CAPITULO III MIGRANTES INDÍGENAS EN CONTEXTO URBANO: LOS TRIQUIS DE
III.3. La economía informal
III.3.1. El contexto internacional de la economía informal
La década del setenta del siglo XX marcó un momento de crisis económica que afectó al mundo, pero que en América Latina adquirió especificidades que repercutieron directamente en auge de la economía informal. “La crisis de 1974-75 fue una crisis de sobreproducción de productos industriales y de subproducción o falta de materias primas, alimentos y productos energéticos. Los precios de las materias primas, alimentos y productos energéticos no se vieron muy afectados pero luego aumentaron de precio” (Caputo, 2007). De esta manera “el mecanismo inmediato puesto en juego desde la década de 1970 para su recuperación fue un ataque a los ingresos de la clase trabajadora, con fases de disminución y estancamiento del salario real. En Estados Unidos, el salario de los trabajadores de la producción, los cuales representan alrededor del 80% del total, se contrajo más de 16% desde 1973 hasta 1995” (Camara-Mariña 2010). A la crisis económica de los 70 se sumó la
35 Sobre la dificultad de diferenciar formal/informal véase el trabajo de Agustín Escobar Latapi “Estado, orden político e informalidad: notas para una discusión”. Sobre la relación que lo informal/formal tiene con la ilegalidad, véase el trabajo de Juan José Santibañez “El precio de la legalidad, diagnóstico sobre estudios de caso de empresas del sector informal en la Ciudad de México” en Nueva Antropología, revista de Ciencias Sociales n° 37. México 1990
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“década perdida”, una crisis económica que se desencadenó en 1981, con la caída de los precios del petróleo y un alza de las tasas de interés, dando lugar a lo que se conoce como la crisis de la deuda (Castrillón 2010). Esta situación generó que en las ciudades y zonas industriales los trabajadores perdieran su empleo, teniendo que recurrir a la migración o refugiarse en el sector informal para obtener algún ingreso que permitiera satisfacer sus necesidades.
En lo que respecta al campo o la producción agrícola, Blanca Rubio menciona que debido a que en el capitalismo la agricultura está subordinada a la industria, las últimas décadas del siglo XX fueron devastadoras para la agricultura en América Latina, en el caso de México precisa que del total de insumos que consumía la agroempresa el “92.95% correspondía a producción nacional y los importados a 7.05%. En cambio para 1993 los insumos nacionales representaban 72.36% mientras que los insumos importados alcanzaban 27.64% [...] la tendencia de las agroindustrias a sustituir la producción nacional por la importada ha traído consigo sobrantes internos que no encuentran comprador en el momento de la cosecha”. (Rubio 2001:128-129). A esto le agregamos que en México la reestructuración económica de la década de los 90 se dio a partir de las reformas al artículo 27 de la Constitución mexicana. Recordemos que el artículo 27 garantizaba la propiedad comunal de la tierra, a través de la prohibición de la venta del ejido. La reforma realizada durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari permitió la venta del ejido, favoreciendo el despojo y la usurpación de tierras, pues los campesinos, empujados por la necesidad, fueron desde entonces obligados a vender sus tierras, y los que compran son gente de poder (desde terratenientes hasta políticos y miembros del sector empresarial) que además compran a precios irrisorios.36 De esta manera nos encontramos con que la
36 Recordemos el caso de San Salvador Atenco, donde la propuesta de pago a los campesinos llegó a ser de menos de 10.00 pesos m2. El periódico El Universal menciona en una nota que la propuesta era de 7.02 pesos. Véase la nota del 23
mayo de 2002, consultada en la página electrónica
http://www2.eluniversal.com.mx/pls/impreso/noticia.html?id_nota=44666&tabla=ciudad, y también la nota del 21 enero de 2008, en http://www.eluniversal.com.mx/notas/475742.html
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situación de los campesinos fue quedarse sin compradores para sus productos, sin tierras de trabajo y sin apoyos para la producción en el campo, así que muchos de ellos se vieron obligados a migrar hacia los centros urbanos que pudieran ofrecerles alternativas para subsistir en medio de la crisis general.
Lo más relevante fue que estas crisis afectaron a todos los países, incluyendo los llamados países desarrollados, alcanzando a impactar las diferentes esferas de la organización social. Humberto Márquez describe este proceso de la siguiente manera:
El capitalismo ha experimentado dos grandes crisis: de 1929 a 1933 se pone en predicamento al propio sistema capitalista, aunque en realidad se abrió paso a la debacle obrera europea, la segunda guerra mundial y la configuración de dos grandes bloques mundiales y su secuela de guerra fría. La segunda crisis sistémica comenzó entre 1974 y 1975, y es el parteaguas para la imposición del modelo neoliberal y su modalidad de globalización como estrategias de acumulación de capital a nivel mundial. La crisis abarca al sistema, su entorno y a la humanidad. No sólo se trata de una crisis económica en su sentido clásico de caída de la tasa de ganancia y de sobreproducción, además de caída en el crecimiento, la inversión y el empleo, sino que es una crisis que muestra una cara multidimensional, lo cual también adquiere significado por ser una crisis del modelo civilizatorio (a partir de que genera) nuevas formas de desarrollo desigual. Durante el convulso tramo de la reestructuración y expansión capitalista neoliberal se profundizan las asimetrías entre países y se expanden las desigualdades sociales, debido a la operación de viejos y nuevos mecanismos de intercambio desigual y de división internacional del trabajo, que tiene como saldo la profundización del subdesarrollo en la periferia y la diferenciación social al seno de los países, incluso los centrales (Márquez, 2010).
De esta manera, la crisis económica que vivió el mundo desde la década de los setenta y que afectó a los países desarrollados en general, repercutió en América Latina de diferentes formas: el viraje de la política de Estado de Bienestar, la falta de estabilidad laboral y el desplazamiento del campo a la ciudad, entre otras. Esta última afectó particularmente a algunas poblaciones indígenas y campesinas que, como ya mencionamos, tuvieron que migrar hacia las ciudades en busca de mejores condiciones de vida que contemplaban aspectos como trabajo, salario, educación y seguridad social.
Debido a las condiciones de pobreza y marginación en las que vivían los campesinos, la migración ocurrida provocó, además de una gran movilidad de habitantes rurales hacia las zonas urbanas, la concentración de personas sin empleo y sin vivienda en los alrededores de las ciudades. Ello dio lugar
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al surgimiento de zonas marginadas, que precisamente por estar alrededor de las ciudades fueron conocidas como cinturones de miseria o ciudades perdidas. En la búsqueda de satisfactores que les permitieran cubrir sus necesidades esos migrantes tuvieron que recurrir a la práctica de empleos informales que incluyeron actividades como trabajadores temporales en el sector de la construcción, empleados domésticos y hasta vendedores ambulantes entre otros.
Junto a este proceso, la crisis provocó también que gran parte de los habitantes urbanos perdiera sus empleos y tuvieran que recurrir a los empleos informales y sobre todo a la venta de productos en las calles, lo que ocasionó un aumento en el sector informal de las economías latinoamericanas. Al pasar los años las crisis posteriores ocasionaron nuevas migraciones y el desarrollo de una economía informal en todas las ciudades de la región.