Capítulo 1: MARCO TEÓRICO
1.4. Representaciones sociales
1.4.4. Funciones
Las representaciones sociales implican una actividad que se mantiene por la finalidad que cumplen. Jodelet (1989) señala tres funciones de las representaciones sociales: integración de la novedad, interpretación de la realidad y orientación de las conductas. Ibáñez (1988) añade una cuarta función: configuración de las identidades personales y grupales.
1.- Integración de la novedad. Las representaciones sociales hacen posible que un grupo integre nuevos elementos en su repertorio de conocimientos, haciendo familiar lo desconocido; las representaciones que ya existen servirán como marco de referencia produciendo modificaciones parciales para insertar los nuevos objetos de conocimiento, adaptando también el nuevo objeto para posibilitar su integración.
2.- Interpretación y construcción de la realidad. Las representaciones sociales permiten reconocer los objetos sociales partiendo del significado social que se les ha atribuido. El proceso de comprensión social es de interpretación y también de construcción (Gergen, 1996; Ibáñez, 2001; Ibáñez e Íñiguez, 1997; Nightingale y Cromby, 1999). Interpretación de la realidad porque el sujeto no es un mero observador pasivo, sino que interpreta la realidad; y constructor porque elabora teorías en la creación de una realidad consensuada. Todo ello dentro de un proceso de interacción social que transforma la realidad construyendo los objetos sociales.
3.- Orientación de las conductas. Las representaciones sociales suponen una guía de referencia para el sujeto, actuando en función de cómo están representados los objetos sociales, permitiendo comprender la situación, anticipar los acontecimientos y dar sentido al comportamiento. Abric (1987, 13) afirma que los
“comportamientos de los individuos en situación de interacción son determinados no por condiciones objetivas, sino por la representación que éstos hacen de la situación”, y Di Giacomo (1987, 295) especifica que una representación social “…
está unida, como guía, a comportamientos específicos”.
Así, por la imagen de una representación social pasa todo un conjunto de significados y de ideas que incidirán sobre el estilo de comportamiento llevado a cabo, marcando las pautas de conducta que son adecuadas en relación con un objeto en un contexto determinado, proyectando también los valores de la sociedad y los modelos comportamentales que resultan adecuados. Se produce una relación en doble vía, las representaciones sociales marcan el estilo de comportamiento y los estilos de comportamiento generan y provocan nuevas imágenes que movilizan las representaciones sociales ya estructuradas (Mugny y Papastamou, 1988). No solamente a nivel individual, también el grupo realiza una elaboración social de la concepción de la tarea que incidirá sobre el comportamiento social llegando a modificar el funcionamiento individual, marcando cuál es el estilo de comportamiento que es esperado llevar a cabo con un objeto social en función del contexto sociocultural donde se ubique el individuo y en base a su grupo de pertenencia.
4.- Configuración de la identidad. La identidad social es el conjunto de factores del concepto de sí mismo de un individuo que se forma a partir del “conocimiento de su pertenencia a ciertos grupos sociales y a la significación emocional y evaluativa que resulta de esta pertenencia” (Tajfel, 1972; cit. Bourhis, Gagnon y Moïse, 1996, 150). En este proceso se observa la valorización o desvalorización de realidades culturales que se asemejan o se distancian de los propios miembros del grupo social al que se identifica el individuo. Los principios básicos de la Teoría de la Identidad Social (TIS) de Tajfel y Turner (1979) pueden resumirse en tres puntos (Lorenzi-Cioldini y Doise, 1996, 76):
“1º/ Los individuos intentan mantener o aumentar su autoestima, intentan acceder a una concepción positiva de sí mismos.
2º/ Los grupos sociales o categorías (y el hecho de pertenecer a ellos) están asociados a connotaciones positivas o negativas. Debido a ello, la identidad social puede ser positiva o negativa según las valoraciones (que tienden a ser compartidas socialmente, ya sea dentro o entre los grupos) de dichos grupos que contribuyen a la identidad social de un individuo.
3º/ La valoración del propio grupo está determinada por la relación con algunos grupos específicos por medio de comparaciones sociales en atributos o en características cargadas de valor. Las comparaciones que desembocan en una diferencia positiva entre el grupo de pertenencia y el otro grupo producen un prestigio elevado; las comparaciones que implican una diferencia negativa dan lugar a un bajo prestigio”.
Es a partir de las representaciones sociales como se construyen las relaciones de pertenencia a un grupo, con sentimientos de proximidad y similitud
entre ellos, y en consecuencia, la diferenciación con los otros que no comparten las mismas representaciones sociales. Estas comparaciones intergrupales son imprescindibles en la construcción de la identidad social (Turner, 1975; Tajfel, 1984; Bourhis y Leyens, 1996; Lorenzi-Cioldi y Doise, 1996; Banchs, 2001), Huici y Ros (1993) formulan la necesidad de procesos de comparación entre múltiples identidades colectivas (identidad comparativa), los factores de similaridad y contraste son determinantes en la categorización de los elementos sociales (Deschamps, 1983; Turner, 1983).
Las representaciones sociales se construyen desde una pertenencia grupal, sobre sí mismo (endogrupo) y sobre otros grupos (exogrupos). Una identidad social positiva dependerá del resultado de las valoraciones comparativas entre las representaciones sociales establecidas entre el grupo de pertenencia y los grupos de referencia. Los procesos de comparación grupal tienen importantes repercusiones sociales y personales, la ubicación en un grupo que recibe valoraciones negativas genera la transformación de la imagen en busca de la deseabilidad social, ya que una identidad social positiva es una necesidad básica del ser humano. Capozza y Volpato (1996, 42), afirman: “una identidad social insatisfactoria, es decir negativa o menos positiva de lo que se desea, determina el empleo de estrategias para elevar la autoestima”. La discriminación, a su vez, queda establecida como el mantenimiento de la imagen positiva de un grupo sobre los otros.
“El hecho de poseer un repertorio común de representaciones sociales desempeña un papel importante en la configuración de la identidad grupal y en la formación de la conciencia de pertenencia grupal. Estar con otras personas que ven el mundo tal y como lo vemos no sólo permite establecer unas relaciones más relajadas y satisfactorias, sino que nos proporciona una cierta confianza en la validez de nuestros criterios y en la bondad de nuestra forma de ser” (Ibáñez, 1988, 54). Se crea la cultura del grupo, que ayuda al individuo en la interpretación de la realidad.
Abric (1993) recoge también las funciones de las representaciones sociales, las agrupa en cuatro categorías: funciones del saber, funciones de identidad, funciones de orientación y funciones justificadoras. Desde el punto de vista explicativo, consideramos que esta clasificación facilita el acceso a nuestros propósitos, por ello, presentamos una breve descripción de cada una de estas funciones.
1.- Las funciones del saber para comprender y explicar la realidad, permitiendo adquirir los conocimientos sociales en un marco comprensible y coherente con el
funcionamiento cognitivo del individuo y con los valores a los que se adhiere el grupo.
2.- Las funciones identitarias, definen la identidad y la especificidad del grupo, permitiendo la elaboración de una identidad social gratificante y compatible con el sistema normativo históricamente determinado.
3.- Las funciones de orientación guían el comportamiento en función de tres factores: la finalidad de la situación adoptada por el grupo (y que es independiente de la realidad objetiva de la tarea), el sistema de anticipaciones sobre la interacción social y la definición de la aceptabilidad de la conducta en un contexto social determinado.
4.- La justificación de las prácticas sociales, que permite a los sujetos explicar y justificar su conducta dentro de una situación social. Esta función no se reduce al campo individual, sirve también para la justificación grupal; ya Aristóteles, en su obra La Política, recomendaba a los griegos tener una visión de los esclavos que garantizara el mantenimiento de la esclavitud.