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Diversas personas versadas en lógica objetaron que aquí he aplicado el tér­ m ino h ip ó tesis de un m odo totalm ente incorrecto, y que lo que designo de este

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m o d o es un argum ento por analogía. Es suficiente contestar que el ejem plo de la clave fue dado por D e s c a r t e s com o una ilustración adecuada de la hipótesis (R ule 10, O eu vres Choisies, París, 1865, p. 334), por Le i b n i z(N o u v . E ss., lib. 4, ch. 12, § 13, ed. Erdm ann, p. 383b ) y (tal com o aprendí por D . S t e w a r t ,

W orks, vol. 3, pp. 305 y ss.) por G ravesante, B oscovich, Hartley y G. L. Le

Sage. Se ha usado el térm ino hipótesis en los siguientes sentidos: 1) Para el tema o p rop osición que form a la materia del discurso. 2) Para un supuesto. Aristóteles divide las tesis o proposiciones adoptadas sin ninguna razón en definiciones e hi­ pótesis. Estas últim as son proposiciones que afirman la existencia de algo. A sí, el geóm etra dice: «Supongam os que hay un triángulo.» 3) Para una condición en un sentido general. Se dice que buscam os cosas distintas que la felicidad e x hy-

p o th é se o s, condicionalm ente. La mejor república es la idealm ente perfecta, la se­

gunda la m ejor en la Tierra, la tercera la m ejor ex h ypoth éseos, en las circunstan­ cias dadas. La libertad es la h ip ó tesis o la condición de la dem ocracia. 4) Para el antecedente de una proposición hipotética. 5) Para una pregunta retórica que su­ p on e ciertos hechos. 6) En la S in opsis de Psellus, para la referencia de un sujeto a las cosas que denota. 7) M uy com únm ente en las épocas m odernas, para la con clu sión de un argum ento que va de la consecuencia y el consecuente al antece­ dente. Tal es mi uso del térm ino. 8) Para una conclusión de este tipo cuando es dem asiado débil para ser una teoría adm itida en el cuerpo de una cien cia... [Peir­ ce cita a algunas autoridades para fundam entar el séptim o uso.]

la inferencia hipotética es un razonamiento que va del conse­ cuente al antecedente.

El argumento por analogía, que un escritor popular de lógica (John Stuart Mili) llama razonamiento de particulares a particu­ lares. deriva su validez de la combinación de los caracteres de la inducción y la hipótesis, pudiendo descomponerse cualquiera de las dos en una deducción o una inducción, o en una deducción y una hipótesis.

Pero si bien de este modo la inferencia resulta de tres especies esencialmente diferentes, pertenece también a un género. Hemos visto que no se puedé derivar en forma legítima una conclusión que no se haya alcanzado por sucesiones de argumentos con dos premisas cada uno, y que no impliquen un hecho no afirmado.

Cada una de estas dos premisas es una proposición que afir­ ma que ciertos objetos presentan ciertos caracteres. Cada térmi­ no de esa proposición está en lugar de ciertos objetos o ciertos caracteres. Se puede considerar la conclusión como una proposi­ ción que reemplaza a cualquiera de las dos premisas, estando justificada la sustitución por el hecho afirmado en la otra premi­ sa. En consecuencia, la conclusión es derivada de cualquiera de las premisas, sustituyendo con un nuevo sujeto el sujeto de la premisa o con un nuevo predicado el de las premisa, o bien reali­ zando ambas sustituciones. Ahora bien, la sustitución de un tér­ mino por otro sólo se puede justificar en la medida en que el término sustituido representa únicamente lo que está representa­ do en el término reemplazado. Por consiguiente, si la conclusión se denota por la fórmula

S es P;

y esta conclusión se deriva, por un cambio de sujeto, de una pre­ misa que se puede expresar sobre esta base por la fórmula

M es P,

entonces la otra premisa debe afirmar cualquier cosa que esté re­ presentada por S está representada por M, o que

Todo S es un M;

en tanto que, si la conclusión S es P se deriva de cualquiera de las premisas por un cambio de predicado, tal premisa se puede escribir en la forma

y la otra premisa debe afirmar que cualquier carácter implicado en P está implicado en M, es decir,

Cualquier cosa que es M es P.

En consecuencia, en cualquiera de los dos casos el silogismo debe ser capaz de expresarse en la forma

S es M; M es P: S es P.

Por último, si la conclusión difiere de cualquiera de sus pre­ misas, tanto en el sujeto como en el predicado, se puede alterar la forma de enunciar la conclusión y la premisa, de tal modo que tengan un término común. Se puede hacerlo siempre, pues si P es la premisa y C la conclusión, se puede enunciarlos de este modo:

La situación representada en P es real, y La situación representada en C es real.

En este caso, la otra premisa debe afirmar virtualmente de aK guna manera que toda situación representada por C es la situa­ ción representada por P.

Por consiguiente, todo razonamiento válido tiene una forma general, y al tratar de reducir toda acción mental a las fórmulas de inferencia válida, tratamos de reducirla a un único tipo.

Un obstáculo evidente para reducir toda acción mental al tipo de interferencias válidas lo constituye la existencia del razona­ miento falaz. Todo argumento implica la verdad de un principio general de procedimiento inferencial (ya sea que implique algún dato de la realidad con respecto al tema del argumento o simple­ mente una máxima relacionada con un sistema de signos), de acuerdo con el cual constituye un argumento válido. Si este prin­ cipio es falso, el argumento es una falacia; pero ni un argumento válido basado en premisas falsas, ni una inducción o una hipóte­ sis sumamente débiles pero no del todo ilegítimas, por más que se haya sobrestimado su fuerza, por más falsa que sea su con­ clusión, constituye una falacia.

Ahora bien, las palabras, tomadas precisamente por lo que representan, si tienen la forma de un argumento, implican por tal motivo cualquier hecho que pueda ser necesario para que el argumento sea concluyente; de tal manera que para el lógico for­ mal, que sólo se ocupa del significado de las palabras de acuerdo con los principios adecuados de la interpretación y no con la in­ tención del orador, tal como se conjetura sobre la base de otras indicaciones, las únicas falacias deberían ser aquellas que son

simplemente absurdas y contradictorias, sea porque sus conclu­ siones son absolutamente inconsistentes con sus premisas, sea porque vinculan proposiciones por una especie de conjunción ila­ tiva por medio de la cual no pueden estar vinculadas de una ma­ nera válida en ninguna circunstancia.

Pero para el psicólogo un argumento sólo es válido si las pre­ misas de las cuales se deriva la conclusión mental fueran sufi­ cientes —en caso de ser verdaderas— para justificarlo, sea por sí mismas, sea con la ayuda de otras proposiciones tenidas an­ teriormente por verdaderas. Pero es fácil mostrar que todas las inferencias hechas pcfr el hombre, que no son válidas en este sen­ tido, pertenecen a cuatro clases, a saber: 1) aquellas cuyas premi­ sas son falsas; 2) aquellas que tienen alguna pequeña fuerza, aunque sólo pequeña; 3) aquellas que provienen de confundir una proposición con otra, y 4) aquellas que resultan de la aprehensión indistinta, la aplicación errónea o la falsedad de una regla de inferencia. Pues si un hombre cometiera una falacia no perteneciente a ninguna de estas clases, a partir de premisas ver­ daderas concebidas con perfecta precisión, sin ser desviado por ningún prejuicio u otro juicio que sirviera como regla de inferen­ cia, extraería una conclusión que no tendría realmente la menor relevancia. Si sucediera algo así, un examen y una atención de carácter calmo podrían ser de escasa utilidad para pensar, pues la cautela sólo sirve para asegurar que tomamos en cuenta todos los hechos y para hacer claros aquellos que tomamos en cuenta. Ni la frialdad puede ser algo más que permitirnos ser cautos y también impedir que nos veamos afectados por una pasión al in­ ferir que es verdadero aquello que deseamos que lo sea o aquello que tememos que sea verdadero, o también seguir alguna regla de inferencia errónea. Pero la experiencia muestra que el examen calmo y cuidadoso de las mismas premisas concebidas claramen­ te (incluyendo los prejuicios) asegurará que todos los hombres pronuncien el mismo juicio. Ahora bien, si una falacia pertenece a la primera de estas cuatro clases y sus premisas son falsas, se debe presumir que el avance de la mente desde estas premisas hasta la conclusión es correcto o bien falla en una de las otras tres formas; lo que no se puede suponer es que la mera falsedad de las premisas pueda afectar el proceder de la razón cuando esa falsedad no es conocida por la razón. Si la falacia pertenece a la segunda clase y tiene alguna fuerza, por más pequeña que sea, es un legítimo argumento probable y pertenece al tipo de inferencia válida. Si es de la tercera clase y resulta de confundir una pro­ posición con otra, esta confusión debe ser causada por una se­ mejanza entre ambas proposiciones; es decir, la persona que ra­ zona, al ver que una proposición tiene algunos de los caracteres correspondientes a la otra, concluye que presenta todos los ca­

racteres esenciales de la otra y es equivalente a ésta. A hora bien, ésta es una inferencia hipotética, que aunque pueda ser débil y aunque su conclusión resulte falsa, pertenece al tipo de las infe­ rencias válidas y, en consecuencia, como el noclus de la falacia reside en esta confusión, el proceder de la mente en estas falacias de tercera clase encuadra en la fórm ula de la inferencia válida. Si la falacia pertenece a la cuarta clase, proviene de aplicar errónea­ mente o aprehender mal una regla de inferencia y, por tal m oti­ vo, constituye una falacia de confusión, o resulta de adoptar una regla de inferencia errónea. En este último caso dicha regla es to ­ m ada en realidad como una premisa y, por lo tanto, la conclu­ sión falsa se debe tan sólo a la falsedad de una premisa. P or con­ siguiente, en to da falacia posible para la mente del hom bre el avance de la m ente guarda conform idad con la fórm ula de la in­ ferencia válida.

El tercer principio, cuyas consecuencias debemos deducir, es que siempre que pensamos, tenemos presente en la conciencia al­ gún sentimiento, imagen, concepción u otra representación que sirve como un signo. Pero de nuestra propia existencia (probada por la aparición de la ignorancia y el error) se sigue que todo lo que está presente para nosotros constituye una manifestación fe­ noménica para nosotros mismos. Esto no impide que sea un fenómeno de algo que existirá sin nosotros, así como un arco iris es a la vez una manifestación del sol y de la lluvia. Entonces, cuando pensamos, nosotros mismos, tales como somos en ese momento, aparecemos como un signo. Ahora bien, un signo, co­ mo tal, tiene tres referencias: primero, es un signo hacia algún pensamiento que lo interpreta; segundo, es un signo para algún objeto al cual es equivalente en ese pensamiento; tercero, es un signo, en algún sentido o cualidad, que nos pone en conexión con su objeto. Preguntemos qué son los tres correlatos a los cua­ les se refiere un pensamiento-signo.

1. Cuando pensamos, ¿a qué pensamiento se dirige ese pen­

samiento-signo que es nosotros mismos? Puede ocurrir, por me­ dio de la expresión exterior, que tal vez alcance sólo después de un considerable desarrollo interno que se dirija al pensamiento de otra persona. Pero sea que esto ocurra o no, siempre es inter­ pretado por un subsiguiente pensamiento propio. Si después de cualquier pensamiento la corriente de las ideas fluye libremente, sigue la ley de la asociación mental. En ese caso, todo pensa­ miento anterior sugiere algo al pensámiento que lo sigue, es de­ cir, es el signo de algo para este último. Es verdad que nuestra serie de pensamientos puede ser interrumpida. Pero debemos re­ cordar que, además del elemento principal del pensamiento en todo momento, hay un centenar de cosas en nuestra mente, a las cuales se concede tan sólo una pequeña fracción de atención o

conciencia. En consecuencia, del hecho que un nuevo componen­ te del pensamiento logra la primacía no se sigue que la serie de pensamientos que desplaza queda desintegrada por completo. Por el contrario, de nuestro segundo principio, que afirma que no hay intuición o cognición no determinada por cogniciones an­ teriores, se sigue que la irrupción de una nueva experiencia no es nunca un asunto instantáneo, sino un evento que requiere tiempo y está destinado a pasar mediante un proceso continuo. Por con­ siguiente, su prominencia en la conciencia debe ser probablemen­ te la consumación de un proceso creciente y, en tal circunstancia, no hay causa suficiefite de que cese de una manera repentina e instantánea el pensamiento que ocupaba el lugar principal inme­ diatamente antes. Pero si una serie de pensamientos cesa al de­ caer gradualmente, sigue en forma libre su propia ley de aso­ ciación mientras dura, y no hay ningún instante en el cual haya un pensamiento perteneciente a esta serie, subsiguiente al cual no haya un pensamiento que lo interprete o lo repita. Por ende, no tiene excepción la ley de que todo pensamiento-signo se traduce o interpreta en otro subsiguiente, a menos que todo pensamiento llegue a un fin repentino con la muerte.

2. La cuestión siguiente es: ¿qué representa el pensamiento-

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