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Cultura institucional

In document dedicatoria (página 51-58)

1.2 Instituciones educativas

1.4.2 Cultura institucional

La institución se articula con la sociedad. Si la sociedad está atravesada por valores contradictorios, por conflictos disruptivos, las instituciones también se ven afectadas por ellos. Un ejemplo lo encontramos en la corrupción, que sí se manifiesta en el aparato de Estado y el gobierno, también puede permear hacia las instituciones educativas.

El orden simbólico es fundamental en una institución, éste se define como el

“sistema de símbolos sancionados (órdenes, prescripciones, premios, sanciones, especificaciones, atribuciones) referidos tanto a los objetos y a los sujetos como a la institución misma” (Garay, 1996:153). Por lo tanto, regula o no, las prácticas escolares que se desarrollan al interior de la institución. De acuerdo con Buenfil (1994) el orden simbólico también implica:

· Multiplicidad de polos de identificación que configuran la unidad inestable de la identidad social (nacional, racial, religioso, generacional, genérico, político, sexual, etc.). Mediante la socialización, los individuos asumen polos de identificación a través de los cuales son interpelados12para asumir pautas identitarias, que son susceptibles de transformación a lo largo del tiempo o de la vida.

· Dispersión de elementos (identidades sociales) que permite su articulabilidad.

Los elementos incluyen identidades adscritas a necesidades de tipo religioso, ambiental, indígenas, etc., que pueden dar pauta a su articulación (en función de identificar a un “adversario”), para pugnar por cambios sociales a favor de la mayoría de la población.

· Relación entre elementos que fija temporalmente sus identidades. En ese orden simbólico la identidad no es total y plena, en función de los polos de interpelación múltiples.

12La interpelación es en este contexto, el acto mediante el cual se nombra a un sujeto; es decir, es la operación discursiva (en el sentido que hemos apuntado aquí) mediante la cual se propone un modelo de identificación a los agentes sociales a los cuales se pretende invitar a constituirse en sujetos de un discurso. Puede ser analizada como una propuesta vertida en distintas modalidades discursivas (lingüística, gestual, icónica, arquitectónica, de vestimenta, etc.) y como unidad significativa de mayor o menor complejidad (desde un enunciado simple o una combinación de imagen y enunciados, hasta una configuración extensiva de enunciados, imágenes, gestos, sonidos, etc. e.g. una película). Su carácter exitoso, o si se quiere, su efectividad, se definirá en términos de que los agentes interpelados acepten la invitación que se les hace; es decir, incorporen en su identidad actual el modelo de identificación que se les ha propuesto y actúen consecuentemente(Buenfil, 1994: 20).

· Puntos nodales o significantes que parecen totalizar un campo donde las identidades sociales parecen fijas. A nivel social, el orden simbólico permite la estructuración de puntos nodales como la educación ambiental para la sustentabilidad, la educación de calidad, modelo por competencias, entre otros, que contribuyen a fijar tentativamente la identidad, de manera precaria.

[De tal modo que la] cultura es valorada, conservada y transmitida, y en ese sentido cada establecimiento estructura un statu quo que resume centralmente ciertas formas exitosas de encontrar solución a las tensiones que se generan por su mera existencia social. Un nuevo orden de significados, reglas y valores debe generarse para garantizar la persistencia de los modos de funcionamiento que aseguran la vida del establecimiento. Ellos, por supuesto, se asientan en cierta división del trabajo y una asignación diferencial de poder (Fernández, 1994: 20).

Ingresar a una institución educativa demanda aprender los avatares de la cultura hegemónica, en función de sus normas, valores, rituales, que son reproducidos en algunas ocasiones sin considerar su origen o funcionalidad. Y se “acepta” la renovación institucional, no sin conflictos individuales y grupales, llegando a insituirse nuevos significados, reglas y valores. Lo cual a veces, complejiza los procesos administrativos, que en muchas ocasiones se torna tortuosos para los implicados. La acreditación ha sido asumida por las IES como un mandato, que no pueden soslayar, pero ha traído aparejado, en algunos casos, la implementación de la autoevaluación, la planeación, la actualización de planes y programas de estudio, y con ello, el cambio en las interrelaciones y en los significados, reglas, normas y valores de la práctica educativa.

Para Garay (1996) la cultura institucional tiene que ver con el establecimiento de fronteras más o menos permeables, que le permiten decidir sobre los individuos que la integran; incluye mandatos y demandas que procesa a partir de su cultura; genera proyectos, planes; edifica una estructura organizativa que genera mecanismos y modos de regulación de conflictos; y se apuntala en un aparato jurídico normativo. Dicha cultura institucional permite la orientación del individuo o el grupo, se presenta como

un sistema de valores, ideales y normas legitimado por algo sagrado (mítico, científico o técnico). En suma se establece un Orden simbólico que regula en cierta forma las prácticas, la manera de pensar y sentir, y orienta a los individuos hacia las metas y fines institucionales (Garay, 1996: 140-141).

Cabe destacar que ni la institución ni la cultura institucional a través del Orden simbólico y la socialización, determinan de modo total la conducta de los individuos, o sus posiciones, con relación a ella. De tal modo que el control sobre el individuo no es total, éste tiene un margen de actuación que le da pie a ser crítico y a cuestionar el status quo. El sujeto puede resistirse, buscar o defender sus derechos, entre ellos el de la libertad individual; aunque al reclamar y exigir, puede llegar a atacar la integridad y el funcionamiento de la institución. Si se piensa al sujeto como sujeto escindido (incompleto y/o en falta), necesariamente operan tensiones que inducen al individuo a buscar en la institución o fuera de ella el llenado de esa falta constitutiva. En muchos casos generan en el sujeto distintos momentos o niveles de sufrimiento que operan consciente o inconscientemente perturbando su capacidad de pensar, sentir o actuar (Remedi, 2004). En ocasiones esto genera procesos instituyentes, que inducen cambios en la institución escolar, no sin antes pagar la respectiva cuota de tensión y sufrimiento;

que en algunos casos se manifiestan en agresiones hacia uno mismo (deterioro de la salud, depresión) o hacia los otros (discriminación, exclusión, violencia verbal, física, sexual o psicológica).

Ante estas situaciones Garay (1996) señala que puede surgir el malestar institucional, como un fenómeno que se dramatiza en los sujetos, en las relaciones y vínculos de éstos con la institución y en el interior del escenario institucional.

Los individuos procesan de diversas formas el malestar. Éste puede deslizarse hacia el conflicto entre los individuos y lo social, entre los individuos y lo institucional.

Existen modos y estilos en la cultura institucional de metabolizar el malestar, de resolver o vivir el conflicto. El malestar disminuye cuando se abren espacios para que

los imaginarios creativos individuales y colectivos tengan lugar y para que las demandas de los sujetos sean escuchadas (Garay, 1996).

La crisis es una categoría que no se puede soslayar en cualquier institución educativa, dado que lo social no es homogéneo y libre de conflictos; la crisis de un espacio educativo la enfrenta con su contexto, o con la misma sociedad. Y puede llegar a afectar las funciones, metas, proyectos, planes, e incluso los principios institucionales (Garay: 1996).

La crisis irrumpe en la regularidad, en la capacidad de prever el futuro; con ello se incrementa la incertidumbre, la inestabilidad, la confusión y el caos. En los momentos de crisis, los fenómenos psíquicos y los modos de funcionamiento más primarios irrumpen en la escena institucional. Un ejemplo son los procesos de acreditación que se viven en algunas instituciones educativas, que pueden generar momentos de angustia por la serie de requerimientos que se tienen que cubrir.

Garay recupera de Eugène Enríquez la diferenciación entre organizaciones e

“instituciones de existencia”:

A diferencia de las organizaciones cuyo objetivo es una producción limitada, cifrada, fechada [...] las instituciones […] en la medida en que tienden a formar y socializar a los individuos de acuerdo a un patrón (pattern) específico y en que tienen la voluntad de prolongar un estado de cosas, desempeñan un papel esencial en la regulación social global […] Su finalidad primordial es colaborar en el mantenimiento o la renovación de fuerzas vivas de la comunidad, permitiendo a los seres humanos ser capaces de vivir, amar, trabajar, cambiar [...] SU FINALIDAD ES DE EXISTENCIA, no de producción; se centra en las relaciones humanas, en la trama simbólica e imaginaria donde ellas se inscriben (Citada por Garay, 1996: 144).

Todo conjunto educativo es una institución de existencia, porque tienen un lugar destacado en la formación social global; posibilitan la formación de sujetos y el desarrollo de su identidad singular, a través del pensamiento y las prácticas que la re- producen.

Las instituciones educativas comprometen la existencia humana de modo sustantivo. Su finalidad primordial es permitir a los seres humanos que ahí se forman y trabajan, aprenden o enseñan, a ser capaces de vivir, amar, encontrar fuente de sentido a sus proyectos históricos; y sobre todo se debería de aprender a ser feliz.

El escenario institucional, incluye la cuestión contextual (social), que da pie a la producción, relaciones y al contenido de la educación; y la cuestión del sujeto, que permite reconocer la historización originada en las relaciones humanas, así como la trama simbólica e imaginaria donde éste alimenta sus significados.

La crisis actual de la educación y de la escuela, es una crisis institucional, que proviene en parte de la disminución de la legitimidad el orden simbólico hegemónico;

del déficit en la capacidad de generar ideales educativos vinculados a un pensamiento crítico y a la justicia social; los ideales que marcaban la identidad de ser escolar, estudiante o maestro están cuestionados. Lo anterior forma parte de una crisis de mayor amplitud, que se manifiesta en el debilitamiento del Estado-Nación y sus instituciones.

A partir de lo señalado por Garay, Fernández y Remedi, se constatan las dificultades que se presentan para pensar a la institución, en particular la institución educativa como objeto de estudio, que al ser parte de lo social, se encuentra imbricada por la inestabilidad, y la imposibilidad de aprehensión total, en términos positivistas.

Es importante considerar a la institución educativa, como proyecto democrático, que debe orientarse por la búsqueda de la equidad, justicia y la autonomía individual y social.

El análisis institucional posibilita a los colectivos posicionarse en un proceso de conocimiento y reconocimiento, para acceder a construcciones simbólicas, que contribuyan desarrollar modelos de pensar, interrogar y cuestionar a las instituciones. A fin de generar nuevas utopías (ideales), así como promover valores que desplacen a la racionalidad pragmática (basada en valores economicistas), que ha devastado no sólo a los recursos naturales, sino también ha deteriorado, las bases sociales y culturales, que son fuente de solidaridad y compromiso social entre los integrantes de una sociedad.

En ese tenor el Análisis Institucional permite identificar algunos elementos de orden político y sociocultural, que al entrar en juego al interior de la institución, pueden limitar la implementación de una educación y dimensión ambiental en el currículum.

Por otra parte, el Análisis Político de Discurso contribuye a poner en juego una serie de herramientas teórico-metodológicas para cuestionar algunas nociones como la educación ambiental que se ha intentado instrumentar a partir de los discursos internacionales, iberoamericanos y nacionales.

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