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La trama documental de una novela política: episodios pagochiquenses

3.1 Del diario al libro

3.2.3 La trama documental de una novela política: episodios pagochiquenses

152 novela: “Si los gobiernos que tienen playas auríferas conocieran sus intereses, pronto fijarían esa población flotante: no tendrían sino darle facilidades para establecerse con el capital que sacaran de los lavaderos…” (1898: 111). Pero puso estas palabras en boca de un marinero dinamarqués, comerciante de coco y carey en las islas de la Polinesia, lobero en Malvinas, y aventurero de todos los mares. Con este recurso, contrabandeó un reportaje en los pliegues de una novela de viajes, del mismo modo que disfrazó a un reporter viajero de narrador- polizón.

153 serie de alzamientos revolucionarios sin precedentes, ocurridos durante la convulsionada presidencia de Luis Sáenz Peña entre octubre de 1892 y enero de 1895.214

Pago chico, centralmente, pero también las novelas El casamiento de Laucha y Las divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira recrean muchos de los cuadros de provincia entrevistos en las giras periodísticas. Un ejemplo lo suministra la historia de Laucha, quien perdido por su afición al juego dilapida la renta segura de un negocio lucrativo (truco, taba, riñas, carreras, licor adulterado) en el que el comisario “no se llevaba más que la mitad de la coima” (1906: 87). En un episodio central del relato, Laucha participa de una carrera de potrillos cuyo final polémico es resuelto juiciosamente por el comisario Barraba, “que sabía a veces presentarse a cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo ni peleas” (88).

El deshonor del pícaro desenmascara el deshonor de la sociedad. El antecedente real de la anécdota se encuentra en el capítulo IV de las crónicas bonaerenses, “La gran timba”, dedicado a la pasión y el negocio del juego que corroe a la provincia, donde Payró se explaya sobre la connivencia de las autoridades con el “pueblo bajo”, desplegando un anecdotario que no le va en zaga al texto de ficción.

Otro ejemplo lo proporcionan los negociados de la municipalidad de Los Sunchos, pueblo natal y escuela de corrupción de Mauricio Gómez Herrera, el protagonista de Las divertidas aventuras. La administración política de Los Sunchos reúne la suma de prácticas venales que el periodista había relevado en su recorrida por la provincia de Buenos Aires hacia 1892. El negociado con el impuesto de guías por la movilización y transporte de ganados es el primer escalón en la carrera de Mauricio como empleado municipal. De ahí extrae esta máxima de buen gobierno que define con simpleza práctica la corrupción municipal: “encauzar todo mal irremediable” (1911: 84). Para conocer en detalle esta defraudación al fisco hay que remitirse al noveno capítulo de “En los dominios platenses”, correspondiente al pueblo de Dolores, donde se transcribe un informe al presidente del concejo deliberante que denuncia esta práctica en un episodio que concluye con la previsible indiferencia de los representantes de la cámara.

Pago Chico pone en escena el funcionamiento de la política criolla en la base de la pirámide que sustenta el poder: la dirección política limitada a un puñado de notables, la representatividad basada en los lazos familiares y la cooptación, un sistema de prebendas

214 Véase el apartado “Cerca de la revolución” del capítulo 2 de la tesis.

154 administrado a partir de relaciones de compadrazgo, nepotismo y clientelismo, el imperio de las lealtades personales, el fraude y el uso de la fuerza bruta.

Donde se traman de modo más intrincado las crónicas con los cuentos es en el capítulo titulado “Las memorias de Silvestre”. Allí el boticario opositor, Silvestre Espíndola, redacta una serie de informes para un periodista de Buenos Aires que se afana en el estudio de la política y la administración de los pueblos de campaña. Los apartados del cuento, que van reproduciendo estas cartas e informes, recurren a temáticas, episodios y citas textuales de las crónicas bonaerenses: los votantes que no se mueven de sus casas (“Comicios baratos”), el negocio del abigeato (“Barraba y la isla misteriosa”), el garrotazo al secretario de la Unión Cívica (“Curación milagrosa”). El último apartado del cuento es una síntesis escrita por el periodista porteño, basada en el epistolario de Silvestre, que lleva por título “Psicología gubernativa” y no es otra cosa que una reproducción textual, con leves modificaciones, del Capítulo X de “En los dominios platenses”: “En que se leerán algunos apuntes que pueden servir para la monografía de las autoridades de campaña”. El título mismo de la crónica reviste un carácter anticipatorio del uso que Payró le dará pocos años después a estos apuntes; semejante prolepsis no puede sino derivar de la conciencia del autor de la potencialidad narrativa latente en las crónicas. Así lo expresa en la entrega final de la serie, que lleva el sugestivo subtítulo de “Puntos suspensivos”: “Una cartera que tengo, llena de apuntes, de perfiles, de notas marginales, etc., me da la convicción de que reanudaré la tarea, si esto no cambia, que ha de cambiar.”215 Pago Chico puede leerse como esa reanudación si se considera la reelaboración y transcripción de los materiales publicados originariamente en La Nación que forman parte de su proceso de escritura.

El epílogo retoma implícitamente los orígenes periodísticos del volumen de cuentos, en la referencia al conjunto como “crónica” de una era pagochiquense y como “colección de documentos”: “Quiere esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de documentos y notas atinentes a la vida política, intelectual, social, moral, etc. de Pago Chico” (1908b:

265). Asimismo estas palabras de cierre proponen un pacto de lectura en el que la ficción debe entenderse como una construcción basada en referentes reales. Múltiples apelaciones al lector apuntan en esta dirección: “quizá algún lector lo haya oído [el cuento] ya, pues se hizo famoso en aquel tiempo”; “Aún puede verse –si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada mano no lo destruyó en La Plata, donde fue a golpear las

215 Julián Gray (pseud. Roberto J. Payró), “¡Buenos Aires! Puntos suspensivos”, La Nación, 12 de enero de 1893.

155 puertas de la sorda justicia.” (1908b: 40 y 80). En la tensión entre el discurso ficcional y el periodístico se construye un estilo, como afirma Beatriz Sarlo (1984: XXIV), basado en un pacto de lealtad con el público que asegura una relación “veraz” con el referente, lealtad hacia las fuentes de los datos (orales, escritas, actuales o pasadas) y hacia la lengua que se ha escuchado y que se registra. Lo que aquí se denuncia ocurrió y puede continuar ocurriendo en otros pueblos como este, parecen reiterar las apelaciones del narrador de Pago Chico, respaldado por la investigación periodística entramada en los hilos de la ficción.