4. LA IDENTIDAD PERSONAL COMO CRITERIO DE DECISIÓN MORAL
5.4. Defensa de las directivas anticipadas desde la narrativa
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165 La disputa en torno de la validez de las directivas anticipadas se reactivó, como mencionamos, en una crítica de Dresser a la propuesta de Dworkin de las directivas anticipadas concebidas como un ejercicio de lo que ha llegado a llamarse autonomía prospectiva o precedente. A raíz de estas críticas, en un artículo llamado “Autonomía prospectiva e intereses críticos: una defensa narrativa de la autoridad moral de las directivas anticipadas” (1997), Ben A. Rich responde a Dresser en defensa de la validez y utilidad de estos documentos.
Al igual que Dresser, Rich ubica en el centro de su análisis el caso Margo.
Cabe recordar que más allá del deterioro mental causado por la enfermedad, Margo no sufre de problemas físicos, no siente dolor y no necesita de tratamientos médicos invasivos. No sufre tampoco de angustia por su condición. A partir del análisis de este caso en particular, Rich quiere responder a la pregunta por la identidad personal, en otras palabras, responder a la pregunta “¿Quién es Margo?”.
Rich desafía la perspectiva de Dresser señalando, en primer lugar, las implicancias contraintuitivas de sostener el punto de vista de Parfit sobre la identidad personal:
“Si la Margo demente es en verdad una persona metafísica, moral y legalmente distinta, entonces la Margo anterior, la competente, ha dejado de existir. Si sus directivas anticipadas no tienen ningún tipo de autoridad sobre la nueva Margo demente, entonces la nueva Margo demente no tiene derecho sobre las propiedades de la Margo anterior, la competente … Si la Margo competente hubiera estado casada, su marido, siguiendo la lógica del argumento de Dresser, sería viudo”.
(1997, p. 139)
En segundo lugar, no es verdad, como sostiene Dresser, que las directivas anticipadas no gocen de reconocimiento entre el público en general. Desde la década de 1970 y hasta el día de hoy, especialmente luego del célebre caso
166 Quinlan41, un creciente número de personas ha comenzado a manifestar sus deseos sobre tratamientos futuros, muchas veces a través de la redacción de testamentos vitales. La existencia de las directivas anticipadas como documentos con validez legal en numerosos países42 muestra con claridad que la perspectiva que prevalece en torno de la identidad personal es que la persona competente que ha dejado las directivas y el paciente incompetente sobre el cuál éstas tendrán efecto, es una y la misma persona.
Rich concede que sus críticos pueden atribuir este aumento de los documentos de directivas anticipadas a que las personas deciden a partir de nociones pre-filosóficas defectuosas de la identidad personal. Ensaya, entonces, una posible respuesta a estas observaciones elaborando una defensa de las directivas anticipadas desde una perspectiva filosófica.
Declara que quienes, como Dresser, defienden la tesis reduccionista parfitiana, privilegian las experiencias de las personas por sobre la existencia misma de las personas que poseen dichas experiencias. De acuerdo con esta perspectiva, sólo puede hablarse de identidad personal concediendo que las personas son constructos teóricos que resultan de considerar experiencias relacionadas entre sí a través de niveles mínimos de continuidad y conectividad psicológica. Rich se propone defender la autoridad moral y legal de las directivas anticipadas basándose en un enfoque lockeano de la identidad de las personas y del significado de su vidas.
41 Este fue un caso tanto o más resonante que el de Nancy Cruzan. Karen Ann Quinlan, a sus 21 años, quedó inconsciente por causa de consumir alcohol y drogas en una fiesta. Se desplomó al llegar a su casa y hasta el momento en que llegaron los paramédicos, se cree que dejó de respirar durante 15 minutos o más. Al llegar al hospital, los médicos declararon que se hallaba en un estado vegetativo persistente. Se la mantuvo conectada a un respirador durante varios meses sin que mostrara signo alguno de recuperación y entonces sus padres solicitaron al hospital suspender el tratamiento de soporte vital. El hospital se negó a conceder dicho pedido y se inició una batalla legal que culminó con un fallo del Tribunal Supremo de Justicia en favor de sus padres.
42 Ver Apéndice
167 Al criterio de personalidad le atribuye cuatro rasgos o elementos esenciales:
racionalidad, continuidad, compromiso y auto-conciencia. Una persona es entonces, para Rich, “un ser con capacidad para desarrollar y perseguir su propia y única visión del bien basada en su preocupación por persistir como el yo que esa persona es” (1997, p. 140). Cuando entendemos a las personas como seres que poseen esos cuatro rasgos o elementos, la identidad personal se sigue naturalmente de la existencia continua de dicho ser.
Es claro que determinar si la Margo demente es la misma persona que la Margo que dejó las directivas anticipadas depende en gran medida de la rigurosidad del estándar con el cual consideramos la continuidad de conciencia.
Un estándar alto no puede darse en ninguna situación en la cual una persona competente se vuelva incompetente. Un estándar más bajo, sin embargo, parecería corresponder más con nuestras intuiciones pre-filosóficas, nuestras costumbres sociales y nuestras prácticas legales.
Rich defiende la propuesta de un estándar más bajo, acorde con nuestras intuiciones pre-filosóficas, basándose en el hecho de que tendemos a considerar ciertos desarrollos naturales progresivos como fases de pre-persona, cuasi- persona y post-persona en de una única vida:
“Se cree que los niños carecen de responsabilidad en decisiones vitales importantes. A medida que maduran hacia la adolescencia y llegan a la temprana adultez, se les atribuye una capacidad creciente para tomar decisiones sobre hechos que los afectan. Sin embargo, nosotros no consideramos al niño, al adolescente y al adulto como personas diferentes”. (1997, p. 141)
Existe, sostiene Rich, una relación causal entre los estados anteriores y posteriores de la conciencia de una misma persona:
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“De manera similar, mientras que un adulto con sus capacidades mentales disminuidas puede tener muy poco que ver con el ser que era anteriormente, generalmente no creemos que se ha vuelto otra persona”. (1997, p. 141)
Cuando la vida de una persona es considerada desde una perspectiva que concede importancia a su desarrollo y a su narrativa, entonces cobra sentido la idea de una vida como un todo. El problema de las perspectivas como la de Dresser y Parfit consiste en que si admitimos que una persona se encuentra fragmentada, no es más que una serie de seres diferentes con identidades diferentes cada uno surgiendo ya completo por la defunción de un ser anterior, las bases que sostienen la responsabilidad moral humana (tal y como la concebimos) quedarían anuladas.
Un abordaje que se correspondiera con un umbral bajo para considerar la identidad personal permitiría explicar satisfactoriamente cambios significativos en los valores, actitudes y creencias que tuvieran lugar en la vida de una única persona. Entonces la pregunta no sería ya ¿quién es Margo? sino, dado que ella parece ser la fase de post-persona en la vida de la Margo competente, deberíamos preguntarnos ¿quién posee la autoridad para determinar el curso de la vida de la fase post-persona de Margo?
Rich defiende, entonces, el ejercicio de la autonomía prospectiva bajo la forma de ejecución de las directivas anticipadas. A través del ejercicio de la autonomía prospectiva, una persona se proyecta a sí misma hacia uno o más futuros potenciales, a través de la toma decisiones en el tiempo presente a sabiendas de que su yo posterior no va a poder tomar.
La postura defendida por Dresser, piensa Rich, implica desestimar por completo la historia de vida de Margo una vez llegado el momento de responder cómo debería ser tratada en el presente. Pero las vidas de las personas, especialmente de las profundamente dementes, se vuelven incomprensibles a
169 menos que consideremos su historia narrativa incluyendo en ella las directivas anticipadas que pudo haber dejado. Siguiendo a Dworkin, Rich afirma que Margo debe ser considerada como una persona individual y única que se ha vuelto demente.
No debemos perder de vista que el actual estado mental de Margo no es producto de un evento traumático, sino de un proceso degenerativo continuo y casi siempre gradual, una desintegración del yo marcado por la confusión, la pérdida paulatina de la memoria y otros síntomas que alertan a los pacientes de su decaimiento y causan temor y confusión. Pero ¿acaso la posibilidad de encontrarnos en un estado futuro de aparente felicidad como Margo debería no preocuparnos?, se pregunta Rich. Y para responder a este interrogante apela a un famoso experimento mental formulado por Robert Nozick, conocido como “la máquina de las experiencias”:
“Supongamos que existiera una máquina de experiencias que proporcionara cualquier experiencia que usted deseara.
Neuropsicólogos fabulosos podrían estimular nuestro cerebro de tal modo que pensáramos y sintiéramos que estamos escribiendo una gran novela, haciendo amigos o leyendo un libro interesante.
Estaríamos todo el tiempo flotando dentro de un tanque, con electrodos conectados al cerebro ... Por supuesto, una vez en el tanque, uno no sabría que se encuentra allí; uno pensaría que todo eso es lo que está efectivamente ocurriendo … ¿Se encadenaría usted? ¿Qué más puede importarnos además de cómo se sienten nuestras vidas desde adentro? No debe usted abstenerse por razón de los pocos momentos de aflicción entre el momento en que ha decidido y el momento en que se encadena. ¿Qué son unos pocos momentos de aflicción comparados con toda una vida de dicha? (si esto es lo que usted escogió). ¿Y por qué sentir angustia en absoluto, si su decisión es la
170 mejor? ¿Qué nos preocupa a nosotros, además de nuestras experiencias?”. (Nozick 1988, p. 53)
En concordancia con Nozick y en contra de Dresser, Rich señala que pocas personas elegirían una vida que consistiera sólo en esta clase de experiencias. No sólo ponemos nuestro interés en la calidad de nuestras experiencias: nuestra identidad personal es realmente importante para nosotros. Son las mismas razones por las cuales rechazaríamos ser conectados a la máquina, aquellas por las cuales muchas personas redactan directivas anticipadas con el fin de evitar una existencia prolongada en un estado mental profundamente demente, aun si se les asegurara que los placeres simples que persistirían superarían significativamente al dolor.
Los intereses críticos, como los llama Dworkin, parecen centrales a las vidas de los adultos racionales y competentes. Y bajo el supuesto de que estos intereses son los más importantes, Rich declara que se debería respetar la directiva de no recibir tratamiento ya que esta elección cae bajo el dominio de la soberanía personal. Sin importar lo que fuera a decir el yo futuro hipotético, el que tiene el derecho a decidir es el yo presente real consciente del valor de sus intereses críticos. El dominio moral de este yo presente es la vida de la persona individual, vista narrativamente como un todo unificado en las diferentes etapas y a lo largo del tiempo.
Éste es exactamente el caso de Margo, quien se encuentra en su fase post- personal, pero que ha sido una persona que sostuvo que, entre sus intereses críticos, se encontraba el de no permitir que su vida biológica se prolongara indefinidamente cuando finalizara su vida humana narrativa.