1. ENFOQUES TEÓRICOS SOBRE EL DESARROLLO Y LA COOPERACIÓN
1.1 Hacia la construcción del concepto de desarrollo
1.1.2 El enfoque de desarrollo local
En los apartados anteriores se habló acerca del concepto de desarrollo y de las diversas transformaciones de las que ha sido objeto. Sin embargo, en este recuento está ausente un elemento clave en los procesos de desarrollo: el territorio. Las reflexiones de Boisier (1998, 2004a, 2008) y Alburquerque (1999) hacen hincapié precisamente en recuperar la esencia territorial del desarrollo, porque desde su punto de vista el ser humano construye su identidad y su sentido de pertenencia a partir de factores vinculados directamente con el territorio (raza,
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lenguaje, tradiciones, costumbres, etc.) y por tanto, éste influye en su proyecto de vida. Boisier ilustra esto mediante la siguiente metáfora:
La semilla de un árbol difícilmente prosperará y dará frutos si cayó, por acaso o por intención, en un terreno seco, yermo, infértil; por el contrario, si el pequeño espacio geográfico que necesita para su desarrollo posee tierra de buena calidad, humedad y adecuada proporción de sales y minerales, la semilla se transformará en planta y ésta en árbol y éste producirá flores, frutos y vástagos y el proceso de nacimiento, desarrollo y reproducción se hará permanente en el tiempo (Boisier, 1998:5).
Después de un periodo de crisis entre mediados de los años setenta y principios de los ochenta del siglo XX, gran parte de los países se incorporaron a un proceso de globalización, caracterizado entonces por “el aumento de flujos económicos y financieros a nivel internacional, pero también por el intercambio cultural, político e institucional” (Vázquez Barquero, 2005:1). Este hecho representó un incentivo para la reformulación y creación de enfoques de desarrollo que hicieran frente a la nueva realidad. El ámbito local en particular experimentó importantes cambios – económicos, sociales, culturales, políticos, tecnológicos, etc., y con ello cobró protagonismo en los estudios del desarrollo.5
Considerando lo anterior, surge a principios de los ochenta el enfoque de desarrollo endógeno, que supone que todos los territorios poseen recursos (económicos, políticos, humanos, institucionales y culturales), y que constituyen la fuente de su propio desarrollo. Esta hipótesis concede roles muy importantes a las instituciones locales, a las organizaciones y a las empresas, pero sobre todo a la sociedad civil, en los procesos de cambio (Vázquez Barquero, 2005).
En este sentido, Boisier (2004b:3) plantea dos preguntas al respecto: ¿desarrollo endógeno para qué y para quién? A la primera pregunta, responde así: “para generar en un territorio dado las condiciones de entorno que le permiten a los seres humanos potenciarse a sí mismos para llegar a ser verdaderas personas humanas”; y a la segunda: “para el ser humano”.
Sus argumentos se relacionan con el enfoque de capacidades de Sen y Nussbaum y el supuesto de que las personas no son sólo los medios para el desarrollo, sino el fin en sí mismos, y en
5 Según Sforzi (2007:35) el término “lo local” deriva del orden jerarquizado del sistema económico mundial (mundial, supranacional, nacional y regional/ local-infranacional). Sin embargo, otra forma de concebir el término es a través de un recorte territorial delimitado en términos físicos, económicos, étnico- culturales o políticos.
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este caso, Boisier indica que el Estado, el capital y el sector privado son actores que condicionan el entorno, pero por el contrario, es la gente quien de manera individual o colectiva genera el desarrollo.
En esta misma línea de reflexión, Giorgio Fuá (en Vázquez Barquero, 2005:26) sostiene que el desarrollo depende de los factores que él denomina estructurales: capacidad empresarial y organizativa, la calificación de la población, el medio ambiente y el funcionamiento de las instituciones. No basta entonces con poseer recursos (materiales, humanos o naturales), sino tener la capacidad de maximizarlos por medio de funcionamientos estratégicos. Al respecto, Boisier (2004b:5) amplía esta reflexión recuperando algunos elementos del enfoque de capacidades:
Hoy el desarrollo es entendido como el logro de un contexto, medio, “momentum”, situación, entorno, o como quiera llamarse, que facilite la potenciación del ser humano para auto transformarse en persona humana, en su doble dimensión, biológica y espiritual, capaz en esta última condición, de conocer y amar. Esto significa reubicar el concepto de desarrollo en un marco constructivista, subjetivo e intersubjetivo, valorativo o axiológico, y, por cierto, endógeno, o sea, directamente dependiente de la auto confianza colectiva en la capacidad para ´inventar´ recursos, movilizar los ya existentes y actuar en forma cooperativa y solidaria, desde el propio territorio.
Ante esto, se plantea el término “endogeneidad” desde un punto de vista territorial como un fenómeno que se produce, en primer lugar, en el plano económico, donde se entiende como la capacidad del territorio para ahorrar, invertir y diversificar las actividades productivas, de tal forma que se reactive la economía local; por otro lado, se refiere a la capacidad de impulsar el cambio tecnológico en el sistema productivo. Asimismo, la “endogeneidad” se plantea cuando hay una cultura de identidad socio-territorial que permite potenciar los recursos; y finalmente, este término también se plantea en el ámbito político, al aumentar las capacidades locales para decidir sobre el diseño y ejecución de políticas para el desarrollo (Boisier, 2003).
De manera análoga, el último aspecto se relaciona con la descentralización, un proceso en el que algunos países de América Latina como México, Chile, Argentina, Brasil, Colombia y Perú incursionaron desde los años ochenta, redefiniendo y traspasando funciones de la política de desarrollo a nuevos agentes, como los gobiernos regionales y locales (Vázquez Barquero, 2000).
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Esta repartición de competencias entre los niveles de gobierno y la generación de espacios adecuados para la participación de otros actores sociales, marcó un proceso de cambio institucional y en la planeación del desarrollo local (Ponce, 2008). El nuevo modelo de acción es conocido como gobernanza, que en términos generales es una nueva forma de gobernar.
La gobernanza […] expresa nuevos estilos de gobierno y de gestión pública, se caracteriza por un mayor grado de cooperación y vinculación entre el Estado y las organizaciones no estatales, en el marco de redes para tomar decisiones que tienden a la horizontalidad, la inclusión de actores de diverso tipo y el establecimiento de relaciones en los distintos niveles de gobierno (local, regional, nacional e incluso internacional) (Ballón, Rodríguez y Zeballos, 2009:2).
En este sentido, se pone énfasis en la cooperación estratégica de actores públicos y privados para mejorar el proceso de planificación. Por su parte, Sántiz y Parra (2010) argumentan que en el modelo de gobernanza más allá de establecer redes de actores, se crean procesos y prácticas enfocadas al desarrollo local, de tal manera que se vuelve una estrategia para movilizar los recursos endógenos y renovar las actividades productivas.
A su vez suponen un mayor protagonismo de los gobiernos subnacionales y en particular del gobierno local como dirigente del proceso, consolidando un esquema donde la toma de decisiones surge de abajo hacia arriba. Así, además de promover la prestación de servicios públicos de manera tradicional, su papel radica en la formación de alianzas estratégicas entre varios actores sociales en los campos esenciales del desarrollo productivo y empresarial (Cabrero, 1995; Alburquerque, 2004a).
Desde otro punto de vista, Sánchez (2010:186) señala que los gobiernos locales se caracterizan por tener una gran precariedad de recursos y pocas capacidades de gestión, de tal modo que funcionan como simples ejecutores de acciones y programas federales. Estas limitantes, resultan importantes, al recordar que uno de los principios del modelo de desarrollo local es intervenir directamente sobre la problemática de un territorio concreto y no de manera genérica. Es así como además de la descentralización de funciones, las capacidades en los promotores del desarrollo local son un factor indispensable para mejorar los procesos de intervención y mejorar la calidad de vida de los habitantes.
En esta perspectiva, Sforzi (2007) concibe al desarrollo local como un proceso de cambio integrador, al tratar diversas dimensiones como la económica, ambiental, social,
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cultural, institucional y territorial, a través de la expansión de capacidades. Por ello, establece como base de este enfoque la capacidad de cooperación y estrategia de la sociedad local para aprovechar recursos y oportunidades en su lugar de vida.6
Los planteamientos anteriores, apuntan al surgimiento de una fuerza emprendedora local que demuestre una actitud positiva y realista en la formulación de estrategias basadas en la potenciación de los recursos del territorio, la organización del sistema productivo y el bienestar de las personas (Vázquez Barquero, 2000; Alburquerque, 2001b). No obstante, la atracción y el aprovechamiento de recursos exógenos como elemento complementario de lo endógeno, es otra de las características importantes de éste modelo (Pérez y Carrillo, 2000).
Algunos de estos recursos se traducen en inversiones o donaciones financieras, científicas y tecnológicas, transferencia de conocimientos y donaciones humanitarias que hacen algunos actores públicos y privados. Entre los primeros se pueden distinguir los gobiernos de los países donantes y receptores, las administraciones públicas regionales y locales, la comunidad académica y los organismos o agencias internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Organización para la Cooperación y el Desarrollo económico, Comité de Ayuda al Desarrollo etc.) que se crearon después de la Segunda Guerra Mundial para establecer un nuevo orden monetario y financiero internacional (Boni, 2010:10).7
Entre los actores privados están las empresas – con fines lucrativos–, las organizaciones no gubernamentales (ONGs) y otras organizaciones sociales como asociaciones de productores, sindicatos, comités de ayuda, etc., que realizan actividades sin fines lucrativos (Boni, 2010: 10). Cada uno de estos actores (públicos y privados), posee capacidades y conocimientos específicos con los cuales puede contribuir a la creación de ambientes favorables para el desarrollo.
El enfoque de desarrollo local supone entonces la participación de diversos actores a fin de que se facilite un entorno apto para las innovaciones y nuevos emprendimientos (Alburquerque, 2004b; Boisier, 2004). Cabe señalar, que esto implica también fomentar una
6 El “lugar de vida” al que Sforzi se refiere es el contexto territorial en el que se forman de las capacidades humanas.
7 Otros organismos internacionales son la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el Instituto de Naciones Unidas para la Formación Profesional e Investigaciones (UNITAR), el Banco Interamericano para el Desarrollo (BID), La Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), la Organización de las Naciones Unidas para la Mujer (ONU Mujer) etc.
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cultura emprendedora entre la población a partir de la creación y difusión de aprendizajes para crear proyectos empresariales (Muñoz, 2000).
Una atmósfera favorable para el fomento de iniciativas de negocio o emprendedoras, las puede crear el gobierno local, facilitando la detección de oportunidades de negocio y fuentes de financiamiento (Muñoz, 2000), pero también constituyendo alianzas con actores, como la comunidad académica, que si bien tiene la función de formar capital humano y desarrollar conocimiento, también puede contribuir formación de técnicos a través de cursos de especialización, asesoramiento a organizaciones y elaboración de manuales (Alonso, 2006).
Por su parte, Ruíz, Vargas y Prieto (2000) analizaron diferentes experiencias llevadas a cabo en América Latina en donde la comunidad académica aparece como un actor decisivo para el mejoramiento del sector productivo de los espacios locales. En el caso particular de México, la experiencia del Estado de Chihuahua muestra el papel que las universidades (en este caso la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y el Instituto Tecnológico de Monterrey campus Chihuahua) pueden tener si adoptan una posición comprometida con el desarrollo, ejerciendo programas de capacitación y asesoramiento. En esa misma línea, la experiencia del proyecto CEPAL/GTZ “desarrollo económico local y descentralización en América Latina”
evidencia como la academia nutre de gran dinamismo la economía regional al producir conocimiento de acuerdo a las necesidades del sector productivo y desarrollar agendas de investigación apropiadas.
De esta manera, la creación de alianzas genera expectativas sobre lo que los actores sociales pueden ofrecer para promover el desarrollo local si se les reconoce. Sin embargo, la coexistencia de diversos actores presenta dificultades dada la confluencia de intereses y relaciones de poder, es por ello que se deben crear instancias de diálogo público y negociación para construir un lenguaje común sobre el contexto y sus problemas prioritarios, con la finalidad para generar acciones y procesos con resultados favorables (Ballón, Rodríguez y Zeballos, 2009).
En ese marco, se identificaron cuatro condiciones que facilitan la creación de alianzas:
1) los procesos de democratización y descentralización que alientan a la innovación institucional y nuevas formas de gestión; 2) la participación de los ciudadanos; 3) la adquisición de responsabilidades sociales por parte de los sectores empresariales y 4) el asesoramiento de la comunidad académica para desarrollar nuevas estrategias de organización
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y transformación de las formas de trabajo (Ballón, Rodríguez y Zeballos, 2009; Freres, 2006).
Finalmente, es necesario señalar que las alianzas dentro del enfoque de desarrollo local, contribuyen a incrementar la eficiencia y productividad de los recursos disponibles en el territorio, dadas las sinergias positivas que generan entre los participantes.