18 de Octubre. «Posición Navarro»
La ofensiva propiamente dicha empezara al atardecer del día 18, por el sector del 2.º Batallón. El cabo Elaspe lo sabía mejor que nadie, excepto los jefes, naturalmente. Cuidando su radio portátil, en la orilla del Wolchow, había observado las maniobras de la sección de Asalto cuidando los botes de goma y la zona del desembarco. Era exactamente lo que estaba haciendo entonces, mientras la sección del teniente Escobedo se partía el pecho en la altura aquella noche donde se estableciera la cabeza de puente.
Un soldado de transmisiones, con sólo tener cabeza para ir ordenando los tremendos partes que pasaban por sus manos camino del PC, tenía más que suficiente para tener el miedo en mayor cantidad que el soldado de primera línea. Elaspe no era ninguna excepción. Escuchaba el tremendo fragor de la batalla y empezaba a dudar de todo. La operación fracasaría, el desastre no tardaría en producirse y ya podrían prepararse para salir corriendo.
Siempre ocurre igual. En los parapetos, manejando el chopo y tirando bombas de mano, el soldado no tiene tiempo para pensar en el miedo. Los escalones inmediatos lo sufren por él. Escuchar el silbido de las balas, el susurro de los morterazos y el eco de las propias detonaciones sin una intervención directa, supone siempre una visión pesimista del jaleo.
Desde el puesto de mando pedían noticias cada instante. Las soltaba él, por medio, o mediante estafetas, aprovechando los viajes de la sección de Asalto. A su vez, recogiendo las antenas del viento, se iba haciendo su composición de lugar. De vez en cuando le llegaban algunos heridos y prisioneros, que completaban las informaciones.
El día anterior, el teniente Aragón había iniciado la operación con una sección, ocupando la cresta a un kilómetro del río. Pero no se había podido sostener ante los contraataques del enemigo y se había retirado, llevándose, cosa curiosa, más prisioneros que fuerza propia. El teniente Escobedo había repetido la operación el 19, al atardecer, con una sección para ocupar la posición, otra, la de Asalto, para sostener las comunicaciones, y unos hombres para enlazar por radio y teléfono.
Elaspe había quedado junto al río, con su aparato de radio, lanzando nerviosos partes, mientras escuchaba tiros por todos los lados. El primer envío, sin tiempo para cifrados, había sido para anunciar la toma del objetivo. Después, para manifestar que la posición se mantenía y procuraría mantener toda la noche hasta que, al día siguiente, fuera reforzada.
intermedias; sensaciones que, de puramente personales, no se podían tener en cuenta, no importaban, pues el que tuviera miedo un soldado sólo le podía importar a él. Y disimulando, que es gerundio.
Las dos primeras horas fueron bastante tranquilas. El cruce del río se hizo sin novedad porque una revuelta en la corriente protegía el avance. Primero pasaron los hombres y luego los de Asalto se encargaron de volver con municiones. Y la sección del teniente Escobedo había partido hacia un punto que desde donde se encontraba Elaspe no se divisaba. Recordaba a los soldados, cargados como acémilas con las máquinas y las cajas de munición, persignándose antes de empezar el avance. Media hora después habían empezado los tiros. Emoción. Tensa espera. Y el parte: «Posición ocupada». Y un aviso para los que fueran llegando: «Zona minada en los barrancos». En el asunto de las minas, según decían, los rusos tenían mucha práctica.
Cuando empezaron a llegar las bajas, un muerto y siete heridos, la vista de la sangre le trastornó un poco. Había ayudado a trasladar los heridos a los botes y se había manchado. La sangre le recordó que dos días antes un suceso había conmovido a toda la División: un impacto directo de mortero sobre una casa había matado al jefe de la Cuarta Compañía, capitán Navarro, al sargento Javier García Noblejas y a cuatro falangistas más, todos de Madrid. La casa había ardido como la yesca y su resplandor atraído el homenaje de todos los camaradas. Cosas de la guerra.
Al oscurecer se sentó a su lado el sargento Archilla. Le ofreció tabaco. El sargento estaba agotado. Todos estaban agotados. Parecía imposible que pudieran resistir. La sección de Asalto estaba llevando un tute tremendo. De aquí para allí, según explicó Archilla, cuatro noches sin dormir: golpe de mano en la Casa del Señor, golpe de mano en Germanowa, cabeza de puente en aquellos instantes.
—¡Y la noche que se prepara…! —murmuró, tiritando.
Elaspe asintió. Empezaba a creer que ni llegarían vivos al amanecer. Aunque, bien mirado, peor lo pasaría la sección que estaba dando el callo.
Con la noche cerrada empezó el jaleo. Fue una sesión espantosa de disparos, tableteos incesantes de ametralladora y sonidos secos de bombazos. No se podía hacer nada. Esperar a que fueran llegando partes. Desde el PC apremiaban para que fueran cursando noticias. No se sabía nada.
Las noticias llegaron al decrecer el combate. La llegada de treinta o cuarenta prisioneros, conducidos por cinco españoles, dio la pauta del instante. El contraataque enemigo había sido rechazado. Atacara un batallón entero, pero la sección estaba bien parapetada y las máquinas tiraban como demonios. Los camaradas volvieron a marchar, llevándose munición y dejando los prisioneros. Elaspe no reparaba mucho en los rusos, aunque sí pudo darse cuenta que ayudaban a trasladar municiones y parecían impasibles ante su suerte, casi sin vigilancia. Ocurría que todos ellos, los soldados españoles, habían deseado enfrentarse con los rusos. Ahora los tenían delante, vencidos, y nadie parecía darles la menor importancia. Nadie les maltrataba y ellos parecían mostrar su agradecimiento como si fueran soldados propios.
Noticias para el Mando: «Muchas bajas enemigas. Prisioneros abundantes. Demasiados. Seguramente pasados, pues se presentaron en grupos». «Nuevo contraataque a las diez de la noche, rechazado sin dificultades. Más prisioneros». Y respondían felicitando: «Bien, muchachos. Aguantar hasta mañana, cueste lo que cueste». También interesaban, nerviosamente, noticias sobre la reacción enemiga.
A las doce arreció el follón. La artillería enemiga entró en acción, castigando la orilla del río Wolchow. Los pepinazos que caían al río levantaban un surtidor de aguas heladas. Trataban, sin duda, de impedir la llegada de refuerzos, señal de que atacarían decididamente la posición. Desde la situación de Elaspe no se podía ver gran cosa; si acaso, las balas trazadoras y las bengalas iluminándolo todo. Pero se podía escuchar. Y el ruido era tremendo. Las ametralladoras españolas cantaban incesantemente. Hubo un instante en que una de ellas cesó. Se escuchó seguidamente el estallido de las bombas de mano. Se estaba luchando cuerpo a cuerpo.
Parecía imposible que se pudiera aguantar aquello. Elaspe, en su agujero, temblaba como un azogado, bajo un ataque de miedo. Otra vez la sensación aplastante de que todo estaba perdido, de que en aquellos momentos el enemigo acababa de aniquilar a los camaradas de la posición y estaba rebasando la carretera, marchando al encuentro de los que cubrían la cabeza de puente.
Pero el jaleo no amainaba. Volvían las ametralladoras… «rararatataa… rataratararratata…». ¡Se resistía! ¡No, no podía ser, imposible! No podía el corazón humano resistir aquello. Del PC mandaban entonces… «¿Qué sucede? ¡Vamos!». «Contraataque enemigo. No se tienen noticias». «¡Hay que resistir!». «¡Está bien…!». «¡Noticias!». «¿No podrían venir refuerzos?». «¡No es posible ahora! ¡Mañana!». «¡No se podrá aguantar…!». «¡Hay que aguantar!». «¡Está bien…!».
En una de las ocasiones se le fue la fuerza por la boca y radió, sin clave: «Situación imposible…». Y enseguida empezaron a llegar llamadas: «¿Qué sucede, vamos? ¿Quién da el parte? ¿Fue el teniente?». La callada por respuesta. El coronel envió un recado… urgente: «Me dará cuenta enseguida de la situación». «¡No se puede resistir…!». «Le voy a pegar a usted una patada en tal parte… y en cual…».
Poco después fue cesando todo. Disparos aislados fueron punteando la noche. Casi sorprendía el silencio. Los de la sección de Asalto, nerviosos, se aprestaban a patrullar. Era la una. En sesenta minutos había transcurrido todo. Parecía imposible.
Y como siempre después de los ataques, empezaron a llegar los heridos: ocho, todos leves. Y la verdad del asunto: ataque enemigo rechazado; un batallón aniquilado.
Respiró Elaspe, respiró el PC, respiraron todos. Y la noche fue transcurriendo sin más novedad. El enemigo debía de haber agotado sus reservas y no eran de temer nuevos contraataques. Mejor, mucho mejor. Se podría respirar, descansar un rato, aunque entonces, calmado el fuego del combate, el frío volviera a recobrar sus viejas prerrogativas.
de la sección de Asalto, pasó una compañía. Los hombres iban agotados. La artillería enemiga cañoneaba sin demasiada pegajosidad. La compañía de refuerzo salió enseguida para la posición. Los cañones rusos empezaron a bombardear en aquella dirección.
No pasó más fuerza en toda la mañana, que se ocupó en traer municiones, evacuar heridos y prisioneros y tender líneas telefónicas directas con la posición. Elaspe, con su radio, quedó en situación de emergencia. Podían romperse las líneas. Además, cuando se reanudara el avance volverían a necesitarse sus servicios; tal le dijo el oficial de tren. En resumen: repasaría el río y con el grupo de transmisiones quedaba agregado a la Plana Mayor del comandante Román, Jefe del Batallón. No irían solos. Habrían de esperar a que pasaran el río las compañías que tomarían parte en la ofensiva.
Por lo pronto, todo parecía inmovilizado. La artillería enemiga sacudía de vez en cuando la orilla del Wolchow. Un poco más arriba se escuchaba también un jaleo más que regular. Se decía que los alemanes estaban atacando por el sector de Kussino.
Hacía frío. Una ventisca empezó a soplar por el cauce del río, convirtiéndose a eso del mediodía en un aguanieve sumamente molesta, que enfangaba las riberas y los caminos, aunque era señal de que la temperatura había subido un poco. En la orilla española empezaron a llegar las restantes compañías que iban a reforzar la posición, sin pasar el río, pues decían que una compañía de pontoneros alemanes estaba a punto de llegar, si bien no llegaron hasta las tres de la tarde.
Las compañías que debían de cruzar el río ofrecían un aspecto lamentable; aspeados, sucios, muertos de frío y de hambre, los divisionarios se encontraban más dispuestos a dormir que a combatir, especialmente las dos compañías del dos-seis- tres, la 11.ª y la 12.ª, que venían directamente de la estación al frente. La noche anterior habían llegado a Grigorowo y en camiones habían sido transportados a Polbsvereja y desde allí, con todo el equipo, por caminos llenos de fango, a la orilla del Wolchow. La 11.ª, ciclista, había dejado sus máquinas en cualquier ignorado almacén y presumían todos no habrían de recuperarlas nunca más.
Llegaron por fin los pontoneros alemanes y en una hora dejaron expedita la vía de entrada al terreno enemigo. Tenían botes de goma de sección, y una balsa, que montaron colocando una plataforma de madera encima de cuatro botes de goma. Este artilugio era remolcado por un bote de asalto con motor, que en diez minutos llevaba a una compañía a su destino.
Todavía encontraban los soldados humor para cantar: «Por el río Wolchow bajaba una gabarra, / con setenta falangistas / gritando Arriba España. / Rumba la rumba, la rumba del cañón».
Las piezas de artillería de la batería regimental —cuatro piezas del siete coma cinco— no pudieron embarcar en la balsa, debido a que las orillas no ofrecían consistencia, empezando seguidamente los alemanes la construcción de un muelle que no habría de terminarse hasta el día siguiente.
A las cuatro de la tarde, justo el tiempo para llegar las unidades de refuerzo a la cabeza de puente, empezó el ataque, que duró escasamente una hora. El fragor del combate se fue alejando y los que esperaban en la orilla, ayudando al traslado de municiones, Elaspe entre ellos, no supieron el resultado hasta que el teléfono que unía las posiciones indicó que se había ocupado el pueblo de Smeiko, a dos kilómetros del río, en la carretera de Nowgorod, sin haber encontrado una resistencia seria.
Dos horas después, ya de noche, con hogueras en las dos orillas del Wolchow a riesgo de un cañoneo, empezaron a llegar los evacuados por herida o congelación. Venían amoratados por el frío, calados hasta los huesos y con unos vendajes improvisados sobre la marcha. Enseguida eran trasladados a la otra parte, donde esperaban las ambulancias. Los alemanes se admiraban ante aquellos andrajosos que apretaban los labios para impedir que temblaran. Un par de ellos sacaron botellas de vodka y las ofrecieron a los heridos y éstos las apuraron hasta donde les permitían las fuerzas, cobrando de esta manera una elocuencia especial para responder a las preguntas que se les hacía.
—Buen jaleo, ¿verdad? —¡Vaya!
—El cacao ha sido tremendo. ¿Hubo muchos muertos? —¡Digo!
—¿Estáis cansados? —¡Ozú…!
Adelante
Smeiko, Sitno, Russa…
El jaleo había sido intenso y el desenlace rápido. Smeiko acabó por ser ocupado a las cinco de la tarde del día 20, cuando ya la noche llegaba, como los enemigos del Este, trayendo consigo, además de la oscuridad, un bajón de la temperatura.
Ardían dos casas en las afueras del poblado, llenando el claro donde se escondía Smeiko de un agradable olor a resina. El pelotón de Armengol, segundo de la tercera sección, 12.ª Compañía, del Regimiento Vierna, después de haber intervenido en el follón, se disponía a pasar la noche lo mejor que se pudiera. Se decía que por aquel día ya había bastante. Al Siguiente se reanudaría la ofensiva, siguiendo adelante por aquella carretera que cruzaba por en medio del pueblo.
Armengol no podía con su alma. Poco más o menos a todos sus camaradas les sucedía igual. Por lo visto su Batallón estaba destinado a la reserva. Por eso habían sido los últimos en incorporarse al frente, llegando ocho días después que los primeros. Pero al llegar, por aquello de ser la única fuerza disponible hasta que el reajuste de posiciones liberara a otras unidades, habían sido escogidos para acompañar a los andaluces del 2.º de Esparza.
Del combate anterior tenía Armengol una idea bastante confusa; la que pudiera tener un hombre con mucho frío y mucha gazuza. No habían comido en todo el día. Ni era de presumir que cenaran aquella noche. Cosas de la guerra. Se necesitaban más las municiones para las máquinas que los embutidos…
A las tres de la tarde habían cruzado el Wolchow, en una balsa arrastrada por un bote de asalto alemán. Por un camino entre bosques, siguiendo las huellas de otros camaradas, habían alcanzado aquella posición que decían del «Capitán Navarro», donde una sección al mando de un teniente se había defendido toda la noche, permitiendo el establecimiento de la cabeza de puente. En la posición, una vez ambientado, escuchando las instrucciones de los oficiales sobre los campos de minas, habían atacado.
La posición estaba en una altura y desde allí se divisaba, una carretera, con dos o tres pueblos en el radio de visión. Un veterano le enseñó a Armengol el nombre de los lugares: Smeiko, Russa, Sitno y, muy lejos, Tigoda. No había líneas de frente, en el sentido tradicional de la guerra, con trincheras y fortines, sino la misma línea que marcaban los pueblos, con algunas casas de mampostería como reductos especiales. El ataque se redujera a la conquista del primero de los pueblos, cuyas casas, una vez abandonada la altura, costaba trabajo identificar, por lo menos hasta que las casas empezaron a arder.
decía que aquello, precisamente, era la guerra. Aquello y un temblor en todo el cuerpo que no era frío, ni miedo, ni asombro. Temblaba sin saber por qué, excitado, nervioso, apretando su fusil. Antes de empezar había estado a punto de provocar un espectáculo. Por lo menos lo creía, temiendo acobardarse, no estar a la altura de las circunstancias. Luego, en realidad, todo había sido de lo más sencillo. Sin ver al enemigo, guiándose por el sonido, avanzó cuando los demás avanzaban y se tumbó al tiempo que los vecinos lo hacían.Nada del otro mundo. Casi lo mismo que en las prácticas. Como segundo proveedor tenía fusil y había disparado en algunas ocasiones, no muchas, la verdad. La única vez que sintió verdaderamente la certeza de la guerra fue viendo cómo a su derecha un fusilero pisaba una mina y saltaba por los aires como un muñeco roto.
Sentado en el refugio, poco después de terminado el jaleo, se acordó de aquel soldado, desconocido, que había visto morir. Porque debería de estar muerto, aunque no le constara. Un hombre no podía hacer aquella pirueta trágica sin haber dejado escapar el ánima.
El refugio consistía en una chabola alargada, a cien metros del pueblo, construida indudablemente para fines guerreros. Conservaba un olor a humanidad que tiraba para atrás. Allí, acurrucados, deberían dormir los soldados rusos. Aquella noche lo ocuparían los españoles. Apenas se podía estar encorvado y sobresalía medio metro en la superficie. Apenas un agujero. Luís Martí había intentado encender fuego y el resultado fue espantoso. No se podía respirar. Mejor era pasar frío —aunque fuera un frío tremendo— que asfixiarse. Se terminó por encender la hoguera en la puerta, alfombrando con paja todo el refugio. No se podía hacer otra cosa. Las restantes casas y demás refugios estaban ocupados.
El cabo Castelló pasó nombrando patrullas para la noche. La línea defensiva se montaba al otro lado de la carretera, trescientos metros adentrados en el bosque. Se instalarían máquinas y patrullas, en previsión de un contraataque. La primera guardia quedó montada enseguida. Armengol pechó con la última.
Solventados los asuntos de guerra, Vaquero quiso saber si aquella noche se comería.
—El que tenga una lata en la mochila, sí —contestó el sargento Lorenzo, frunciendo el hocico.
Nadie la tenía, naturalmente. La requisa en las casas del poblado había demostrado que los rusos comían berzas crudas. Los prisioneros, por lo que se veía, no tenían aspecto de estar demasiado nutridos. Demasiado mohínos para gruñir apenas los hombres del pelotón se acurrucaron en torno a la fogata. Fue entonces cuando Cecilio Añó se presentó con un prisionero no sujeto a los convenios de Ginebra. Lo llevaba bajo el brazo y el interfecto mayaba como un desesperado.
Un gato. ¿Y qué podían hacer unos soldados con un gato? Rincón insinuó algo de una mascota. Añó le pulverizó con unas tremendas palabras, soberbias de ironía y sarcasmo.
—¿Unas mascota? ¡Bobo!
Bobo rematado, desde luego. Para matar al minino hubo sus más y sus menos. No era cosa de utilizar la ametralladora, no señor; apareció un saco y se introdujo al prisionero. Añó mismo se encargó de dar golpes hasta que cesaron los