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Para m í, ideal significa el lím ite que lo posible no puede alcanzar.

In document Peirce Charles S - Obra Logico Semiotica (página 79-83)

(encía real. Ahora bien, se suele enunciar este realismo escolás­

tico como una creencia en las ficciones metafísicas. Pero, de

hecho, un realista es simplemente alguien que no conoce más realidad recóndita que aquella que está representada en una ver­ dadera representación. Por consiguiente, corno la palabra «hom­ bre» es verdadera con respecto a algo, aquello que quiere decir «hombre» es real. El nominalista debe admitir que hombre es verdaderamente aplicable a algo, pero cree que por debajo de esto hay una cosa en sí, una realidad incognoscible. Suya es la ficción metafísica. Los nominalistas modernos son eri su mayoría hombres superficiales, quienes no saben, como lo sabían 7os más cabales Roscellinus y Ockham, que una realidad que ca'ece de representación es una realidad que no tiene relación ni cualidad. El gran argumento en favor del nominalismo es que no existe ningún hombre a menos que exista algún hombre particular. No obstante, eso no afecta el realismo de Escoto, pues si bien no existe un hombre de quien se puede negar toda ulterior determi­ nación, aun así existe un hombre, hecha abstracción de toda de­ terminación ulterior. Hay una diferencia real entre el hombre, prescindiendo de cuáles puedan ser las otras determinaciones, y el hombre con esta o aquella serie particular de determinaciones, aunque indudablemente tal diferencia sólo es relativa a la mente y no in re. Tal es la posición de Escoto. La gran objeción de Ockham consiste en que no puede haber una distinción real que no sea in re, en la cosa en sí, pero se trata de una petición de principio, pues sólo se basa en la noción de que la realidad es algo independiente de la relación representativa.

Siendo ésta la naturaleza de la realidad, en general, ¿en qué consiste la realidad de la mente? Hemos visto que el contenido de la conciencia, toda la manifestación fenoménica de la mente, es un signo que proviene de la inferencia. Por lo tanto, según nuestro principio de que lo absolutamente incognoscible no exis­ te, de tal modo que la manifestación fenoménica de una sustan­ cia es la sustancia, debemos concluir que la mente es un signo que se desarrolla de acuerdo con las leyes de la inferencia. ¿Qué distingue a un hombre de una palabra? Hay una distinción, sin duda alguna. Las cualidades materiales, las fuerzas que constitu­ yen la pura aplicación denotativa y el sentido del signo humano son todos sumamente complicados en comparación con los de la palabra. Pero tales diferencias sólo son relativas. ¿Qué otra hay? Se puede decir que el hombre es consciente, en tanto que una pa­ labra no lo es. Pero la conciencia es un término muy vago. Pue­ de referirse a esa emoción que acompaña la reflexión de que tenemos una vida animal. Se trata de una conciencia que se en­ cuentra oscurecida cuando la vida animal se encuentra en deca­ dencia, durante la vejez o el sueño, pero que no está oscurecida

cuando declina la vida espiritual; que es tanto más viva cuanto

mejor animal es un hombre, pero que 110 resulta así cuanto me­

jor hombre es. No atribuimos esta sensación a las palabras, pues tenemos motivos para creer que depende de poseer un cuerpo animal. Pero al ser esta conciencia una mera sensación, sólo constituye una parte de la cualida material del hombre-signo. Además, a veces se usa la conciencia para significar el «yo pien­

so», es decir, la unidad en el pensamiento; pero la unidad es tan

sólo la coherencia o su reconocimiento. La coherencia corres­ ponde a todo signo, en la medida en que es un signo; por consi- tuiente, todo signo, dado que significa primordialmente que es un signo, significa su propia coherencia. El hombre-signo ad­ quiere información y termina por significar más de lo que signifi­ caba antes. Pero lo mismo ocurre con las palabras. ¿Acaso la electricidad significa ahora más que en la época de Franlclin? El hombre hace la palabra, y la palabra nada significa que el hom­ bre no le haya hecho significar, y eso sólo para un hombre deter­ minado. Pero como el hombre puede pensar sólo por medio de palabras u otros símbolos externos, éstos podrían volverse y de­ cir: «No significas nada que no te hayamos enseñado y, en ese caso, sólo en la medida en que formules alguna palabra como el intérprete de tu pensamiento.» De hecho, por lo tanto, los hom­ bres y las palabras se educan recíprocamente; todo aumento de la información de un hombre implica —y es implicado por— un correspondiente aumento de la información de una palabra.

Para no fatigar al lector extendiendo demasiado este parale­ lismo, resulta suficiente decir que no existe elemento ninguno de la conciencia del hombre que no tenga algo correspondiente a la misma en la palabra, y la razón es obvia. Es que la palabra o el signo que usa el hombre es el hombre mismo. Pues, del mismo modo que todo pensamiento es un signo, tomado en forma con­ junta con el hecho que la vida es una serie de pensamientos, prueba que el hombre es un signo, así el hecho que todo pensa­ miento es un signo exterior prueba que ese hombre es un signo exterior. En otras palabras, el hombre y el signo exterior son idénticos, en el mismo sentido en que las palabras homo y hom ­

bre pueden ser idénticas. Por consiguiente, mi lenguaje es la

suma total de mí mismo, pues el hombre es el pensamiento. Es difícil para el hombre comprenderlo, pues persiste en iden­ tificarse con su voluntad, su poder sobre el organismo animal, la fuerza bruta. Ahora bien, el organismo es tan sólo un instrumen­ to del pensamiento. Pero la identidad de un hombre consiste en la coherencia de lo que hace y lo que piensa, y la coherencia es el carácter intelectual de una cosa, es decir, es el hecho que expresa algo.

mente puede llegar a conocerse qué es en el estado ideal de infor­ mación completa, de tal modo que la realidad depende de la de­ cisión definitiva de la comunidad, así el pensamiento es lo que es sólo en virtud de referirse a un pensamiento futuro, que es pen­ sado en su valor como idéntico con el mismo, si bien más des­ arrollado. De esta manera la existencia del pensamiento depende ahora de lo que habrá de aquí en adelante, por lo cual sólo posee una existencia potencial, dependiente del pensamiento futuro de la comunidad.

El hombre individual, al manifestarse su existencia separada sólo por ignorancia y error, en la medida que no es nada al mar­ gen de su prójimo y de lo que él y ellos deben ser, es tan sólo una negación. Este es el hombre,

«. . . el hombre orgulloso,

Por demás ignorante de lo que más está seguro, Su esencia cristalina»13.

>3 [C f. el ensayo de Pe i r c e, «M an’s G lassy E ssence», The M o n ist (octubre de 1892), que intentó dar una teoría m olecular del protoplasm a y una solución al problem a m ente-cuerpo. N ota del editor.]

[La siguiente revisión de la edición por Fraser de las obras de Berkeley es la más importante afirmación filosófica inicial del propio «realismo» de Peirce, como una «posición altamente práctica y de sentido común», que lo llevó a sus formulaciones pragmáticas acerca de la verdad y la realidad. Se sigue el idealis­ mo de Berkeley hasta sus antecedentes medievales en el nomina­ lismo de Guillermo de Ockham, que había reducido las verdades generales y las realidades a signos o pensamientos; Berkeley re­ dujo el mundo material a sensaciones o «ideas», y las leyes de la naturaleza a sucesiones uniformes de ideas. La continuidad his­ tórica en la filosofía británica, desde los nominalistas del si­ glo x iv hasta Bacon, Hobbes, Locke, Berkeley y Hume, es re­ presentativa del desarrollo mental y la preferencia cultural de la nación británica por las realidades concretas, prácticas (en el sen­ tido de inmediatamente tangibles). El punto principal de la críti­ ca de Peirce a Berkeley se orienta hacia la suposición subjetivista de que las ideas sólo existen en la mente. Peirce, siguiendo al fi­ lósofo medieval Duns Escoto, quien situó ideas universales en cosas individuales, alega que las ideas generales son signos a la vez mentales (en la medida en que requieren un consenso de las mentes) y objetivos (en la medida en que se refieren a realidades independientes de las opiniones del hombre). El realista no debe considerar «en la mente» y «fuera de la mente» como modos in­ compatibles de existencia, pues la mente no es un recipiente con un interior y un exterior. Pero cualesquiera que sean las ideas que la comunidad de las mentes (en el futuro, así como en el pre­ sente) se vea obligada a aceptar y convenir, después de una ob­ servación y una reflexión continuadas, las mismas constituirán «la verdad». Y la «realidad» consistirá en los objetos, las cuali-

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