3. DESARROLLOS CONTEMPORÁNEOS DE LA IDENTIDAD PERSONAL
3.3. Identidad narrativa
3.3.2. Identidad, mismidad e ipseidad
104 hacia adelante y avalo la dirección que llevo o le doy una nueva, proyecto una futura narración, no sólo un estado futuro momentáneo, sino la inclinación para toda la vida que me espera”. (1996, p. 81)
La identidad de las personas, concluye Taylor, no puede pensarse en referencia a objetos neutros o determinados. Las identidades existen en un espacio en que se entrecruzan numerosas cuestiones e inquietudes constitutivas que se relacionan con la idea de bien y determinan cómo las identidades se sitúan en relación con dicha idea. Lo que comprendemos como unidad en nuestros intentos de evocar la identidad personal se define justamente por ese ámbito de la inquietud. Y estas inquietudes no son más que las que hacen referencia a la configuración de nuestras vidas como un todo, desde una perspectiva narrativa que incluye pasado, presente y futuro. El sentido que tenemos de nosotros mismos es el de seres que crecen y devienen.
105 esta problemática, otorgando un lugar central a la narración no sólo dentro del espacio moral sino también como forma de permanencia de los aspectos cambiantes del yo.
En el quinto y sexto estudio de Sí mismo como otro (1996), se ve la importancia que le otorga al problema moral, el cual se constituye tanto como punto de partida como de llegada de la indagación acerca de la identidad personal.
El autor asevera que el problema de la identidad personal se ha tornado el escenario en el cual se enfrentan los dos usos más importantes de esta noción a lo largo de la historia:
“… por un lado, la identidad como mismidad (latín: idem; inglés:
sameness; alemán: Gleichheit); por otro, la identidad como ipseidad (latín: ipse; inglés: selfhood; alemán: Selbstheit)”. (1996, p. 109)
Y señala que es debido al equívoco producido por confundir mismidad e ipseidad que las teorías que han querido clarificar la noción de identidad personal han fracasado en sus intentos21. Sumado a la falta de reconocimiento de esta distinción crucial, otro problema es que se ignoran las implicancias temporales que esta distinción tiene en relación con la cuestión de la permanencia de la identidad a lo largo del tiempo.
En el quinto estudio, “La identidad personal y la identidad narrativa”, Ricoeur lleva su análisis a la dimensión temporal del sujeto afirmando que una teoría acerca de la identidad personal sólo puede articularse en la dimensión temporal de la existencia humana. A primera vista parecería que la cuestión de la permanencia se relaciona exclusivamente con la identidad como mismidad, así es como la han entendido los grandes pensadores y sólo han dirigido su atención a este aspecto
21 De modo esquemático se puede sostener que se entiende por mismidad la idea que apela a la unicidad del ser, mientras que el concepto de ipseidad hace referencia a la condición que adquiere la persona por el hecho mismo de devenir.
106 particular. La mismidad es un concepto relacional que incluye la identidad numérica. Identidad, de acuerdo con esta perspectiva, es equivalente a unicidad.
Pero este enfoque también incluye la identidad cualitativa, la semejanza entendida en un sentido extremo, las cualidades del individuo que reconocemos como el mismo. Y para que la conexión entre estos dos aspectos de la identidad pueda establecerse, se apela entonces a un tercer componente de esta noción de identidad: la continuidad ininterrumpida a lo largo del tiempo. La consideración de estos tres componentes se ha pensado como suficiente para que podamos reconocer a un individuo como siendo el mismo en diferentes etapas de su desarrollo desde su nacimiento hasta su vejez y muerte.
Esta continuidad, como ya hemos visto en los análisis de otros autores22 pretende justificar ciertos cambios débiles que, si se los considera por separado, parecen amenazar la semejanza, pero que dentro de un continuo parecen no ser lo suficientemente fuertes como para destruirla. Ricoeur va a desafiar esta perspectiva presentando una propuesta que se corresponde con el reconocimiento de dos modelos de permanencia en el tiempo diferentes a los analizados: el carácter y la palabra dada23.
Con el término “carácter”, el autor designa el conjunto de signos distintivos que nos permiten identificar a un individuo humano como siendo el mismo. Este modelo que designa la mismidad de la persona incluye tanto la identidad numérica como la cualitativa. También implica la continuidad ininterrumpida y la permanencia en el tiempo. El carácter es en los individuos el modo de existir que marca la apertura al mundo y a los valores y designa al conjunto de disposiciones duraderas que nos permiten, además, reconocer a una persona.
22 Ver capítulo 3, apartado 3.2.
23 A partir de esta clasificación va a mostrar la irreductibilidad de las dos problemáticas, la cual sólo puede ser salvada a partir de la consideración de la identidad personal desde una perspectiva narrativa.
107 El otro modelo de permanencia en el tiempo, el de la palabra dada, revela un aspecto de la identidad diametralmente opuesto al del carácter. La palabra dada y mantenida expresa un mantenerse a sí que se diferencia del mantener el carácter:
“A este respecto, el cumplimiento de la promesa … parece constituir un desafío al tiempo, una negación del cambio: aunque cambie mi deseo, aunque yo cambie de opinión, de inclinación, «me mantendré»”.
(Ricoeur 1996, p. 119)
Esta justificación de la palabra dada sostenida por la ética conlleva implicancias temporales que se revelan diametralmente opuestas a las del carácter. Y es en este punto particular, señala Ricoeur, que las nociones de ipseidad y mismidad se ven claramente diferenciadas, disolviendo la equivocidad de la noción de permanencia en el tiempo presentada por los teóricos de la identidad personal. Es este intervalo de sentido, que parece abrirse entre la oposición del carácter a la palabra dada, el que va ser llenado por la noción de identidad desde una perspectiva narrativa.
En este enfoque narrativo, la identidad personal presenta la ventaja, por sobre los intentos anteriores de explicitar esta noción, de reconocer las diferencias entre ipseidad y mismidad, lo cual le permite escapar de ciertas paradojas que alcanzan a las propuestas anteriores24.
Es justamente de esta falta de reconocimiento de las verdaderas implicancias de esta distinción de donde proviene la conclusión parfitiana de que el problema de la identidad está vaciado de sentido. El interés de Ricoeur está puesto en enfrentar este aspecto de la propuesta formulada por Parfit en Razones y personas25, de acuerdo con el cual la identidad no significa nada más que mismidad.
24 Ver capítulo 2, apartado 2.3.
25 Ver capítulo 3, apartado 3.2.
108 Parfit, señala Ricoeur, se enfrenta con ciertas creencias subyacentes al uso que se ha dado a los diferentes criterios de identidad y dirige sus intentos a mostrar los errores detrás de estas aserciones, que pueden agruparse en tres series de afirmaciones: (1) las que se relacionan con lo que debemos entender por identidad, es decir, la posibilidad de existencia de un núcleo de permanencia; (2) la convicción de que puede ofrecerse una respuesta determinada sobre este problema; y (3) las que defienden la importancia de la noción de identidad personal en relación con la ética.
Sin embargo, señala Ricoeur, en su análisis Parfit ignora la dicotomía entre ipseidad y mismidad y las confunde con un dualismo del tipo cartesiano:
“… la verdadera diferencia entre tesis no-reduccionista y tesis reduccionista no coincide, en absoluto, con el supuesto dualismo entre sustancia espiritual y sustancia corporal, sino que se da entre pertenencia mía y descripción impersonal”. (Ricoeur 1996, página 129) En el sexto estudio de la misma obra, “El sí y la identidad narrativa”, Ricoeur ofrece sus respuestas a los desafíos planteados por la propuesta parfitiana y propone comprender la identidad desde una perspectiva narrativa. Al igual que en el estudio anterior, señala que la verdadera naturaleza de la identidad narrativa se revela en el intersticio que existe entre la ipseidad y la mismidad e intenta mostrar que el modelo de conexión entre acontecimientos constituidos por la construcción de la trama permite integrar en la permanencia en el tiempo la diversidad, la variabilidad y la discontinuidad.
La identidad entendida narrativamente, señala Ricoeur, puede ser llamada también identidad del personaje y se construye en la unión con la de la trama.
Personaje, para Ricoeur, es quien lleva a cabo la acción en el relato y por lo tanto, se trata también de una categoría narrativa y posee la misma estructura narrativa que la trama.
109 La identidad en el plano de la construcción de la trama es la concurrencia entre la exigencia de concordancia y el reconocimiento y admisión de discordancias dentro de la misma. Y esta combinación, como Ricoeur señaló previamente en Tiempo y Narración (2004), pone en peligro la identidad misma hasta el momento de cierre del relato. Esta concordancia discordante, como la nombra, es característica de toda composición narrativa y apela a la noción de síntesis de lo heterogéneo. A partir de ella se pueden explicar las diversas mediaciones entre la diversidad de acontecimientos y la unidad temporal de la historia narrada, y entre los componentes de la acción: causas, efectos, casualidades y el encadenamiento de la historia. La perspectiva narrativa de la identidad personal es definida por su relación con esta operación configurante y participa de la estructura inestable de concordancia discordante:
“De esta simple evocación de la noción de construcción de la trama, y antes de cualquier consideración de la dialéctica del personaje que es su corolario, se deduce que la operación narrativa implica un concepto totalmente original de identidad dinámica, que compagina las categorías que Locke consideraba contrarias entre sí: la identidad y la diversidad”. (1996, p. 141)
El paso hacia la concepción narrativa de la identidad personal se dará entonces en las consideraciones de las acciones de los personajes. La comprensión de la identidad del personaje se dará a partir de trasladar a él la operación de la construcción de la trama. El personaje, entonces, obtiene su singularidad de la unidad de su vida considerada como la totalidad temporal singular que lo distingue de cualquier otro.
La persona, entendida entonces como personaje de un relato, no es una identidad diferente de sus experiencias, sino que comparte la identidad dinámica propia de la narración que la configura y de la cual forma parte. Es la narración lo
110 que construye la identidad narrativa del personaje al mismo tiempo que construye la de la historia narrada.
Ricoeur afirma que la teoría narrativa ocupa un lugar a modo de bisagra entre la teoría de la acción y la teoría ética, permitiendo establecer premios o castigos a los agentes en función de las acciones que lleven a cabo. Reconoce cierto tipo de unidades compuestas a las que denomina prácticas (las correspondientes a la forma verbal practicar: practicar la medicina, un deporte, etc.). Éstas son las acciones que implican finalidad y causalidad, intencionalidad y conexiones sistemáticas en función de una unidad de configuración como un juego, un oficio, etcétera. La unidad de configuración constitutiva de la práctica descansa en una relación particular de sentido que es expresada por la noción de regla constitutiva. Un ejemplo de ello puede ser tomado de la teoría de los juegos:
“Mover un peón en un tablero de ajedrez no es, en sí, más que un gesto; pero considerado en la práctica del juego de ajedrez, este gesto reviste la significación de una jugada en una partida de juego”. (1996, p. 155)
Estas reglas constitutivas se relacionan con las reglas morales en la medida en que rigen las conductas capaces de revestir cierta significación. Además, la introducción de esta categoría permite introducir el carácter de interacción que se vincula a la mayoría de las prácticas humanas. Ricoeur declara que la misma relación entre praxis y relato se repite en grados más altos de organización. Esta clase de unidades prácticas, las cuales llamará “planes de vida”, incluyen planes que realizamos en relación con nuestra vida familiar, profesional, académica, etcétera. Estas unidades están configuradas a partir de los ideales, más o menos importantes, que guían nuestras acciones con el fin de determinar las elecciones correctas de cierto plan de vida en el plano de las prácticas.
Por encima de las prácticas y los planes de vida se encuentra la noción de unidad narrativa de vida. Este es el último grado en la escala de la praxis. La idea
111 de la concepción de la vida en forma de relato está dirigida a conformarse como punto de apoyo de una teoría ética.
¿Cuáles son las implicaciones que tiene para la ética una comprensión narrativa de la identidad personal? Para responder a esta pregunta Ricoeur retoma la distinción entre ipseidad y mismidad:
“… hemos admitido que la identidad-ipseidad cubría un espectro de significaciones desde un polo extremo en el que encubre la identidad del mismo hasta el otro polo extremo en el que se disocia de ella totalmente. Nos ha parecido que este primer polo está simbolizado por el fenómeno del carácter, por el que la persona se hace identificable y reidentificable. El segundo polo nos ha parecido representado por la noción, esencialmente ética, del mantenimiento del sí. El mantenimiento de sí es, para la persona, la manera de comportarse de modo que otro puede contar con ella. Porque alguien cuenta conmigo, soy responsable de mis acciones ante otro”. (1996, p. 168)
Esta noción de responsabilidad, indica Ricoeur, reúne en sí dos significaciones: la de contar con y la de ser responsable de y les añade la idea de mantenimiento de sí. Al oponer el mantenimiento de sí al carácter, lo que intenta el autor es delimitar la dimensión ética de la ipseidad independientemente de la perpetuación del carácter. La identidad narrativa se mantiene, entonces, entre estos dos extremos.
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CAPÍTULO 4
LA IDENTIDAD PERSONAL COMO
CRITERIO DE DECISIÓN MORAL
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