3.1 Del diario al libro
3.1.1 El impacto de los semanarios ilustrados en los libros de Manuel Bernárdez
Un salto cualitativo en cuanto a la composición gráfica de los libros de los primeros periodistas viajeros se observa en las ediciones que reúnen las crónicas de las giras que Manuel Bernárdez realizó para El Diario, en el primer lustro del siglo XX. El primero se titula De Buenos Aires al Iguazú. Crónicas de un viaje periodístico a Corrientes y Misiones y lleva el sello editorial de la Imprenta de “La Nación”, con fecha de 1901. Más de ochenta fotografías de un nutrido grupo de autores, incluido el mismo Bernárdez, ilustran el libro que se presenta como un trabajo de divulgación orientado especialmente al incipiente turismo de la región y a la promoción de su principal atractivo, las cataratas del Iguazú. “Libro para ser leído mirándolo” (Bernárdez, 1901: XI), publicado a instancias del entonces ministro de agricultura Martín García Mérou, contiene tal abundancia de imágenes que en el prólogo se lo denomina alternativamente “portfolio de viaje”, “álbum” e “iconografía”. Una segunda edición, del mismo año, informa del éxito sorpresivo de la anterior e incorpora una carta-
130 prólogo de Miguel Cané y unos párrafos de otra extensa carta del Dr. Francisco P. Moreno avalando la obra.
Eduardo Romano ubica, a partir de la década del noventa, un nuevo régimen de lectura determinado en un principio por los Almanaques y luego por los semanarios ilustrados, en el que prevalece como rasgo característico la conjunción del lenguaje icónico-verbal. Asimismo advierte un incipiente avance de las imágenes en algunos libros donde estas empiezan a disputarle espacios a la palabra (Romano, 2004: 150). Si bien los diarios no estuvieron a la vanguardia de este proceso (recién en el novecientos comenzaron a ilustrar sus páginas con fotografías, mientras que la publicaciones periódicas de menor frecuencia comenzaron a hacerlo hacia 1885), el auge de las revistas ilustradas como Caras y Caretas de Buenos Aires (que apareció en agosto de 1898) puso en evidencia, en tanto factor de competencia, cierto
Tapa y páginas interiores de De Buenos Aires al Iguazú (1901) de Manuel Bernárdez.
131 envejecimiento del soporte material periodístico asociado a limitantes técnicas, que motivó tanto proyectos de renovación de maquinarias como decisiones comerciales estratégicas.
Una de estas fue la de lanzar suplementos semanales con gran despliegue gráfico, como es el caso de La Nación en 1902, lo cual revelaba claramente la intención de los diarios de incursionar en el terreno del magazine (Rogers, 2004). La relación de Caras y Caretas con los diarios (con quienes compartía en muchos casos parte del elenco profesional) produjo una dinámica de transformación incesante. La revista, que también incluía dentro de su carácter misceláneo notas informativas donde abordaba hechos de actualidad social, política y cultural, ofrecía el plus de las ilustraciones fotográficas cuando los diarios no se encontraban aún en condiciones de hacerlo, lo cual garantizaba el interés adicional de los lectores.
En 1901, El Diario, dirigido por Manuel Láinez, encara un proceso de renovación tecnológica con la incorporación de una moderna maquinaria de impresión, la linotipia, construida en Estados Unidos por la empresa que llevaba el nombre de su inventor:
Mergenthaler. Junto con la compra de esta máquina anuncia la instalación de un taller de electrograbado y galvanofotografía, así como de un estudio fotográfico de avanzada, con el fin de perfeccionar y multiplicar la frecuencia de sus ilustraciones. Entre las nuevas máquinas adquiridas, se destaca una prensa múltiple que permite imprimir de una sola vez un diario de 24 páginas con tres colores diversos más el negro en la misma operación y con una rapidez de 24.000 números por hora. El proyecto apunta también a ofrecer una edición dominical ilustrada, económica y variada.183
183 “El Diario. Sus transformaciones y progresos. Material ultra-moderno. Máquinas prodigiosas. La impresión en colores. Una edición del domingo. Las ediciones diarias mejoradas. Agencias en París, Londres y Nueva York”, El Diario, 8 de marzo de 1901; “Los progresos de la imprenta. Nuestra contribución”, El Diario, 1 de abril de 1901.
132 Tapa del suplemento de El Diario, sábado 3 de enero de 1903.
133 Los resultados de estos cambios se materializan al año siguiente con la aparición de un suplemento sabatino en formato tabloide, donde el espacio dedicado a la información gráfica o ilustrada proporciona la nota dominante. Atrás quedaba la polémica sostenida con Caras y Caretas, apenas dos años antes, a propósito del uso de la fotografía, cuando El Diario arremetió contra la indiscreción de los fotógrafos de los magazines y la mala calidad de sus reproducciones.184
Del avance de las imágenes en las páginas del diario resultaron beneficiarias directas las crónicas de las giras periodísticas de Manuel Bernárdez, motivadas casi invariablemente por la expansión de las obras públicas a lo largo del país durante el ministerio de Emilio Civit, quien estuvo al frente de la cartera de Obras Públicas en la segunda presidencia de Julio A.
Roca.
La publicidad de los actos inaugurales de estas obras de gobierno, tales como ferrovías, puertos, canales de desagüe, aguas corrientes, cloacas, diques de regadío, etc., absorbió la tarea periodística de Bernárdez entre 1900 y 1904, como se verá en el análisis específico incluido en el siguiente capítulo. Además visitó ingenios, frigoríficos, colonias, viñedos, bodegas y establecimientos ganaderos recorriendo gran parte del territorio nacional para divulgar el patrimonio argentino, el progreso de sus industrias y los avances de las comunicaciones y medios de transporte. Las lujosas ediciones de los Talleres Heliográficos de Ortega y Radaelli que recopilan en libro las giras periodísticos de Bernárdez, casi inmediatamente después de su aparición en las columnas de la prensa, hablan por un lado de la trama de intereses que conectaba a la empresa periodística con el gobierno de Roca, y por otro, en lo atinente a su composición gráfica, del modelo triunfante de Caras y Caretas que imponía su diseño característico a estos libros nacidos al amparo de la prensa diaria.
El establecimiento de Ortega y Radaelli, fundado en 1901, se convirtió en pocos años en uno de los talleres más importantes de la ciudad de Buenos Aires, abarcando las publicaciones periódicas y los folletos de gran tiraje como parte de su producción central. La confección de las revistas, con escaso margen de tiempo entre número y número, gran cantidad y alta calidad de material tipográfico y de ilustración, sumado al creciente volumen de tiraje exigía una modernización técnica constante (Badoza, 2001). En 1904, Caras y Caretas anunció la adquisición de una nueva máquina rotativa especial para ilustraciones por
184 Véase la intervención de Eustaquio Pellicer en la sección “Sinfonía”, Caras y Caretas, nº 83, Buenos Aires, 5 de mayo de 1900.
134 parte de su casa editora, la misma Ortega y Radaelli, que podía imprimir hasta 10.000 ejemplares por hora y que le permitía hacer frente a la demanda creciente de la revista, que acusaba por entonces un tiraje de 80.000 ejemplares semanales.185
No extraña, entonces, que sea esta casa la responsable de la impresión de los libros recopilatorios de Bernárdez. Santa Fe (1902), dedicado a las celebraciones con motivo de la inauguración de la obras del puerto de Rosario, incluye 200 grabados en negro y en colores más dibujos decorativos de Martín Malharro. La Nación en marcha (Viajes por la República Argentina) (1904) –que compila giras periodísticas por el norte del país, Cuyo, los ríos Paraná y Uruguay, el sur bonaerense y las islas del Tigre, más las coberturas periodísticas del primer viaje alrededor del mundo de la fragata Sarmiento y de la expedición antártica de la corbeta Uruguay– acredita en su portada el copioso material fotográfico y cartográfico que exhibe en cada una de sus páginas: “Clichés del autor y de los señores Pereyra Iraola, Merkwitz, Capitán Scott (de Ledesma), Wiaggio, Peralta (de Salta), Velarde, Guasch, Olds, ‘Caras y Caretas’, ‘El Diario’, ‘El Gladiador’, Ministerio de Obras Públicas, Bixio, Molina Civit, ‘Luz y Sombra’ (de Dolores), etc.”. A este listado incompleto deben agregarse las colaboraciones fotográficas especiales y los dibujos de Malharro, Castro Rivera y Serra, para dimensionar el peso del material gráfico en estas ediciones. La cita también informa de esta zona de cruce que se produce en el libro, donde el contenido icónico-verbal del diario se potencia con la incorporación de clisés de imprenta tomados, en muchos casos, de los magazines ilustrados.
Complementa al libro anterior otro que lleva por título Hacia las cumbres (Jornadas del progreso argentino) (1905), que incorpora al abigarrado conjunto de crónicas de Bernárdez las del periodista Arturo Giménez Pastor, más sendos apartados dedicados a los discursos del ministro del Interior, Joaquín V. González, con idéntica profusión de material fotográfico.
185 “La rotativa para ‘Caras y Caretas`. Progreso de la industria argentina”, Caras y Caretas, nº 293, 14 de mayo de 1904.
135 Páginas interiores y desplegables del libro Hacia las cumbres (1905), de
Manuel Bernárdez.
136 Este sucinto relevamiento informa de otra faceta de la producción de los periodistas viajeros, que se vincula al conocimiento del territorio argentino y a la difusión de sus patrimonios y obtiene de esta función característica un valor perdurable, que justifica el salto de las columnas del diario a las páginas del libro. Así lo reconocían figuras consagradas del mundo intelectual contemporáneo como Bartolomé Mitre en el prólogo a La Australia argentina (“Sus páginas sueltas, popularizadas por el diarismo, serán leídas y estudiadas con provecho por propios y extraños, cuando se presenten al público en la forma definitiva del
Página desplegable del libro Santa Fe (1902), de Manuel Bernárdez.
137 libro, por cuanto satisfacen una necesidad vital”) o Francisco P. Moreno, en la carta que prologa De Buenos Aires al Iguazú. El célebre expedicionario y perito señalaba allí la ignorancia europea con respecto a la República Argentina y la necesidad imperiosa de alentar propagandas persuasivas, sugerentes y eficaces.186
Un agudo comentarista de la época ponía en perspectiva el éxito del libro de Bernárdez frente al alicaído panorama del circuito de la cultura letrada, en el que la escasez de títulos y la limitación del consumo marcaban la pauta:
Desde luego surge la observación de que el libro puramente literario ha dejado de ser viable, o no ha llegado a serlo todavía. Después de las tentativas de Cambaceres, Cané y algún otro (…), la prosa exclusivamente literaria, sobre todo en volumen, desapareció del mercado. El diario y el periódico respondían mejor a la época o a las condiciones del medio. La actividad febril, más o menos convencional, reclamaba lectura fácil, superficial, rápida; lectura de pasatiempo, de tranvía, de lunch o de sala de espera. (…) En medio de esta decadencia del volumen literario, aparece un buen día De Buenos Aires al Iguazú; se ha tocado un registro nuevo; la obra consigue interesar al público y su éxito descubre una rica vena (…). El libro descriptivo, de propaganda nacional, realizado con brillantísimo colorido y gallardo empuje por el acertado instinto práctico de Bernárdez, viene a responder en grata forma al criterio de la obra positiva; halaga el amor propio argentino, estimula el afán de especulación, revelándole grandes panoramas de tierra prometida, magnificencias naturales que piden solo el reclamo del espíritu de empresa y la fecundación del trabajo para traducirse en soberbios rendimientos de opulencia. Es el libro argentino del momento; da un entusiasta eco al poderoso y audaz despliegue de las fuerzas económicas en plena acción.187
En una época en la que el libro es el gran marginado en una sociedad en la que el dominio de los códigos de lectura y escritura se vuelve mayoritario (Prieto, 1988: 44), las crónicas de viaje periodístico de Bernárdez parecen dar con una alternativa viable en la combinación de los códigos de la prensa periódica con el despliegue icónico de los modernos magazines: libros que se leen con placer y se admiran, libros que entran por todos los órganos del entendimiento, según un suelto crítico de Lucio V. Mansilla.188
186 Francisco P. Moreno, “Cuestiones argentinas”, La Nación, 6 de octubre de 1901.
187 “Las letras argentinas. El momento literario. Energías y tendencias. La evolución del rumbo. Rumbos y desviaciones”, El Diario, 4 de julio de 1904.
188 Véase: Lucio V. Mansilla, “Sobre libros, hombres e ideas”, El Diario, 21 de mayo de 1904.
138 3.2 Payró y Fray Mocho: entre la gira periodística y la imaginación literaria
¡El diario! Yo le oigo maldecir y sé que se le pinta como la galera de los intelectuales, como el presidio de los literatos, como la tumba de los poetas. Y es a mí ver injusto de toda injusticia ese cargo. Pues si el trabajo continuado sobre asuntos diversos no nos hace ágiles y flexibles en el pensar y en el decir, ¿qué nos hará entonces?
Rubén Darío
“Introducción a Nosotros por Roberto J. Payró” (La Nación, 1896)
Buena parte de los corresponsales viajeros tratados en los dos capítulos precedentes desarrollaron, en forma paralela a su labor periodística, una producción literaria de alcance y relevancia dispar. Si bien la obra de Roberto J. Payró se destacó por sobre el resto, debido a su amplia difusión y a la variedad de estudios críticos que propiciaron la incorporación de su autor al canon de la literatura nacional, una indagación minuciosa permite reconstruir un nutrido conjunto de cuentos, novelas y piezas dramáticas que alternaron con los escritos estrictamente periodísticos. Muchos de estos textos fueron publicados en los mismos diarios en que sus autores desempeñaban funciones habituales como reporters, cronistas o redactores. En La Nación se dieron a conocer algunos cuentos de Benigno Lugones; folletines de José Ceppi; cuentos, novelas y obras de teatro de Roberto J. Payró; mientras que El Diario publicó narraciones de Manuel Bernárdez y de Arturo Giménez Pastor. La aparición de Caras y Caretas significó la conformación de un espacio aglutinante para muchos de estos periodistas que encontraron además en el semanario ilustrado un canal eficaz donde difundir sus trabajos de índole literaria. Lo mismo puede decirse de los hebdomarios fundados y dirigidos por quienes firmaron muchas de las crónicas de viaje periodístico aquí analizadas: La Nueva Revista, Arlequín, P.B.T., La Vida Moderna.
El propósito de este apartado es indagar la relación que se entabla entre los textos literarios y las crónicas periodísticas de viaje al interior del país. Se recorta para ello un segmento de la obra literaria de Fray Mocho y de Roberto J. Payró, cuya lectura en relación al modelo del viaje periodístico permite, por un lado, pensar la consolidación de los procedimientos de este último y su disponibilidad para un uso ficcional, y por otro, indagar los modos en que las ficciones se construyeron a partir de la trama documental de las crónicas, las complementaron y produjeron nuevas lecturas de sus contenidos.
139 Sin haber sido corresponsal viajero, Fray Mocho se desempeñó como reporter policial y parlamentario antes de publicar dos libros decididamente consustanciados con el formato del viaje periodístico: Un viaje al país de los matreros (1897) y En el mar austral (1898). Por su parte, numerosos cuentos y obras de teatro de Roberto J. Payró se conectan con sus crónicas, reelaboran tópicos o incorporan recursos formales, de manera consecuente con la intensidad y frecuencia que tuvieron sus viajes como enviado especial de La Nación.
Además, su caso se distingue por la repercusión que tuvieron estas giras periodísticas a lo largo de toda su obra, como revela el hecho de que su última pieza teatral (Alegría, 1928), escrita en el transcurso de la enfermedad que acabaría con su vida pocos días después de completado el texto dramático, retoma el ambiente y los personajes bosquejados en La Australia argentina treinta años atrás. Si Payró explotó principalmente el potencial narrativo de los relatos e historias acuñados en sus giras, Fray Mocho apeló al modelo enunciativo del reporter viajero para tramar un universo donde los límites entre testimonio y ficción se difuminan en el juego con los estatutos discursivos del periodismo y la literatura.