3.1 Del diario al libro
4.1.2 Río era una fiesta
186 estas crónicas, dominadas por el protagonismo de la figura presidencial, sacrifican cuestiones relevantes para la información periodística, cuestiones que permanecen ocultas detrás de la escenografía de aplausos, vivas, salvas, himnos, discursos y banquetes.
La imagen del presidente empapándose de los asuntos de la región, mezclándose entre las masas, penetrando sus necesidades y aspiraciones y proyectando soluciones y mejoras de pronta implementación se completa, en estas crónicas, con la construcción de un perfil aventurero y hasta temerario del general Roca. Como el viaje se extendió más allá de las líneas telegráficas, Roca y su comitiva quedaron incomunicados por semanas enteras, como si hubieran salido del mundo, según la expresión de Payró. Si el hecho, por un lado, hacía palpable uno de los problemas centrales de la Patagonia y una cuestión prioritaria para su desarrollo como era la de las comunicaciones, por el otro, ponía en escena el arrojo presidencial y la entrega absoluta de quien no reparaba en riesgos para atender personalmente los problemas del país. En efecto, la travesía no careció de peligros, principalmente por el hecho de emprender una ruta de navegación a través de los canales fueguinos hasta Punta Arenas, por parajes cuyas cartas geográficas estaban aún incompletas o equivocadas, algo que nunca se había realizado con un barco de gran porte como el Belgrano. Con asombro, Payró se detiene en la descripción minuciosa de una rápida y arriesgada maniobra del buque para pasar entre dos grandes piedras, cuya separación no supera los 200 metros, supervisada por el ministro de Marina en persona, comodoro Rivadavia. Como señala Navarro Floria (2007), con estas acciones Roca reforzaba una imagen personalista de audacia e imprevisibilidad con un gesto deliberadamente caudillista de aventura personal más que de gestión pública.
187 al “inglesito” suicida que viaja para alejarse de sus tormentos, con quien entabla una amistad pasajera. La entrada en la bahía de Guanabara y la profusión de impresiones que despierta la ciudad de Río de Janeiro acaparan el contenido de la segunda crónica, entregada a una “orgía de paisajes” cuya entusiasta descripción se traduce en una serie de nombres invocados para sugerir una analogía imposible: Dante, Hugo, Doré, Wagner. Un anunciado desinterés por la política (“Yo soy en materia política hombre de la fuerza de una máquina de coser”) se constata de inmediato en las elecciones temáticas: la feijoada servida en el hotel y una pesadilla que lo tuvo a maltraer por el efecto estimulante del café. Para Piquet, dentro de las tareas de un corresponsal viajero que cubre una gira presidencial caben también unas líneas para el fluir del inconsciente: “Me imagino que estoy acostado en la yerba, que las plantas rastreras me van envolviendo poco a poco y atándome al suelo. Los parásitos echan raíces en mis miembros, las lianas me forman una sábana. Luego siento que me estoy transformando en frutas, la cabeza es un ananá y los dedos bananas. Me chupo los dedos. Me los muerdo y me despierto.”256
De las decenas de fiestas públicas, excursiones, almuerzos, bailes y banquetes celebrados en honor de los visitantes argentinos, Piquet eligió tres eventos para narrar en su tercera crónica: las carreras en el hipódromo de Derby, el baile del casino Fluminense y la cena en obsequio del doctor Eduardo Wilde, que ofreció el propietario del influyente diario Jornal do Commercio, José Carlos Rodrigues. Finalmente, en el hipódromo tuvo lugar el primer acercamiento periodístico a los presidentes instalados en el palco oficial. Pero la crónica transmite poco y nada sobre el general Roca, salvando el aspecto “chic” de su atuendo, el confesado cansancio del trajín festivo y un elogioso comentario sobre la primera correspondencia de Piquet publicada en La Nación, que el presidente tuvo ocasión de leer.
Presentado por Roca a su par brasileño, la entrevista al mandatario prometida en los títulos sufre un imprevisto giro en el que se invierten los roles: “En seguida el doctor Campos Sales me pidió que le expresara mis impresiones sobre Río”; “el presidente del Brasil llevó la amabilidad hasta interesarse por mi viaje”; “me incomodaba ser blanco de todas las miradas,
256 “¡En Río! Entrada en la bahía. Sinfonía de las montañas. El desembarco – Día lluvioso. Viaje al morro de Santa Teresa. Un acueducto transformado en puente. Orgía de paisajes. Visita a los colegas fluminenses.
Paisajes nocturnos. Notas e impresiones. Esperando la escuadra”, La Nación, 15 de agosto de 1899.
188 pedí permiso para retirarme”.257 De ahí en más, la crónica y el resto de la gira dejan prácticamente de lado a los presidentes. La figura que entra en escena, absorbiendo por completo la atención del cronista, es la de Violeta Lima Castro, conocida como “Bebé”, una joven cantante de dieciocho años perteneciente a la alta sociedad carioca, que al año siguiente sería consagrada en el primer concurso de belleza del país. Ahora sí la descripción es completa: ojos, boca, cabeza, cabellera, vestido, escote, brazos, risa, perfume, dientes, voz, piel, espíritu. A ella está dedicada también la anteúltima correspondencia que narra la visita de Piquet a la escuadra argentina, donde la descubre encantado ofreciendo un recital a bordo de la nave Buenos Aires.
De los delirios del café a los efluvios amorosos de Bebé se despliegan las frívolas correspondencias de Julio Piquet, cuyo particular sentido de la crónica se inclina por la nota liviana y sensual, dejando de lado el componente noticioso, “cuyos pormenores no consigno por saber que ya los ha transmitido todos el telégrafo”. Ni un atisbo de análisis de las repercusiones políticas del viaje presidencial se filtra en esta serie de correspondencias.
Aunque el desdoblamiento era común en coberturas periodísticas de esta envergadura, realizadas por un equipo de corresponsales, donde lo estrictamente informativo se despachaba por telégrafo, dejando para la crónica el tratamiento de cuestiones secundarias, la prosa periodística de Piquet elude de modo característico las implicancias políticas del encuentro. Como ya lo había expresado su autor pocos años antes, siendo enviado de La Nación en Chile para dar cuenta de la situación política del país trasandino después de la revolución de 1891: “A mí me seducen la línea y el color, los rasgos típicos de las cosas, todo, en fin, lo que entra por los ojos; y ahora me veo obligado a escribir una correspondencia que, para responder a su objeto, tiene que ser de puro análisis y, por decirlo así, de elaboración abstracta.”258
Las crónicas de Piquet “En Río de Janeiro” eluden tanto el restringido y reiterativo camino que ofrece el itinerario protocolar, como el examen de las circunstancias y derivaciones del encuentro presidencial, abandonando al personaje político para narrar, en
257 “En Río de Janeiro. La hospitalidad brasilera. Agasajos y demostraciones. En el hipódromo. Entrevista con el Dr. Campos Sales. Recepción de los congresales. El baile del casino fluminense. Notas y apuntes”, La Nación, 26 de agosto de 1899.
258 Julio Piquet, “Desde Chile. De cómo nació la dictadura. Causas remotas y causas inmediatas. Un estudio del Sr. Valentín Letelier. Estado social – Balmaceda. Virtudes y vicios del carácter chileno. Actualidad política”, La Nación, 11 de febrero de 1892.
189 cambio, sus propias andanzas por los salones de la sociedad fluminense, donde su estilo encuentra materia más apta para desenvolverse.
El carácter festivo que ostentó la visita de la comitiva argentina a la ciudad carioca, y que se hizo extensivo a los corresponsales que cubrieron el evento, impregnó también las crónicas de Figarillo (seudónimo de Ildefonso Monzón), el reporter viajero enviado por Caras y Caretas para cubrir esta misma gira presidencial. Solo los pasajes dedicados al paisaje abrumador de la bahía (“la cristalización inesperada de cuanto ensueño dulce atormenta o deleita, durante la vida, la imaginación insaciable del hombre”) interrumpen la enumeración caótica de recepciones, discursos, banquetes, brindis, manifestaciones populares, espectáculos, festivales, agasajos, excursiones y “promenades con lunch y concurrencia femenina”.259 Si bien el novedoso semanario ilustrado no había alcanzado su primer año de vida, mostraba ya los rasgos propios con que se sumaba a las filas del reporterismo viajero:
una documentación fotográfica sin parangón en la prensa diaria, y un tono satírico que conectaba las lacónicas crónicas con las caricaturas y comentarios punzantes que complementaban el tratamiento de la información en secciones misceláneas.
A diferencia de la cobertura de La Nación, donde primaba el estilo del cronista y el peso de la nota recaía en su rol protagónico, Caras y Caretas desarrollaba un contenido supeditado al aspecto visual característico del semanario, que se comprueba al recorrer las siete páginas destinadas al viaje presidencial a Río de Janeiro, que incluyeron un total de veintiséis fotografías. Otra diferencia sustancial radicó, como se ha dicho, en el tono sarcástico que exhibía la primera entrega de Figarillo, dedicada a la etapa montevideana de la gira. Allí describió a las comitivas presidenciales como “hombres tigres de ambas orillas del Plata” con la apariencia de “ángeles y justos”:
Bien se disimulaban las garras de visitantes y visitados; allí no había falsificadores de elecciones, politiqueros, ni gente de armas llevar; todos eran pacíficos ciudadanos y patriotas desinteresados, que cual más cual menos se dedicaba solamente al culto de la patria y al fomento de las instituciones libres.260
Caras y Caretas había aparecido el mismo año en que Roca iniciaba su segundo período presidencial y había manifestado desde su fundación una postura crítica frente al primer
259 Figarillo (pseud. Ildefonso Monzón), “El viaje del presidente”, Caras y Caretas, nº 47, 26 de agosto de 1899.
260 Figarillo (pseud. Ildefonso Monzón), “El viaje del presidente”, Caras y Caretas, nº 45, 12 de agosto de 1899.
190 mandatario, asumiendo las expectativas de un público que exigía estar al tanto de los hechos de gobierno y reclamaba para sí el papel de juez (Rogers, 2008: 134). Ya el inicio de la gira presidencial había sido satirizado por el reporter viajero, con el tono zumbón que abría la crónica, aludiendo a los viajes protocolares como “simples y frondosos esparcimientos del ánimo presidencial”.
Dos meses antes, en el mismo número en que Figarillo publicaba su crónica de otra gira presidencial, con motivo de la fallida inauguración del ferrocarril a Neuquén (viaje que debió interrumpirse por una inusitada crecida del Río Negro), el semanario festejaba por partida doble el infortunado imprevisto: mientras el reporter viajero dedicaba buena parte de la crónica a relatar un juego de bochas que entretuvo a cuatro diputados de la comitiva, la sección “Menudencias” remataba la burla con estos versos malintencionados:
Y Roca pensará:
–¡Virgen bendita!
¿Es que acaso tan mal he gobernado, Que hoy a la oposición, cosa inaudita, Hasta los elementos se han pasado?261
De este modo, Caras y Caretas se permitía sostener una doble mirada sobre los viajes presidenciales: por un lado la nota oficial cubría formalmente el suceso, apoyándose en un despliegue fotográfico inusitado para la prensa diaria, lo que constituía sin duda una de sus grandes ventajas comparativas; por el otro, recurría al suelto poético y a la caricatura para teñir la información periodística de un sesgo ideológico preciso, que encontraba en el discurso satírico un medio de expresión ideal, por su componente de agresividad y la ostensible intención moral de este tipo de discurso, que recorta el perfil de lo censurable y de lo vulnerable para una comunidad y una época determinadas (Roman, 2010a: 30).