familia acepta los
“roles” y actitudes de los otros significantes, o sea que los internaliza y se apropia de ellos, pero donde la carga emocional es el factor clave para que los significantes sean significativos (Berger & Luckmann, 2001).
En la segunda socialización, se constituye la internalización de “submundos” institu- cionales o basados en instituciones; asimismo, en ella se adquiere el conocimiento específico de “roles”, estando éstos directa o indirectamente arraigados en la división del trabajo (Berger & Luck-mann, 2001).
La internalización se estructura sobre las interpretaciones y comportamientos de rutina dentro de un área institucional. Los submundos también requieren, por lo menos, de un aparato legitimador, acompañados con frecuencia por símbolos rituales o materia- les. Se construye un cuerpo de imágenes sobre la base instrumental del lenguaje de la realidad institucional. Esta socialización depende del status del cuerpo de conocimiento de que se trate dentro del universo simbólico en conjunto, por lo que a veces se hacen necesarias las legitimaciones, probablemente de índole compensatoria (Berger &
Luckmann, 2001).
La primera socialización, es a la que se le da más importancia al nacer el individuo en una estructura social objetiva, la familia y un mundo social objetivo, en el que encuen- tra significantes construidos, a los que, si reconoce su poder de agencia, podrá modificar;
pero lo que se destaca en esta socialización es la preponderancia de lo emocional en el aprendizaje, además de que se condiciona con la posición social, pues interviene en el proceso de autoidentificación, la identificación que hacen los otros entre la identidad ob- jetiva atribuida y la que es subjetivamente aceptada. Este proceso de identificación se realiza dentro de los horizontes que implica el mundo social, por ejemplo, la internaliza- ción de normas y valores de una cultura.
La escuela es la expresión de la segunda socialización. Los maestros son funciona- rios institucionales con la tarea formal de transmitir conocimiento específico. Los “roles”
de la socialización secundaria comportan un alto grado de anonimato, por lo que el acento
de la realidad del conocimiento internalizado en la socialización secundaria se descarta más fácilmente, a diferencia de la realidad masiva internalizada en la primera infancia, pero estos pueden ser mucho menores para poder destruir las realidades internalizadas más tarde. Como hemos visto, la realidad de la vida cotidiana se mantiene porque se con- creta en rutinas, lo que constituye la esencia de la institucionalización, las interacciones y la realidad se internaliza originariamente por un proceso social, así también se mantiene en la conciencia por procesos sociales (Berger & Luckmann, 2001).
Por lo tanto, la comprensión de la realidad social como construcción se trata de fenómenos de internalización que siempre tiene como trasfondo una comprensión macro- sociológica de sus aspectos estructurales. Esta construcción social de la realidad, a su vez implica internalización y producción de significados y objetos que los representan, a fin de ser interpretados para un entendimiento, por lo que es importante ver que involucra a las representaciones sociales.
2.2.1.3 Representaciones sociales.
A simple vista, pareciera que las representaciones sociales son aquellos conoci- mientos cotidianos, percepciones, prejuicios o teorías ingenuas que interactúan con cier- tos valores y actitudes que reflejan procesos cognitivos y afectivos, sólo a nivel subjetivo;
sin embargo, va mucho más allá por su carácter social.
Según Moscovici (1979, p. 27), “la representación social es como una textura psico- lógica autónoma y a la vez como propia de nuestra sociedad, de nuestra cultura”. Sin em- bargo, no debemos entenderla como la sumatoria de las representaciones sensibles (o indi- viduales) por su carácter impersonal y de relativa estabilidad (Durkheim, 1968). Ella es social porque constituye un ingrediente más en la formación y reproducción de las actitudes y los estereotipos (Moscovici, 1979).
Pero su carácter social no está dado, sino reconocido por la psicología social, dentro de la vasta gama de concepciones que se han referido a éstas, que la enriquece como el conjunto de “conocimientos compartidos socialmente, que se hacen subjetivos, que se aprenden en base a participaciones y a la experiencia” (Casco, 2003, p. 16). Por ejemplo, para el psicólogo español Francisco Casco, el individuo incorpora estos conocimientos, pero le otorga un matiz personal, pues al tener un conjunto de ideas amplias lo que realiza es la asimilación de los conocimientos que vienen de la cultura, la historia y la sociedad, que luego son filtrados por la experiencia y los mensajes que recibimos.
En esa línea, se entiende, según Araya (2002), por representaciones sociales como la
“síntesis de explicaciones comunicadas, contextualizadas y ordenadas” (p. 11). Para la au- tora las representaciones sociales son parte de un determinado conocimiento del espacio y el tiempo, que organizan la manera de pensar y vivir, y que se expresan desde las diferentes posiciones sociales a través de códigos ordenados para entender a los otros y orientar las prácticas sociales hacia ellos.
Es importante destacar las concepciones, tanto de Casco como de Araya, ya que ambas son influenciadas por las de Moscovici, quien ha perfilado con mayor precisión la teoría de las representaciones sociales desde 1961, después de los trabajos pioneros refe- ridos a las representaciones colectivas de Durkheim.
2.2.1.4 Representaciones sociales y su historia.
Aunque el desarrollo de la teoría de las representaciones sociales llegó a la plenitud con Moscovici, como una alternativa no individualista a la psicología social de tradición norteamericana, sus antecedentes provienen del sociólogo francés Emilio Durkheim, quien se refirió a las representaciones colectivas como forma de pensamiento aprendido
y que se imponen a los miembros de una sociedad determinada, estable y tradicional, por lo que estas representaciones son estáticas, amplias y casi uniformes.
Estas ideas ayudaron a Serger Moscovici, a mediados del siglo XX, a redactar su obra El psicoanálisis, su imagen y su público, el cual partió de que los miembros de una sociedad son los que construyen las representaciones sociales, a su vez mencionó que éstas no se im- ponen, sino se transforman en las interacciones cotidianas, pero pueden ser apropiadas de una determinada teoría científica que haya sido divulgada, proponiendo algunas explicaciones que ayudan a la regulación de comportamientos. “Esta línea de pensamiento mantiene la teoría de las representaciones sociales que pone énfasis en la existencia de diferentes repre- sentaciones sobre un objeto social específico en función de las características de diversos grupos sociales” (Casco, 2003, pp. 37-38).
Moscovici, a diferencia de Durkheim (y lo rígido de sus concepciones), propuso que las representaciones sociales no solo son fenómenos que están presentes en socieda- des tradicionales, sino que son aplicables a sociedades actuales con capacidad de cambio;
tampoco son uniformes, sino se caracterizan por su diversidad, por lo que son dinámicas y contextualizables.
Otro aporte proviene de Berger y Luckmann a finales del siglo XX, para quienes las realidades o los mundos en que viven los individuos no constituyen simples fenóme- nos naturales y objetivos, sino que son socialmente construidos mediante prácticas socia- les, donde el conocimiento no es una mera reproducción de algo ya existente, pues se genera y se construye gracias a la interacción de agentes sociales (individuos, grupos so- ciales e instituciones). Además, plantearon que la construcción social de la realidad se produce en el marco del lenguaje y la comunicación entre las personas. Cabe resaltar el aporte de Berger y Luckmann a la teoría de las representaciones sociales, no solo son
construidas socialmente, sino que se reconoce que estás no son meras copias de lo exis- tente, ya que adquieren distinto matiz contextualizado a partir de la interacción desde el lenguaje y la comunicación.
Tabla 1. Características de las representaciones sociales, según tres clásicos Características de las representaciones sociales, según tres clásicos
Durkheim Moscovici Berger y Luckmann
Representaciones colectivas Representaciones sociales Representaciones sociales Son estáticas, difíciles de modificar
e incluyen una amplia gama de co- nocimientos (mitos, religión, etc.).
Son dinámicas al construirse y transformarse en las interacciones cotidianas entre los individuos.
Puede ser elaborado a partir del sa- ber científico.
Son socialmente construidos me- diante prácticas sociales.
Se refieren a las comunidades tradi-
cionales estables. Aplicables a las sociedades actua- les caracterizadas por la diversidad y la capacidad de cambio.
Aplicables a las sociedades actua- les.
Son impuestas a los miembros de la sociedad.
No son impuestas. La representación social no es una mera reproducción de algo ya exis- tente, pues se genera y se cons- truye gracias a la interacción de agentes sociales.
Se refieren a las ideas que circulan
en la sociedad. Son elaboradas socialmente por in- dividuos que integran una sociedad o grupo social determinado.
La construcción social de la realidad se produce en el marco del lenguaje y la comunicación entre las perso- nas.
Fuente: Adaptado de “Ideas y representaciones sociales de la adolescencia” por J. Casco, 2003, capítulo III
Gracias a dichos aportes se fueron constituyendo escuelas con maneras específicas de abordar las representaciones sociales, algunas de ellas dando más peso a los procesos cognitivos y/o a los sociales.
2.2.1.5 Escuelas y formas de abordaje de las representaciones sociales.
En uno de los cuadernos de ciencias sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), se mencionó que de acuerdo a Pereira de Sá (1998), existen tres líneas de investigación de las representaciones sociales que se han posicionado a tra- vés del tiempo (Araya, 2002), a partir de su forma de abordaje y sus enfoques, los cuales sirvieron para delinear la metodología después desarrollada.
2.2.1.5.1 Escuela clásica.
Fue desarrollada por Jodelet, quien puso énfasis en el proceso de construcción de las representaciones sociales como aspectos constituyentes. Por ello, su enfoque fue pro- cesual y su abordaje, hermenéutico, pues se focalizó en el análisis de producciones sim- bólicas, coincidiendo con el interaccionismo simbólico.
2.2.1.5.2 Escuela de Aix-en-Provence.
Fue una escuela de sesgo psicológico. La desarrolló Claude Abric, quien se centró en los procesos cognitivos y utilizó el enfoque estructural y sus técnicas fueron experi- mentales.
2.2.1.5.3 Escuela de Ginebra.
Fue una escuela de índole sociológica cuyos representantes sobresalientes fueron Berger y Luckmann, quienes se centraron en las condiciones de producción y flujo de las representaciones sociales. Fue influenciada por la primera escuela, pues combinó el en- foque procesual cuyo objetivo fue recopilar el material discursivo producido en forma espontánea e inducido por entrevistas a fin de analizarlas a través de sus significados.
Esta escuela aportó fundamentos para entender como representaciones sociales a los co- nocimientos caracterizados por lo siguiente:
• “Emerger, funcionar y recrear en el marco social, pero en un marco de referencia preexistente”. Es decir, si bien es cierto que las representaciones sociales son crea- ciones en conjunto de un determinado grupo de agentes sociales, estas se elaboran de otras ya construidas, y son utilizadas para que haya comprensión entre éstos agentes a partir de un código compartido (lenguaje y significado).
• “El proceso de incorporación de conocimientos es selectivo, se centra en algunas cua- lidades que se filtran con el sistema de valores incorporado, que depende del sistema
social y la experiencia, por lo que adquiere un matiz personal”. Como ya se mencionó, el proceso de absorción de algunos conocimientos es un marco de referencia, en el cual las cualidades de lo que se está conociendo debe concordar con los valores in- culcados, sino éstas serán rechazadas. Pero depende también de la posición social; es decir, de las condiciones sociales de las personas, de los agentes que las rodean, de lo que han vivenciado, de lo que saben, etc. De ello, proviene la importancia de la ob- servación de los diversos agentes sociales, discursos y mecanismos que intervienen en la construcción de las representaciones sociales.
En síntesis, las representaciones sociales son conocimientos socialmente construidos, compartidos en un determinado grupo social, influidos por otros agentes sociales, expresa- dos a través de discursos y que son dinamizados con significados basados en el sistema propio de un contexto.
2.2.1.6 Sexualidad centrada en el placer sexual.
La sexualidad humana, es entendida como un proceso intrapersonal, conformada por aspectos biológicos, psíquicos y sociales interrelacionados (INNPARES, 2003), en un con- texto ya sea familiar, educativo, local, geográfico, legal, político, cultural e histórico. Es así que la sexualidad se construye en continua interacción con los diferentes agentes de socialización (Tarazona, 2005); y, por lo tanto, el ser sexual es relacional, simbólico, his- tórico y cultural (Vásquez, 2015).
Pero fue un largo camino para llegar a ser concebida como tal, pues ha lidiado con poderes inquisidores, restrictivos y patologizantes, ya que las primeras referencias de la categoría sexualidad se remontan curiosamente al Pentateuco bíblico, obviamente con carácter prohibitivo y pro creacional (reproductivo). Fundamentos con los cuales la Igle- sia Católica consolidó su poder (S. XII y XIII); por ejemplo, el “predominio de la moral
puritana, que considera el celibato y la castidad como valores centrales en materias de sexualidad” (Vidal, 2002, p. 13) y señalando como pecador a todo aquel que salga de las normas.
En el siglo XIX, la sexualidad estaba regida entre la patología y el pecado, entre la ciencia (medicina) y la iglesia, que idearon mecanismos de control moral, donde el placer por medio de la masturbación, o que las mujeres disfruten y exploren sexualmente, o que el placer se logre en relaciones de personas del mismo sexo, eran consideradas patologías.
Ese es el caso del psiquiatra Richard Von Krafft-Eding, quien hizo una clasificación pormenorizada de las disfunciones y perversiones sexuales (Vidal, 2002).
Sin embargo, científicamente la sexualidad fue conceptualizándose con una connotación positiva, siendo, a finales del S. XIX, el médico inglés Havelock Ellis quien repiensa las anteriores verdades científicas caracterizando a la masturbación y a la obtención del placer como prácticas sexuales no degenerativas ni desviadas ni prohibidas, sino como prácticas cotidianas, conductas normales y deseables (Vidal, 2002). Así, se convirtió en precursor de Freud.
Por su parte, Freud entiende la sexualidad “como una fuerza primigenia que motiva todos los actos humanos, en búsqueda permanente del disfrute” (Vidal, 2002, p. 14). Si ésta es frenada por la coerción, como placer sexual desemboca en neurosis. Este freno fue analizado por Reich y Marcuse, desde la teoría marxista, observando la sexualidad dentro de una sociedad capitalista que refuerza y transmite la represión de los instintos. No obstante, no fue hasta la publicación de los informes sobre Sexualidad Masculina y Se- xualidad Femenina, a mediados del siglo XX, por Alfred Kinsey, quien al entrevistar a más de 12 000 estadounidenses obtuvo de las pruebas empíricas que el 37% de los hom- bres encuestados había tenido al menos una experiencia placentera homosexual en su vida