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Fases de la adolescencia

2. ADOLESCENCIA, EDUCACIÓN Y SALUD MENTAL

2.1.1 Fases de la adolescencia

Lo cierto es que es difícil establecer límites cronológicos para este periodo evolutivo del ser humano, puesto que las transformaciones comúnmente tienen un carácter progresivo, desarrollándose a distintos ritmos entre las esferas biológica, psicológica y social. Sobre este tema, los estudios recientes en neurociencias muestran que el cerebro experimenta un ciclo continuo de crecimiento, produciéndose aproximadamente a los 11 años de edad, una explosión de actividad eléctrica y fisiológica, que reorganiza los miles de millones de redes neuronales, afectando las aptitudes emocionales, las habilidades físicas y mentales. Es así que en la adolescencia se produce este avance al pensamiento abstracto, a través del desarrollo del córtex prefrontal terminando de madurar hasta la edad de 18 años. Esta parte del cerebro funciona como responsable de la planificación, organización y juicio, encargándose de la resolución de problemas y del control emocional. Asimismo, áreas asociadas con funciones de la vista, olfato, memoria y lenguaje se desarrollan durante la adolescencia, creándose entre los 10 y 20 años modelos y bases neuronales importantes que perdurarán a lo largo de la vida (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, 2002).

56 Sin embargo, por fines prácticos la Organización Mundial de la Salud fija el transcurso de esta etapa entre los 10 y 19 años, dividiéndola a su vez en adolescencia temprana de los 10 a 14 años y la adolescencia tardía de los 15 a 19 años (Aliño, López y Navarro, 2006). En este punto es importante resaltar que no se trata de secuencias rígidas, ya que las aceleraciones de los procesos dependen diversos factores, tales como la subcultura, la situación socioeconómica, los recursos personales, la salud mental, el desarrollo biológico y las interacciones con el entorno (Krauskopof, 1999).

En este sentido, con la finalidad de sistematizar las características del adolescente se describen 3 fases comúnmente aceptadas en la literatura, la adolescencia temprana o pubertad, la adolescencia media y la adolescencia tardía (Krauskopof, 1999). En la primera de ellas, ubicada entre los 10 y 14 años se observa un rápido crecimiento somático, apareciendo los caracteres sexuales secundarios. Estos cambios provocan una reestructuración de la imagen corporal del individuo, generando preocupaciones sobre lo físico que son contrarrestadas por el grupo de iguales al posibilitarse la comparación con los otros (Casas y Ceñal, 2005). Asimismo, la interacción se da principalmente con el grupo del mismo sexo, sin embargo, comienza el contacto con el sexo opuesto de manera exploratoria. De igual forma aparecen intentos de abandono de la dependencia y de búsqueda de la propia intimidad. Ante tal ajuste se presentan fluctuaciones en el ánimo, una autoconciencia de necesidades y deseos de comprensión por parte de los mayores. En esta fase el pensamiento es principalmente concreto por lo que no anticipan las implicaciones futuras de sus actos en forma clara (Krauskopof, 1999;

Casas y Ceñal, 2005).

En lo que respecta a la fase media aproximadamente entre los 14 y 16 años, los cambios físicos se vuelven más lentos, lo que permite un restablecimiento de la imagen corporal. Asimismo, la capacidad cognitiva es capaz comenzar a utilizar el pensamiento abstracto, por lo que la simbolización, la generalización y la abstracción introducen visiones más amplias de los acontecimientos y relaciones del mundo (Casas y Ceñal, 2005). Otro aspecto importante de esta fase es la búsqueda de canalización de los impulsos sexuales que emergen, convirtiéndose el amor, el goce y la amistad en preocupaciones muy valiosas. De este modo la aceptación por el grupo de iguales

57 dinamiza la afirmación personal y social, permitiendo la identidad grupal un espacio diferenciador de la familia (Krauskopof, 1999).

Cabe mencionar que esta construcción de la individuación y fortalecimiento de la identidad provoca duelo en las figuras parentales por la pérdida del hijo-niño y por el rol de padres incuestionados, por lo que es difícil para los padres expresarse desde esta nueva posición (Krauskopof, 1999). Ante este cambio de roles es frecuente que la interacción con los padres presente conflictos que devienen de la lucha entre el adolescente en busca de su identidad, y los padres que le oponen resistencia (Aliño, López y Navarro, 2006).

De esta forma ante el desarrollo intelectual, aumenta en esta fase el interés por nuevas actividades y por el cuestionamiento de las posturas ideológicas que se habían aceptado previamente. Esto desencadena la confrontación de lo establecido, con la subsecuente amenaza a las necesidades de control de los mayores. Asimismo, aumenta la exploración de las fuentes posibles de reconocimiento sensorial, emocional, social (Krauskopof, 1999). En este punto es importante considerar que si bien son capaces de percibir las implicaciones futuras de sus actos su pensamiento continúa fluctuando con el de tipo concreto, por lo que sumado a la sensación de omnipotencia e invulnerabilidad, en esta fase se acentúa la aparición de conductas de riesgo que pueden conducir a la morbimortalidad y a determinar parte de las patologías posibles en la época adulta (Casas y Ceñal, 2005).

Aunado a lo anterior, en la fase media es de resaltarse que la importancia de pertenecer a un grupo es muy intensa, de tal modo que en ocasiones los adolescentes prefieren incluirse en grupos marginados antes que sentirse solos, propiciando aún más comportamientos de riesgo (Casas y Ceñal, 2005).

Por último, en la fase tardía que se presenta aproximadamente entre los 17 y 19 años se alcanzan las características sexuales de la adultez, vuelve a haber una aproximación a la familia, pero con una mayor independencia y se construye un sistema de valores propios (Aliño, López y Navarro, 2006). Se presenta una evolución del locus

58 de control externo hacia un locus de control interno, en la cual el adolescente deja de atribuir lo que ocurre a las circunstancias externas, reconociendo y expresando sus capacidades en la resolución de problemas, con sentimientos de adecuación y seguridad provenientes de sus propias realizaciones. Asimismo, se comienzan a consolidar proyectos de vida y la pareja deja de cumplir el rol de exploración para ubicarse como una vivencia central, estableciéndose con ella y con las amistades vínculos afectivos más profundos y significativos (Krauskopof, 1999).

En cuanto al pensamiento abstracto, éste se encuentra bien establecido por lo que son capaces de actuar percibiendo las implicaciones futuras de sus actos. La participación organizada se convierte en un medio para el desarrollo de habilidades, así como de construcción de vías de satisfacción de necesidades y de expresión de sus capacidades naturales (Krauskopof, 1999). En este punto, cabe mencionar que, pese a las expectativas de la anterior etapa, existe una serie de factores de riesgo que pueden obstaculizar el camino hacia perspectivas que propician la realización personal y participación social, los cuales pueden llevar a una desesperanza de que no existen los medios que permitan los objetivos anhelados. Sobre lo anterior, Krauskopof (1999) menciona: “En adolescentes deprivados, emocional o económicamente, se establecen convicciones que llevan a rehuir las tensiones propias de su desarrollo y de las condiciones del ambiente, lo que favorece salidas sustitutivas, refugio en gratificaciones efímeras, acting out, reacciones depresivas, etc.” (p. 26).

Respecto a lo anterior, Quintanilla et al. (2004) afirma que:

Los adolescentes expresan en este momento un gran malestar y manifiestan que se les ha “bombardeado” desde niños para que adquieran hábitos, costumbres, valores y muchos conocimientos, que no les convencen ni les permiten conseguir un empleo y una vida más digna, por lo que se ven frustrados o lo que es más grave, pueden desarrollar desajustes o trastornos de la personalidad (p. 62).

59 Por su parte, Frías, López y Díaz (2003) mencionan que los adolescentes, no están muy dispuestos a la integración social, siendo más prioritario para ellos la búsqueda de su propia identidad e independencia, por lo que su integración a la sociedad se encuentra en función de las normas y reglas a los que se adhieren personalmente.

Lo anterior deja en claro que no es posible negar a la adolescencia como una etapa de vida caracterizada por el cambio y el conflicto, donde la aparición de síntomas psicológicos o conductuales pueden corresponder a una manifestación externa transitoria de la metamorfosis por la que está atravesando el joven, y en ocasiones a indicios del comienzo de algún trastorno mental que trae como consecuencia la continuación de estas conductas en la adultez (Florenzano, 2003).