La oportunidad de participar en aquel primer choque directo en- tre las posiciones ideológicas que se habían ido fraguando en la Europa de los años 1930 –en particular tras el ascenso arrollador de los fascis- mos– supuso un factor de atracción para muchos jóvenes de muy di- versos países. Ese elemento y otros, como el de la aventura, no exento de un cierto referente exótico por la imagen estereotipada que se tenía de España desde el siglo XIX, sirvieron de catalizador para espolear las adhesiones tanto a uno como a otro bando. El mero hecho de que el pro- pósito fuera la lucha le confería al desplazamiento un carácter dinámico y combativo – para muchos la Guerra Civil española sería la primera experiencia de contacto con las armas y con la disciplina militar – pero a la vez previsiblemente limitado en el tiempo, incluso muy limitado si las cosas iban tan bien como los brigadistas voluntarios hubieran deseado que fueran. Al riesgo de morir se añadía la perspectiva de hacerlo en un lugar remoto y alejado de los seres queridos. En ese aspecto, la transfor- mación de meros “sitios” –identificados con unas coordenadas geográ- ficas determinadas– en “lugares” –pensemos por ejemplo en la batalla del Jarama–, supone la incorporación de las coordenadas simbólicas del afecto, el sentimiento y el recuerdo conjugadas en distintos idiomas. Lo cierto es que, pese a la comunidad de intereses con los correligionarios, el encuentro entre quienes venían y quienes ya estaban no siempre re- sultó fácil, por el propio desconocimiento que tenían los voluntarios del país al que llegaban (ver, por ejemplo, Hopkins, 1998: 115-116, 214-216 y Alfaro Sánchez, 2008: 761).
3. Interpretar entre lenguas en el contexto de las Brigadas Internacionales
gadistas– y además porque, aunque la hubiera habido, siempre habría sido necesaria la conexión con otras unidades, con el mando, con el otro bando (espionaje, propaganda, prisioneros, etcétera) y, en su caso, con la población local. También se promovió la idea de fomentar el aprendizaje del español, incluso organizando clases de lengua. Para motivar a los ex- tranjeros, se trató de presentar este objetivo como una forma más de lu- cha contra el fascismo, pero la iniciativa quedó, en gran medida, en agua de borrajas. Así que fue necesario utilizar intérpretes, a los que se reclutó entre las tropas disponibles, como ilustraré con dos casos concretos de brigadistas que prestaron servicio en la 15ª Brigada, británica, y que sir- vieron como intérpretes en algún momento de su paso por la Guerra.
En los casos que voy a tratar aquí, la interpretación entre lenguas –como el resto de las actividades “especializadas”– se caracterizó por te- ner lugar en situaciones imprevistas, en “ecosistemas de conflicto” o “es- tados de excepción” (Inghilleri, 2008). En el contexto de emergencia en el que se movieron las Brigadas Internacionales, el nombramiento de los intérpretes siguió un procedimiento similar al del reclutamiento y en- cuadramiento de otros soldados y mandos, según el cual con frecuencia bastaba con decir que uno había hecho el servicio militar en su país para que le encargaran de la instrucción de los compañeros. En el caso que nos ocupa, la constatación por alguien del entorno –cuando no la mera declaración del interesado– de que el voluntario hablaba y entendía más de un idioma lo acreditaba para actuar como “intérprete”, dando por he- cho que poseía las competencias para traducir entre lenguas, como con el “se le supone” aplicado al valor de los reclutas antes de entrar en com- bate. En situaciones de emergencia no había tiempo –ni conocimientos técnicos suficientes– para evaluar la complejidad que suponía la tarea de la interpretación de lenguas. Se buscaban las soluciones que permitieran que la información fluyera, sin tener en consideración siquiera la calidad de los conocimientos lingüísticos que poseía el “intérprete”, quien podía tener un dominio meramente “aproximado” de alguna de las lenguas.
Así, se escogieron a menudo personas que conocían lenguas cogna- das (por ejemplo, el italiano) o lenguas intermedias que no eran los idio- mas maternos de ninguno de los interlocutores primarios, y a veces tam- poco del intérprete. No se estaba en condiciones de evaluar previamente los distintos niveles de dificultad y de riesgo que entrañaba la interpreta- ción según las situaciones en las que se ejerciera. Para personas muy con- cienciadas ideológicamente, como eran en general los brigadistas, sería
relativamente fácil reproducir en sus propios idiomas el lenguaje político empleado en las tareas de capacitación política por los comisarios de sus unidades, quienes, conscientes de que sus palabras iban a ser interpre- tadas tal vez ejercieran una cierta simplificación del lenguaje, obligada a veces por expresarse en un idioma que no era el suyo. En cambio, la traducción oral en sesiones de formación técnica militar –por ejemplo, sobre armamento– les plantearía retos a veces insuperables hasta que lle- garan a manejar la terminología. La tipología de situaciones y de entor- nos fue sumamente variada. La transmisión de órdenes dentro de uni- dades de distinta magnitud, los interrogatorios de prisioneros, el trato con la población local o a la asistencia a heridos en hospitales de guerra serían ejemplos en los que la palabra traducida oralmente estaba revesti- da de una función directamente performativa o forense, a veces con con- secuencias inmediatas, incluso graves. La modalidad de interpretación empleada normalmente sería consecutiva, posiblemente interpretando frase por frase, según se desprende de algunas fuentes secundarias, aun- que tal vez se empleara alguna vez la simultánea susurrada (chuchotage).
Igualmente se debió de utilizar la traducción a la vista, es decir, la tra- ducción inmediata de textos a viva voz. No es descartable tampoco que los intérpretes espontáneos desempeñaran también tareas de traducción escrita, según prueban las fuentes para algunos brigadistas.
La asignación de los brigadistas a la función de intérprete se arti- culaba en el engranaje militar como una decisión lógica que potenciaba aquella habilidad que pudiera resultar más útil para derrotar militar- mente al enemigo: el idioma adquiría así un valor estratégico como un
“arma” más. Los intérpretes designados, obligados a cumplir las órdenes que recibían en un entorno militar de guerra, aceptarían con cierta na- turalidad la función encomendada, basados no solo en la disciplina sino también en la fidelidad a sus mandos, conscientes de la responsabilidad que entrañaba su misión. Aun cuando no tuvieran una imagen clara de cuál debía ser su comportamiento como intermediarios entre idiomas ni cuáles eran las expectativas de sus usuarios, su deseo implícito era ser, a la vez, leales a sus superiores y fieles a sus conocimientos lingüísticos, es decir, una combinación entre una actuación de parte –from within–
y una actuación neutral –in-between (Pöchhacker, 2006). Huelga decir que esa conducta, irreprochable desde el punto de vista de la lealtad, no tenía por qué ser siempre garantía de un resultado ajustado a normas de calidad exigibles a un intérprete profesional, de modo que las discre-
pancias entre discurso de partida en una lengua y discurso de llegada en otra, que sin duda se produjeron, serían atribuibles sobre todo a errores involuntarios en alguna de las fases del proceso desde un idioma al otro (audición, comprensión, interpretación y emisión). Parece fuera de toda duda que los intérpretes influían de una u otra manera en el diálogo en el cual mediaban. El monopolio que tenían de la situación comunicativa entre interlocutores primarios que no se entendían entre sí e investidos con la autoridad suficiente para requerir sus servicios suponía una cierta reconfiguración de la idea de poder. Su poder efectivo tendría más vi- gencia en el caso de que el intérprete hubiera actuado aplicando un filtro interesado (gatekeeper) a las conversaciones que como mero transmisor o intermediario neutro (go-between), cuya actividad sería asimilable a un ingenio mecánico12.
El nombramiento, no necesariamente formal, como intérprete so- lía ir asociado a destinos en la Plana o el Estado Mayor de la unidad correspondiente, desde donde se produciría el enlace con otras unida- des o servicios. La consideración de la destreza lingüística se reconocía, en cierto modo, con un ascenso en el escalafón militar –uno de nues- tros brigadistas fue sargento y el otro teniente– pero ese grado podía estar ligado al nivel cultural superior que habitualmente poseían en comparación con el soldado de tropa medio, quien podía muy bien ser analfabeto. Ese grado no les libraba de los riesgos ligados al combate.
Nuestros dos brigadistas fueron heridos en el “frente”, lo que pone en cuestión una visión genérica que identificaría la condición de intérprete con una situación cómoda “de retaguardia” y un ascenso jerárquico sin relación con acciones de combate. Desde la perspectiva de la profesión de intérprete –y ya se ha dicho que prácticamente ninguno de los que actuaron en la Guerra Civil española era profesional– no hay razones para esperar de esos intérpretes espontáneos un código deontológico depurado, porque no lo poseían ni lo conocían, pero tampoco se refie-
12 A este respecto, son interesantes las reflexiones de Heimburger (2012b) sobre la aplicación de la metáfora del intérprete como go-between o como gatekeeper a los soldados franceses asignados como intérpretes con las fuerzas británicas durante la IGM. No parece, por las fuentes consultadas que los intérpretes en la Guerra Civil uti- lizaran las lenguas como instrumento de poder, a diferencia de lo que pudo suceder con los intérpretes que intervinieron coetáneamente en la Segunda Guerra chino-japonesa (Ting, 2015). Ahora bien, no es descartable que el intérprete pudiera ser percibido por terceros como alguien que poseía cierta influencia, asociada en algunos casos con su cercanía física a los mandos para los que actuaron.
ren las fuentes a faltas a la neutralidad en las interacciones orales en las que intervinieron.
4. De la A de Avgherinos a la Z de Zubchaninov: dos brigadistas in-