PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA
1. La primera de todas las concepciones filosóficas es la de una materia primera, de la cual está hecho el mundo Tales y los
primeros filósofos jónicos se ocuparon principalmente de la mis ma. La llamaron la ápxr|, el comienzo; en consecuencia, la con cepción de primero era su quintaesencia. Para ellos la naturaleza era un enigma, y buscaron su explicación: ¿de qué provenía? Era una buena pregunta, pero resultaba bastante tonto suponer que fueran a aprender mucho aunque pudieran descubrir de qué cla se de materia estaba hecha. Pero preguntar de qué manera se ha bía formado, como lo hicieron, sin duda, no era una pregunta exhaustiva; tan sólo los hacía retroceder un poco. Deseaban re montarse al comienzo mismo inmediatamente, y en el comienzo debía de haber un algo homogéneo, pues donde hubiera variedad suponían que debía haber siempre una explicación a buscar. Lo primero debe ser indeterminado, y lo indeterminado, ante todo,
es el material del cual está formado. Además, pensaban que no podían saber de qué manera estaba formado el mundo a menos que supieran desde dónde comenzar su explicación. El [método] inductivo de explicar los fenómenos, remontándose paso a paso hasta sus causas, les era extraño no sólo a ellos, sino a toda la fi losofía antigua y medieval; es la idea baconiana. La indetermina ción es realmente un carácter de lo primero. Pero no la indeter minación de la homogeneidad. Lo primero está lleno de vida y variedad. Pero la variedad es sólo potencial; no está definida- mente allí. Sin embargo, es absurdo explicar la variedad del mundo, aquello que lofs asombraba principalmente, por la no va riedad. De qué manera puede provenir la variedad de la matriz de la homogeneidad; sólo por un principio de espontaneidad, precisamente esa variedad virtual que es lo primero.
1.374. La línea de razonamiento que me propongo seguir es
de carácter peculiar y requerirá un cuidadoso estudio para estimar 198 su solidez. La comentaré de una manera crítica en la última sec
ción, pero, mientras tanto, deseo señalar que el paso que estoy por dar, análogo a otros que seguirán, no tiene de una manera tan pura el carácter de una conjetura como podrían suponerlo personas expertas en juzgar elementos de juicio científicos. Salen a nuestro encuentro no una vez, sino en todo momento. Y hemos encontrado motivos para pensar que son igualmente importantes en la metafísica. ¿De qué manera explicar la extraordinaria im portancia de estas concepciones? ¿No se debe acaso al hecho de que se originan en la naturaleza de la mente? Ésta es la forma kantiana de la inferencia, que ha demostrado ser tan convincente en manos de ese héroe de la filosofía, y no dudo de que los estu dios modernos nada han hecho para desacreditarla. Es verdad que ya no creemos que semejante explicación psicológica de una concepción deje cabida a otras preguntas. Descubrimos que las ideas de primero, segundo, tercero son ingredientes constantes de nuestro conocimiento. Debe suceder, entonces, o bien que nos son dadas continuamente en las presentaciones de los sentidos, o bien que por su peculiar naturaleza la mente las mezcle con nues tros pensamientos. Ahora bien, seguro que no podemos pensar que estas ideas son dadas en los sentidos. Primero, segundo y tercero no son sensaciones. Sólo pueden estar dadas en los senti dos por cosas que aparecen con el rótulo de primero, segundo y tercero, y las cosas no suelen llevar esos rótulos. Por consiguien te, deben tener un origen psicológico. Un hombre debe negar que las ideas de primero, segundo y tercero son debidas a tendencias congénitas de la mente. Hasta aquí no hay nada en mi argumen to que lo distinga de los de muchos kantianos. Lo notable es que no me detengo aquí, sino que trato de someter la conclusión a la prueba de un examen independiente de los hechos de la psicolo
gía, para ver si podemos hallar alguna huella de la existencia de tres partes o facultades del alm a o m odos de conciencia, que p o drían confirm ar el resultado al que acabam os de llegar.
1.375. Desde Kant se han reconocido, en general, tres com partim entos de la mente: la Sensación [de placer y dolor]., el C o nocim iento y la Voluntad. En verdad, es bastante sorprendente la unanim idad con que se ha aceptado esta trisección de la men-
199 te. La división no se originó en las peculiares ideas de Kant. Por el contrario, la tomó de los filósofos dogmáticos y el haberla aceptado, como bien se ha hecho notar, fue una concesión al dogmatismo. Fue admitida incluso por psicólogos a cuyas doctri nas generales esa división parece categóricamente hostil.
1.376. La doctrina común está expuesta a una diversidad de
objeciones desde el mismo punto de vista, a partir del cual se la delineó por primera vez. En primer lugar, el deseo incluye sin duda alguna un elemento de placer, tanto como de voluntad. D e sear no es querer; es una variante especulativa del querer, mez clada con una sensación especulativa y anticipatoria de placer. Por consiguiente, el deseo debería ser borrado de la definición de la tercera facultad, dejándolo como simple volición. Pero la voli ción sin deseo no es voluntaria: es una simple actividad. En con secuencia, toda actividad, voluntaria o no, debe ser encuadrada en la tercera facultad. En este sentido, la atención es un tipo de actividad que a veces es voluntaria y a veces no lo es. En segundo término, sólo se pueden reconocer el placer y el dolor, como ta les, en un juicio; son predicados generales ligados a sensaciones, más que verdaderas sensaciones. Pero la simple sensación pasiva, que no actúa y no juzga, que tiene toda clase de cualidades, pero que no reconoce tales cualidades, porque no analiza ni compra, es un elemento de toda conciencia a la cual se debería dar un tí tulo bien determinado. Tercero, todo fenómeno de nuestra vida mental es más o menos como la cognición. Toda emoción, todo estallido de pasión, todo ejercicio de la voluntad, es como la cog nición. Pero las modificaciones de la conciencia que son simila res tienen algún elemento en común. Por consiguiente, la cogni ción no tiene nada que la distinga y no se la puede considerar co mo una facultad fundamental. Pero cuando preguntamos si no existe un elemento en la cognición que no sea sensación, sentido ni actividad, encontramos algo: la facultad de aprendizaje, la ad quisición, la memoria y la inferencia, la síntesis. En cuarto lugar, considerando una vez más la actividad, observamos que la única conciencia que tenemos de la misma es la sensación de resisten cia. Tenemos conciencia de golpear o ser golpeados, de encon trarnos con un hecho. Pero si la actividad está dentro o fuera, lo sabemos por signos secundarios y no por nuestra facultad origi- 200 naria de reconocer los hechos.
1.377. En consecuencia, parece que las verdaderas catego rías de la conciencia son: primero, la sensación* la conciencia que se puede incluir en un instante de tiempo, la conciencia pa siva de la cualidad, sin reconocimiento o análisis; segundo, la conciencia de una interrupción en el campo de la conciencia, la sensación de resistencia, de un hecho exterior, de alguna otra cosa; tercero, la conciencia sintética, que une el tiempo, el senti do de aprendizaje, el pensamiento.
1.378. Si los aceptamos [como] los modos elementales fun damentales de la conciencia, proporcionan una explicación psi cológica de las tres concepciones lógicas de la cualidad, la rela ción y la síntesis o mediación. La concepción de cualidad, que en sí misma es absolutamente simple y, no obstante, considera en sus relaciones, se muestra llena de variedad, surgiría en cualquier momento en que se volviera prominente la sensación o la con ciencia singular. La concepción de la relación proviene de la do ble conciencia o sensación de acción y reacción. La concepción de la mediación surge de la conciencia plural, o sentido del aprendizaje.
1.379. ...L a recordamos [la sensación]; es decir, tenemos otra cognición que pretende reproducirla; sabemos que no hay semejanza entre la memoria y la sensación porque, en primer lu gar, nada se puede asemejar a un sentimiento inmediato, pues la semejanza supone un desmembramiento y una recomposición que es totalmente ajena a lo inmediato y, en segundo lugar, la memoria es un complejo articulado y un producto que difiere en grado infinito e inconmensurable de la sensación. Mida una su perficie roja y trate de sentir lo que es la sensación; luego cierre los ojos y recuérdela. No hay duda que personas diferentes son diferentes en este aspecto; a algunos el experimento parecerá producirles un resultado opuesto, pero me he convencido de que nada hay en mi memoria que sea en lo más mínimo similar a la visión del rojo. Cuando el rojo no está ante mis ojos, no lo veo de ningún modo. Algunos me dicen que lo ven débilmente: es una clase muy inconveniente de memoria, que llevaría a recordar el rojo brillante como un color pálido o deslucido. Recuerdo los colores con inusitada precisión, porque he tenido mucho entre namiento en su observación; pero mi memoria no consiste en ninguna visión, sino en un hábito en virtud del cual puede reco nocer un color recién presentado como similar o no a otro que haya visto antes. O aun si la memoria de algunas personas tuvie ra el carácter de una alucinación, quedarían argumentos suficien tes para mostrar que la conciencia o la sensación inmediata es
201 absolutamente disímil de cualquier otra cosa.
1.380. Convertir la voluntad, por sí sola, en toda una terce ra parte de la mente, despierta graves objeciones. Un gran psicó
logo ha dicho que la voluntad no es más que el más fuerte deseo.
No puedo admitirlo; me parece no tener en cuenta el hecho que entre todos los que observamos es con mucho el más llamativo, a saber, la diferencia entre soñar y actuar. No se trata de una cues tión de definición, sino de advertir lo que experimentamos, y se guramente quien confunde el deseo con la actuación debe ser al guien que sueña despierto. No obstante, parece haber pruebas bastante fuertes de que la conciencia de la voluntad no difiere, por lo menos en gran medida, de una sensación. Las sensaciones de golpear y ser golpeado son casi las mismas, y se deberían cla sificar juntas. El elemento común es la sensación de un suceso real, de una acción y reacción reales. Hay una realidad intensa en este tipo de experiencia, una separación aguda de sujeto y ob jeto. Mientras estoy sentado tranquilamente en la oscuridad, se encienden de pronto las luces y en ese instante tengo conciencia no de un proceso de cambio, sino de algo más, que puede estar contenido en un instante. Para descubrir lo que ocurre, una frase tolerablemente buena sería una conciencia de la polaridad. En consecuencia, deberíamos sustituir la voluntad, como uno de los grandes tipos de conciencia, por el sentido polar.
1.381. Pero con mucho el más confuso de los tres miembros
de la división, en su enunciado ordinario, es la Cognición. En primer lugar, en una cognición entra cualquier tipo de concien cia. Las sensaciones, en el único sentido en que se las puede ad mitir como una gran rama de los fenómenos mentales, forman la trama y urdimbre de la cognición, y aun en la objetable sensa ción de placer y dolor son constituyentes de la cognición. En la forma de la atención la voluntad entra constantemente, y el sen tido de realidad u objetividad, que según hemos visto debería to mar el lugar de la voluntad en la división de la conciencia, es aún más esencial, si cabe. Pero ese elemento de cognición que no es ni sensación ni sentido polar es la conciencia de un proceso, y éste, en la forma del sentido de aprendizaje, de adquisición, de crecimiento mental, es eminentemente característico de la cogni- 202 ción. Se trata de una clase de conciencia que no puede ser inme diata, porque abarca un cierto tiempo, y es no tan sólo porque continúa en todo un instante de ese plazo, sino porque no se pue de contraerlo en un único instante. Difiere de la conciencia inme diata del mismo modo que una melodía difiere de una nota pro longada. Tampoco puede la conciencia de los dos aspectos de un instante, de un suceso súbito, en su realidad individual, abarcar la conciencia de un proceso. Ésta es la conciencia que liga nues tra vida. Es la conciencia de la síntesis.
1.382. Aquí, entonces, tenemos sin duda alguna tres ele
mentos radicalmente diferentes de la conciencia, tres y no más. Y están evidentemente vinculados con las ideas de uno, dos, tres.
La sensación inm ediata es la conciencia de lo prim ero; el sentido polar es la conciencia de lo segundo, y la conciencia sintética es la conciencia de lo tercero o medio.
1.383. Adviértase, del mismo modo, que así como hemos
visto que hay dos órdenes de Segundidad, así también el sentido polar se parte en dos, y lo hace de dos maneras, pues en primer lugar hay una clase activa y otra pasiva, la voluntad y la sensa ción, y en segundo lugar hay voluntad y sensación exteriores, en oposición a voluntad interior (autocontrol, voluntad inhibitoria) y sensación interna (introspección). De modo similar, así como hay tres órdenes de Tefceridad, hay también tres tipos de con ciencia sintética. La forma no degenerada y realmente típica no nos ha sido tan familiar como las otras, que los psicólogos han estudiado de una manera más completa; en consecuencia, men cionaré esta última. La conciencia sintética degenerada en primer grado, que corresponde a la Terceridad accidental, se encuentra allí donde existe una compulsión exterior que nos compele a pen sar juntas las cosas. La asociación por contigüidad representa un ejemplo, pero otro aún mejor es que en nuestra primera aprehen sión de nuestras experiencias no podemos escoger de qué manera dispondremos nuestras ideas con referencia al tiempo y el espa cio, sino que nos vemos compelidos a pensar ciertas cosas como más estrechamente unidas que otras. Sería poner el carro delante de los caballos decir que nos vemos obligados a pensar juntas ciertas cosas porque están juntas en el tiempo y el espacio, en nuestra perspectiva. La conciencia sintética, degenerada en se gundo grado, y que corresponde a terceros intermedios, está
203 donde pensamos qué sensaciones diferentes son semejantes o dis
tintas, lo cual, dado que las sensaciones, en sí mismas, no se pue den comparar y, por lo tanto, no pueden ser similares, de tal mo do que decir que son similares significa simplemente decir que la conciencia sintética las considera tales, equivale a afirmar que nos vemos compelidos internamente a sintetizarlas o separarlas. Este tipo de síntesis aparece en una forma secundaria en la aso ciación por semejanza. Pero la clase más alta de síntesis es aque lla que la mente se ve obligada a realizar no por las atracciones interiores de las sensaciones o las representaciones mismas, ni por una fuerza trascendental de necesidad, sino en interés de la inteligibilidad, es decir, en provecho del mismo «yo pienso» sin- tetizador, y lo hace introduciendo una idea no contenida en los datos, que proporciona conexiones que de otro modo no habrían tenido. No se ha estudiado en medida suficiente este tipo de sín tesis y, en especial, no se ha considerado debidamente la íntima relación de sus diferentes variedades. La obra del poeta o el no velista no es tan absolutamente diferente de la obra del científi co. El artista presenta una ficción, pero no es una ficción arbi
traria: exhibe afinidades a las cuales la mente concede cierta aprobación al considerarlas hermosas, lo cual no es exactamente !o mismo que decir que la síntesis es verdadera, que es algo del mismo tipo general. El geómetra traza un diagrama el cual, si bien no es exactamente una ficción, por lo menos es una crea ción, y por medio de la observación de ese diagrama puede sinte tizar y mostrar relaciones entre los elementos que anteriormente no parecían tener una conexión necesaria. Las realidades nos obligan a poner algunas cosas en una muy íntima relación y otras en menor medida, de una manera altamente complicada e ininte ligible [para?] la sensación misma; pero es el genio de la mente el que recoge todos estos datos de los sentidos, los amplía en in mensa medida, los vuelve precisos y los muestra en foim a inte ligible en las intuiciones del espacio y el tiempo. La intuición consiste en considerar lo abstracto en una forma concreta, por la hipostización realista de las relaciones; es el único método de pensamiento valedero. Es muy superficial la idea prevaleciente de que se trata de algo que habría que evitar. Se podría decir en seguida del mismo modo que se debe evitar el razonamiento porque ha llevado a muchos errores; eso estaría en la misma línea filistea de pensamiento, y tan de acuerdo con el espíritu del nominalismo que me asombro de que alguien no lo proponga. El verdadero precepto no consiste en privarse de la hipótesis, sino 204 en realizarla de una manera inteligente...
1.384. Kant formula la errónea concepción de que las ideas se presentan separadas y luego son pensadas en forma conjunta por la mente. Su doctrina es que una síntesis mental precéde todo análisis. Lo que sucede realmente es que se presnta algo que en sí mismo no tiene partes, pero que de todos modos es analiza do por la mente, es decir, el hecho de tener partes consiste en que la mente reconozca a continuación esas partes en ello. Esas ideas parciales no están realmente en la primera idea, en sí misma, si bien están separadas de la misma. Es un caso de destilación des tructiva. Cuando después de haberlas separado reflexionamos sobre las mismas, nos vemos llevados, a pesar de nosotros mis mos, de un pensamiento a otro, y en eso reside la primera sínte sis real. Una síntesis anterior a ésta es una ficción. Toda la con cepción del tiempo pertenece a esta síntesis genuina, y no se la debe considerar bajo este encabezamiento.
1.385. Dando por sentado que hay tres clases fundamenta
les distintas de conciencia, se desprende, como una cosa que cae de su peso, que debe haber algo triple en la fisiología del sistema nervioso que dé cuenta de las mismas. Esto no implica ningún materialismo, más allá de esa íntima dependencia de la acción de la mente respecto del cuerpo, que en la actualidad todo estudian te del tema debe admitir y admite. Una vez más, la teoría formu-
la una predicción; es decir, ciertas consecuencias, no contempla das en su elaboración, resultan necesariamente de la misma, y son de tal carácter que se puede investigar en forma independien te su verdad o falsedad. Si comprobáramos que son sorprendente y ciertamente verdaderas, se lograría una notable confirmación de la teoría. Tanto como esto, no obstante, no puedo prome terla; sólo puedo decir que sin duda no son falsas, y debemos