II. 1. 3 Moratoria Social y Juventud
II. 2 Generaciones
Cuando nos referimos a una generación destacamos que: por una parte comparten un rango de edad (por ejemplo, en este trabajo observamos a jóvenes nacidos alrededor de 1998 y del 2001), y por otra parte, observamos que los que comparten ese rango de edad comparten ciertos habitus (concepciones y prácticas sociales en el sentido de Bourdieu). En esta dirección aclaramos que: el hecho de haber nacido en un mismo tiempo y pertenecer a un rango de edad localizable estadísticamente, no permite aclarar porqué una generación tiene ciertas concepciones y prácticas sociales que los distinguen de otras generaciones. Como veremos, las condiciones socio-culturales de una época o momento histórico, son las que moldean los habitus de cada generación.
El concepto generación es central en esta investigación, en términos de observar continuidades y rupturas socio-culturales, en lo político, la sexualidad, la moralidad, la economía, la tecnología, etcétera. En este sentido cambiante de la cultura, podemos observar cómo las nuevas generaciones no comparten las mismas condiciones socio-culturales de sus padres.
Cada generación produce nuevas estructuras de sentido, e integra con nuevos significados los códigos culturales preexistentes. La generación nos habla de un grupo que se caracteriza por compartir una edad, pero no desde la biología, sino del plano de la historia. Generación no sólo es una coincidencia en la fecha de nacimiento, sino coexistencia frente a los estímulos de una época (Margulis, 2000, pp. 22-26). No obstante, la generación no es un grupo totalmente definido, la generación únicamente plantea a sus miembros mayores condiciones de probabilidad frente a la experiencia histórica (Margulis, 2001, p. 47).
A través de este apartado observaremos que, por un lado la nueva generación (los “recién llegados”) son considerados una especie de relevo o reemplazo social. Se espera que al llegar a la adultez se integren y aporten mejoras a la estructura social. Este es un discurso de progreso, en el que a pesar de que se espera de ellos lo mejor, también se espera cierta “desviación natural” de la normatividad; una desviación de la dirección adecuada, pero que con “la guía de adultos y mayores” serán “re-direccionados” a tomar responsabilidad y las riendas del progreso. De esta manera, los jóvenes son concebidos como protagonistas de la transformación, agentes de cambio social (Revilla, 2001, pp. 109-110). Por otro lado, los jóvenes encuentran una débil estructura que no les posibilita dicha integración, o que no coincide con la identidad que el mismo joven se encuentra construyendo. En esta dirección, los jóvenes han perfilado sus propias culturas, subculturas o contraculturas,41 principalmente a través de construir estilos de vida distintivos que
41Diferentes formatos culturales juveniles que abordaremos en el siguiente capítulo.
se enfrentan al rechazo y a las dificultades con las que se topan: limitaciones a la libre expresión, precariedad en educación y en empleo, la violencia entre el estado y el narco, represión política antidemocrática, discriminación por sexo y por género, discriminación por uso del cuerpo (discriminación por estilos de vida, por formas de caminar, de peinarse, de hablar, de comer, de expresar sus emociones, etcétera), entre una inmensa lista de dificultades.
No es lo mismo tener 17 a tener 27, ser hombre, mujer, intersexual, gay, lesbiana, masculino o femenino; no es lo mismo pertenecer a un sector popular, tener que trabajar para sobrevivir con un salario mínimo y no gozar de moratoria social, que pertenecer a un sector medio o alto y portar los símbolos dominantes de lo juvenil: estudiar una carrera o posgrado académico, contar con automóvil, viajar por el mundo, hacer deporte, consumir las tendencias de moda, ir al cine con la novia o el novio, etcétera. En los sectores populares o rurales estos signos de la juventud urbana “ideal”, tan comúnmente retratados en los medios de comunicación, es algo que a duras penas se alcanza, la mayoría de las veces permanece como anhelo, se deposita en la imaginación profundamente y llega a crear ansiedad. En este sentido, clase social, sexualidad, género, religión, cultura urbana o rural, son condiciones transversales, que junto con generación, moldean el proceso de construcción de identidad juvenil.
La noción de generación en el pensamiento social contemporáneo ha tomado importancia en tres momentos históricos (del siglo XX): 1. En el marco político de las entreguerras a principios del siglo XX, 2. En la década de 1960, en el periodo de protestas y contracultura, y 3. En los últimos años del siglo XX y a principios del siglo XXI, con el auge y el surgimiento de la sociedad red (Feixa, 2014, pp. 47-48). Cada uno de estos momentos corresponde a diferentes generaciones.
En la última generación, la importancia de las nuevas tecnologías ha posicionado en el centro al sujeto juvenil, como expertos en la tecnología digital, y por lo tanto guías e innovadores sociales clave, a diferencia de la generación anterior desconectada de la tecnología. Lo que corresponde a un modelo generacional prefigurativo, donde los jóvenes tienen en gran medida control socio- cultural, y polo contrario del modelo postfigurativo de principios del siglo XX, en el que los jóvenes eran totalmente guiados por los adultos y mayores.
Karl Mannheim (1993) señala que para el pensamiento francés positivista, en el sentido ideal-típico, y procedente de la ilustración, el problema de las generaciones se relaciona directamente con las preocupaciones del progreso social rectilíneo. Mientras que para el historicismo romántico alemán, el problema de las generaciones se sitúa en la dimensión cualitativa del interior de la vida y del espíritu del sujeto. Para el positivismo francés las generaciones se piensan sobre las bases cuantitativas de la mensurabilidad del tiempo de vida y la sucesión generacional (Mannheim, 1993, p. 198). Mannheim señala que para Auguste Comte, la
clave para satisfacer el carácter rectilíneo del progreso se encuentra en el problema de la continuidad entre generaciones. Comte quería: “iluminar las propiedades y el tempo del progreso… y barajaba para ello la posibilidad de que se diesen unos datos básicos distintos en la sucesión de generaciones y en la duración media de la vida de los hombres” (Mannheim, 1993, p.
194). De esta manera si la vida del individuo social se alargaba o acortaba, la velocidad y ritmo del progreso también se verían afectados. Bajo la analogía positivista de la sociedad como un cuerpo de órganos relacionados mecánicamente, Comte plantea que cada generación dura alrededor de unos 30 años de media. Un tiempo biológico producto del nacimiento, el envejecimiento y eventualmente la muerte, que fundamentaría la velocidad del progreso social.
Comte se afanó por encontrar una ley general del ritmo histórico en relación a la duración de la vida de los hombres, poniendo central atención en las etapas de las edades, para entender el proceso del progreso humano a partir de la esfera biológica (Mannheim, 1993, p. 195). Comte planteó una concepción positivista-mecánica y exteriorizada del tiempo de duración de las generaciones; el progreso resultaba del equilibrio entre la continuidad de éstas. Las nuevas generaciones sustituirían a las anteriores gracias al equilibrio rítmico de un tiempo medio de duración generacional (Feixa, 2014, p. 49). Las teorías de la continuidad generacional de Comte influenciaron el liberalismo francés, quienes concibieron el tiempo de manera positivista- mecanicista, procurando hallar un patrón cuantitativo y mensurable para medir el progreso lineal (Mannheim, 1993, pp. 198-199).
Pero ¿qué pasaría si esta continuidad se rompe?. Mannheim señala que Hume ya había planteado el problema cuantitativo de la sucesión generacional. Hume imaginaba el cambio generacional, suponiendo una analogía de repentino cambio, como la de la oruga que se convierte en mariposa, imaginaba que si una generación desapareciera de golpe, y una nueva apareciera de golpe, se produciría una alteración de las condiciones existenciales que posibilitaría la constante reconfiguración de la forma del estado sin necesidad de atender a ningún predecesor ni a sus leyes, ni mucho menos llevarlas a la práctica. Mannheim señala: “si vemos la necesidad de preservar nuestras formas de gobierno es tan sólo porque la humanidad se presenta –en la configuración efectiva de sucesión de generaciones- como un continuo flujo, de modo que cada vez que alguien muere ya ha nacido otro para reemplazarle” (Mannheim, 1993, p. 194). Mannheim argumenta que Wilhelm Dilthey, y su postura histórico-romántica de las ciencias del espíritu, a diferencia de Comte, se contrapone al enfoque de la mensurabilidad cuantitativa de las generaciones. Dilthey señala que las generaciones se comprenden a través de la exclusividad cualitativa del tiempo interior de la vivencia (Mannheim, 1993, p. 199). Para Dilthey las generaciones cobran un sentido más profundo que el de la mensurabilidad cronológica, el ritmo entre generaciones no es asunto
central, lo que interesa es la contemporaneidad. Los individuos que crecen bajo las mismas influencias de la situación política, y que comparten pautas culturales, construyen una generación, una contemporaneidad. Más allá de significar un dato cronológico, la contemporaneidad significa compartir influencias similares. El momento se comparte con los coetáneos. Cada individuo vive con gente de su edad, y de otras edades, en una misma calidad de tiempo, comparten un mismo conjunto de experiencias históricas, no obstante bajo una inmensidad de posibilidades que hacen que para cada individuo ese mismo tiempo sea entendido y experimentado de manera diferente.
Bajo la analogía musical de la polifonía, en cada punto histórico y en cada generación coexisten múltiples voces particulares (Mannheim, 1993, pp. 200-201). Dilthey indica que primero destacan las condiciones sociales, y la posición social del individuo, antes que los fenómenos elementales biológicos (nacimiento, reproducción, envejecimiento, muerte, etcétera) (Mannheim, 1993, pp.
209-210). Para Dilthey las generaciones son identificables al analizar las relaciones de contemporaneidad, y señala que los grupos de gente tienen una mayor maleabilidad durante la juventud en cuestiones de identidad (gustos, ideologías intelectuales y políticas, etcétera); la gente en sus años de “mayor maleabilidad” son “propensos” a influencias históricas.
Para comprender la contemporaneidad generacional es necesario tomar en cuenta la interpretación subjetiva del tiempo, lo que destaca un tipo de tiempo humano concreto y continuo en relación al tiempo abstracto y discontinuo de la naturaleza. Pues el humano posee una conciencia del continuo temporal producto de la memoria socio-histórica acumulada, que da coherencia a la totalidad histórica.
Para Mannheim lo que configura en general a una generación, no es compartir una fecha de nacimiento y por lo tanto un rango de edad, eso sería únicamente algo potencial y secundario.
Lo central es la contemporaneidad, un proceso histórico compartido en el que los jóvenes experimentan marcadamente sus circunstancias. Los jóvenes comparten acontecimientos de continuidad y ruptura histórica. Que interpretan desde una edad clave en la formación de identidad;
una edad crucial en el proceso de socialización donde los esquemas de interpretación de la realidad todavía no alcanzan rigidez (Feixa, 2014, pp. 50-51). En este sentido histórico, y de posibilidades individuales, “cada individuo inscribirá su historia personal en diferente medida con una historia más amplia” (Feixa, 2014, p. 54).
A través de su antropología relativista y comparativa, entre las comunidades de Nueva Guinea y la sociedad estadounidense, Margarte Mead (1980) distinguió tres tipos de culturas que corresponden a tres arquetipos de continuidades y discontinuidades generacionales: 1. La cultura postfigurativa, que principalmente se presenta en sociedades primitivas y pequeños reductos religiosos, las cuales extraen su autoridad del pasado, y las figuras autoritarias son los adultos y
mayores, 2. La cultura cofigurativa , que se presenta en sociedades que “… necesariamente han desarrollado técnicas para la incorporación del cambio”, recurriendo a formas de aprender del presente a partir de los pares aprendices y los condiscípulos, y 3. Las culturas prefigurativas, que surgieron después de la segunda guerra mundial, donde la nueva generación asume una nueva posición de autoridad mediante la captación de un futuro que se presenta desconocido e incierto (prefiguración) (Mead, 1980, p. 35).
Mead señala que la cultura postfigurativa típica es la de las comunidades aisladas, estas comunidades valoran mayormente el pasado, y es sólo a partir de los recuerdos acomodaticios de sus miembros que se conserva la historia del pasado (Mead, 1980, p. 53). En este tipo de sociedades donde se carece de anales complejos como la escritura o los monumentos históricos, cada pequeño cambio se presenta como transformador de la memoria social, cada pequeño cambio debe ser perpetuado. En este tipo de sociedades la cultura permanece siglos sin modificaciones, solamente un violento impacto del exterior, como una catástrofe natural o una invasión, puede alterar o romper la continuidad entre generaciones (Mead, 1980, p. 36). Los miembros de estas sociedades comparten la trayectoria de vida de sus antecesores, cada persona según su edad y su sexo corporiza la totalidad de su cultura (Mead, 1980, p. 37). La cultura postfigurativa se presenta en la continuidad de tres generaciones, los adultos pueden ver a sus padres que los criaron mientras ellos crían a sus hijos bajo las mismas formas que ellos fueron criados. No es que cada joven llegue a ser una copia exacta de sus padres y abuelos. En la medida en que se consiga ser tan valiente o paternal, tan ingenioso o generoso, como lo estipulan las normas culturales transmitidas a través de cada generación, serán considerados distintivamente miembros de su cultura, “… en medio de su fracaso es un miembro más de su cultura, en la misma medida en que lo son otros en medio de su éxito” (Mead, 1980, p. 39). En las culturas postfigurativas, los hijos siguen a los adultos y mayores. Padres y abuelos son referentes únicos de autoridad. En las sociedades de cultura postfigurativa las condiciones sociales son generalmente rígidas y determinadas por origen, edad, sexo, rango, linaje, lugar de nacimiento y de residencia. Los ritos de paso entre adolescencia y adultez se realizan mecánicamente bajo la supervisión de los adultos y mayores. Cabe señalar, que las relaciones intergeneracionales no son necesariamente apacibles, “en algunas sociedades se prevé que cada generación debe rebelarse, mofarse de los deseos explícitos de los ancianos y arrebatar el poder de los hombres de más edad.” (Mead, 1980, pp. 51-52).
Carles Feixa señala que la generación postfigurativa es análoga a la metáfora del reloj de arena utilizado en la antigüedad. La metáfora del reloj de arena simboliza el carácter generacional cíclico de las generaciones postfigurativas. La necesidad funcional de voltear el reloj constantemente para que la arena pueda caer, simboliza la repetición generacional y el carácter
cíclico, representa la continuidad de la reproducción social siempre bajo las mismas condiciones y procesos estructurales, completándola rueda genealógica generacional. Feixa (2014, p. 106) señala:
… cada individuo pone en movimiento su reloj a partir de una serie de condiciones sociales de partida relativamente rígidas y determinadas por su origen: la edad, el sexo, el rango, el linaje, así como el lugar de nacimiento y de residencia…Estas marcas se transmiten a partir de tres grandes instancias sociales (la familia, la comunidad y las estructuras de poder)… Todos estos elementos convergen de manera natural en el momento del rito de paso, que suele coincidir con la pubertad física o social, y acostumbra a marcar el tránsito a la condición adulta. Ésta suele estar limitada a los varones e incluso a los provenientes de determinados rangos sociales. Tras el rito de paso… éste ingresa en la sociedad con un nuevo estatus laboral, matrimonial, reproductivo, político y festivo. El consumo cultural juvenil se limita a este último espacio el lúdico... Cuando el ciclo se acaba se da vuelta al reloj de arena…
Los tipos culturales de Mead se encuentran presentes en la cultura urbana a la que pertenecen los jóvenes de este trabajo, podemos encontrar los tres tipos dentro de una misma sociedad. En la cultura urbana, la modalidad postfigurativa persiste en instituciones como las escuelas, el ejército, la iglesia, y el mundo laboral obrero. En estas instituciones las estructuras de autoridad se han asentado rígidamente. La edad o veteranía sigue siendo guía de los jóvenes, la innovación cultural generacional es reprimida (Feixa, 2014, p. 105).
El tipo cultural cofigurativo es aquel en el que el modelo prevaleciente para los miembros de una sociedad reside en la conducta de sus contemporáneos. En este tipo de cultura los hijos aprenden sobre todo de sus coetáneos, quienes representan un nuevo referente autoritario, presentan innovaciones culturales de manera cofigurativa, con constantes modificaciones a las trayectorias de vida, condiciones biográficas y ritos de paso de las generaciones anteriores (Feixa, 2014, p. 109). Los hijos ven en sus abuelos trayectorias de vida que nunca seguirán, sin embargo los jóvenes saben que si ellos hubieran estado bajo las mismas condiciones y entorno social que sus abuelos, serian iguales a ellos (Mead, 1980, p. 68). La cofiguración se posibilita bajo circunstancias sociales en las que la experiencia de la generación más joven es radicalmente distinta a la de sus adultos y mayores. Los jóvenes deben desarrollar nuevos estilos de vida en relación directa a su propia experiencia generacional, y proporcionan modelos culturales para sus propios pares (Mead, 1980, p. 69). El ejemplo típico de cultura cofigurativa es el de los
inmigrantes, la inmigración a Estados Unidos o Israel caracteriza el tipo de absorción cultural que obliga a las generaciones más jóvenes a adoptar conductas totalmente distintas a la de sus antepasados. En el caso de Israel, los inmigrantes de Europa Oriental no veían en sus mayores figuras de autoridad ni guías, “Los trataban con el respeto menguado que se acuerda a quienes ya no disfrutan de poder y con una especie de negligencia que ponía de relieve el hecho de que los viejos ya no eran los custodios de la sabiduría ni los modelos para la conducta de los jóvenes.”
(Mead, 1980, p. 68). Los mayores son el pasado que quedo atrás, la aparición de discontinuidades generacionales deja a los más jóvenes desprovistos de la asesoría de los mayores experimentados, obligadamente deben recurrir a la orientación mutua (Mead, 1980, p. 71). En la cultura urbana (en la que se realiza este trabajo) el tipo cultural cofigurativo persiste en aquellas instituciones en las que la estructura de autoridad se reparte entre las diferentes generaciones, de tal manera que infancia, juventud, adultez, vejez corresponden a juego, ocio, trabajo-familia, y jubilación.
Carles Feixa señala que la generación cofigurativa es análoga a la metáfora del reloj mecánico, que funciona al darle cuerda manualmente y al echar a andar su mecanismo. Este funcionamiento simboliza el proceso de inserción social, la socialización correspondiente a la trayectoria lineal: infancia-juego, juventud-educación, adultez-trabajo-familia, vejez-jubilación.
El paso de las manecillas alrededor del reloj simbolizan el paso del individuo por diferentes estilos de vida al paso de su vida, poniendo de manifiesto: “…la ruptura del monolitismo cultural prevaleciente en las culturas postfigurativas, con la aparición de códigos segregados según los grupos de edad… ” (Feixa, 2014, p. 110). Diferencias en el lenguaje, estéticas, éticas, producción cultural y las actividades focales. Que posibilitan las condiciones para la emergencia de categorías de edad y culturas basadas en la edad (Feixa, 2014, pp. 109-110).
Cabe señalar, que las características y demás rasgos que definieron a lo juvenil a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, principalmente bajo la imagen del estudiante de clase media y alta (gozar de moratoria social y tiempo de ocio), actualmente, a principios del siglo XXI, se pueden observar a lo largo y ancho de otros rangos de edad. En este sentido, las edades modifican sus características como instituciones. La juventud se ha mitificado, y se ha convertido en un criterio de éxito y en una moda susceptible de ser generalizada por toda la sociedad. Uno de los ejemplos más claros es el de la atracción multi-generacional hacia novedosos géneros musicales.
Andy Bennett (2007) señala que nuevas sensibilidades, cambios de percepción y actitud ante el envejecimiento están emergiendo en las sociedades occidentales. Aquellos sujetos entre la edad media y la vejez buscan una apariencia y el estilo de vida juvenil, buscando continuidad generacional en términos de actividades de ocio y del tiempo libre. Los empresarios culturales han puesto en la mira a los diversos públicos por edad, diseñando y dirigiendo productos y servicios a