FACTORES INCIDENTES
B. UN MOMENTO PROPICIO PARA EL CAMBIO
La lista anterior denota cuán importante fue la influencia de la Fundación en la conformación del primer gobierno de ARENA y, sobre todo, el enorme significado que tuvieron las formulaciones de la institución en la orienta- ción que a partir del primero de junio de 1989 tomó la economía del país.
Algunos analistas han sugerido incluso que el apoyo que el sector privado en general le brindó a la propuesta de la FUSADES surgió casi de manera automática con la incorporación de un numeroso grupo de miembros de la misma en el nuevo gobierno109.
Sin embargo, me consta que la participación de esas personas en el go- bierno de Cristiani también significó un trabajo previo de asimilación, co- ordinación y conocimiento impresionantes. Esto incluyó conocer in situ el trabajo ministerial, para lo cual la misma Fundación colaboró decididamen- te con su propio personal. A mí, por ejemplo, se me asignó el estudio de la organización y los programas en marcha del Ministerio de Economía. Igual labor hicieron otros compañeros cubriendo las carteras de Estado más im- portantes. La apertura que expresamente ofreció el presidente Duarte para facilitar la transición, fue determinante en esta tarea.
Con esto, suponíamos, el camino estaba abonado para que el país iniciara la última década del siglo XX, teniendo como referente la construcción de un sistema económico basado en la libertad, la eficiencia y la inclusión, con la expectativa de la paz, dos pilares sobre las cuales se construiría una socie- dad cualitativamente distinta.
ban el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; pero sabíamos relativamente poco, por no decir casi nada, del que se dio en llamar el Consenso de Washington110.
Como se dijo antes, este fue un proyecto que se nutrió en buena medida de las ideas de libre mercado impulsadas por Ronald Reagan y Margaret Tha- tcher y que desde luego fueron respaldadas por dichos organismos. De esta manera, la adopción de su decálogo llevaba la impronta de un conservadu- rismo profesado por dos de los máximos líderes mundiales del momento y su puesta en práctica por los principales organismos internacionales de financiamiento. Su influencia política y económica, no podía por lo mismo ser ignorada.
En ese contexto, El Salvador tenía en ese momento condiciones especiales para impulsar su propia reforma económica siguiendo esas ideas, pues la ideología política y económica del nuevo gobierno así lo sugería. Sin em- bargo, la reforma tampoco podía ignorar la incidencia del conflicto armado;
de hecho, esta circunstancia le daba (o debería haberle dado) a la conduc- ción de la economía, una connotación muy sui géneris.
En retrospectiva, se puede pensar que ante ese escenario el país bien hubiera podido optar por una reforma menos conservadora, por lo menos, para ser consecuentemente con los primeros planteamientos de FUSADES. Pero el dilema tampoco era sencillo, porque las mismas ideas dominantes en torno al mercado habían rebasado cualquier opción de corte intervencionista des- pués de la estrepitosa caída de la ciudadela que le había servido de protec- ción filosófica al socialismo real.
Más allá de toda connotación ideológica, había otras consideraciones que no se podían eludir. En efecto, la nueva opción de desarrollo implicaba, de acuerdo con la teoría, replantear la estrategia que había venido siguiendo el país desde la creación del MCCA. La tesis de que los aranceles a las
110 En Centroamérica esos programas se remontan a 1982 con el caso de Costa Rica, cuando asumió la presidencia don Luis Alberto Monge, en medio de una profunda crisis fiscal y de balanza de pagos heredada del gobierno anterior presidido por el licenciado Rodrigo Carazo Odio. Para el caso véase Céspedes, Víctor Hugo; Di Mare, Alberto y Jiménez, Ronulfo: Costa Rica: Recuperación sin reactivación, especialmente Anexo 2 (“Declaración de política de desarrollo del Gobierno de Costa Rica”). San José, Costa Rica: Academia de Centroamérica, 1985.
importaciones sumamente elevados y todo el esquema de incentivos vigen- te conspiraban contra la eficiencia del sistema económico, significaba –en buenas cuentas– reeditar los postulados de la teoría clásica del comercio internacional y rechazar el proteccionismo que campeó entre el Tratado de Versalles de 1919, y la finalización de la Segunda Guerra Mundial.
Significaba además, redefinir el rol del Estado en la economía, pero todo ello bajo las presiones que ejercían sobre el sistema económico mundial –como ya se dijo– los desequilibrios financieros y estructurales en que ca- yeron muchos países como resultado de la crisis del petróleo de finales de los setenta, incluyendo los centroamericanos.
Con todo, los logros alcanzados por el país como producto de su participa- ción en el MCCA no podían ser tirados fácilmente por la borda sin exponer en exceso a un sector que, como el industrial, ya aportaba casi la cuarta parte del PIB y generaba exportaciones con un alto contenido de valor agre- gado por una cifra casi equivalente.
Frente a ello, la nueva economía tenía otras condiciones favorables para asentarse como parte de un proyecto político, económico y social de largo plazo. Para la derecha del país, y así para ARENA, la forma en que gobernó la Democracia Cristiana no había abonado el camino para el mantenimiento de la armonía social y el progreso material y esto también era parte del sen- timiento que logró transmitir el partido a buena parte de la población. Pero esta también era una visión reduccionista y desde luego muy ideologizada, porque, siendo objetivos, tampoco a la administración Duarte le había sido fácil impulsar su propio proyecto, debido precisamente al conflicto y a la franca oposición que encontró en los poderes fácticos, así tuviera el respal- do casi incondicional de los Estados Unidos.
Con esos antecedentes, el triunfo de Alfredo Cristiani en las elecciones de 1989 cayó como agua de mayo, según dice la sabiduría popular. Pero el juicio simplista de que el cambio de modelo económico era inevitable por- que el país había llegado a situaciones inmanejables, también admite contra argumentos. Aun con el conflicto armado, la situación económica no era tan acuciante como la que vivió por ejemplo Nicaragua bajo el primer gobierno sandinista; es más, era más administrable que la de ciertos países de la re- gión latinoamericana que no pasaban por ese tipo de dificultades.
Además, se contaba con el aval anticipado de la USAID, gran proveedora de fondos; igual que del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mun-
dial. A pesar de todo, la reforma tenía que pasar varias pruebas y aunque algunas eran parte del mismo cambio estructural, se combinaban con otras de manejo estrictamente político para conformar un entramado sumamente complejo.
En una serie de artículos que publicamos en La Prensa Gráfica, una vez que se conocieron los resultados de las elecciones en marzo de 1989, y que titu- lamos “La complicada agenda del próximo gobierno”, identificamos varios temas, a partir de una consideración del contexto político, económico y so- cial prevaleciente. Entre estos estaba, en primer lugar, la consecución paz.
Le seguían la reactivación económica, la reducción del tamaño del Estado y desregulación de la economía, el control del déficit fiscal, la moderación del desequilibrio externo, el saneamiento del sector financiero, la privatiza- ción, las relaciones internacionales y, finalmente, la moralidad y la ética en el servicio público.
Concluíamos esa elaboración señalando que la misma no agotaba la agenda del nuevo gobierno, pero que en nuestro concepto recogía los grandes temas a los que debería abocarse la primera administración arenera para abarcar lo mayor posible y de manera prioritaria, la problemática que en esos momen- tos enfrentaba el país. La administración Cristiani tenía muchos puntos a su favor para lograrlo111.