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El poblamiento islámico del río Cabriel

En el siglo XVIII los propios habitantes letrados de Villamalea eran conscientes de la escasa antigüedad de la población y en las respuesta de 1786-1789 se especifica que la población apenas si cuenta con unos docientos años “… que se llamo San Juan de Villamalea como se ve en los libros … pasando poco de dos siglos de antigüedad...” siendo en su origen una aldea de Jorquera, dentro de las tierras de señorío del Estado de Jorquera, pertenecientes al Marques de Villena, como el resto de las po- blaciones ribereñas de la margen derecha del río Cabriel.

Desde el punto de vista arqueológico no consta hallazgo o dato que pueda por el momento atestiguar la presencia de alquería o caserío de época islámica en Villamalea, ni siquiera en Los Cárceles, donde la Carta Arqueológica indica la posibilidad de que su origen se pueda remontar a estos momentos. Por nuestra parte nos inclinamos a situar el origen de este lugar y el de otros como La Zua y El Torrejón, dentro de un contexto de colonización de la margen del río a partir del desarrollo de los talleres textiles de la población de Villamalea18, como consecuencia del desarrollo económico del siglo XV, que lleva a la roturación de tierras y el desarrollo de actividades artesanales en paralelo al desarrollo y pujanza del linaje de los Pacheco, que se verá truncado tras la Guerra del Marquesado (1475-1480).

Pese a la toponimia de El Torrejón, no se constatan en el paraje retos visibles de lo que pudo ser un asentamiento medieval y las evidencias documentadas se encuentran adscritas a momentos de la Cultura Ibérica o a partir del siglo XVI, por lo que no podemos atestiguar asentamiento islámico alguno. Tendremos que descender aguas abajo para registrar el primer asentamiento islámico en la cumbre meridional de los relieves montañosos de la Peña Castilseco, a unos 2.600 m del vado y la aldea de Tamayo, en la confluencia de la Rambla de Piloncillo, a la que se le unen las Ramblas de Ojaros y Las Caleras, con el curso del río Cabriel, en el término municipal de Casas Ibáñez (Fig.5. A-B).

bar (Cuenca), al SW, en la cartografía 1:50.000 de 1938 del Instituto Geográfico Nacio- nal, aparece un tramo denominado “Gradén”. En las series siguientes el topónimo se refiere a un caserío y un pozo. Al parecer algunos autores consideran que se trata del Garadén que citan las fuentes (Véase el artículo de J. Cano valero en este mismo volumen).

18 En el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz se señala la realización en la población de “tejidos de alfombras de lana de colores” por un Beaterio y por varios vecinos, seguramente apro- vechando los molinos y batanes del río.

Se trata de un asentamiento en altura en la margen derecha del río, en la una pequeña meseta. Posee una extensión de 820 m², estando ro- deada la cumbre de escarpes verticales, excepto por su flanco oriental, por donde se accede mediante una suave pendiente que le une al res- to de la elevación montañosa. Este acceso queda cerrado por un muro de mampostería irregular trabada con mortero de tierra y algo de cal que conserva unas cuatro hiladas. En el interior de dicho espacio no se aprecian restos constructivos, pero se acumula un relleno de naturaleza arqueológica sobre el que se desarrolla una vegetación esteparia. Al pare- cer se podría extender por la ladera occidental, si bien los restos parecen señalar que se trata de unos espacios cerrados que bien pudieran ser corrales anexos al asentamiento. La plataforma superior, a 465 m.s.n.m.

de altura, se eleva unos 25 m sobre el cauce del río, por lo que tan solo domina visualmente una parte de la hoz o meandro del río, quedando muy por debajo del resto de relieves montañosos. En la actualidad el en- torno lo conforma un espacio de pinares, coscoja y vegetación silvestre, la Central de La Terrera19 en la margen derecha, hoy en desuso, y un es- pacio cultivado en la margen izquierda que recibe el nombre de Huertas Nuevas, junto al caserío de La Mata (Requena, Valencia).

El pequeño asentamiento de la Peña Castilseco no se emplaza sobre un vado del río, al menos directamente, si bien está cerca del de Tama- yo, un punto tradicional de paso durante los últimos siglos. No controla tierras de cultivo, si bien hoy en día se aprecian bancales abandonados al noreste del asentamiento, que parecen que fueron abiertos mediante medios mecánicos en las últimas décadas. El resto es un paisaje forestal que pudo tener un aprovechamiento ganadero, circunstancia que se ha visto intensificada de forma natural tras su abandono por los escasos habitantes de la zona y con la que se podría relacionar los restos cerá- micos de jarras, ollas, cazuelas y tapaderas, todo ello vidriado en verde y melado, documentados en la ladera meridional, al pie del abrigo que se abre en el escarpe como consecuencia de la acción del viento y que al parecer fue aprovechado para pernoctar y refugio de pastores a lo largo de los siglos XVIII o XIX.

El conjunto cerámico procedente de la parte alta lo configuran esen-

19 La central, junto a otras del río, como la de El Retorno, surgen a principios del siglo XX como consecuencia del aprovechamiento hidroeléctrio del río Cabriel (Arroyo 2012).

cialmente ollas de cuello y hombro estriado, de pasta gris y desengrasan- te mineral, que tras el alisado de las superficies deja un rallado horizontal fruto del desplazamiento del mismo al tener un diámetro considerable (Fig, 5. 1-8). La cocción es mayoritariamente reductora, dando a las pie- zas una coloración grisacea. Mayoritariamente poseen una base plana y se conserva alguna asa de cinta vertical. Junto a estas piezas se han recogido bordes de jarras de borde apuntado y cuello estriado. En nin- gún caso se han documentado piezas vidriadas, como ataifores, jarras o redomas y las tipologías parecen apuntar hacia una cronología antigua que podría situarse entre el siglo X y XI, si bien algunas formas pudieran ser anteriores.

El yacimiento se encuentra muy alejado de cualquier espacio con ma- yor densidad poblacional, ya sean los hisn de Jorquera o Requena, por lo que no podemos por el momento deducir su funcionalidad más allá de la explotación del medio por parte de un grupo humano familiar, reducido y marginal.

Siguiendo el curso del río, en su margen izquierda, dentro del actual término municipal de Requena (Valencia), se encuentran el yacimiento de la Ventana de los Moros, un conjunto de cuevas artificiales de época andalusí excavadas en las paredes verticales de los relieves que bordean el río. Junto con un amplio conjunto han sido objeto de un profundo es- tudio por Agustí Ribera20, primero junto a Joaquín Bolufer, en una obra monográfica dedicada a Les Casetes dels Moros del alto Clariano (2008) y posteriormente en solitario (2009), profundizando en su análisis en su tesis doctoral (2016).

Se trata de un conjunto de cuevas-ventana artificiales abiertas a pico en la parte media de la pared acantilada, muy cerca de las Casas de Cár- cer, junto a los Baños de Fuente Podrida y apenas 1’8 km de la actual población de Villatoya, donde el río discurre en amplios meandros que se abren camino en los estratos triásico-Keuper o supra-Keuper, provo- cando una intensa erosión que ha terminado por configurar un espacio abierto que permite el tránsito y vadeo del río y la apertura de espacios cultivados (Fig. 6.A). Quizás por ello Agustí Ribera ha supuesto la exis-

20 Queremos expresar nuestro agradecimiento a Agustí Ribera por habernos facilitado todo el material gráfico correspondiente a las Ventanas de los Moros de Requena y copia de sus artículos y Tesis Doctoral, que esperamos vea muy pronto la luz como publicación imprescindible y de referencia para abordar este aspecto del poblamiento en Al-Ándalus.

tencia de una aljama en la zona, responsables de la construcción y utili- zación de las cuevas-ventanas. Una posible prueba de dicha aljama son las noticias de una necrópolis musulmana en la zona, noticia que recoge el citado autor de los agricultores de la zona21 (Ribera 2009, 22).

21 El autor recoge la noticia de los agricultores de la zona de la existencia de una ma- qbara en la zona, muy próxima a las cuevas-granero, pudiendo estar relacionada con una alquería o con el hábitat en otras cuevas del acantilado, tanto en altura como en la base, muchas de ellas cuales se han seguido utilizando y reformando hasta mediados Figura 6.- A-B. Vistas de la Peña de Castilseco (Casas Ibáñez). C. Cerámicas del yacimiento, 1-8 Fragmentos de diversas partes de ollas de cuello estriado.

Los trabajos realizados por Ribera las describen como un conjunto de cinco cámaras de ventana excavadas a unos doce metros de altura respecto al suelo actual. A ambos lados, a unos 40 m, documenta una serie de cá- maras abiertas que han perdido la parte delantera por desprendimientos, erosión y en algún caso parece que estuvieron abiertas de origen, cerrán- dose con paños de muro realizados con entramados de cañas y barro, cir- cunstancia que se ha constatado como método tradicional en el Júcar alba- cetense (Simón 2012, 74). Por tanto el grupo de las Ventanas de los Moros del Cabriel podría llegar a un conjunto de una veintena de cuevas-refugio22, agrupadas en tres conjuntos y quedando alguna de forma más aislada.

El núcleo central, y mejor conservado, lo conforman cuatro cue- vas-ventana que fueron objeto de topografía por un equipo bajo la di- rección de Agustí Ribera (Fig. 6.B), que las describe como “...de forma y dimensiones diferentes, pero siempre bastante cuadrangular. También parecen haber sufrido algún breve desprendimiento que habrá alterado un poco sus contornos. Dos de ellas tienen la particularidad de haber- se practicado, en su lado superior o dintel, una perforación o recorte de forma cuadrangular o trapezoidal, así como también otros rebajes en las jambas o paredes laterales interiores, de todo el cual deducimos que estos dispositivos se complementarían con madera para poder cerrarlas y para sacar una viga con polea, para facilitar la ascensión de los productos. En el interior, más que cámaras intercomunicadas, hay una gran sala, apro- ximadamente oblonga, de unos 10 por 4 m de planta y con una altura de unos 2 m, aunque la ventana occidental forma un espacio particular y de menores dimensiones. En la sala hay diversos silos de diferente forma y

del siglo XX, tal y como lo atestiguan los restos arqueológicos y los grabados de cru- ces y calvarios en las estancias, especialmente en las que sirvieron como establo, una tradición de religiosidad popular que perdura hasta nuestros días.

22 Tanto en la margen derecha como en la izquierda se abren en la base de las paredes del valle cuevas artificiales que han servido de vivienda, establos y refugio para las familias que han vivido en ellas, de forma temporal o permanente hasta inicios del siglo XX. Compartimos la opinión de Agustí Ribera de que se trata de un hábitat que se fecharía en los últimos dos siglos, sin descartar que alguna de ellas, de forma puntual, pudiera tener un origen anterior, algo que solo la excavación arqueológica de alguna de ellas podría desvelar. Por las cruces en ellas grabadas, habitualmente con pié triangular, a modo de calvario, se han interpretado siguiendo el ejemplo de La Camareta de Hellín, como lugares eremíticos, oratorios e incluso iglesias rupestres de época tardorromana o visigoda (VVAA, 2008), para lo que creemos que no existe fundamento alguno.

Figura 7.- Las Ventanas de los Moros (Requena, Valencia). A Vista general del conjunto, numeración de las cuevas y planta de las mismas. B. Planta y secciones de las cuevas 10-13.

Fotografías y planos de A. Ribera (2016-385).

dimensiones, excavados en el suelo, así como algunos agujeros circulares, muescas y argollas a las paredes, etc., elementos que necesitan un análisis detenido. De toda manera y en este caso, su uso como granero y/o almacén de reservas parece evidente. Asimismo hay que hacer notar que, a pesar de formar una sola dependencia, hay indicios como para suponer una com- partimentación interna, a base de materiales reversibles, -cuerdas, made- ras, lonas, etc.- con la finalidad, debemos suponer, de que a cada ventana le correspondiera un espacio determinado, con silo incluida (Ribera 2016, 251-254) (Fig. 7.A-F).

Las cámaras abiertas a unos 40 m mantienen las dimensiones de las descritas en el núcleo central, de unos 2 a 3 metros cuadrados y unos 2 m de altura. Sin embargo, los investigadores no documentaron en el inte- rior silos excavados en la roca, como en el caso del conjunto central, tan solo algunos agujeros que en algún caso conservaban parte del madero en su interior y canales de desagüe. Otros conjuntos poseen algún muro de mampostería trabada con mortero de barro y algo de cal, similares a lo que observamos en las cuevas de Alcalá del Júcar y que por que por la técnica de aparejo relacionamos con los tipos del siglo XI y XII (Simón 2012, 68).

Las Ventanas de los Moros de Requena se inscriben dentro de un fe- nómeno propio del mundo islámico de la Península Ibérica, que estaría enmarcado entre los siglos XI y XIII, tal y como ha quedado expuesto en la tesis doctoral de Agustí Ribera, sin que se pueda efectuar mayo- res precisiones ante la falta de materiales significativos y la inexistencia de actuaciones arqueológicas en su interior, si bien en otras similares la horquilla cronológica obtenida es la señalada como la de mayor probabi- lidad. Se abandonaron tras la conquista cristiana, si bien pudieron tener una utilidad puntual algunas de ellas a lo largo de los últimos siglos, en especial en los momentos de conflicto bélico del siglo XIX, donde parti- das carlistas asolaron la zona (Guerra, 1989).

El contexto arqueológico de la zona inmediata se registra en las Ca- sas de Cárcel, donde se ha documentado cerámicas de época ibérica, en concreto de los siglos IV al II a.C. y algunos indicios de fragmentos in- determinados que podrían pertenecer a momentos tardorromanos. En la margen izquierda, en Villatoya, se documentan evidencias dispersas de poblamiento de época ibérica y sobre todo romana en los bancales próximos al río, frente al Balneario de Fuente Podrida, documentándose cerámicas comunes en beig y gris, sigillata, dolias y un hacha de pie-

dra pulimentada efectuada en roca basáltica, que bien pudiera atestiguar ocupaciones de momentos anteriores, ya que se encuentran cerámica a mano con decoración del borde incisas, propia de la Edad del Bronce, si bien su presencia en contextos clásicos no resulta infrecuente, quizás por su funcionalidad para las tareas agrícolas. Siguiendo el cauce del río se encuentra la aldea de las Casas de Cilanco, donde se registra un buen número de elementos constructivos y de cultura material propios una villae romana (Sanz, 2001-2002, 244).

En definitiva los datos apuntan a que en ambas orillas del actual nú- cleo de Villatoya pudo darse una ocupación en época islámica, que se remonta de forma estable al menos desde el I milenio a.C. hasta el siglo IV-V d.C., por lo que no sería improbable que, tal y como ocurre en otras zonas, la zona se vuelva a ocupar o a reorganizar en época hispano-mu- sulmana, siendo su máximo exponente las cuevas-ventanas, que por su número, apuntan a un significativo conjunto dentro de este tipo de ma- nifestaciones de hábitat en la Edad Media peninsular (Ribera, 2016).

Aguas abajo, en la margen izquierda y en el término de Casas de Ves, se encuentra el yacimiento de El Castellar, un cerro asilado por el Sur del resto del conjunto montañoso de la Sierra Monterilla por un paso o estrecho, el río por el Norte y dos amplias zonas de rellenos aluviales, La Torca y Tetuán, por el Este y el Oeste, que se han utilizado de forma se- cular para la agricultura. Se trata de un cerro de perfil triangular de 417 m.s.n.m. lo que le sitúa su cumbre sobre unos 105 m sobre el cauce flu- vial. La ladera meridional se encuentra abancalada por restos de estruc- turas del poblado y la erosión del sustrato geológico, caracterizado por la presencia de yesos del Trías, lo que ha provocado arrastres de suelo con relleno arqueológico muy importantes. Ha sido tradicionalmente una zona apartada, montañosa, de limitadas posibilidades agropecuarias y silvícolas, pero que ha permitido el asentamiento de pequeñas comuni- dades a lo largo de los siglos (Fig. 8. A-B).

El yacimiento posee al menos una ocupación que se remonta al siglo V o VI a.C., con presencia de cerámicas áticas y un amplio conjunto de época ibérica de los siglos V al II a.C.. Fue incluido en los trabajos de Lu- cía Soria (2000, 186-187) y la autora ya indicaba que existían cerámicas de momentos islámicos23.

23 La autora señala la presencia de un fragmento de “cerámica musulmana con decora- ción cúfica en relieve: 3 fragmentos”, los cuales se encuentran en los fondos del Museo

De la ocupación islámica se documenta los restos de una estructura de planta rectangular, semiexcavada en la roca, de 7’55 m de largo por 5’5 m

Arqueológico Provincial de Albacete, procedentes de la donación de 1982 (Soria 2000, 186-187).

Figura 8.- Las Ventanas de los Moros, cuevas 10-13 (Requena, Valencia). A Vista general del exterior, B,C,D y F. Vistas del interior de la cueva-granero. E Sección vertical del acantilado por la Cueva 12. Fotografías y planos de A. Ribera (2016-385).

de ancho, con muros de 0’70 m de ancho, realizada en tapial de mampos- tería trabada con mortero de cal, en donde la utilización de yesos de la zona ha debilitado notablemente la acción del mortero. En el interior de la torre se aprecian los muros de un aljibe de 2’90 m por 5’20 m de lado, en donde quedan los restos del enlucido hidráulico. En su día (Simón 2011, 33-34) la interpretamos como una torre con aljibe en la planta baja, ya que tan solo conserva la parte inferior. En su ángulo SW se constata un fragmento de muro, de similares características a la torre, que puede estar relacionado con el acceso o con una cerca, similar a las que se documen- tan en las torres con cortijo de la Sierra del Segura (Simón, 2011).

En la ladera meridional, en la oriental y en el vallejo existentes entre las dos cumbres del cerro, se aprecian las construcciones de las vivien- das del poblado desarrollado al pie de la torre, en donde se constatan un amplio conjunto de registro cerámico, que se compone sobre todo de fragmentos de ataifores vidriados en la cara interna en verde, azul turquesa y melado y vidriado melado o sin vidrian en la exterior, todos de pie anular alto y borde almendrado al exterior (Fig. 8. C. 1-3). Un fragmento de ataifor presenta una decoración exterior de vidriado en melado, mientras que al interior se aprecian una decoración realizada mediante motivos en verde delimitados por líneas en morado sobre fondo blanco (Fig. 8. C, 6). Su reducido tamaño no permite determi- nar el tipo de motivo, pero podrían encuadrarse dentro de los tipos de ataifores del siglo XII que mantienen la tradición de las cerámicas y decoraciones del tipo Medina al-Zahra, pero adscritas a momentos almohades, similar al conjunto de Calatrava la Vieja (Retuerce y De Juan, 1999).

Se registra un fragmento del cuerpo de una jarrita decorada en su cara exterior mediante la técnica de cuerda seca parcial. Otros fragmen- tos corresponden a tapaderas, asas de jarra y jarrita y se documentan tres fragmentos cerámicos, citados por L. Soria (2000), que corresponden a una tinaja de decoración estampillada epigráfica con las típicas jacula- torias coránicas (Fig. 8. C. 4-5). El conjunto es cronológicamente muy homogéneo y parece situarse de forma mayoritaria entre los siglos XII y XIII, con tipos y decoraciones que irían desde las producciones de época almohade hasta la conquista, momento en el que al parecer desaparecer el lugar como espacio habitado, pues no se localizan por el momento producciones mudéjares o ya plenamente cristianas.

Ninguno de los tres yacimientos, la Peña de Castilseco, las Ventanas