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Excepcionalidad, crisis y destrucción de la democracia chilena

In document ESTUDIOS PÚBLICOS (página 121-125)

De sombras y luces. Nociones de excepcionalidad en la crisis,

5. Excepcionalidad, crisis y destrucción de la democracia chilena

economía chilena, cuya activación permitiría contrarrestar la tendencia inherentemente inflacionaria de la política fiscal del gobierno de Allende.

En cualquier caso, la política económica de la Unidad Popular también se alejaba de la ortodoxia del socialismo de la Guerra Fría y era otro rasgo, quizás menos delineado, pero igualmente discernible de la noción per- sistente de excepcionalidad que subyacía a la ‘vía chilena al socialismo’.

Para los comunistas soviéticos y chinos, ni las dimensiones políticas ni las medidas económicas del proyecto revolucionario encabezado por Allen- de tenían mucho futuro en un mundo donde las particularidades de una realidad nacional eran, en último término, siempre menos relevantes para el curso de los acontecimientos que las realidades estructurales re- gionales y globales en las que se insertaban.

5. Excepcionalidad, crisis y destrucción de la

MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), no se hacían mayores ilu- siones respecto de las posibilidades de éxito del proyecto revolucionario en el marco institucional de la política chilena. No obstante, en términos concretos, la estrategia de la Unidad Popular subestimó severamente el potencial insurreccional de las Fuerzas Armadas y sus tibios intentos por cooptarlas para al menos mantenerlas neutrales en el conflicto político fracasaron estruendosamente. Este modo de proceder puede haber deri- vado de una cautela excesiva aconsejada justamente por consideraciones estratégicas. Sin embargo, es muy posible también que el imaginario polí- tico del ala más institucionalista de la Unidad Popular, forjado en la cultura política excepcionalista de la democracia chilena, haya alentado esta vi- sión benevolente de la posibilidad de un conflicto o de violencia desatada como resultado de la oposición militar al proyecto revolucionario. Las pa- labras de Allende en la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1972 representan con gran claridad el espíritu de la lectura de la izquierda de la presumida excepcionalidad de la trayectoria política chilena:

[Chile es] un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininte- rrumpida desde su creación hace 160 años, donde los tribunales de justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la carta constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada. Un país donde la vida pública está organizada en instituciones civiles, que cuenta con Fuerzas Armadas de probada forma- ción profesional y de hondo espíritu democrático. (Allende 1972)

Las palabras de Allende, calculadas para un foro internacional con poco conocimiento e interés en los detalles específicos del conflicto ya desatado en la política chilena, no deben identificarse a priori con una formulación estratégica de la coalición gobernante. Igualmente, es in- evitable notar en ellas resonancias claras de los rasgos primordiales de la presumida excepcionalidad chilena. La referencia a las Fuerzas Armadas es especialmente notable en este contexto. Además de adularlas con la mención elogiosa, Allende las representaba como actores fundamenta- les en la configuración histórica, y por ende también contingente, de la excepcionalidad de la trayectoria política chilena. Por esos meses, ade- más, altos oficiales como los generales Carlos Prats y Alberto Bachelet ya se habían mostrado como adeptos al gobierno, lo que probablemente alimentaba en alguna medida la consideración favorable de las Fuerzas

Armadas por parte de Allende. En cualquier caso, la estrategia de im- plementación del proyecto revolucionario de la Unidad Popular careció de una dimensión militar robusta y a la altura del peso histórico que sus mismos miembros le asignaban al proceso en que estaban embarcados, lo cual en gran medida era consecuencia de una sobrevaloración de los rasgos que hacían excepcional a la trayectoria política chilena, entre ellos el supuestamente ‘hondo espíritu democrático‘ de los militares.

Así como la izquierda se situaba, por razones estratégicas y culturales, dentro de las coordenadas de la práctica habitual de la política institucio- nal, dentro de las fuerzas que se oponían a ella existían voces que creían que la inercia misma de la cultura política chilena contendría al final cual- quier posibilidad de desborde propiciada por su proyecto revolucionario.

Tras el triunfo de Allende en la elección presidencial de 1970, por ejemplo, las representaciones chilenas en el exterior fueron instruidas por el canci- ller democratacristiano Gabriel Valdés para

mantener por todos los medios ante el Gobierno, los círculos políticos y fi- nancieros y la opinión pública de ese país la imagen de solidez democráti- ca y constitucional, de permanencia en el civilismo, de autodeterminación, de respeto a la no intervención que son valores permanentes en Chile.

(AHMRE 1970b, 1)

Algunos embajadores asumieron esta posición con gran celo, en parte porque ellos mismos adherían a la convicción que subyacía a las instrucciones del canciller. El ya mencionado caso del embajador Barría en su diálogo con los funcionarios búlgaros ilustra el punto, al igual que las gestiones realizadas por el embajador en Bélgica, Alfonso Santa Cruz, quien intentó convencer a sus anfitriones, asustados ante el prospecto revolucionario propuesto por la Unidad Popular, de que la fortaleza de las instituciones, la tradición democrática y el apoliticismo de las Fuerzas Armadas garantizarían la supervivencia de la democracia chilena (AHMRE 1970c).

Para el canciller Valdés y sus representantes diplomáticos en Sofía y Bruselas, imbuidos de la noción excepcionalista, la política chilena, dado su carácter institucional y el presunto apoliticismo de las Fuerzas Armadas, no tendría por qué experimentar una ruptura como resultado del proyec- to transformador propuesto por la Unidad Popular, independientemente de que los antecedentes de proyectos revolucionarios exitosos en el siglo XX apuntaran en otro sentido. Esta postura ignoraba deliberadamente la

existencia muy visible de una polarización creciente y cualitativamente diferente a las divisiones entre fuerzas políticas que habían delineado el curso de la política chilena antes de la elección de 1970. La oposición a Allende y la izquierda en tanto agentes de un proyecto revolucionario, representada por la derecha y el sector más conservador de la Demo- cracia Cristiana, tenía un carácter necesariamente distinto a la oposición tradicional de la izquierda a los gobiernos identificados con la democracia liberal de la Constitución de 1925. La izquierda revolucionaria se oponía a gobiernos que representaban un sistema social, económico y cultural que trascendía la institucionalidad política; por lo mismo, ser oposición a un gobierno particular era un elemento de una estrategia para la transforma- ción estructural de la sociedad que, en virtud de su subordinación a una concepción teleológica de la historia, no era de urgencia inmediata. Para los sectores conservadores o progresistas no-revolucionarios, que en ge- neral pueden denominarse como anticomunistas, la oposición a la izquier- da revolucionaria en el poder era una función de su defensa de un sistema político y, en menor medida, un orden social a los que se orientaba y de los que dependía su propia existencia. Por lo mismo, más allá de lo irra- cional e irrealista de muchos de los temores de estos grupos respecto del futuro inmediato del país bajo un gobierno de la izquierda, el carácter de esta oposición, que, insistimos, era desplegada como cuestión de vida o muerte por parte de sus agentes, inevitablemente debía exacerbar la po- larización del espectro político. Esta exacerbación de la polarización pudo observarse de inmediato tras la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970; de hecho, las instrucciones del canciller Valdés a las representa- ciones chilenas en el extranjero se formularon como reacción a algunas señales de esta agudización de la polarización.

Así como muchos políticos y diplomáticos chilenos creían que el sistema político podía resistir exitosamente los embates transformadores de un proyecto revolucionario esencialmente opuesto a sus bases inte- lectuales, varios observadores extranjeros adherían a visiones similares.

En los días que mediaron entre el triunfo de Allende en la elección popu- lar y su elección como presidente por el Congreso, fuentes diplomáticas chilenas y estadounidenses registraron expresiones en este sentido entre funcionarios diplomáticos y políticos de lugares tan disímiles como el Vaticano, Ecuador, México y El Salvador. En este último país, el líder de- mocratacristiano José Napoleón Duarte manifestó su confianza en la su- pervivencia de la democracia chilena en el evento de un gobierno de la

Unidad Popular, tanto en virtud de su excepcional solidez en el contexto latinoamericano como del diferente carácter de los comunistas chilenos.

Para Duarte, la convicción democrática de los comunistas chilenos los separaba claramente de sus correligionarios en otros lugares de Améri- ca Latina, como por ejemplo El Salvador, en donde el futuro presidente del país creía que los comunistas estaban abocados sin remilgos a la destrucción de la democracia (NARA 1970b). Como muchas expresiones sobre la realidad chilena proferidas por observadores internacionales, las palabras de Duarte respondían a la proyección de una imagen po- sitiva de la política chilena que en gran medida se sostenía sobre una comparación favorable de la estabilidad de su trayectoria respecto de la realidad de otros países de la región. Parte de la paradoja de la excepcio- nalidad chilena radica en que la noción ha tenido no pocos adherentes en otras partes del mundo, especialmente en América.

Finalmente, el conflicto político que resultó del intento de imple- mentar un proyecto revolucionario en Chile se resolvió por la fuerza y terminó con la destrucción de la democracia por parte de las Fuerzas Ar- madas. La cohesión, determinación y brutalidad con la que actuaron los militares a partir del 11 de septiembre de 1973 derribaron por completo la institucionalidad política de la Constitución de 1925, la democracia que ella sancionaba y, consecuentemente, una convicción generalizada y más o menos sincera entre políticos chilenos de que, en virtud de la trayectoria histórica del país, el ascenso y consolidación de una dictadura militar con tintes totalitarios y el despliegue de una violencia represiva de alcance masivo eran inconcebibles. El golpe de Estado y la dictadura que le sucedió eran posibilidades más que ciertas considerando los an- tecedentes ofrecidos por la política mundial de la Guerra Fría y muchos actores políticos chilenos deseaban o temían una acción militar contra el gobierno de Allende. Aun así, el golpe y sus consecuencias sorpren- dieron genuinamente a muchos protagonistas de la trama de la política chilena en los años de la crisis de la democracia.

6. La excepcionalidad chilena entre dictadura militar y

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