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Últimas fronteras

In document Division 250 - Tomas Salvador (página 58-68)

Lorenzo Barracuda, de la 1.ª de Cañones, iba apuntando en su diario el nombre de las estaciones. Lorenzo ocupaba, con toda su batería, un vagón. Los cañones iban aparte, en las bateas, no faltaría más. Bueno hubiera sido que hubiesen ido en los vagones, como los caballos.

Había transcurrido la noche sin novedad. Y sin luz, pues estaba completamente prohibido, aunque para arreglar las yacijas encendían por unos instantes aquellas velas tan raras que les habían dado.

El último poblado anotado antes de acostarse había sido… ¡Hum! ¡Caramba…! No se entendía; había una w, dos ch y una t… Las prisas, Señor. En lo sucesivo tendría más cuidado. Sin embargo, tenía bien anotada la población donde habían amanecido y desayunado: Chemnitz.

Habían, también, desalojado el vientre, pues los dichosos vagones no tenían agujeros y si bien las aguas menores podían evacuarse por las portezuelas, las otras no había manera, ni aunque le sujetaran a uno media docena de brazos. Barracuda dudó antes de estampar aquellos problemas fisiológicos, o escatológicos, que decía Miranda, en su recordatorio; al cabo, se abstuvo. No eran cosas para ser contadas. Y máxime cuando se habrían de repetir y perder novedad. Ya se irían arreglando.

Después de Chemnitz el tren se fue tragando uno tras otro un montón de pequeños pueblos. Había pocas paradas. Los trenes funcionaban bien, maravillosamente bien.

El conglomerado de voluntarios tomaba las cosas con resignación. Recortados en la paja hurtada a las caballerías se mostraba poca curiosidad por ver lo que pasaba a ambos lados de la vía. No faltaban barajas. ¿De dónde diablos saldrían las barajas? La Intendencia no las suministraba, desde luego. Pero cada voluntario se debía de haber traído un paquete. ¡Claro, habían pasado por Vitoria!

Mariendorf, una gran ciudad, o así lo parecía. Tejados alemanes, pizarra y buhardillas asomándose al espacio. Tiranía de los ferroviarios. Un río, una pradera y unos hangares al final; en el horizonte, otra ciudad extendida a lo largo de unas crestas, todo siluetas.

—¡Un campo de aviación, muchachos! —gritó Lahoz, atrayéndose medio vagón. Sí, parecía un campo de aviación. Un poco después, volando muy bajo, apareció un «Junker». Todos conocían la vieja estampa del «Junker», caballero, en verdad, en la Guerra Civil. Volaba muy bajo y antes de que tomara tierra, el tren estaba muy lejos para apreciar detalles.

Primera comida en Elstewerda. Parada y fonda. Vuelta a empezar. De cuando en cuando, trenes corrientes que se adelantaban. Calor en el vagón.

—Dime, Barracuda, ¿dónde vamos? —preguntó Mundate. —Al frente.

—Ya lo sé, hombre. Quería decir que por dónde.

—Oí decir al teniente que pasaríamos por Berlín y por el pasillo de Dánzig. —¡Caramba! Eso es…

—Por allá arriba —contestó de cualquier manera, pues no sabía hacerlo mejor. El solo nombre de Berlín atrajo a muchos camaradas a las portezuelas. Había unas barras de seguridad, pero podían sentarse en el suelo, dejando los pies colgando; otros podían colocarse detrás, en segunda fila, utilizando los bancos. Nadie sabía cuándo se llegaría a la capital. Ni siquiera si se entraría allí, para una última despedida, como soñaban algunos, no satisfechos todavía con lo pasado.

—No seas primo —hubo de decir a Manuel Benito, que ya se veía desfilando bajo la puerta de Brandeburgo—. Todo eso ya se acabó. Ya lo verás. Ahora, el chopo y el tubo…

Se notaba que Alemania también tenía regiones que se diferenciaban entre sí, como las españolas. Aquélla por la que pasaban difería, fijándose bien, de la amada Baviera. Las casas estilizaban sus líneas y lo que perdían a lo ancho lo ganaban en lo alto; los tejados disminuían la altura de sus buhardillas y se coloreaban de rojo y verde manzana. Las iglesias perdían sus románticas ojivas y las catedrales la gótica encajería de sus agujas, volviéndose más… protestantes, ésa era la palabra: protestantes. Era Prusia.

Aumentaba el tráfico y las paradas eran más frecuentes. Pero poco se ganaba con ello, pues el tren se detenía en apartaderos lejos de los andenes centrales, donde nada se veía y por nadie eran vistos. Más edificaciones, autopistas, canales con esclusas y barcazas panzudas en sus barrosas aguas. Una ligera niebla a media altura. Grandes bloques de viviendas de un modernismo subido. Siglas y números en los apeaderos.

—Chicos, esto debe de ser Berlín.

Hubo una profunda decepción. Otro apartadero. Detención prolongada. Nada se veía. Orden de aguada para los caballos. Otra vez en marcha. Un río o el canal de antes, con las mismas barcazas. Más niebla. Muchas bicicletas. Muchachas vestidas con pantalones, entrevistas o adivinadas, pues la vía discurría por un talud elevado.

—¡Precioso! ¡Es precioso este Berlín! —dijo alguien, expresando irónicamente el desengaño general.

Nada de marchar a desfilar por la Puerta de Brandeburgo; nada de charangas: rancho en frío y agua para los caballos. Se estaba rodeando la ciudad. Eran unos de tantos de los muchos soldados que congestionaban el tráfico camino del frente.

Poco después anocheció. Calor, desgana… —A dormir, muchachos.

Amaneció lívidamente, sin reflejos verdes por los resquicios de la madera. Barracuda se asomó a la puerta. Estaban llegando a una ciudad. Pero el tren no se detuvo. Atronando los andenes continuó marchando hacia el Este. Creyó distinguir unos gráficos que no eran alemanes, pero no estaba seguro. Algo, desde luego, estaba cambiando. Por fin, el tren se detuvo en un apartadero. La turuta llamó a formación y

repartieron el café.

Aquella ciudad era Lastwitz para los alemanes; Laskowitz para los polacos. Unos y otros habían mantenido derechos sobre ella. Y el resultado había sido la guerra. Aquello era el pasillo de Dánzig.

Barracuda hizo el descubrimiento a sus camaradas, pero no le hicieron caso. Únicamente Tovas Sambat le escuchó en silencio, abriendo los ojos. Después, cuando el tren reanudó la marcha se colocó a su lado para hablar de todas aquellas cosas importantes que eran las fronteras, los pasillos, las nacionalidades, las ramas étnicas desgajadas del tronco materno, heridas supurando en la piel de la Tierra.

Un gran río. Barracuda le estaba esperando: el Vístula. Y una ciudad al otro lado: Graudenz, castro fortificado de la vieja frontera que debió de ser el río desde los tiempos antiguos…

Recordando aquellas cosas se fue pasando el tiempo, lo mismo que se pasaban las fronteras. Paradas largas. El segundo día en el tren amenazaba transcurrir igual que el primero. Y con el tercero sucedería igual. Se hubiera deseado tener una capacidad enorme de retentiva para ir acumulando en la memoria aquellos paisajes, aquellos nombres, aquella historia; pero eran simplemente soldados. Muchas veces el atractivo de una timba vencía a la raíz del tiempo, a la coyuntura histórica.

Era humano que sucediera. Como soldados, sólo el partir o el llegar tenía importancia. Las estaciones intermedias se perdían inevitablemente, aunque estuvieran rotuladas con nombres cargados de sangre e historia, como aquella de Olsteburgo, como aquella de Straburg. Entre la tremenda incógnita de la llegada y el estirón de la partida, el suave futuro no tenía importancia, no tenía importancia…

El día 24 de agosto amaneció, decididamente, polaco. Estaban en Polonia, no había duda. Otra frontera atravesada. Todavía tendrían que cruzar otra: la convencional entre la Polonia alemana y la Polonia rusa, desde la cual había partido la ofensiva alemana.

A las ocho de la mañana en Augustow Port; a las nueve en Kamienna Nova. Pocas ganas de cantar. El que más y el que menos sentía un profundo respeto por Polonia la mártir, la insensata, la desgraciada, la católica. Recordaban su fulminante derrota meses antes, o años quizá, la que, sin embargo, no había manchado su nombre. ¡Aquella Caballería arremetiendo contra los tanques!

Los polacos parecían, y eran en realidad, gentes de otra raza. Barracuda recordó que eran católicos y todos se alegraron, sin saber bien por qué y de qué. El tren atravesaba vastas llanuras, bosques de pinabetos y ríos de fangosas riberas. Cabañas de paja asomaban por el horizonte, eran rebasadas enseguida y enseguida volvían otras a ocupar su lugar.

A las tres de la tarde se llegó a una ciudad grande. Ocurría que todas las ciudades alemanas parecían grandes, hasta que quedaba demostrado lo contrario; con las polacas sucedía al revés. Lo que llamó la atención de los artilleros fueron las destrucciones. Por primera vez veían las tremendas huellas de la guerra. Un puente

destrozado, la estación bombardeada y recompuesta, las casas quemadas, los gestos huraños de los vencidos…

En aquella ciudad vencida hubo sorpresa. Ordenaron formar y descarga general. Barracuda preguntó el nombre del burgo y no le hicieron caso. Al cabo se enteró: era Grodno.

Allí vieron también los primeros prisioneros. Ayudaron a desembarcar las piezas. Se trabajó de firme, sin tiempo para preguntas u observaciones. Urgía dejar libre el apeadero para otras unidades. Vino después el atalaje de los caballos, el arrastre de las piezas hasta unos grandes edificios, pasando por una carretera con casas destruidas al costado. Pasaban entre la indiferencia de los paisanos, algunos de los cuales llevaban una extraña marca amarilla en la espalda.

—Son judíos —le dijo Tovas.

¿Judíos? ¡Caramba! Habría luego de saber que los alemanes les colocaban aquella señal infamante.

Se hizo de noche preparando el alojamiento. A Barracuda le tocó la primera guardia. Puesto a las nueve y a las cinco de la mañana. E instrucciones severas. Tiro limpio al que se acercara. Estaban en terreno ocupado.De aquella noche habría de conservar siempre un recuerdo imborrable, aunque otras, posteriores, hubiesen de estar más cargadas de acontecimientos. Había hostilidad en el ambiente. Y una tristeza que no se podía definir. Quizá, con la llegada del día, desapareciera todo aquello, quizá… Pero aquélla era la primera guardia de guerra, aguzando el oído, paralizando la respiración… ¡Aquellos tiros! ¿Quién disparaba en la noche polaca?

El eco de aquellos disparos tenía desgarraduras atroces, pesimistas. ¿Quién estaba muriendo en Grodno aquel amanecer?

Polonia

La 7.ª del dos-seis-nueve desembarcó en Suwalki el día 26 de agosto. Todos respiraron de contento. Ricardo Coronel suspiró como el que más. Cuatro días de tren, impacientes como estaban, eran suficientes para cansar a cualquiera. Bien estaba el descansar unos días.

Pero Ricardo, al igual que sus camaradas, se habría de llevar una profunda sorpresa. Habían creído en un descanso oportuno. Pero el capitán les dijo, en la formación, que allí se acababa lo bueno. Y entonces, Ramón Castilla, un empollón, había dicho: «Mi capitán… ¡Pero si estamos en Polonia! ¡En la frontera ruso-alemana!». «¡Ya lo sé!», dijera el capitán. «¿Pues entonces…?», insistiera el otro. «Estamos muy lejos del frente», «Ya lo creo; casi mil kilómetros», dijera con zumba el oficial. «No lo entiendo». «Pues está claro. Desde aquí iremos a pata». «¡No!». «¡Sí!». Y después de un instante de desconcierto el capi había aclarado: «Iremos andando. Los alemanes dicen que hemos pasado poco tiempo en el campamento y que por el camino nos entrenaremos». Y él, Ricardo, había dicho: «Así, llegaremos con la guerra acabada». Y el teniente Valgoma respondió: «Y que, según dicen, los alemanes están cerca de Moscú…».

Bueno, la caraba era todo aquello. Pero como donde mandaba general no mandaba soldado, a callar y a obedecer. Y a procurar adaptarse a las circunstancias.

Aquel mismo día quedó completo el batallón, alojándose todos en las barracas de un campo de aviación. El 1.ª tuvo que ir a un pueblo llamado Krasnopol y el 3.º no había llegado todavía. Los alojamientos estaban bastante bien. Literas de madera y todo eso, agua tirando de bomba, alambradas, mucho bosque. Y unas barracas, algo separadas, que albergaban prisioneros de guerra.

Todo el día estuvieron ocupados arreglando las barracas, que estaban muy sucias. Nadie sabía el tiempo que se estaría allí; unos decían que una semana y otros que dos días. Por la tarde dejaron salir. Sólo había un local, reservado a los soldados, donde se podía beber cerveza. Ricardo, con Albarrán, Núñez y Abreu agotaron un par de jarros en compañía de un cabo, chófer de uno de los oficiales aposentadores, que llevaba ocho días allí y estaba ambientado. El fulano les dio dentera hablándoles de las mujeres que, según él, tragaban de lo lindo.

Tres días permanecieron allí. Poco a poco se iban aclarando las cosas. Evidentemente, se preparaba una marcha. Ricardo tenía miedo de que les hicieran andar cargados con el equipo; pero el alférez Romero Moza dijo que las mochilas grandes y la manta irían en los carros de compañía, llevándose encima las armas y su dotación —escasamente cinco cargadores—, la careta, la lona —con sus clavos y palitroques—, la bolsa pequeña y el casco. Aconsejó el alférez que se repasaran las botas, pues la marcha sería dura y una simple rozadura se podía convertir en una llaga dolorosísima. No hicieron mucho caso.

Se pasaba bien en Suwalki. No apetecía gran cosa salir del campamento, donde se podía estar en mangas de camisa, cortando leña por el solo placer de manejar el hacha. Aquello de cortar leña, que para Ricardo y sus camaradas constituía una novedad, parecía ser allí una obligación. Se veían acá y acullá grandes pilas de estacas, trozos de pino y abeto amontonados de cara al invierno. Los prisioneros no hacían otra cosa que cortar leña. Los inviernos debían ser muy rigurosos en aquella región. Los divisionarios contemplaban los montones de maderos como si pertenecieran a un mundo aparte. Preferían bañarse en las aguas de un lago que había en las cercanías.

Descubrieron, también, el placer de ir por las casas comprando huevos, mantequilla —a la que se habían acostumbrado todos por las muchas aplicaciones que tenía—, leche, quesos y un pan negro, enorme, como la rueda de un carro, que se podía adquirir por poco dinero. Aquello era Jauja. Ricardo no sabía la razón, pero el caso era que diesen de comer en la cocina lo que diesen, siempre tenía hambre. El descubrimiento del estómago es cosa de soldados.

El día 29 se formó para marchar por compañías y secciones, el capitán delante, a caballo, y después los enlaces ciclistas, precediendo a los infantes, de cuatro en fondo. Ricardo cuidaba del carricoche donde iba el mortero y parte de la munición de la sección; los carros marchaban detrás, entre maldiciones y denuestos.

Se bordeó la línea férrea y pronto entraron en una carretera de pedruscos apisonados a la buena de Dios. Según la dirección tomada, parecía como si se volviera para atrás. Efectivamente, irían a Grodno, para buscar la carretera de Vilna. En Grodno, se decía, había otros divisionarios. Mejor para ellos, no tendrían que andar tanto.

—¿A qué frente vamos, mi teniente? —preguntó Ricardo al de su sección. —A Moscú. ¿Te gusta?

—Pchts… —dijo, y al oficial le entró una risa tremenda.

Cuando se le hubo pasado le propinó unos golpecitos en la espalda, diciendo: —Así me gusta, muchacho. Si te dejaran a ti solo…

La marcha empezó cantando. Y se cantó hasta que el sol estuvo ya muy alto sobre los campos. Llevaban el fusil terciado a la espalda. Algunos querían imitar a los alemanes, que lo llevaban colgando del pescuezo, sobre el pecho, pero no podían aguantar mucho tiempo. Sería cosa de acostumbrarse.

Harto de cantar y un poco cansado, se abstrajo un poco. Algunas veces no acababa de comprender que estaba ya entregado a su oficio de soldado. Ricardo Coronel necesitaba tiempo para digerir las cosas. Ahora estaba caminando por tierras polacas. ¿Y qué era, dónde estaba Polonia? Y necesitaba mirar a su alrededor para enterarse. Polonia estaba allí, en aquellos pueblos asomados al borde de la carretera, en aquellos paisanos temerosos que se apartaban para dejar paso, en aquellas tierras casi negras, feraces, pero maltratadas por todas las guerras. Polonia estaba allí, en las iglesias sin puertas, tristes y abandonadas.

Pero aquello, en realidad, era muy poco. Polonia tenía que ser algo más, mucho más. Si la visión de una nación se obtuviera de sólo caminar dos días por sus campos los hombres se conocerían mejor, se amarían más o, cuando menos, se respetarían mutuamente, porque los campos, los caminos, los bosques y los amaneceres eran iguales en todas las partes. No. Polonia tenía que ser «algo más», aunque para Ricardo y sus camaradas fuera tan sólo el estrecho horizonte de una caravana en tránsito.Aquel primer día no fue demasiado pesado. Resultaba que la Artillería caminaba delante y entorpecía la marcha, obligando a frecuentes descansos. Menos mal. Por ser el primer día podían ir tragando la píldora poco a poco.

Comieron tumbados en las cunetas el rancho servido por la cocina, si bien casi todos tenían un suplemento en la bolsita de costado: la mantequera llena, queso y algún huevo endurecido al rescoldo.

Se pernoctó en Augustow Port, a las orillas de un lago. Todavía el sol estaba alto cuando llegaron. Existía un palacio por los alrededores y muchos edificios, como si fuera aquello un lugar de veraneo. Se las prometían muy felices; pero hubo un trabajo extra: sacar los carros que se habían atascado al abandonar las carreteras. Por fin todo se arregló y pudieron quitarse el polvo del camino en el lago.

Hubo alojamiento para todos, bajo techado. Ricardo, con los enlaces y la escuadra del mortero, fue a parar a una granja, donde sólo había mujeres. Escogieron, de propio intento, el pajar y, dejando allí al sargento Codillero cuidando del equipo, previamente retirado del carretón de la Plana Mayor, salieron en busca de los restantes camaradas. Pronto se desgajó el grupo; el sargento de los enlaces, Rejas, quería hablar con el capitán; los dos cabos, paisanos, procedentes de Milicias, se largaron a otra compañía en busca de unos amigos. Ricardo, con Benítez, enlace, después de husmear entre las fogatas, se decidieron a buscar el núcleo del poblado, buscando lo que no se les había perdido.

Aparte de un atestón de divisionarios llenando todos los rincones, no encontraron nada, ni siquiera mujeres. Los oficiales, desde el primer día de estancia en Polonia, no hacían otra cosa que recomendarles prudencia. Estaban en terreno enemigo. Y los polacos eran peligrosos; había guerrilleros y los soldados que eran sorprendidos en despoblado lo pasaban mal. Decían, también que había muchos judíos y que éstos eran especialmente peligrosos. En resumen, quedaba prohibido alternar con mujeres polacas, abandonar los alojamientos y aceptar bebidas en lugares extraños.

Fueron aquellas prohibiciones, precisamente, las que encandilaron a todos los divisionarios. Pero aunque se buscaban con afán las aventuras, éstas no llegaban. Las mujeres se escondían y los feroces guerrilleros brillaban por su ausencia. Y en cuanto a los judíos, Ricardo, la verdad, no podía imaginarse que aquellos hombres o mujeres resultasen peligrosos para soldados como ellos, jóvenes, amantes del peligro, bien armados. Los pocos judíos que Ricardo había visto en Suwalki y en los pueblos de los alrededores no podían ser más insignificantes; pobres, sucios, miserables,

caminaban apresuradamente, llenos de miedo, como si fueran gusanos en busca de un

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