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ENTORNO FAMILIAR Y SOCIALIZACIÓN PRIMARIA

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4.1. LAS CARACTERÍSTICAS DEL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN DE LAS

4.1.1. ENTORNO FAMILIAR Y SOCIALIZACIÓN PRIMARIA

La socialización no consiste sólo en aprender ciertos patrones de conducta prevalente en una sociedad en un momento determinado, sino que también comporta el aprendizaje de las formas de pensar y sentir de dicha sociedad.

La socialización es un proceso que define la identidad de las personas, en el que las culturas delimitan el grado de restricción de los patrones de comportamiento del sujeto, esto se especifica en función de su pertenencia a la estructura social. Los límites establecidos por las culturas en el curso de la socialización incluyen no solo demanda explicitas y advertencias, sino también la más sutil, pero no menos influyente, fuerza de las expectativas de los otros tal y como se experimenta a través de las interacciones sociales.

Las prácticas o estilos de socialización del padre varían según las culturas

38 las cuales establecen un rango de oportunidades para el desarrollo, definen los límites de lo que es deseable, lo que son variaciones individuales y foco de la variación personal que se acepta y recompensa.

En este sentido, la familia se estructura en función de dos principios. Por un lado, puede ser fuente de bienestar, satisfacción y aprendizaje para todos sus integrantes, pero por otro, también puede constituir un factor de riesgo que predisponga al desarrollo de problemas de desajuste sobre en los niños, niñas y adolescentes. En efecto, en hogares donde trabajamos la investigación, el entorno familiar es negativo, expresan frecuentes conflictos y tensiones entre las parejas. Esto dificulta el buen desarrollo de los hijos, básicamente de las adolescentes y aumenta la probabilidad de que estas huyan de casa y deciden vivir más tiempo fuera de ella, y en su afán de sobrevivencia, buscan espacios de escape a su problemática, algunas han llegado a consumir alcohol. En algunos casos terminan siendo captadas por organizaciones que los vinculan a la prostitución.

“Mi papá y mamá siempre se peleaban, sufría mucho cuando veía lo que pasaba en mi casa. Yo decía que Dios me lleve, porque abrazado a mis hermanos lloraba. Mi papá también nos pegaba. A mi decía me mandaba con insultos. Le pedía a Dios que cambie. Pero se pagaba con nosotros. Un día conocí a unas amigas del colegio que me hacían pasar buenos momentos. En la calle nos parábamos, ahí comía, ahí jugaba.

Otros ya no regresaban a su casa, querían vivir en la esquina de una casa vacía (Lucila Ponce, 14 años)”

Para Lucia la vida no ha sido fácil, trataba de lidiar entre su padre que no lo trataba bien, y vivir al lado de la madre que también era maltratada por el esposo. Pero el padre no solo era violento, sino que vivía gran parte fuera de

39 casa. Por eso es que ella salía con frecuencia a la calle, no solo a jugar sino a buscar un pan para sus hermanos, mientras la mamá realizaba otras actividades para sostener a su hogar.

Una parte importante de los procesos de socialización lo constituyen los estilos de socialización de los padres. En este proceso hay dos dimensiones o aspectos fundamentales que requiere ser mencionado: un aspecto de contenido–que es lo que se transmite—, y un aspecto formal–cómo se transmite. El primero, hace referencia a los valores inculcados a los hijos, que dependen de patrones personales que caracterizan a los padres y del sistema de valores dominantes que define el entorno sociocultural más amplio. La segunda, aquella que se refiere al cómo de la socialización, es lo que se conoce –según Steinberg (1993) con el nombre de disciplina familiar que hace referencia a las estrategias y mecanismos de socialización que utilizan uno o ambos padres para regular la conducta y transmitir los contenidos culturales.

En las entrevistadas se evidencia que sus padres no han marcado fuertemente la primera ni la segunda. En ellos los conflictos de pareja, las separaciones y la reconciliación, nuevamente la separación prolongada, dificulta a que los hijos puedan permanecer en constante comunicación con los padres, principalmente con el padre, quien se distancia de los hijos. Más bien la madre es quien se encarga de su alimentación. Pero, las constantes salidas de la madre a buscar ingresos no le permiten la vigilancia de los

40 hijos. Ellas al permanecer solos gran parte del día, deciden huir a las calles.

En este espacio encuentran a otros pares que viven en situación de calle, que han establecido estrategias de sobrevivencia, y muy pocas veces retornan a sus hogares. Sus padres no monitorean su permanencia en casa, debido a esto es que se sienten en situación de riesgo y abandono. Esta realidad propicia la intervención del estado para intervenir en su protección. Pero la inexistencia de espacios de recreación que permita fortalecer su socialización emocional, en base a la investigación tutelar, no permite que se genere mejores personas, la presencia y protección de una pariente cercana (tíos, abuelos o hermanos). Para las entrevistadas esta instancia no es tan satisfactoria, pero lo ven como única posibilidad de tener protección y seguridad. A pesar de estar vinculados a problemas socio afectivos, buscan vivir una vida temporal en la casa de los parientes y quizás también de los vecinos:

“Mis amigas decían que la mejor vida es la calle, por eso cuando yo pasaba gran parte de mi vida en la calle entendía lo que decían. Claro, ellas trabajaban en varias cosas, para comer, o le pedían a la dueña de un restaurante o los recreos de la carretera, o a un cliente. El otro día un señor me dijo que trabajara si quería comer, yo solo le miré. Al salir del restaurante le conté a mi amiga, ella me dijo que esté tranquila, así son los que no tienen hijos. Aprendí más cosas en la calle que en mi casa. En casa mi mamá siempre conseguía plata para comer, pero en la calle yo tengo que buscar para comer. Cuando nos cansamos en la calle nos dejamos llevar al albergue, ahí si siempre se come (Sonia Gómez, 13 años)”.

Para Sonia Gómez la experiencia violenta en el hogar les empuja a vivir permanecer fuera de la casa, pero la vida es difícil, tienen que buscar formas de conseguir alimentos. La mayoría de las veces lo hacen por medio del

41 trabajo, otras veces tienen que pedir a los vecinos o dueños de los negocios.

Ellas saben que corren riesgo, cuando ven personas ajenas o foráneas. Es en ese momento cuando vuelven a ver a sus padres, o solo a la madre, pero la falta de apoyo y protección de la madre las adolescentes terminan casi siempre fuera de la casa.

Precisamente, en el planteamiento de Steinberg (1993), se puede decir que la vida cotidiana de adolescentes de las familias de casos registrados en nuestras entrevistas, está relacionada con necesidades de afecto y protección. Efectivamente, el proceso de socialización de las adolescentes está marcado por la indiferencia de sus padres cuya relación conyugal es conflictiva, las parejas viven en constantes maltratos y separaciones, se separan y reconcilian con frecuencia. Este ambiente frívolo no le permite al adolescente vivir y educarse en tranquilidad. Por eso buscan asociarse a grupos juveniles dedicados al trabajo o las festividades

En la presente investigación evidenciamos que el papel que ejerce la socialización parental en el desarrollo de las adolescentes es fundamental, pero influye negativamente, debido a que no mantienen una relación constante con los hijos. Más bien se alejan de los problemas y necesidades que demandan las hijas. Es fundamental especificar que los entrevistados muestran escasa motivación de retornar a vivir con la mamá o con el papá.

Para ellos los padres no se dedican a cuidar de ellas, no les ponen mucha

42 atención a los problemas que bien a diario en la escuela, en el barrio, con la familia, etc.

“En mi casa nadie nos escuchaba, lloraba y lloraba, pero mi papá venía y me mostraba una cara de malo, yo solo volteaba la mirada y me callaba. Cuando tenía problemas para hacer mi tarea a nadie le consultaba, a veces ni hacía porque no entendía. En mi mente estaba lo que mi mamá lloraba. Un día mi mamá me dijo, estoy dejando para que tú y tus hermanos coman, yo regreso mañana. Cuando se iba me daba miedo, ella regresaba en dos o tres días. Tomaba el bus a Lima y ahí se quedaba hasta conseguir dinero. La otra vez mi papá vino, me dijo cosas de mi mamá. Yo no le hice caso, dije mi madre es mi madre. Además, él nunca se preocupa de nosotros, ni comida trae, ya se ha olvidado que somos sus hijos (Segundina Rojas, 12 años)”.

En la narrativa de Segundina Rojas hay un reconocimiento de la madre, en cambio tienen un concepto diferente del padre. Mantiene un resentimiento, un rechazo, porque se ha olvidado que tiene hijos. Para ella un padre debe querer a los hijos, y traer sus alimentos, no olvidarlos, menos hablar mal de su pareja.

En la presente investigación evidenciamos que las adolescentes han viven en un ambiente donde el conflicto de pareja ha sido y es parte de la vida cotidiana, además el maltrato y abandono que ellos han vivido por parte de sus progenitores explica que han sido parte de un contexto de alto riesgo. Los padres han convivido con la violencia. Para ellas la disciplina de sus padres consistía en constantes maltratos, por eso los hijos manifiestan que sus padres han sufrido mucho, y ese sufrimiento

43 ha sido reproducido en la crianza de sus hijos, con quienes mantienen una relación jerárquica, vertical y con escasa comunicación.

En este sentido, la madre y el padre, de las adolescentes acarrean problemas desde la infancia, como por ejemplo las familias en situación de riesgo psicosocial, las más vulnerables a los probables efectos negativos de la adolescencia. La mayoría de los padres de las adolescentes investigadas, han sufrido maltratos y abandono cuando niños. Esta experiencia lo reproduce en sus hogares. En efecto, vivir en conflictos, sin proyecto de vida, separaciones y distanciamiento de los hijos, ha generado en los adolescentes una conducta agresiva, y constantes huidas hacia las calles. En este entorno guiado por sus pares buscan espacios de protección encontrándoos en las amistades y o familiares de tercer grado, para sobrevivir, en otros casos trabajan para poder alimentarse

“Mi mamá nos contaba que mi papá había sufrido de niño, su papá le golpeaba mucho. Así eran mis abuelos, a los que desobedecían les castigaba. Las mujeres dicen que ayudaban a su mamá en la cocina. Mi madre por eso siempre era calladita, pero siempre trabajaba lavando ropas de la gente.

Con lo que ganaba cocinaba, a mí me decía: Teodoro tienes que trabajar para ayudar a la familia, yo salía a buscarme un trabajito, no encontraba mucho, pero siempre me ganaba, aunque sea un sol. Así conocía amigos en la calle, paraban más en la calle. Les preguntaba, y todos respondían porque sus padres estaban separados (Teodora Meza, 14 años)”.

La vida de Teodora está llena de misterios, no solo ayuda a la madre, sino también se da tiempo para estar con las amigas en la calle, y

44 aprender de ellas, quiere escribir historias de esta realidad, pero la falta de dinero no ayuda para terminar la escuela. Tienen que ayudar a su madre. Hasta que un día empezó a consumir alcohol en las fiestas donde se empleaba como ayudante de cocina, de esa manera, dice ella, olvidaba los problemas en casa. Así como ella la mayoría que su ida a pasa en la calle consume alcohol y busca olvidarse de los problemas en familia.

La acumulación de factores de riesgo en estas familias potencia la vulnerabilidad de las adolescentes a padecer problemas de conducta agresiva. Aunque está claro que las adolescentes que crecen en estas familias tienen mayor riesgo de presentar problemas de conducta, siempre terminan por ser abandonadas por sus padres, y en la mayoría de los casos deciden vivir en la calle, unirse a grupos que permanecen fuera de casa, y de esta manera buscar estrategias de sobrevivencia como: trabajar, refugiarse en casa de familias de tercer grado o de sus empleadores y compartir con otros pares comidas. Además, este grupo, tanto mujeres como varones, está en situación de riesgo porque son captados para la práctica de la prostitución y el trabajo forzado a cambio de comida y hospedaje.

La explicación es cuando los padres se muestran implicados en el hogar, cariñosos y sensibles a las necesidades de sus menores, la familia funciona como un potente amortiguador del riesgo, ya sea durante la

45 infancia, si tienen la oportunidad de establecer relaciones sólidas y seguras de apego con alguna figura estable de su entorno, o bien más adelante, en la adolescencia, si las menores establecen relaciones de afecto y apoyo con algunos iguales o con alguna figura adulta. Sin embargo, en nuestra investigación encontramos que los padres se distancian de la comunicación y no establecen vínculos de afecto con las adolescentes. El conflicto que tienen las parejas hace que se olviden de la educación de los hijos.

“Yo quiero ir al colegio, pero en mi casa no hay dinero, mi padre ya no para en la casa, solo cuando está borracho viene.

A golpear a mi madre nomás viene. Quiero estar grande para defenderla. No quiero que sufra más. Mis amigas tampoco estudian, solo a veces van a estudiar. Las gentes en la calle nos dicen que debo ir a estudiar para dejar de trabajar, pero ellos no saben nuestros problemas. Recuerdo un día le reclamé a mi padre que traiga dinero, me pegó hasta dejarme coja.

Teníamos hambre, pero a él no le importa lo que hacemos, si estamos de hambre, si dormimos en la calle, a él no le importa. Por eso a veces consumo alcohol para olvidarme de estos problemas (Marcelina Martínez, 13 años)”.

Para Marcelina un padre es quien debe pensar en la familia, pero un padre no solo debe preocuparse de la familia, sino también que los hijos estudien, pero la falta de dinero en estas familias, invita a que los hijos busquen estrategias de sobrevivencia. En caso de Marcelina, trabaja en las chacaras para encontrar comida. Ella dice que lo hace por necesidad, además la gente le motiva a trabajar para poder ser independiente y tener sus ingresos.

46 Los padres al separarse viven sus propios conflictos, y se desentienden de los hijos. En este contexto los encargados de cuidar a los hijos son las madres, pero ellas se sienten vulnerables por ser dependientes emocional y económicamente de sus cónyuges y les cuesta asumir la protección y manutención de sus hijos. Pero sus necesidades las moviliza a buscar trabajo y obtener ingresos. Al no encontrar se vinculan a trabajos de alto riesgo: venta de golosinas en la calle, lavar ropas y en algunos casos viajar fuera de la zona. En este proceso se descuidan del cuidado de sus hijas, las abandonan de manera permanente, y dejan al cuidado de personas ajenas, o en otros casos se quedan en los hogares sin alimentos, sin protección y seguridad.

Las adolescentes al verse en la necesidad de alimentos, deciden huir a las calles en busca de alimentos y ayuda. En este ambiente ubican a otros que se encuentran en la misma condición, en abandono y sin protección. Se habitúan a los peligros que desbordan las calles. En su afán de sobrevivir se arriesgan a ofrecer servicios para consumar sus necesidades (de alimento y carencia de afecto).

In document tesis presentada por (página 37-46)

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