CAPITULO II TRAZOS HISTÓRICOS Y ETNOGRÁFICOS DE LOS PUEBLOS TRIQUI Y
II.2. Los kichwa otavalo
II.2.3. Periodo independiente
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este contexto y como ocurrió en casi toda América Latina, la llegada del siglo XIX marcó el fin del periodo colonial y el inicio del periodo independiente. Con el fin de los movimientos y la conquista de la independencia de la monarquía española, se establecieron los gobiernos que desarrollaron otras formas de organización política en cuanto al ejercicio del poder.
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llamo “gañan” que equivale a sometido, a sus hijos, a los hijos de sus hijos. Por tanto en esos tiempos hubimos indígenas sueltos o libres e indígenas gañanes o sometidos” (Lema, 2005:17)
Sobre las formas en las que se sustentaba la explotación ya mencionamos la mita que fue abolida en 1812. Ello no significó que hubiese dejado de existir totalmente, y lo que pasó es que esa forma de legitimar la explotación dio lugar a otra que se conocía como concertaje. Además de estas existía lo que se llama huasipungo que consistía en la posibilidad de poseer un pedazo de tierra propio a cambio de trabajo pesado en la hacienda. De manera general, diremos que todas son formas de enganchar al trabajador a base deudas que pasan de los padres a los hijos. Los hacendados daban una porción de tierra al trabajador a cambio de que éste cultivara su hacienda. El concertaje que fue el sistema de dominación desde el siglo XIX, fue abolido en 1918, pese a ello no dejó de existir y continúo practicándose hasta mediados del siglo XX. De hecho se siguió llevando a cabo y algunos comentarios de informantes en Otavalo dejan ver que existe aun hoy, en algunas regiones del país.
Ahora bien, el siglo XIX también marca una reconfiguración del imaginario identitario del indígena Otavaleño, a partir de dos procesos que tienen lugar en ese periodo.
El primero se da porque las situaciones de crisis llevaron a cerrar grandes obrajes permitiendo la supervivencia de los pequeños obrajes. La crisis se presenta por la baja en el comercio de textiles que afecta la producción en Ecuador, llevando a que los grandes obrajes tuvieran que cerrar, pero mientras la crisis afectó a las grandes empresas, no ocurrió lo mismo con los talleres pequeños y familiares que pudieron sobrevivir a esta situación. Este contexto, es el que da lugar a que se intensifique la práctica de comerciar con textiles producidos por ellos mismos, sobre todo por la cercanía con otras zonas y otros países como Perú y Colombia.
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Al mismo, tiempo durante el siglo XIX tuvo lugar la promoción de los indígenas como hábiles tejedores. De esa época se tiene el registro de las opiniones de dos viajeros que llegan a la zona de Otavalo y que describieron a los indígenas. El primero era un inglés de Nombre William Bennett Stevenson, quien describe a los indígenas de Otavalo como hacendosos, limpios y trabajadores. Es él a quién, según Lynn Meisch (2002: 26-27), puede considerársele como el fundador del mito de los Otavalos ejemplares. El segundo es del embajador de Estados Unidos, Friedrich Hassaurek, quien menciona que son bebedores, sucios y malcriados.
Hacia 1863, los Otavalo eran vistos como el modelo ideal del indígena de las tierras altas, Hassaurek menciona cómo a los Otavalo, sobre todo a las mujeres, se les consideraba limpias y más presentables que a otros indígenas, aunque él no estaba del todo de acuerdo. Con todo “esta imagen fue promovida durante la Feria de París de 1889, de Chicago en el 1893 y durante la conmemoración en España de la llegada de Colon a América, en 1892. Esta imagen se comparaba con la de los indígenas de la Amazonia. Se describía a los Otavalo como “puros” con “apariencia correcta”, mayor tamaño que la media, inteligentes, resistentes al trabajo, soberbios, de buenos modales y acostumbrados a la limpieza y el orden”. De esa forma “en las últimas décadas del siglo XIX los Otavalo eran vistos como
“orgullosos, limpios, industriosos, inteligentes, y se hablaba de ellos para reconocer sus habilidades y al mismo tiempo señalar que otros grupos no las tenían” (Meisch, 2002:29).
A este respecto, Hernán Ibarra (1992) escribe que en los preparativos para la conmemoración de los 400 años del descubrimiento de América, (1892) el gobierno ecuatoriano consideró la posibilidad de llevar indígenas a España como muestra del folklore de Ecuador. En los planteamientos que se realizaron para ver qué comunidad indígena llevar, se descartaba a los indígenas amazónicos, por “su falta de cultura y civilización” además se consideró la posibilidad de que, estando allá, en
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España, pudiesen llegar a tener comportamientos no deseados. Por eso se propuso que los indígenas de la sierra eran los más adecuados para llevar a España y de estos los mejores eran los otavaleños, puesto que tenían ropas llamativas, bailes tradicionales como el San Juan y se esperaba que en España les fueran agradables debido a su gusto por los bailes populares, a la totora (que es una especie de junco con el que hacen utensilios y hasta barcas). Sería un buen espectáculo que navegaran en los lagos del parque de Madrid igual que lo hacían en el lago de San Pablo, que practicaran el juego de pelota que sería llamativo en España. Además, sus características físicas los hacían llamativos: eran fuertes y, desde la mentalidad occidental, eran los que más se asemejan a los “blancos”.
Es muy probable que esta promoción de la imagen colectiva del pueblo indígena otavaleño, pero también de sus textiles, produjera mejoras en la economía interna de algunos indígenas, y cambios en el imaginario colectivo de su referente identitario porque precisamente, estos elementos (la producción de textiles y el comercio) son los que en la actualidad dan identidad al pueblo.
El imaginario del otavalo artesano se fortalece con algunos procesos vividos en el siglo XX. A principios del mismo (1917), tiene lugar un acontecimiento que servirá para reforzar la imagen del indígena artesano. Cuenta la historia que José Cajas era un hábil artesano de reconocido prestigio en la zona. Un día recibió el encargo de elaborar una copia de un casimir inglés, y lo hizo con tanto éxito que empezaron a trabajar en la producción de esta tela para surtir el mercado internacional. Así, para la primera mitad del siglo XX los indígenas Otavaleños desarrollaban la práctica textil de manera amplia alcanzando algunos beneficios económicos, sobre todo debido a la situación de guerra que había en el mundo. Esta dio lugar a que los textiles de Otavalo se utilizaran para abastecer el mercado europeo. Sin embargo al terminar la guerra mundial el mercado fue retomado por los países más industrializados,
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obligando a los indígenas Otavalo a desarrollar una estrategia que les permitiera comercializar sus productos, recurriendo a la migración para seguir obteniendo ese beneficio.
Para este momento los indígenas Otavalo no sólo comerciaban con textiles sino que también llevaban carne a otros lugares incluso más allá de sus fronteras como lo menciona Meisch (2002) y también Angélica Ordóñez quien afirma que “estos emigrantes eran carniceros y artesanos […]
algunos de ellos viajaron un poco más tarde al exterior” sobre todo a países fronterizos y cercamos. “En la década de los 1940 los artesanos comerciantes iban hacia Colombia a vender mercadería”. Algunos se instalaron en ciudades colombianas como “Bogotá, Medellín, Popayán, Cali y Pasto. Otros realizaban flujos constantes hacia ese país. Paulatinamente, estos emigrantes fueron extendiendo sus ámbitos comerciales hasta Venezuela en el norte y a Perú y Chile en el sur” (Ordóñez, 2008: 75).
Pese a trabajar como tejedores durante todo este tiempo, los indígenas siempre conservaron la idea de ser campesinos, es decir se consideraban artesanos campesinos (Meir, 1996), muchos de ellos seguían trabajando en las haciendas. Así en la segunda parte del Siglo XX la población se vio reforzada a la migración porque no poseían tierras y querían evitar el trabajo del huasipungo y las mitas o concertaje que eran formas de explotación muy precarias. Es decir, que la migración se fortaleció por la falta de territorio para cultivar y porque al empezar a salir y obtener ingresos les permitió ver la posibilidad de algún día adquirir tierras para la subsistencia.
De manera similar, el imaginario sobre los otavalos migrantes y textiles fue nuevamente reforzando por los siguientes acontecimientos. El primero se refiere al viaje de Rosa Lema. “En la década de 1950 y con el auspicio del Presidente de la República, Galo Plaza, viajó a Estados Unidos la indígena kichwa otavalo, Rosa Lema, en calidad de embajadora cultural, quien expuso los tejidos de los kichwa otavalo” (Ordóñez, 2008: 75) contribuyendo con ello a reforzar la imagen que de los indígenas
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Otavalo se tenía en el mundo, pero también promocionando la migración de los mismos hacia fuera de las fronteras de su país.
El segundo acontecimiento, se dio por los acuerdos establecidos entre España y Ecuador para permitir la migración de ciudadanos entre ambos países. Desde los años sesenta se firmaron acuerdos entre los dos países referentes a procesos de migración. En 1963 se establece el Canje de Notas sobre Supresión de Visados entre España y Ecuador, que “permitía la entrada de ecuatorianos sin la exigencia del visado y la aplicación de la situación nacional de empleo. Además tanto los ecuatorianos en España como los españoles en Ecuador podían viajar y residir en ambos territorios, ejercer actividades industriales, comerciar al por mayor y menor, establecerse donde quisieran, adquirir y poseer bienes muebles e inmuebles, ejercer oficios con Seguridad Social y acceder a las autoridades pertinentes. De igual modo y para todos aquellos “trabajadores” podrían quedar cubiertas, a partir de las cotizaciones correspondientes, las contingencias por enfermedad, maternidad, vejez, invalidez y supervivencia” en donde se establecía el “Convenio de doble nacionalidad Hispano-Ecuatoriana en 1964” y la revisión en
“1974 del Convenio Hispano-Ecuatoriano de seguridad social” (Carrillo - Cortés 2008: 429). De aquí que sea claramente entendible la existencia de una fuerte comunidad de Ecuatorianos y de Otavalos establecida en España y por ende una imagen del ecuatoriano como migrante, ahora no sólo a los países cercanos sino a Europa.
Por otro lado y sin ser un aspecto exclusivo de los indígenas Otavalo, en Ecuador se desarrollaron luchas campesinas para la recuperación de tierras de cultivo, la cual se vio favorecida con la reforma agraria en los años 60 del siglo XX. Sin embargo, el beneficio fue limitado puesto que la mayoría de los que pudieron acceder a las tierras fueron la clase terrateniente. De forma que los
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indígenas Otavalos continuaron recurriendo a las prácticas del tejido y a la migración para alcanzar beneficio social.