Capítulo 6: CONDUCTAS ASOCIADAS A LA LECTURA
6.5. Representación social del lector
Las representaciones sociales están articuladas con la práctica cotidiana y sirven como justificación de nuestra conducta. Por ello, esperamos que las representaciones sociales sean diferentes para lectores que para no lectores, actuando como orientadores de su conducta lectora y reflejando su propia identidad lectora. Rosa Montero, en su obra La hija del caníbal (Espasa, 1997) refleja este sentido de la identidad: “La identidad no es más que el relato que nos hacemos de nosotros mismos” (p. 17).
Tanto para buen lector como para mal lector, el porcentaje de atributos evocados es menor en el grupo de no lectores, y se emplea un menor número para calificar al mal lector que al buen lector. Estos datos significarían una
representación más construida para buen lector que para mal lector, y menos elaboración en los sujetos no lectores que en los lectores.
En el estereotipo del buen lector (gráfica 17, las barras representan los porcentajes de las respuestas emitidas, sumados los tres atributos, sobre el total de sujetos de cada grupo) destaca, en los tres grupos, como categoría más evocada la lingüística, en mayor medida los lectores ocasionales que los lectores habituales.
En segundo lugar, los lectores acuden al componente actitudinal y a continuación la cognición, más lectores habituales que lectores ocasionales; en orden inverso los sujetos no lectores, conceden más peso a los componentes cognitivos.
GRÁFICA 17
Evocación de las categorías para buen lector, en porcentajes
0 20 40 60 80 100
Actitud Lenguaje Cognición Personalidad Contexto
L. Habitual L. Ocasional No lector
Esto implicaría que los sujetos lectores habituales conceden más relevancia a variables que podrían considerarse internas del sujeto, mientras que los lectores ocasionales acuden con más frecuencia a atributos lingüísticos. Por otra parte, los no lectores al reducir el componente actitudinal quitarían relevancia social al sujeto lector, considerando que le representaría en menor medida el interés hacia áreas valoradas socialmente (el conocimiento, el saber o la lectura).
Analizaremos, brevemente, los resultados en función de las categorías de análisis desarrolladas en el capítulo anterior.
Los atributos más evocados por los tres grupos son los pertenecientes a la categoría lingüística, siendo superior en lectores (lectores ocasionales: 93,6%;
lectores habituales: 86,2%) que en no lectores (66,7%). Coinciden en los atributos de dedicación lectora (lee mucho, lee con frecuencia, lee bastante, ...) , pero los no lectores acuden menos a calificativos relacionados con la comprensión lectora y a los atributos referidos a una mejor expresión lingüística.
En la categoría actitudinal aparecen también diferencias entre los tres grupos. El porcentaje de atributos evocados de esta categoría va ascendiendo
conforme se incrementa la asignación lectora, siendo más del doble los referidos por los lectores ocasionales (52,4%) que por los sujetos no lectores (25,9%), y encontrándose una diferencia de quince puntos entre los dos grupos de lectores (lectores habituales: 67,4%). Analizados los componentes de esta categoría comprobamos que la diferencia viene ocasionada, básicamente, por el interés de conocer, que los sujetos no lectores evocan con mucha menor frecuencia para caracterizar al buen lector, siendo sólo producido por un 7,6% de los mismos, frente al 27,4% de los lectores ocasionales y el 35,9% de los lectores habituales.
De hecho, en el primer atributo para el grupo de no lectores representa únicamente el 1,6% de las respuestas emitidas. Podría suponer una posición de autoprotección del sujeto no lector, y del lector ocasional en menor medida, dirigida a no atribuir al buen lector mayor interés hacia al conocimiento; son estudiantes universitarios y se les presupone socialmente interés hacia la formación cultural de la persona.
Las categorías de cognición y personalidad se distribuyen en porcentajes similares para los tres grupos. Pero cualitativamente aparece una diferencia sustancial: en el grupo de no lectores es en el que aparecen algunos atributos con carácter negativo para categorizar al lector: ‘aburrido’, ‘serio’, ‘raro’, ‘ratón de biblioteca’, ‘sin sangre’… Por último, en la categoría contextual, aunque presenta una diferencia muy pequeña, queremos resaltar que son los lectores ocasionales los que recurren en mayor medida a características vinculadas con la disponibilidad de tiempo libre para leer: ‘sin ocupación’, ‘tiene tiempo para la lectura’..., también referido a un estilo de vida particular (más teniendo en cuenta las características del estilo de vida de los jóvenes y la relevancia del tiempo compartido con sus iguales): ‘casero’, ‘solitario’…
Podríamos considerar que la representación social del buen lector en los no lectores actúa como justificación de su propia conducta de no lectura, reduciendo la implicación del interés por conocer y la importancia de las capacidades de comprensión y expresión lingüística del sujeto lector, no considerando que el buen lector lo sea por tener más ganas de aprender o mayor curiosidad, pues eso implicaría reconocer que ellos mismos no tienen interés por ello. También evocan características de que el lector tiene mayor disponibilidad de tiempo, podría tratarse de una justificación pues el tiempo del que disponen debería ser semejante. De hecho, Gómez Soto (1999) afirma que la disponibilidad real de tiempo libre no influye en la dedicación de las prácticas lectoras. Sería un asunto de estilo de vida y de prioridades en la distribución del ocio.
En la imagen social del mal lector (gráfica 18, las barras representan los porcentajes de las respuestas emitidas, sumados los tres atributos, sobre el total de sujetos de cada grupo) la primera categoría porcentual de respuesta de los
sujetos lectores es la lingüística, a continuación la actitudinal; para los no lectores el orden es el inverso e incluso superior la categoría de actitud sobre los lectores habituales.
GRÁFICA 18
Evocación de las categorías para mal lector, en porcentajes
0 20 40 60 80
Actitud Lenguaje Cognición Personalidad Contexto
L. Habitual L. Ocasional No lector
Si comparamos la distribución de las gráficas para buen y para mal lector se aprecia claramente que el grupo de no lectores genera un traspaso en la relevancia de dos categorías de estudio: incrementa en más de 30 puntos el empleo de atributos actitudinales y reduce la categoría cognitiva. Es decir, aminora la importancia de los atributos cognitivos que representan a un mal lector y eleva la evocación de atributos de actitud. Posiblemente, desde los procesos atributivos, se está produciendo una explicación externa a la ausencia de conducta lectora.
Además aparecen diferencias en la distribución de las características en las categorías lingüística y actitudinal. Los no lectores emplean con menor frecuencia los atributos lingüísticos referidos a problemas de comprensión y capacidad lectora, incrementando la categoría de desinterés lector. Realizarían la atribución de que los malos lectores lo son porque no tienen interés en la lectura, les aburre leer (41,6%), pero no es que se alejen de la lectura porque existan problemas de dominio del lenguaje escrito. En las características del interés por conocer se produce igualdad entre no lectores (17,2%) y lectores ocasionales (19,9%), pero los lectores habituales recurren con más frecuencia al desinterés cognitivo del sujeto mal lector (33,7%). Así, se produciría un predominio del desinterés por la lectura en la representación del mal lector en el grupo de sujetos no lectores y lectores ocasionales, mientras que los lectores habituales opinan que es superior el desinterés por conocer del mal lector que el desinterés por la lectura.
Interpretamos estos resultados en la dirección de justificación de la no lectura, o de la lectura menos frecuente, apelando a que no leen porque no quieren
leer, no porque no tengan interés en obtener conocimiento. Socialmente no estaría admitido un estudiante universitario con desinterés hacia obtener conocimiento.
En la categoría lingüística, son los lectores ocasionales los que alcanzan porcentajes más altos, apelando a la dificultad de comprensión de los malos lectores y a la escasa capacidad lectora; por el contrario, los no lectores acuden en mayor medida a la ausencia de la dedicación lectora, no son buenos lectores porque no leen, porque leen de forma obligada.
En personalidad las diferencias cuantitativas entre los grupos son muy pequeñas, pero cualitativamente son importantes, es el grupo de no lectores el que acude a la evocación de algunos adjetivos socialmente positivos para categorizar al mal lector: ‘activo’, ‘alegre’, ‘currante’, ‘deportista’, ‘joven’, ‘gracioso’..., mientras que los grupos de lectores evocan características con carácter negativo.
Destacan los grupos de lectores, en igualdad, en la categoría contextual; las referencias son, fundamentalmente, hacia la preferencia por otros ocios distintos de la lectura, lo que implicaría un diferente estilo de vida en la distribución del tiempo libre.
Comparados buen y mal lector, en la descripción social del mal lector predomina el factor lingüístico, más en no lectores (55,69%) y lectores ocasionales (55,31%) que en lectores habituales (51,74%). Los lectores ocasionales reducen el porcentaje del factor personal (39,9%) y cargan el factor contextual (5,31%) como explicación de la menor frecuencia lectora. En el estereotipo de buen lector, predomina también el factor lingüístico sobre el personal en los valores de no lectores (49,8%) y lectores ocasionales (53,15%) no así en los lectores habituales (48,96%) que destacan los factores personales (50,62%). El factor contextual es menor en lectores habituales (0,83%), no acudiendo prácticamente a la disponibilidad de tiempo libre para explicar la conducta lectora. El peso del factor personal es menor para representar a los malos lectores que a los buenos lectores, y mayor el factor contextual para el mal lector, considerando que pueden existir otros intereses para ocupar el tiempo libre y porque no interesa la lectura. Supone una reducción de la implicación personal de la no lectura, sobre todo en el grupo de lectores ocasionales y de no lectores.
Los resultados comparados obtenidos podrían explicarse psicológicamente desde el sesgo del favoritismo endogrupal, que consiste en una tendencia a expresar actitudes y comportamientos más favorables hacia los miembros del endogrupo que hacia los del exogrupo (Mullen, Dovidio, Johnson y Cooper, 1992).
La teoría de la identidad social (Tajfel y Turner, 1979, 1986) explica que este sesgo contribuye al mantenimiento de la autoestima. En el caso que nos ocupa, los sujetos no lectores muestran una tendencia más positiva hacia los no lectores que
el resto de los grupos, posiblemente para mantener su autoestima social aunque no lean, y es que, como afirma Alvira y cols. (2001, 21): “La lectura es una actividad bien valorada aunque no se practique”.